Bienvenidos a Cíes Capítulo IV
39%

Capítulo IV

Capítulo IV

_Mañana del segundo día

Margarita Erauso está metida en su acolchadito saco de dormir.

Los deditos de los pies son siempre los primeros en despertarse.

Empiezan a moverse, arrítmicos, por debajo de la sábana, transmitiendo su vibración al resto del colchón.

¡Qué ganas tienen esos deditos de los pies de bajarse de la cama, de salir al mundo!

No así tanto las rodillas, siempre un poco anquilosadas, que cuesta movilizar después de unas cuantas horas de reposo horizontal.

Las lumbares a veces molestan, pero una no sabe ya si es por todo ese tiempo acostada o simplemente por defecto del animal y de los años transcurridos sobre sus espaldas.

El tórax se expande y se contrae alternativamente, como debe ser, con amplias pero relajadas inspiraciones y espiraciones, tan automatizadas e independientes de cualquier voluntad que pareciera estar enganchada a una máquina de ventilación mecánica.

Su cuerpo ya está ahí cuando Marga, poco a poco, abandona el letargo en el que ha estado sumida durante la noche, un sueño algo agitado al principio, pero al que se había entregado, merced al susurro de la olas batientes contra la playa y la sibilante brisa del mar.

Voces lejanas, atenuadas por la distancia, los árboles y la gruesa tela de la tienda de campaña, comienzan a filtrarse en los oídos de Marga, como la luz se hace paso entre sus párpados entreabiertos y llenos de legañas.

Su cerebro tarda unos segundos en recordarle dónde está y otros tantos en por qué está ahí.

Con los ojos medio cerrados todavía, lanza el brazo derecho, que rebusca entre sus cosas.

Sus dedos rozan el marco de la foto de Marcelino, lo agarra y se lo acerca al pecho.

Ay, Marcelino, solo cinco minutos más. Arriba, ratita mía.

Está bien, cinco minutos y arriba, mi ardillita.

Marga sonríe para sí misma, heredera de tantas situaciones como aquella en el pasado, orgullosa de haber podido recrearla por unos pequeños instantes.

El orgullo, sin embargo, da paso a una sensación de vacío que se va llenando de la sofocante realidad.

Y la realidad conduce a lo vulgar. Marga no tiene otra opción que extender nuevamente el brazo derecho para coger el teléfono móvil, al cual se vuelve con profesional resignación.

Le sorprende no ver ningún mensaje en la pantalla.

Esperaba tener algún resultado de microbiología o sobre el estado de la arqueóloga evacuada el día anterior.

Ni siquiera un mensajito de la directora xeral haciendo alusión a la discusión con el gerente del camping .

Tampoco es la primera vez que escucha amenazas en el desempeño de su epidemiológica función.

Ya ha perdido la cuenta sobre cuántos establecimientos ha tenido que intervenir: restaurantes regentados por la salmonela, sudorosos gimnasios en cuyos aires acondicionados se ejercitaba la legionela, guarderías cuidadas por la tos ferina, colegios concertados por la meningitis…

Marga está acostumbrada a ser la portadora de malas noticias.

Lleva el cartel de aguafiestas colgado en el pecho.

Un cartel que, no pocas veces, se convierte en la diana perfecta para que cocineros, machacas, puericultores y profesores apunten toda su frustración y disparen.

Ella solo lleva a cabo su labor profesional, por el bien de la ciudadanía.

Y no hay mejor chaleco antibalas que la certeza de estar haciendo un buen trabajo.

Todavía en su pijama de raso, Marga sale de la tienda y camina con tranquilidad dando pequeños pasitos hacia los baños del camping .

El raso es lo mejor para el verano. No son ni las nueve de la mañana, pero muchos campistas van y vienen entre las tiendas, la zona de aseo comunitaria y la cafetería.

El sol luce ya en lo alto de un cielo azul como el mar azul.

Ojalá dé un poco de tregua este calor, piensa con una gota de sudor surcando las profundidades de su rubenesco canalillo.

En principio había pensado en lavarse por parroquias.

Pero con este calorazo, lo mejor va a ser que se duche entera.

Una mujer de mediana edad pasa corriendo a su lado, con gesto de aparente preocupación.

Pregunta si alguien ha visto a sus hijas gemelas.

La típica madre controladora. Estarán por ahí jugando.

Pobrecilla. Hay gente que no es feliz ni en el paraíso, concluye.

Neceser en mano, bien apretadito contra su vientre, Marga continúa su camino hacia el baño de mujeres avanzando entre los pinos.

Lo compara con su camino de cada día a las oficinas de Saúde Pública, cruzando la ciudad atestada de coches, de cláxones, de semáforos en rojo y atascos en la carretera, y una sonrisa tonta se le dibuja en la boca.

Por estas cosas adora el trabajo de campo.

Le ayuda a salir de la rutina. A su izquierda, dos chicos desmontan su tienda de campaña a toda velocidad, con una prisa que Marga juzga totalmente inadecuada para estos lares, donde solo la paz y el sosiego deberían tener permiso para reinar.

Pasito a pasito, Marga llega al aseo comunitario.

Siente la boca pastosa y la lengua como el esparto.

Con la edad, una se va quedando seca. El murmullo de las duchas mañaneras crean una cortina de ruido blanco que envuelve a Marga en un trance.

Sentadica en el retrete, le llegan destellos de aquellas convivencias anuales en los campamentos organizados por las monjas en los veranos de su infancia.

Diría tierna, pero no, su infancia no había sido tierna.

Criada por una madre soltera en una época en la que, por sí solo, aquello era ya considerado un estigma, su madre no siempre podía hacerse cargo de ella, por lo que había pasado largas temporadas como interna en un colegio de monjas.

No suele pensar en ello, porque le causa disgusto.

Fueron los peores años de su vida. Por eso se prometió nunca tener hijas.

Frente al lavabo, presiona el botón que acciona el grifo y se lava los dientes. Sin embargo, esta pantalla acústica no consigue apagar las conversaciones de su alrededor que, sus siempre atentos oídos de epidemióloga, escuchan casi sin querer.

… Ha pasado toda la noche vomitando… No quiere salir de la tienda, dice que le molesta mucho la luz… Una fiebre bastante alta, estoy un poco preocupada… Ayer salieron a buscarlo y todavía no han vuelto…

Mirándose en el espejo, Marga ve el reflejo de una señora que escupe la pasta de dientes en el lavabo mientras se pregunta, ¿por qué a mí?

I NSTAPIC

Cayetana Polo

@petateypalacaye

[Foto posado-robado entre las tiendas con el mar de fondo, cuidadosamente despeinada].

Despertando en este increíble glamping , ¡el mejor de toda la Costa Atlántica!

#cies #islascies #glamping #influencer

7936 corazoncitos

Post publicado

Te retuerces en el interior de tu saco. Las pastillas que Catuxa te ha dado parecen lejos de tener efecto alguno.

Sus lágrimas y gemidos de «Bieito, Bieito…

» tampoco te ayudan a descansar. La mordedura que te hizo Xan no deja de sangrar y parece latir con vida propia.

Tu estómago ha estado bailando muñeiras durante toda la noche y, a tu lado, una palangana recoge el testimonio de tu gástrica incontinencia.

Ora el frío más intenso recorre tu cuerpo; ora sudas a borbotones.

Pero si te dieran a elegir entre la tiritona, el dolor de cabeza y la punzada en el vientre, elegirías cualquiera de ellas antes que volver a caer dormido, solo para aterrorizarte con esas delirantes imágenes que poseen tu mente mientras duermes y que te impiden descansar.

Cuando caes dormido, te encuentras a ti mismo en un cuerpo que no es el tuyo, sino el de una mujer, anclado a la cama, sin poder moverte, atravesado por decenas de tubos que entran y salen de tu cuerpo por la boca, los brazos, las piernas, el cuello, sorbiendo tus fluidos, que circulan desbocados e hirvientes hacia una maquinaria infernal que silba, ruge y aúlla de sed, una sed insaciable.

Sobre tu cuerpo, una sábana blanca te cubre, fría como una mortaja, iluminada por un haz de luz tan blanca que te ciega incluso con los ojos cerrados.

Por vestimenta portas un harapo que apenas tapa tus vergüenzas, dejándote el culo al aire.

Pesados grilletes sujetan tus muñecas, tus tobillos e incluso tu cabeza a la cama.

Intentas zafarte de ellos, pero el cuerpo apenas responde ante tus ansiosas órdenes.

¿Dónde estoy? ¿Qué queréis de mí? ¡Soltadme!

Intentas suplicar a las figuras que te rodean y caminan a tu lado, que te tocan, que miran estudiosas los tubos que de lado a lado te atraviesan.

Pero esas figuras, enfundadas en sus trajes espaciales, te ignoran.

Hablan entre ellas y, entre intensos pitidos, cuchichean, susurran, murmuran palabras en una jerga que apenas llegas a comprender.

Un bulldog francés te lame la cara. No, espera. No es una lengua. Es una mano que te abofetea. ¿Un bulldog francés te abofetea? No, espera. No es un bulldog . Es esa señora. La doctora. Bieito, Bieito, grita. ¿Lo dice por ti? ¿Eres tú ese tal Bieito?

—El paciente no responde —sentencia Marga. Se vuelve hacia Catuxa—. ¿Tienes idea de cuándo empezó con los síntomas?

Está incluso peor que los enfermos de ayer…

Pero vosotros no habíais cenado ni comido en la cafetería estos días…

¿Una mordedura? Está bien. Enséñamela. Está infectada, de eso no cabe duda.

Tiene mal aspecto. ¿Y dices que eso se lo hizo Xan?

¡Pero si parece que le hubiera mordido un dragón de Komodo!