Bienvenidos a Cíes Capítulo IV #2
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Capítulo IV #2

Marga acaricia con las yemas de su mano enguantada el borde de la herida sin hacer demasiada presión.

Tiene pinta de doler un rato. Cada marca de diente parece un cráter dilatado de fondo blanquecino rodeado de un halo bermellón, caliente, inflamado, palpitante, rodeado de dilatadas venas que dibujan gruesas líneas centrífugas de color amoratado muy oscuro, tirando a negruzco, que resaltan sobre una piel que empieza a adquirir tonalidades amarillentas y pajizas.

Catuxa no tercia palabra. Se limita a aguantar las lágrimas, respirando a través de las mangas de la sudadera que se ha llevado a la boca.

Con el calor que hace. Estará destemplada, la pobre.

Marga echa una última ojeada a la mordedura.

Una sombra oscura se cierne sobre su mirada.

Con cariño de madre que nunca ha sido, Marga le limpia la heridita con agua y con jabón, la desinfecta con clorhexidina y la tapa con un apósito estéril—.

Hay que trasladar a Bieito a tierra. Puede que necesite tratamiento antibiótico por vía intravenosa, incluso un desbridamiento quirúrgico.

Mientras tanto, le diré a Berta que mande traer algo de medicación del botiquín.

Catuxa solloza con fuerza una vez más.

—No te preocupes, Catuxa. Se va a poner bien.

—Vale. Es que… no es lo único —masculla Catuxa, que por fin se digna a hablar—.

Es que, en medio de la fiebre y todo eso, le he escuchado hablar de una chica: « Ella me necesita ».

Lo ha dicho varias veces. Estoy segura. « Ella me necesita, ella me llama » no paraba de repetir. ¡Me la ha estado pegando con otra!

Catuxa sale a toda prisa de la tienda sin darle a Marga posibilidad de réplica.

Qué dramas, marichocho. Estas generaciones…

Marga enciende la linternita de su móvil.

Coloca la mano izquierda sobre la cara de Bieito, a la altura de los ojos.

Con dos dedos separa los párpados del ojo derecho y apunta con la linterna a su pupila, que se expande brutalmente a la vez que Bieito reacciona y mueve la cabeza hacia los lados huyendo del haz de luz.

Fotofobia. No hay duda, sea lo que sea, es lo mismo que los otros pacientes.

Marga reposa un momento con la mano apoyada sobre el catre de Bieito. Pone morros de pato, esta vez es un pato muy serio. ¿Es posible? ¿Puede haber contraído la misma enfermedad, pero a través de un mordisco? Esto es más raro y más preocupante de lo que pensaba.

El politono del móvil interrumpe sus pensamientos. Marga rebusca en el bolso hasta dar con él. Lo gira sobre la palma de su mano y la pantalla le devuelve el nombre de su interlocutora: Uxía Ulloa. La directora xeral de Saúde Pública. Éramos pocos y parió la Xunta.

No fue una mordedura. Fue un beso fraternal, recuerdas.

Has perdido casi todos tus recuerdos, pero este en concreto permanece intacto en tu córtex cerebral.

Cuando caíste sobre Bieito, solo querías abrazarlo, consumar un acto de amistosa ternura.

Por eso no pudiste evitar, encajado sobre él como estabas, posar tus labios, rubicundos del esfuerzo, sobre la tierna carne de tu compañero de camping , sentir el calor de su sabrosa piel, ya salada y curtida por el inicio del verano.

Tienes fijada en tu escasa memoria, en tu amnesia lacunar, la incitadora mirada de tu amigo y un susurro, tómame, Xan, mancebo, que encendió en ti una lujuria antigua, una pasión enfermiza.

Quizás no fuera tan fraternal, después de todo.

Quizás no fuera tan amistosa. Pero ¿no es la sangre en tu boca un inequívoco signo que sentencia entre ambos una inseparable conexión?

Marga sale en busca de Berta. Camina decidida hacia el puesto de recepción. Enfila la senda principal hacia la cafetería. Desde esa privilegiada posición, puede divisar el final del camino, donde un grupo de unas treinta personas se agolpa y grita en torno a alguien que ocupa el centro del tumulto.

—¡Queremos ir a tierra! ¡Queremos ir a tierra! ¡Queremos ir a tierra! —corean. Una voz sobresale entre las demás—. ¿Por qué no salen los ferris? —Otra voz se atreve a elevar aún más el tono—. ¡Nos están reteniendo en contra de nuestra voluntad! ¡Esto es un secuestro! ¡Devuélvannos el dinero!

—¡Por favor, por favor! ¡No griten! ¡No hablen todos a la vez! Todo tiene una explicación —es Berta la que contesta a los improvisados manifestantes.

Marga decide quedarse a unos cuantos metros de la aglomeración. Agazapado a una distancia prudencial de la turba de turistas, Casimiro pone también la antena. Él, que solo ha salido de su oficina a retirar un refresco de la máquina con su moneda trucada.

—Sentimos anunciarles que el ferri de esta mañana ha sufrido una avería y por eso no ha podido salir de Vigo y hacer el trayecto hasta aquí y, por tanto, el de regreso a tierra firme.

Lo sentimos mucho, aunque es un problema que se debe a causas ajenas a este camping .

Desde la naviera nos han comunicado que están buscando opciones para quienes tenían que regresar hoy a tierra, seguramente en alguna embarcación más pequeña, pero todavía se está resolviendo la logística y los permisos necesarios.

Esperan poder salir de aquí a media tarde…

—¿Cómo que «esperan»? ¿Qué quieren decir con que «esperan»?

¡Exigimos que sea esta misma tarde! ¡Exigimos que sea ahora mismo!

¡Queremos ir a tierra! ¡Hay una epidemia en este camping !

¡Mi mujer y yo no nos quedaremos ni un minuto más!

Tenemos dos niñas pequeñas aterrorizadas que no quieren salir de la tienda de campaña.

¿Es que nadie piensa en los niños? ¡Queremos poner una reclamación!

¿Dónde está el gerente del camping ? ¡Seguro que ni siquiera está por aquí!

Casimiro está ya escabullándose hacia su oficina cuando se encuentra cara a cara con Marga. Esta sonríe hasta enseñar las encías. Casimiro le lanza una mirada que dice, ni se le ocurra, maldita bruja. Pero ya es tarde.

—¡Señor gerente! —exclama Marga bien alto para que todo el mundo la oiga—. Vengo de hacer más encuestas epidemiológicas como usted me había indicado.

La muchedumbre se revuelve y se arremolina alrededor de Casimiro, que se ve obligado a pausar su irreconciliable odio hacia Marga para responder, o al menos intentarlo, a las furias del Averno desatadas en forma del peor enemigo de un empresario de éxito del sector servicios: el cliente insatisfecho.

Marga ya tiene su objetivo a tiro. Camina hacia una atónita Berta, la toma del brazo como lo haría una vieja amiga y la aleja del grupo.

—Berta, cariño, necesito que me eches una mano.

¿No tendréis unas bandas de contención, por casualidad?

Los enfermos están empeorando y no quiero que se escapen como el Xan ese.

Quiero tenerlos bien ubicados. Creo que vamos a tener que aislarlos en alguna parte del camping todos juntos para tenerlos más controladitos.

—Sí, no, eh, no sé. ¿Contención? ¿Aislamiento? Tengo que ayudar a Casimiro.

—Dejemos que el señor Carneiro asuma sus responsabilidades al menos durante un rato. No le vendrá mal estar ocupado de verdad y tener un hueso que roer, ¿no te parece? —El destello de un sueño sobre alguien royendo un hueso atraviesa su mente por un instante.

—Pero la gente está muy nerviosa por lo de la cancelación del ferri de esta mañana.

—Sí, ya lo veo, ya lo veo… Pues no quiero ni pensar cómo se van a poner cuando se den cuenta de que no hay cobertura ni datos en todo el camping —dice Marga mostrándole el teléfono móvil.

—¡¿Qué?!

Minutos antes, Uxía Ulloa salía de Montepío con el rabo entre las piernas.

Menudo rapapolvo se ha llevado de la conselleira de Saúde.

No la veía tan enfadada desde aquel brote epidémico en Chorizos Pazos y los tirones de orejas entre el magnate de la carne enfundada en intestinos de cerdo, el conselleiro de Industria y ella.

Al final los de Salud Pública somos siempre los malos.

Camina hacia el aparcamiento y se detiene a la sombra de unos pinos.

Le gustaría que alguien la agarrase de la cintura y le dijese ¡cántame!

Pero ya bastante le han cantado las cuarenta esta mañana y ahora es a ella a la que le toca hacer lo propio.

Agarra el móvil colgado de su cuello y busca en su agenda el número de Margarita Erauso.

Si la llega a tener delante, se la come a mordiscos.

Al jefe de servicio de epidemiología ya lo llamará después, si eso. Marga contesta al otro lado: