Capítulo II #6
El bolso de Marga corta el aire cayendo con aplomo sobre la cabeza de aquel hombre.
Sus brazos se abalanzan una y otra vez sobre la doctora, ignorando los golpes que caen y recaen sobre su cabeza.
Marga se defiende al mismo tiempo que intenta encontrar el camino de vuelta al coche, subiendo la pendiente que antes habían bajado.
Camina hacia atrás, cuesta arriba y en un sendero cubierto de hierbajos y raíces, mientras sacude el bolso en todas direcciones.
Su sistema nervioso central busca la mejor trayectoria hacia la cabeza del tipo, dicta órdenes piramidalmente a los brazos para que intenten evitar las manos de su atacante, afina su oído interno para no perder el equilibrio y envía señales que aumentan la producción de adrenalina y cortisol.
Su corazón bombea sangre a ciento treinta y cinco pulsaciones por minuto, que perfunden sus músculos preparados para la acción.
Y todo ello en milésimas de segundo. Al mismo tiempo, su garganta trabaja a pleno pulmón.
—¡Apártese, tarado! Pero ¡¿qué hace?! ¡¿Qué quiere?! —Acierta a gritar Marga jadeante.
Repentinamente, el agresor sale volando cuesta abajo, catapultado por la embestida de Eusebio. Empujado por una fuerza inesperada, el cuerpo cruza varios metros por el aire, como un peso muerto, hasta caer por la pendiente y rodar cuesta abajo otros tantos metros, quedando completamente inmóvil.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Está usted bien, doctora? ¿La estaba atacando? —pregunta alarmado Eusebio.
—Sí, no sé, eso creo. Ha ocurrido todo muy deprisa —responde Marga aún sin resuello.
—Respire, respire.
—Ese hombre ha salido de la nada, corriendo hacia mí como un energúmeno, quería agarrarme, así que he empezado a golpearle con el bolso. Pero él seguía acercándose, echándoseme encima… ¡Ay, que me va a dar un parraque, se lo juro! Necesito sentarme.
—Creo que lo mejor es que volvamos al coche, quedan solo unos pocos metros.
Marga apenas recupera la respiración.
—¡Que me da algo aquí mismo! —Aúlla Marga apoyándose en un árbol que linda el camino—. Deme un segundo, por favor. —Eusebio se acerca en ademán de protección, pero ella lo retira y vuelve la mirada a la pendiente—. ¿Dónde está?
—Estoy aquí, Marga. Estoy aquí mismo.
—¡No, usted no, hombre! ¡El tarado! ¡No está! ¿Dónde se ha metido? —Marga mira a su alrededor.
—Pero ¡si estaba ahí hace un momento!
—Eusebio, ¿quién es ese tipejo?
—No puedo asegurárselo, pero juraría que era Xan, el camarero. O una versión bastante desmejorada.
—¿El enfermo que no estaba en su tienda? —pregunta Marga sorprendida.
—El mismo.
Un largo silencio se hace entre ellos. Marga se lleva una mano a la cabeza y pone morros de pato.
En algún lugar había leído un artículo científico según el cual, durante las olas de calor intenso, los episodios de agresiones aumentan, especialmente en poblaciones menos aclimatadas.
Podría ser. Podría ser eso, pero también que aquel hombre tuviese algún tipo de trastorno de personalidad límite o antisocial que hubiese aflorado por el calor o por la reciente infección.
El estado de la tienda de Xan era lamentable, indicando un autocuidado más que deficiente.
Pero ¿y si se debiera a la infección en sí misma?
La lista de síntomas se hace cada vez más absurda.
Casi sin poder evitarlo, la mente de Marga se pone en funcionamiento.
Se imagina al germen viajando a toda velocidad por el torrente sanguíneo, invadiendo tejidos nerviosos, subiendo a través de los largos axones neuronales hasta el encéfalo, instalándose en el hipotálamo y produciendo alteraciones neurobiológicas que afectan al comportamiento.
El mínimo desequilibrio en una pequeña parte del cuerpo puede inducir a una propensión a la conducta agresiva como la que se da en la infección por el virus de la rabia.
Así de frágil es el ser humano. No, eso no tenía ningún sentido.
O sí. ¿Qué pieza del rompecabezas se está perdiendo? ¿Qué narices tiene delante?
—Está bien, Eusebio —admite Marga por fin, saliendo de su breve ensimismamiento—. Lléveme de vuelta al campamento, por favor.
—Sí, ese tipo puede volver en cualquier momento. Deme su brazo, la ayudaré a terminar de subir la cuesta.
Un par de minutos después, alcanzan el cuatro por cuatro de Eusebio.
Este le abre la puerta a Marga, que se sube al asiento del copiloto, todavía en silencio, un poco en shock y otro poco por las ideas que siguen burbujeando en su cabeza, como un refrescante vaso de agua con gas, limón y hielo.
Qué sed tiene. Eusebio cierra la puerta y da la vuelta por la parte de delante del coche para no perder de vista a Marga, se sube al asiento del conductor y pone en marcha la camioneta.
El crepúsculo ha ido cediendo a la oscuridad.
Al hacer contacto con la llave, los faros automáticos se encienden iluminando la silueta de un hombre entre los árboles que, impulsivamente, se protege el rostro de la luz hasta ponerse de espaldas.
—¡ Filio de puta ! ¡Ahí está! —grita Eusebio echando la mano derecha a la clavija del cinturón de seguridad para librarse de él—. Se va a enterar de lo que vale un rastrillo, este paspallás .
—¡Eusebio, no! —lo interpela Marga.
— ¿Non o qué? ¿No quería usted hablar con él? ¿Pasarle la encuesta epidemiológica?
—¿Qué encuesta voy a pasarle con lo violento que está? Lo que no quiero son peleas de gallitos, que bastante complicada está la situación. Este hombre está muy agresivo y la seguridad es lo primero. Ya daremos parte a la Policía y que se encargue ella de lidiar con este tipejo.
Xan sigue de espaldas a la camioneta, inmóvil.
Durante unos segundos, Marga y Eusebio lo observan sin mediar palabra.
Un escalofrío recorre la espalda de Marga como una sacudida, erizándole el vello.
Algo no va bien. Finalmente, Eusebio retira la mano de la clavija del cinturón de seguridad para depositarla en la palanca del freno de mano.
La baja, pone la marcha atrás y en una maniobra coloca el vehículo en la calzada en dirección al camping .
Mete primera. A la vez que arranca, Xan, el camarero, corre y se abalanza contra el automóvil, solo para chocarse contra la puerta trasera derecha mientras la camioneta se aleja ya por el pavimento.
Marga echa la vista atrás y Eusebio observa por el retrovisor.
El camarero se detiene en medio de la calzada. Ellos se alejan.
—¿Pero qué le pasa a ese hombre? —pregunta Marga.
—No sé, nunca lo había visto así. ¿Cree que estará cabreado con usted por haber cerrado la cafetería? Es lo único que se me ocurre —cavila Eusebio.
Marga introduce la mano todavía temblorosa dentro del bolso, palpando su interior, esquivando un cuaderno, el teléfono móvil, un paquete de pañuelitos perfumados, gel hidroalcohólico, un lápiz, los tiques del ferri, un caramelo, hasta dar con el marco de la foto de Marcelino.
Intacto. Por fin Marga recupera algo de alivio y suelta un suspiro mientras piensa, ay, Marcelino.