Bienvenidos a Cíes Capítulo III #5
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Capítulo III #5

Corres hacia ellos, quieres que vayan contigo, que estén aquí contigo, en tu oscuridad.

Corres hacia ellos con una energía cuyo origen desconoces.

Los árboles pasan a tu lado tan rápido y a la vez tan lentamente que puedes oler sus primeros brotes antes de que salgan, puedes oler los hongos que pueblan sus raíces y que los comunica con otros árboles.

Corres hacia ellos, hacia tus amigos, para conectar como el micelio que conecta la arboleda.

Pero ellos huyen despavoridos, caen al suelo y tú te lanzas sobre uno de ellos.

Lo llamas, lo invitas a ir contigo, pero parece no entenderte.

Se resiste, no quiere hablar contigo, intenta empujarte.

Sales despedido por los aires, otra vez, como antes.

Puede que a este paso aprendas a volar. Ha sido uno de tus amigos.

Una patada en el costado. Un relámpago recorre tu cuerpo.

Tus extremidades se tensan, abductoras, extensoras, antigravitatorias.

Vuelves a levantarte y corres, tambaleándote, internándote de nuevo en el bosque.

¿Dónde está? ¡No le veo! Tenemos que volver al camping ahora mismo, joder.

Bieito, ¿por qué lloras ahora? Creo que tiene un ataque de ansiedad.

Mírame, Bieito. Respira, tienes que calmarte.

Ahhh, me ha vomitado encima, joder, qué asco.

Vamos, ayudadme, tirad de él, ¡tenemos que volver al camping ya!

«Las cosas no se van a quedar así. En eso le doy toda la razón, Casimiro.

Aún pueden ir a peor». Zasca. Marga se ríe satisfecha sobre la cama.

Con los dedos entrelazados sobre la barriga, el movimiento espasmódico de su vientre hace que sus manos salten como marionetas.

Orgullosa de su respuesta, esboza una sonrisa durante varios minutos sin dejar de pensar en todas esas veces que se ha mordido la lengua antes de dar una contestación y todas la posteriores veces que se ha arrepentido de haberlo hecho.

Pero cada vez le da todo más igual. Es posible que se lleve una bronca de la directora xeral de Saúde Pública, pero eso ya no le importa como antes le hubiera importado.

Para lo que me queda en el convento… Vuelve a reír.

Le encanta ese refrán. ¿O es un expresión?

Qué importa. A sus sesenta y pocos años siente la jubilación a la vuelta de la esquina, como si cada día avanzase a lomos de elefante.

No es que cuente las horas, ni mucho menos.

No es de esas que va tachando los días en un calendario con la mirada fija en el día de jubilarse, que los hay.

Pero el retiro se acerca inexorablemente y, el día que llegue, piensa cerrar el chiringuito y no mirar atrás.

Por eso, reflexiona, lo mejor es no quedarse callada ahora que puede, y así no tener que arrepentirse después de no haber puesto en su sitio a algún que otro papanatas.

Vuelve a recordar el humo que salía de las orejas del tal Casimiro y Marga ríe de nuevo intentando contener las carcajadas para no molestar a las tiendas contiguas.

Su risa puede ser contagiosa y ella está ahí para evitar contagios.

Así que se pone seria. Abre su libreta y apunta.

Apunta, apunta y apunta. Se ha convertido en una máquina de apuntar, una autómata de la epidemiología.

Revisa las encuestas epidemiológicas, suma, resta, divide, multiplica y calcula a vuelapluma las odds ratio que le dará el riesgo de qué alimento ha podido ser la causa más probable de esta intoxicación…

¡Viva la estadística! Pero nada parece cuadrar en sus cábalas.

Ningún alimento parece tener relación con las personas enfermas.

Aunque es cierto que no siempre se llega a encontrar un agente causal en las toxiinfecciones alimentarias, Marga esperaba poder conseguirlo esta vez, ya que no había tanta variedad de alimentos disponibles en la cafetería.

No es una boda de alto copete con treinta tipos de canapés y cinco platos, postre, candy-bar y recena.

Qué extraño… Marga pone morros de pato. Los morros de pato la ayudan a pensar.

Hay quien se rasca la barba o se recoloca las gafas.

Pero Marga no tiene barba y jamás ha tenido miopía ni astigmatismo, y aunque en los últimos tiempos la presbicia ha hecho grandes estragos que la obligan a jugar con unas pequeñas gafas, sus morros de pato la acompañan desde mucho antes.

Piensa, patito, piensa. Una notificación salta en la pantalla de su teléfono móvil.

Es la hora de acostarse. Sleep mode . Uf, no puede estar más de acuerdo.

A dormir, patito. Mañana será otro día y, sin duda, todo se aclarará.

Lo más difícil, cerrar la cafetería y ordenar una evacuación, ya está hecho.

Apaga la luz. O mejor, cinco páginas más de Carnavalito , la última novela de Pestian Zamarelli, y a dormir.

Dos maricas que intentan escapar de una muerte segura en el Noroeste argentino. A quién no le va a gustar.

Venga bebé, vamos a hacer bebés. Llevas todo el día sin hacerme ni caso, susurra Paloma al oído de Borja.

Venga, ¿no quieres que te dé un poco de cariño?

Ya sé que no te encuentras bien, pero cuando yo tengo la regla, bien que a ti no te importa.

Borja se revuelve dentro del saco de dormir.

Estamos aquí para arreglar lo nuestro. Y llevo todo el día sola, dando vueltas por el camping como una estúpida. Vamos, bebé…

Paloma introduce sus dedos en el cabello ensortijado de Borja.

Está empapado, pegoteado. Todo el día sudando dentro de una tienda de campaña malamente cubierta por unos pinos y en medio de una ola de calor.

Pues no será por lo caliente que estás. Estás ardiendo.

Y yo… yo también, bebé. Borja se gira, quedando boca arriba.

En la oscuridad de la tienda, sutilmente iluminada por la tenue luz de una bombilla ecológica colgada sobre el travesado central, Paloma apenas adivina la mala cara de Borja, sus profundas ojeras, la ictericia de su piel, la lividez de sus labios, que se le antojan más apetecibles que nunca.

Voy a meterme aquí contigo. Necesitas un poco de cariño, cosita, necesitas a tu palomita en el nido.

Paloma se sienta sobre Borja. A esta Palomita le encanta incubar, ya lo sabes, incubar tus huevitos así, dándole calor con mi cuerpo de paloma.

Paloma gorjea. Borja gruñe. Me pones burra cuando me haces eso, bebé.

Voy a meterme dentro del saco, ya verás qué a gusto estamos.

Paloma introduce primero una pierna, luego la otra, para hacerla pasar cerca de la ingle de Borja, y agarrar así el borde de sus calzoncillos entre los dedos de los pies y arrastrarlos hacia abajo.

Cara a cara, Paloma le susurra al oído, déjame que te muerda la orejita, así, así, que sé que te pone mazo.

Yo sé cómo hacerte sentir bien y tú sabes cómo hacerme sentir bien a mí, amorcito.

Ella, ella, susurra Borja. Sí, yo, yo, contesta Paloma.

Ella me necesita, masculla el enfermo de fiebre. Sí, te necesito, replica la enferma de amor.

Paloma acaricia el lampiño pecho de su chico, haciendo descender su mano por el vientre deteniéndose, juguetona, en la entrepierna.

Por fin, cuidadosa pero decidida, toma el miembro de Borja y lo frota contra su pubis angelical.

Con tanto rito de apareamiento se le ha olvidado quitarse las bragas.

Embutida en el saco junto al cuerpo ardiente de Borja, se revuelve pero al final se las baja, como puede, hasta los tobillos.

Venga, la puntita aunque sea, bebé. Y aún flácido, Paloma se introduce el pene de Borja en su húmeda y columbina cloaca, porque a una paloma le gusta también un buen gusano.

Y flexionando las rodillas sobre la cadera de su jamelgo, va cabalgando agarrada a la grupa de su semental.

Aunque aquello no se levanta, Paloma no ceja en su empeño.

Pero Borja no puede estar más caliente. Arde por dentro y por fuera.

Ha sudado lo que no está escrito y una sed irrefrenable sube ya por su garganta, surca el paladar y llega a su cavidad bucal, anclándose en los dientes.

¿Es sed o es una náusea lo que sube desde su estómago, abriéndose paso por el esófago hasta colgarse de la úvula?

¿Es la lengua de Paloma introduciéndose en su boca llena de llagas febriles hasta la campanilla?

Paloma gime, performativa, como ha visto en esos vídeos que tanto le gustan a Borja, e intenta ponerlo cachondo.

El peso de Paloma presiona el vientre de Borja, que ya no se resiste más y aprieta los dientes sobre la lengua de Paloma, arrancándosela de cuajo y tragándosela sin masticar.

Paloma grita, aúlla, pero Borja ahoga su grito con un vómito sanguinolento que anega la boca de Paloma y desciende cual torrente por su tráquea hasta los bronquios, devolviéndole el apéndice arrancado y bloqueando cualquier flujo de aire.

Paloma se revuelve intentando salir del saco, pero no hay espacio para la huida.

Los dientes de Borja se hunden en la cara de Paloma, en sus mejillas, en su cuello, en misorejitas que tanto le gusta morder a su bebé.

Los alaridos de Paloma apagados por el vómito y la sangre apenas llegan a traspasar la lona de la tienda.

—¡Idos a un motel! —grita desde una tienda contigua un celoso campista—. ¡Que aquí hay niños! Malditos adolescentes…

La sangre parduzca de Paloma inunda el saco de dormir. El cuerpo de Borja se desliza fuera del saco, primero, y fuera de la tienda, después. Suspendida en el aire de la noche, una voz lo llama.