Bienvenidos a Cíes Capítulo II #5
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Capítulo II #5

—Así es: el convento de San Estevo. Por lo que se ha podido estudiar hasta ahora, apenas quedan restos y no hay yacimientos ni excavaciones activas en la actualidad. Hoy en día se utiliza como centro de visitantes, donde trabaja Xacobe como guía.

—El chico que se desmayó en la cola de la cafetería y nos alertó sobre la arqueóloga. —Marga intenta seguir el relato de Eusebio.

—Exacto. Parece que algunos materiales del antiguo convento se utilizaron para construir el que hoy en día se conserva.

A principios de la semana pasada empezaron a hacer una reforma en un trastero de la parte de atrás de la nave, y al tirar una pared, apareció un agujero que parecía descender y dar a un pasaje soterrado.

La empresa que hace la reforma dio parte a Patrimonio.

Dijeron que seguramente no sería nada, pero que enviarían a algún técnico a inspeccionar y que, mientras tanto, nadie entrase debido al riesgo de derrumbamiento o yo qué sé —Eusebio empieza a liarse.

—Entonces, la arqueóloga…

—Iria…

—… Iria vino a revisar los posibles daños causados por la obra. Espero que tengan un buen seguro —bromea Marga.

—A revisar los daños y, me imagino, a evaluar la aparición de algún resto más antiguo.

Verá, el convento original se erigió en algún punto de la Edad Media, se cree que hacia el siglo XI .

El edificio actual es de origen clásico y se construyó sobre las ruinas del cenobio del medievo.

Ese pasaje podría conducir hasta algún pasadizo subterráneo. ¿Se imagina? Sería un pelotazo.

—Sí… Increíble. Parece que sabe usted muchas cosas sobre esta isla.

Si algún día se cansa de vigilar el bosque, podría dedicarse a ser guía turístico —comenta Marga, dando una palmadita sobre el hombro de Eusebio—.

Pero no hemos venido aquí a hablar de historia, ¿verdad?

Si no conocía a la arqueóloga, ¿por qué está tan preocupado? Le veo especialmente afectado.

—Esa pobre chica. Estaba como muerta, ¿no cree? —Titubea Eusebio.

—Había bastante sangre a su alrededor, pero solo está inconsciente. Es posible que esté sufriendo un shock hipovolémico o, tal vez, un shock séptico si la infección ha alcanzado su flujo sanguíneo y…

—No, no parecía en coma —la interrumpe Eusebio—. Parecía muerta. Sí, ya sé que tenía pulso y respiraba, pero había algo en ella que… Bueno, serán tonterías mías, doctora. No me lo tenga en cuenta. Tampoco suelen pasar estas cosas por aquí, ¿sabe?

—No se apure, Eusebio. Una persona en ese estado puede impresionar mucho. ¿Qué le parece si vamos volviendo al camping ? —Añade Marga tratando de tranquilizarse a sí misma.

Eusebio se da cuenta de que el cerebro de Marga empieza a acelerar y piensa que es mejor dejarle espacio. Señala un cubo y unas maderas, indicando que va a recogerlas y se aleja arrastrando los pies hacia la cabaña.

Una pregunta ronda la epidemiológica mente de Marga.

¿Está el caso de Iria relacionado con los demás?

Su cuadro sintomático es mucho más grave que el del resto de personas afectadas.

Solo en la tienda del camarero ha encontrado sangre, aunque en mucha menor cantidad.

¿Debe sumar la hemorragia al listado de síntomas?

Cuando se enfrenta a un nuevo brote, Marga se considera como uno de los pocos vestigios que quedan ya de la vieja escuela de la epidemiología.

Sus colegas más jóvenes han sido seducidos por el espejismo de complejos modelos matemáticos a la vez que esperan a que salgan los resultados de los análisis microbiológicos, pero ella sabe que eso podría tardar semanas en llegar y ella nunca ha tenido tiempo que perder.

En su época, Marga no podía esperar a que salieran los resultados de laboratorio para tomar decisiones, así que se plantea listados abiertos de síntomas para ir acotándolos poco a poco, colocando un cerco fenomenológico sobre el microorganismo con la esperanza de poder identificarlo, echarle el lazo y volver a meterlo en la Caja de Pandora de la que nunca debió salir.

Sin embargo, hay un síntoma en concreto, la fotofobia, que descabala todas sus sospechas.

Que ella sepa, en Galicia no hay muchos agentes patógenos de origen biológico que debuten en epidemias de infecciones gastrointestinales agudas con fotofobia y hemorragia.

¿Puede estar el calor alterando los síntomas de algún modo?

Un suspiro se escapa de su boca de fresa.

Todo aquello le huele cada vez peor y no está segura de que sean las algas en descomposición de la costa.

Su mente va ya a cien por hora. Decide frenar antes de derrapar en seco.

Absorta en sus pensamientos, Marga deambula como una sonámbula por el terreno, haciendo tiempo mientras espera a que Eusebio esté listo para reemprender el camino de vuelta al camping …

hasta que la ve. Al principio no sabe qué es exactamente.

Desliza con lentitud la montura de las gafas hasta la punta de la nariz para sortear los sinsabores de la presbicia.

Agudiza todo lo que puede la vista e incluso el oído.

La figura, grotesca en todos los sentidos, parece devolverle la mirada.

Marga se acerca a ella, pudiendo observar mejor su rostro, desfigurado, cuya boca sonríe mostrándole su afilada dentadura.

Pero lo que más la atrapa son sus ojos, unos ojos rodeados de surcos, exoftálmicos al punto de querer saltar de sus enormes y arrugadas cuencas.

Parece hablarle como en un susurro. Marga intenta escuchar, pero no acierta a entender.

El susurro se hace cada vez más fuerte, cada vez más confuso, un gemido, un chillido, cien alaridos, mil aullidos.

Marga da un respingo y suelta un exabrupto al sentir la mano de Eusebio sobre su hombro.

—Veo que ha hecho una nueva amiga. Es la estatua de la sirena —explica Eusebio.

—Sí, ¡pues menuda sirena! No es como la de Hans Christian Andersen que digamos… —responde Marga con jocosidad, pero sobresaltada.

—¿Acaso no lo sabe, doctora? Así eran las sirenas para los marineros. Seres terribles que hipnotizaban con sus cantos y los atraían a las rocas para que encallaran y, a continuación, devorarlos vivos.

—Ya… Algo había oído. ¿Y qué hace esta sirena aquí? Resulta… extrañamente magnética.

—¿No habrá oído el canto de la sirena? —ríe Eusebio—.

Las sirenas gallegas no son como las de esos cuentos.

Nuestras sereas son casi siempre seres bondadosos que nos recuerdan los peligros del mar, de no entregarnos a nuestra imprudencia, que avisan a los marineros de posibles amenazas, los rescatan de los naufragios o, incluso, previenen las tormentas.

—¿Y cómo ha llegado esta cosa hasta aquí?

Eusebio hace una pausa y esboza una sonrisa.

—Fui yo mismo quien la instaló hace muchos años para que nos protegiera de los males del mar. Ahora que lo pienso, en cierto sentido me recuerda usted a esta sirena.

—Espero que no lo diga por el parecido físico.

—En absoluto —vuelve a reír Eusebio—. Pero como ella, usted ha llegado del mar para protegernos y alertarnos de un peligro, ¿no es así?

Marga calla un momento y sonríe para sí misma.

—Supongo que, expuesto de esa manera, sí, puede que esta sirena y yo tengamos algo en común. Pero le aseguro que yo no tengo poder para evitar las tormentas y me he quedado sin la bolsa con la que protegerme el peinado —ríe Marga—. ¿Le parece que nos pongamos en marcha de una vez?

—¿Tormenta? Pero si está el cielo despejadísimo —responde Eusebio confuso mirando hacia arriba. Marga lo mira con los ojos en blanco—. Ah, que se refiere a una tormenta metafórica de esas. Ya me parecía.

Todo esto escuchas tú, Xan, agazapado entre los pinos.

Más que escuchar, oyes. Más que oír, sientes.

Sientes frío, sientes la piel helada y, a la vez, un calor que te sube por los costados, desde los pies hasta la coronilla.

Sientes algo más, pero ¿qué será? Aunque, para ser sinceros, no eres muy consciente de nada de ello.

Todo se percibe como una sensación lejana, transmitida a través de un canal, una proyección de la realidad, una resonancia en el vacío.

Los acontecimientos parecen llegar a tu cerebro mucho después de haber sucedido. Y el retraso es cada vez mayor.

¿Cuándo has llegado al bosque? Todavía con la ropa de la cafetería te has encontrado subiendo a través de un pinar, buscando un lugar oscuro o con algo de sombra.

Viste las heridas de tus piernas, de caminar entre la maleza, mucho más tarde, cuando ya habían dejado de sangrar.

Cuando su fluir, ya frío y espeso, se había coagulado sobre tu piel, sucia por la tierra, el polvo y la hojarasca.

A sangre fría . Lo habías leído hacía un par de veranos, en tu tienda de campaña.

¿O había sido Sangre a borbotones ? Ya no te acuerdas.

¿Por qué no te has quedado en la tienda de campaña?

Estás hambriento y asustado. Más hambriento que asustado, a decir verdad.

¿Dónde te encuentras? Destellos del campo de trabajo chisporrotean, fugaces, en tu cabeza.

Una señora, un hombretón, una horrible y encantadora sirena.

Una amiga volando sobre la ría en un insecto de metal.

Ella te llamaba, pero se había marchado antes de poder encontrarla.

Ahora eres tú quien tiene que llamar a otros. ¡Sí! Eso es lo que sientes. La llamada.