Capítulo III #9
Norma corre los últimos metros como si una tenebrosa mano la persiguiera, a punto de agarrarla, hasta alcanzar el umbral de la caseta.
Dentro, la luz está encendida. A la derecha se encuentra una hilera de lavabos corridos en una misma encimera sobre la que se extiende un largo espejo.
A la izquierda, las cabinas de los retretes y, al fondo, las duchas.
Para que el agua salga caliente, tienes que meter una moneda de diez céntimos que te dan en recepción, le había dicho su madre, aunque solo una al día que el agua escasea.
Pero ahora su madre no está allí con Norma.
Respira profundamente y avanza con sigilo en busca de Aída.
La primera cabina. La segunda. La tercera.
Se agacha e intenta mirar por el hueco de la puerta a ver si consigue ver los pies de su hermana.
Pero no ve nada. Aída, masculla. Pero no hay respuesta.
Repara entonces en un ruido que viene desde la zona de las duchas, al fondo de la caseta.
Es alguien tosiendo. No, es alguien vomitando.
Qué asco, piensa. ¿Es Aída quien vomita?
Tal vez por eso había dicho que no se podía aguantar el pis y había salido disparada hacia los baños.
Aída, ¿dónde estás?, susurra. Quiere encontrar a su hermana y volver corriendo a la tienda.
Justo cuando se va a echar a llorar, una mano, desde atrás, se posa sobre su boca.
Norma tensa todos y cada uno de los músculos de su cuerpo.
Es una mano idéntica a la suya. Es la mano de su gemela.
De reojo mira al espejo, donde su mirada se cruza con el reflejo de la de Aída.
Esta tira de Norma, arrastrándola a la cabina más cercana y cerrando la puerta con sigilo, cerrojo incluido.
Ambas se suben a la tapa del váter. Una respiración agitada y a la vez profunda se acerca.
Unos pasos, pesados, se aproximan. La mano de Aída sigue todavía en la boca de Norma cuando dos pies pasan por delante de la cabina en la que se han encerrado.
Pueden verlos por el espacio que hay entre el suelo y la puerta de la misma.
Son dos pies descalzos y oscurecidos, con las uñas llenas de tierra, cubiertos por un espeso líquido, medio reseco, marrón y rojizo.
Súbitamente, los pies se detienen. La respiración de las gemelas, también.
Algo parece arañar la superficie de la puerta.
Norma cierra los ojos con fuerza. Aída los abre como platos, encaramada a la espalda de su hermana.
Un gruñido gutural, grave, oscuro, animal, empieza a gestarse al otro lado.
Suenan entonces unas voces desde fuera de los baños.
Vamos, hay que llevarlo a la tienda, dice una chica.
Los pies tras la puerta se mueven de nuevo, saliendo de los baños a la oscuridad del camping .
Norma continúa con los párpados apretados.
Tan apretados que le cuesta abrirlos cuando su hermana le susurra al oído que esa persona ya se ha ido.
Norma abre los ojos y de ellos se derraman dos lagrimones que llenarían entero un vaso de agua.
Lo siento, dice. Un reguero de orina empapa sus pantalones de pijama y cae por su piernecita, haciendo un charco amarillo en el suelo del baño de mujeres del camping .
Un grito me despierta en medio de la noche. Me he quedado dormida leyendo Carnavalito . Enciendo la linterna del móvil y salgo de la tienda a ver qué pasa. El retrato de Marcelino me sigue con la mirada.
Fuera, la noche parece tranquila. El cielo está despejado, apoyado en las copas de los árboles.
Estrellas fugaces caen sobre la tierra como una fina lluvia de fuego cósmico, un orballo luminiscente que atraviesa el cielo nocturno.
Una bocanada de viento frío me pone los pezones de punta.
Debería haberme puesto el batín de felpa.
Será mejor que vuelva dentro de la tienda a por él.
Siempre lo llevo encima por si refresca.
Atravieso las telas del avance de la tienda.
Al otro lado, me encuentro dentro de un pasillo de piedra.
El viento azota las contraventanas, cuya madera desgastada por el agua y la sal golpea con violencia las paredes de mampostería del convento.
Una fuerte tormenta parece haberse desatado ahí afuera.
Las llamas de las velas crepitan sobre los candelabros de las paredes, débiles ya de por sí, a causa del frío y la humedad del corredor.
Las celdas de las monjas, distribuidas a ambos lados del pasillo central, permanecen en un absoluto mutismo, cómplices de los votos de clausura de sus huéspedes.
Solo los truenos que escupe la tormenta se atreven a romper la sepulcral quietud del convento.
Mi teléfono y su linternita han sido sustituidos por una lámpara de aceite y, en lugar de mi veraniego pijama de raso, una larga sotana negra cubre mi cuerpo hasta los pies.
Al fondo del tétrico pasillo, la desvencijada puerta de una celda gira sobre sus goznes, abriéndose lenta y chirriante.
La luz de la lámpara titubea por la corriente que sale de la estancia abierta y se apaga.
Dentro, en la oscuridad, se escucha el roer de unos dientes sobre unos huesos.
Rebusco bajo mis prendas y saco, decidida, una cerilla.
Frotándola contra mi espada, la prendo y enciendo de nuevo la mecha.
Sigilosa, me interno en la celda que se encuentra al final del pasillo.
Doy unos pasos dentro de la estancia. Las dentelladas cesan de golpe.
Apunta con la lámpara a una esquina. Entre las sombras, un hábito negro se retuerce sobre sí mismo, se gira violenta, dejando a la vista dos ojos amarillos y el rostro podrido de la muerte, que se abalanza de un salto sobre mí.
La alarma del móvil chilla. Carmela se despierta exaltada, asustada, sin saber dónde está.
Se da cuenta, entonces, de que se ha quedado dormida.
Son las seis y media de la mañana. Se aparta el pelo de la cara y echa el cuerpo hacia atrás, pegando la espalda al respaldo de la silla.
Le duele todo. La ergonomía no da para tanto.
Todavía dudando entre descansar un poco más o no, se levanta como una autómata y sale del despacho.
Medio dormida, baja las escaleras, camino a la cafetería de personal de la primera planta.
Pide un café. Doble, por favor. Otros médicos del hospital, a punto de terminar sus guardias nocturnas, desayunan animadamente charlando sobre los pacientes atendidos durante la noche.
Al ver a Carmela, la miran con extrañeza.
No es habitual verla por allí a esas horas: los médicos de preventiva no hacen guardias.
Nadie le va a pagar esas horas y Carmela lo sabe.
Se sienta sola en una mesa. No tiene fuerzas para hablar con nadie y algo le dice que, las pocas que tiene, ha de conservarlas para el día que le espera.
Pega un trago al café y siente cómo el calor y la cafeína recorren su cuerpo. En breve tendrá que ir al baño, pero antes, levanta la cabeza atraída por el contagioso sonido de la televisión. El titular la deja de piedra y dice para sí: ¿En qué estás metida, Margarita Erauso?