Bienvenidos a Cíes Capítulo III #3
27%

Capítulo III #3

Las esclusas de la Unidad de Aislamiento de Alto Nivel se abren de par en par, engullendo la camilla que transporta a la paciente.

Una vez dentro, se cierran herméticamente.

Vestidos con sus escafandras de plástico, los auxiliares rodean el arca de aislamiento y extraen el cuerpo casi inerte de Iria.

De un movimiento, lo colocan sobre la cama de la habitación.

Con cuidado, una mano enguantada palpa el interior del brazo.

Unos dedos, cubiertos por una doble capa de nitrilo, se deslizan sobre la sudorosa y brillante piel de la paciente.

De súbito, se detienen y hunden una afilada aguja que penetra su epidermis para, acto seguido, canalizar un catéter en el interior de una vena.

Una vía periférica. Otra mano aplica un antiséptico sobre la piel, entre la clavícula y el pecho derecho.

Tras varios segundos, la mano clava un dispositivo provisto de una gruesa aguja.

Una vía central. A través de la nariz de la paciente introducen un tubo hasta su estómago que la enferma llevará hasta que pueda masticar y tragar por sí misma.

Una sonda de alimentación nasogástrica. Si la saturación de oxígeno en sangre cae, a lo peor también tienen que intubarla y conectarla a una máquina de ventilación mecánica como medida de emergencia.

Pegan electrodos a su tórax para controlar el ritmo cardíaco.

Un pulsioxímetro colocado en el dedo índice de la mano derecha vigila las constantes vitales de manera ininterrumpida.

Junto al aparato de monitorización se sitúa una bomba de infusión continua en la que las enfermeras están cargando medicación.

Otro tubo, deslizado a través de su uretra, conduce un líquido espeso y rojizo desde la vejiga de Iria a una bolsa transparente colocada junto a su cama. Una sonda urinaria.

Recogen muestras de todo y se las llevan al laboratorio de microbiología, pasando junto a Carmela, que observa al otro lado del cristal.

A pesar de los años que lleva visitando los servicios de medicina intensiva, colaborando en la revisión de catéteres y apósitos para prevenir su infección por organismos multirresistentes, la preventivista no acaba de acostumbrarse a ver a los pacientes de este modo, y más aún cuando son jóvenes, llenos de tubos, enganchados a máquinas que pitan sin cesar, como modernas campanas de una iglesia que tratan de ahuyentar a la muerte.

Carmela toma el ascensor hasta la planta baja y sale por la puerta de Urgencias para despejarse un poco.

Aún ardiente y seco, el aire de la calle apenas le oxigena el cerebro.

Tras ver un par de videos de gatitos, vuelve a tomar el ascensor, esta vez camino a su despacho.

Se sienta, agotada, frente al escritorio.

Los primeros resultados de la analítica urgente ya han empezado a salir.

Todos los marcadores de inflamación están disparados, seguramente debido a una infección.

Habrá que esperar a ver lo que dice el microbiólogo de guardia.

Han puesto a cultivar de todo, a ver qué crece, pero va a ser difícil si no tienen una sospecha clínica que pueda orientar el diagnóstico.

Frustrada, deja caer las manos y la cabeza, y suelta, por fin, un largo suspiro.

Tiene tres llamadas perdidas del gerente.

Tiene que preparar el informe de lo que ha pasado para mandarlo a salud pública.

Tiene pendiente revisar varios de los aislamientos del día.

Tiene que pasar a limpio el acta de la comisión de seguridad del paciente.

Tiene más sueño que un recién nacido… Mira el reloj del móvil, que marca las cuatro de la mañana.

Un mensaje parpadea en la pantalla. Su cita…

¡Se había olvidado de escribirle! Un nuevo triunfo de la servidumbre hospitalaria sobre su vida personal.

Apoya la cabeza y los brazos sobre el escritorio con ánimo de cagarse en todo. Pero ni para eso le quedan fuerzas.

Vidal recibe un CharlApp® de Caín Fidalgo para que se presente cagando leches en su despacho.

Su jefe debe de estar subiéndose por las paredes.

Helicópteros, ruedas de prensa, Consejos de Gobierno Extraordinarios…

Os collóns . Para extraordinario ya está él.

Están levantando la carpa del circo mediático y se está quedando fuera… por el momento.

Mientras avanza por los pasillos del Concello de Vigo, Vidal termina de poner en orden sus pensamientos.

Su amigo de los salesianos, editor principal de El Lucero de Vigo , le ha hecho el favor de pasarle un artículo que van a publicar dentro de unas horas en su versión digital y mañana en la versión en papel.

El titular lo dice todo: «Caos veraniego en el Hospital Central de Vigo».

El sindicato ha enviado un comunicado quejándose de la falta de personal sanitario, de suministros, de presupuesto y de liberados sindicales para poder hacer frente a las vacaciones de verano que están en ciernes, a las demandas extraordinarias derivadas de la insoportable ola de calor y a las emergencias extraordinarias como esta.

Plantean, si no son escuchados, ir a la huelga y han programado una protesta para el día siguiente frente al estadio de fútbol en el que se celebrará el evento de candidatura de la ciudad de Vigo a sede de los Juegos Olímpicos.

Una jodienda, sí, pero hasta ahí todo normal, piensa Vidal.

Siempre falta un hielito en el mosto para que esté en su punto.

Además, la competencia de los servicios asistenciales, hospitales, centros de salud y todo ese coñazo son autonómicas, son de la Xunta, no del Ayuntamiento.

No depende de ellos. Que se coman el marrón con cachelos.

Pero los sabuesos de El Lucero han llamado al hospital para rascar eso de las «emergencias extraordinarias como esta».

¿Qué carallo querrán decir? De entrada, no han soltado prenda.

Pero, ah, preguntando directamente a uno de esos matasanos de bata blanca se le ha escapado que la paciente evacuada de las Illas Cíes tiene pronóstico reservado y aún no se han esclarecido las causas de su deplorable estado de salud.

Lo sabía. El cabrón de Yáñez-Santiso oculta algo que está pasando en la ciudad, su ciudad, había remarcado Fidalgo.

¿No tendrá que ver con la candidatura de Vigo a sede de los Juegos Olímpicos?

Si se cree que va a poner en peligro su legado, está muy equivocado, y sin haberlo deseado le ha salido un pareado.

Por suerte, el magnánimo alcalde y poeta cuenta con Vidal.

Su experiencia previa como jefe de gabinete del presidente de la Xunta de Galicia lo sitúa en una posición privilegiada para hacer fontanería fina y desatascar los problemas más complejos.

Vidal tiene dos reglas muy sencillas para que no lo pillen en un renuncio: dentro del equipo de gobierno, primero, nunca mentirse, y segundo, nunca ocultarse nada.

De cara a la prensa, a la opinión pública o incluso al partido —sobre todo al partido— es ya otro cantar.

Toda esa historia le huele a chamusquina podrida, así que propone a Caín la siguiente hoja de ruta: recabar toda la información posible, y al menor atisbo de que se esté inflando el globo de la crisis, ¡pum!

, ser los primeros en reventarla y dominar el espacio comunicativo.

Preparan una lista de nombres, marisabidillas y soplones a los que apretar las tuercas.

Cantarán La Traviata . Pero antes de arrancar con el plan, Caín tiene una nueva idea.

Presionar al adversario para que cometa un error.

Vidal está encantado con la propuesta, que, tan prosaico como su puesto lo requiere, la resume perfectamente.

Que el pintamonas de Yáñez-Santiso sienta nuestro aliento en su cuello y sepa que, si algo nos huele mal, le vamos a arrancar la yugular de un mordisco.

No hay más que hablar. Esto se arregla de fontanero a fontanero.

—Buenas noches, Prado, ¿cómo va eso? —pregunta Vidal, más por cortesía que por interés.

—¿Qué pasa, Vidal? Hoy bien que me llamas por mi nombre cuando antes de ayer nos llamasteis de todo desde vuestra bancada en el pleno municipal: corruptos, ladrones, amigos de los traficantes.

Pero todo bien, ¿eh? Está recogido en el diario de sesiones sin faltas de ortografía, para que quede claro lo barriobajeros que sois.

—Venga, Prado, no te pongas así. ¿No ves que nosotros somos gente de barrio?

No tenemos vuestra clase, personas de bien, de hípica, tenis y club de golf.

Y aun así, fíjate en todo el amor que nos dieron vuestras señorías en el anterior pleno parlamentario: hipócritas, mentirosos, derrochadores, traidores, guerracivilistas y perlas por el estilo.

—Vidal puede escuchar a Prado sonreír al otro lado de la línea—.

Así que, ¿podemos dejarnos de chorradas y entrar a tratar un tema importante para tu jefe y el mío?

—Venga, escupe, que ya te noto la boca llena de saliva —responde Prado impaciente.

—¿Qué coño está pasando en el Hospital Central de Vigo y qué mandanga está pasando en las Illas Cíes? Está llegando ruido de todas partes —pregunta Vidal a bocajarro.

—Nada que sea de vuestra competencia. Es mala costumbre hacerle tanto caso al ruido y poco a las nueces —responde Prado secamente.

—Pradiño, no me jodas, sabes que nos vamos a enterar tarde o temprano. Mejor tirar de colaboración institucional que no ponernos palos en las ruedas los unos a los otros, ¿no crees?

—Insisto, Vidaliño, nada que sea de vuestra competencia.