Capítulo III #2
—Berta —la corta rápidamente Casimiro fulminándola con la mirada—, ¿sabes que con la boquita cerrada estás más guapa?
Además —continúa con el mismo ímpetu hacia Marga—, la temporada alta está a punto de empezar.
¿Es usted mí-ni-ma-men-te consciente de las pérdidas millonarias que puede ocasionar la mala reputación que nos va a dar esta medida?
Nos obligan a pagar sus platos rotos —grita Casimiro con la cara roja de ira—.
¿Acaso no se supone que son ustedes quienes deben prevenir que estas cosas sucedan?
Justos por pecadores… ¡Justos! —exclama conteniendo el aliento— por pecadores… —susurra, displicente.
—Mire, Casimiro, esta no es una situación que agrade a nadie —responde Marga, que tiene muchos años a sus espaldas como para no reconocer a un histriónico cuando lo ve—.
Pero ya tenemos doce personas enfermas en menos de veinticuatro horas, de las que al menos dos son parte del personal de la isla.
Uno de los enfermos se ha desplomado hace un rato en la propia cafetería y otra ha tenido que ser evacuada al hospital en helicóptero, en estado de coma.
Aún no sabemos de qué enfermedad se trata, pero sabemos que debuta con síntomas digestivos e incluso hemorrágicos.
No sabemos cuál puede ser la causa del contagio, pero todos tienen en común el haber cenado en la cafetería.
Con esta información, antes de que todo salte por los aires, el principio de precaución nos aconseja adoptar medidas para cortar…
—¡Usted no sabe nada! —contesta Casimiro apuntando a Marga con el dedo—.
Todo lo que tiene son meras conjeturas y me habla de un principio de precaución que implica una catástrofe económica para las familias que viven de esta isla, poniendo en riesgo toda la temporada turística, no solo de las Cíes, sino de toda Galicia.
¿Qué cree que van a decir los medios de comunicación? ¡Esto es un auténtico despropósito!
—Y eso que no le he hablado del principio de proporcionalidad —continua Marga—. Debe saber que si los casos siguen aumentando, en unas horas podríamos estar hablando de cerrar más instalaciones o incluso todo acceso a las islas…
—¡Qué disparate! —interrumpe Casimiro presa de una histérica consternación—. ¿Qué digo disparate? ¡Qué barbaridad! ¡Qué desproporción! Está usted culpando a la cafetería de la supuesta epidemia sin ninguna prueba y, sobre todo, sin ninguna autoridad…
—Mire, vamos a aclarar las cosas —resopla Marga, dispuesta a llevar la representación al siguiente acto—.
En unas horas puedo tener una resolución firmada por mi jefa, la Directora Xeral de Saúde Pública de la Consellería de Sanidade , que dictamine el cierre en firme de esta cafetería por el poder que nos otorga el Estatuto de Autonomía de Galicia.
En caso de que esta instrucción se contravenga, estaría incurriendo en un delito contra la salud pública que puede acarrear penas de prisión para usted y todas aquellas personas que se le opongan —expone Marga paladeando todas y cada una de las letras que emanan de su boca—.
Si por algún motivo, la firma de mi jefa se retrasa, facilitaré el acta de esta reunión a todos los afectados explicando que usted tenía conocimiento del riesgo al que quiere exponer a los usuarios de estas instalaciones y que, a pesar de haber sido informado de todo ello, se negó a tomar las medidas recomendadas.
Así podrán denunciarlo por la vía de lo penal.
¿Le parece eso un disparate o quiere que vayamos echando ya el cerrojo?
—pregunta Marga, cerrando su discurso con una inocente sonrisa.
Un hostil silencio se instala en la oficina de Casimiro. La tensión se masca en el ambiente como un chicle de menta grumoso al que ya no le queda ni pizca de sabor.
—Está bien. La cafetería permanecerá cerrada —responde finalmente—. Pero esta se la guardo. Las cosas no se van a quedar así, doctora —replica Casimiro apretando los dientes.
—En eso le doy toda la razón, Casimiro —sentencia Marga—. Aún pueden ir a peor.
Mientras tanto, en Santiago de Compostela, un Consejo de Gobierno extraordinario convocado a última hora está a punto de comenzar.
Conselleiros, conselleiras, gabinetes y el mismísimo presidente, Álvaro Yáñez-Santiso, se sientan ya en torno a la gran mesa de juntas del Palacio de Montepío.
Las noticias vuelan rápido y más aún cuando van en helicóptero.
Marga, que es perra vieja, ha ido informando puntualmente a Uxía Ulloa, la directora xeral de Saúde Pública, sobre cada uno de sus pasos, no vaya a ser que esta sienta que no controla la situación.
Pero como es de esperar en estas coyunturas, la directora general ha entrado en pánico, activando la cadena de mando.
Es decir, una llamada a la conselleira de Sanidade; quien, a su vez, ha entrado en pánico también, y siguiendo la cadena de mando, ha llamado al mismísimo presidente de la Xunta.
Este proceso es lo que en el argot político-administrativo se denomina «tirar la mierda hacia arriba».
Cuando la cadena de mando se convierte en la cadena del retrete.
Este procedimiento solo puede ponerse en marcha en determinadísimas circunstancias.
Por eso cuando se hace, se hace mal. Cuando se tira la mierda hacia arriba, se corre el riesgo de salpicar a mucha gente, y en el peor de los casos, de que la mierda vuelva a caer sobre ti mismo.
En momentos de crisis, piensa Yáñez-Santiso, lo mejor es sentarse y evaluar la situación…
y si tercia una buena rueda de prensa de por medio, ¡pues mejor que mejor!
Radios, periódicos, televisión. Luces, cámaras, acción.
El presidente da bien en pantalla y su actitud de extrema moderación encanta a señoras y viejecitos.
Un tenso silencio sobrevuela el ambiente del Consejo de Gobierno extraordinario.
Uxía Ulloa, directora xeral de Saúde Pública, ha terminado de relatar los hechos relacionados con el brote, la evacuación de una afectada al Hospital Central de Vigo y su pronóstico, así como las recomendaciones a seguir según el Servicio de Epidemiología.
A ello le siguen muchas miradas fulminantes y mucha palabrería.
Después, la estrategia está preparada. Una maniobra orquestada desde el insigne Palacio de Montepío, tan absolutamente redonda, que mete miedo.
El cierre parcial de las islas Cíes, uno de los mayores atractivos turísticos de Galicia, debido a una presunta intoxicación alimentaria no es una buena noticia y se corre el riesgo de que trascienda a los medios de comunicación hostiles al Gobierno y empiecen a tirar del hilo.
Pero como animal político que es, el presidente siempre ha sabido sacar partido hasta de las situaciones más desventajosas.
Solo hay que saber anticiparse, ser los primeros en manejar la información, establecer un discurso, generar un relato, crear una noticia mayor, menearla ante los ojos de los medios, ávidos de desinformación, desviando su atención y hacer pasar desapercibidas otras infames cuestiones.
La estrategia de la tinta del calamar, como dice su jefa de gabinete.
A Yáñez-Santiso no le gusta la expresión.
Toda sustancia negra queilota en el agua del mar le trae recuerdos en los que preferiría no tener que pensar nunca máis .
Pero acepta que, en la política en general —y en las crisis en particular— la confusión es la mejor estrategia.
¡Mira, un burro volando! Y a poder ser, haciendo gala de esa sensación de autoridad y capacidad de maniobra que en él tanto admira el gentío.
Que sientan que todo está controlado, que nada va a quitarles el partidito del domingo o la tapita del bar.
Por todo ello, y según el plan establecido, Galivisión anunciará a bombo y platillo que la conselleira de Transportes y el conselleiro de Turismo comparecerán en una importante rueda de prensa.
Sin preguntas por parte de los medios, por supuesto.
Con esta aparición, sus conselleiros estrella ganarán el tan ansiado protagonismo político y mediático que desean y se sentirán públicamente resarcidos y desagraviados por ese lío de la cafetería del camping de las islas Cíes.
A pesar de todo esto, el presidente no está tranquilo. Dos problemas rondan por su atribulada mente: el astuto Caín Fidalgo, alcalde de la ciudad de Vigo, y esas incontrolables redes sociales. Algo hay que hacer con todo eso.
Amortajada en un ataúd de plástico transparente, como envuelta en un gigante profiláctico, la paciente llegada de las islas Cíes es transportada dentro de un arca de aislamiento.
La cubierta sintética refleja los últimos rayos de sol del atardecer.
Iria Barreiro, que así se llama la enferma, muestra un aspecto de lo más extraño incluso para quien está acostumbrada a mirar a los ojos a la enfermedad, día sí, día también.
Una piel amarillenta, casi mortecina, con un pulso débil, seguramente relacionado con la pérdida de volumen sanguíneo.
Tiene los párpados cerrados, pero bajo ellos, sus ojos parecen moverse en un auténtico frenesí.
Carmela se acerca al equipo de evacuación. El protocolo es claro en ese sentido. Todas las personas que entren en contacto con la paciente deben tomarse la temperatura dos veces al día y reportar de manera urgente cualquier síntoma que desarrollen.
—Cuando os quitéis los chismes —dice Carmela refiriéndose a los equipos de protección individual—, bajad a salud laboral y yo luego me coordino con ellos.
Avisad a mantenimiento. Todo lo que hay ahí —señala a la aeronave— va a limpieza y desinfección, y lo descartable va como residuo biosanitario especial, helicóptero incluido.