Bienvenidos a Cíes Capítulo II #4
19%

Capítulo II #4

Eusebio levanta los brazos en gesto de satisfecha resignación.

Sin previo aviso, tal y como él se ha abierto, se abre ante ellos un apacible claro que, entre pinares, se va entregando al mar.

Un par de casetas conforman la instalación, junto con algunos bancos y una serie de plataformas que sirven de base para colocar las tiendas del voluntariado en verano, todo ello construido en madera.

Eusebio señala a Marga la caseta en la que suelen alojarse quienes vienen a hacer alguna tarea extraordinaria a las islas.

Ella mira con suspicacia a la caseta y luego al resto del campamento. No hay rastro de la arqueóloga, esa tal Iria. Marga olfatea el aire, que se cuela por su hocico de perra vieja. Algo le huele raro. Sacando una mascarilla quirúrgica de su bolso y unos guantes de látex, sentencia:

—Miremos en su interior.

OÍCHES PÓDCAST .

Tu plataforma de audiocontenido, de Galicia a tu oído.

Residencia de Mayores El Paraíso, presentado por Carmiña, periodista jubilada pero nunca retirada.

—Entonces, Fina, nos ibas a dar consejos sobre cómo sobrellevar este calor.

—¡Uy, la calor! Sí, ya me recuerdo . Yo, cuando llegué a vivir a Ourense, era muy nueva y no había salido de mi casa. Me fui allí en primavera. Me recuerdo porque fue justo después de mi cumpleaños, el veintisiete de abril.

—Tauro.

— ¿Lo qué? Bueno. Al principio bien. Pero luego, ¡ay, luego!

El termómetro subía y subía más cada día.

Y yo que venía de Finisterre, de la Costa da Morte, ¡alucinaba, eh!

El mercurio le decían. Mercurio sí que era aquello.

¡Qué calores! Y yo que no estaba acostumbrada, me faltaba el aire, me sudaba todo el cuerpo.

Y la gente me veía por la calle y se reía.

Ahí viene La Pasionaria , me decían los señoritos, de lo roja que me ponía.

Roja como el pimentón. Y yo solo tenía esos faldones negros de paño, largos hasta los tobillos.

Hasta las bragas las tenía de paño, Carmiña.

De encaje de Camariñas me hubiera ido mejor.

Porque allí había mucha calor, mucha calor en verano.

También mucho frío en invierno. Pero en verano mucha calor.

Lo que viene siendo una auténtica sartén puesta al fuego.

Para fundírsete los miolos , Carmiña. Y la gente allí, fíjate, se iba a las termas, bueno, yo también, que son unas piscinas naturales que hay al lado del río, del Miño, que en realidad son unas aguas calentitas, pero siempre más frescas que los cuarenta grados o yo qué sé que podían dar de aquellas.

—¡Qué curioso, Fina! O sea, hace calor y uno se va a un jacuzzi , prácticamente.

—Bueno, un jacusi , un jacusi tampoco era, pero sí que me parece amparadójico , como dicen. Y que sepas que esto ya lo hacían los romanos, así que tan malo no debe de ser, Carmiña.

—Sabiduría ancestral, ¿verdad que sí, Fina? ¿Y quién mejor que nosotras para traspasar este conocimiento?

—¿Lo dices por lo antiguas que somos o qué? Ancestral a mí no me llames, que estoy mejor que nunca.

—¡Qué cosas dices, Fina! ¿Y qué otros consejos nos darías?

—Bueno, pues lo típico, ¿no? Beber mucho.

De agua, no de vino, la gente que no se confunda.

Ventilar la casa por la mañana, cuando el día está joven y la mañana más fresca; evitar salir en las horas más calurosas del día, para que no te dé un jamacuco o un soponcio.

Esas cosas. Dicen que no hay que hacer ejercicio físico, así…

intenso, a esas horas, pero yo nunca fuera de hacer mucho ejercicio, no te voy a mentir, ni en invierno ni en verano, ni de joven ni de mayor…

—Ay, Fina, cómo eres, Fina, ¡cómo eres!

—Eso sí, Carmiña, unha cousa voute dicir , pero que quede entre nosotras dos.

—Entre nosotras y quienes nos escuchan, Fina.

—Sí, sí, también. ¿Tú sabes lo que pasa cuando llega el calor?

—Claro que lo sé. Que los chicos se enamoran.

—No, muller , bueno, sí, eso también. Pero yo me refiero a otra cosa. Cuando hay tanta calor es cuando suceden las cosas más extrañas. ¿Oíches? Presta atención. Cosas extrañas y no para bien, te aviso. Acuérdate ben do que che digo …

Como siempre, se le ha vuelto a hacer tarde.

Haz Medicina Preventiva, decían. Será tranquilo, decían.

Y un carallo . No hay día que salga ni cerca de su hora.

Si hubiera aceptado el consejo de su padre y hubiera continuado la carrera de piano…

Pero ya no hay tiempo para hubieras o hubieses.

Y menos siendo Jefa de Servicio. Son más de las cinco y todavía está en el trabajo.

Y aún por encima sin comer. Eso la pone de un humor de perros.

Ya debería estar acostumbrada y eso la cabrea todavía más si cabe.

Rebusca con la mano derecha dentro del bolsillo de la bata y saca el móvil.

Desliza los dedos por la pantalla táctil hasta encontrar esa aplicación en la que salen vídeos de gatitos y la abre, pero enseguida se arrepiente y deja caer el teléfono sobre el escritorio lleno de papeles.

Fichas de pacientes aislados debido a alguna bacteria multirresistente a medio rellenar, resultados de los dispositivos de bioseguridad que miden los niveles de aspergillus en los quirófanos sin comunicar, planos de las obras que se acometerán en el pabellón C del hospital sin revisar, notificaciones a salud pública de enfermedades de declaración obligatoria sin enviar, calendarios de vacaciones del personal del servicio por aprobar, actas de esa comisión de la que nunca debió aceptar ser la presidenta sin firmar…

Maldice el momento en el que permitió que el residente se fuese a su hora porque había quedado con unos amigos para salir a navegar en un velero por la ría.

Ella también tiene planes para esa noche.

¡Su primera cita en meses! ¿Pero qué iba a hacer? Tampoco es una bruja.

Por desgracia, su momento de autocompadecimiento es interrumpido por el desagradable chillido del teléfono fijo que reclama su atención desde un rincón del escritorio.

Lentamente se vuelve hacia el aparato y se imagina arrancándolo de cuajo y lanzándolo por la ventana.

Está al borde de un ataque de nervios. Pero en el último instante, desiste, toma el auricular y dibuja una sonrisa apretada.

—Medicina Preventiva. […] Ah, Marga, eres tú.

—¿Quién iba a ser, si no, un viernes por la tarde?

—. Y nunca es para tomarnos una empanada de grelos con chorizo precisamente.

Pues que sepas que tengo una pila así de enfermedades de declaración obligatoria que enviarte.

[…] Sí, mujer, ya sé que no es tu culpa, pero es que siempre me llamas por marrones y en el peor momento. Dime, a ver, ¿qué pasa en la trinchera?

Los ojos de Carmela se precipitan al borde de sus órbitas. A la mierda la cita.

—¡No te oigo, perdona! ¿Cómo dices? —grita Marga, intentando superar los decibelios escupidos por las aspas del helicóptero que despega en esos instantes—.

Sí, ya se la llevan para allá. La chica está en estado de coma.

No responde. ¿Estarás tú para recibirla?

[…] Que la ingresen en una habitación de aislamiento, con filtros HEPA , presión negativa y todo lo que tengáis.

Que nadie entre sin mascarilla, guantes y equipos de protección…

¿Qué? Es el helicóptero medicalizado. ¡Qué barullo que mete, la madre que…

! —Marga camina intentando dar la espalda al ruido y al viento que bate todo el campo de trabajo—.

Carmela, sí, me da igual, que la vayan habilitando si está cerrada.

No me gusta nada todo esto. No está en condiciones para una anamnesis y, sin conocer sus antecedentes de viajes, no quiero arriesgarme a que sea alguna fiebre hemorrágica o algo así.

Y, por favor, habla con el Servicio de Microbiología, y en cuanto sepáis qué bicho es, me llamas sin importar la hora que sea.

Yo creo que es un virus pero vete tú a saber.

[…] Sí, sí, el paraíso, ya ves tú qué suerte tengo. Venga, seguimos en contacto.

Ya en el aire, el helicóptero gira sobre su propio eje y sale disparado de vuelta a tierra firme.

Poco a poco, el rumor de las olas va sustituyendo el ruido de la aeronave.

Esta se aleja llevándose consigo el estruendo de su mecánico aparato.

El agua vuelve a lamer los cantos rocosos de esta parte de la isla, redondeados por su eterno esculpir.

La calma isleña regresa. Eusebio camina hacia Marga, se coloca a su lado y ambos observan el helicóptero mientras cruza la ría de vuelta a la ciudad de Vigo.

—Estaba al teléfono con Carmela Peleteiro, la jefa del Servicio de Medicina Preventiva.

Ella me mantendrá informada de las novedades que vayan surgiendo.

Se la llevan al Hospital Central de Vigo —explica calmadamente, esbozando ese tono de cansancio que solo se permite cuando ha terminado una ardua tarea—. Eusebio…

—He encontrado esta mochila —interrumpe Eusebio azorado—. Creo que pertenece a la arqueóloga.

—¿No se han llevado sus pertenencias con ella?

Vaya… Está bien —responde Marga con cierto fastidio mientras busca algo en su bolso—.

Por suerte siempre llevo a mano una bolsa de plástico, ya sabe, por si empieza a llover.

Metamos el petate aquí y así evitaremos contaminarnos.

Menos mal que usted lleva siempre esos guantes de trabajo.

—La obsesión por los guantes, otra cosa que tenemos en común, doctora —añade Eusebio con galantería.

—Ande, ande, ande, Eusebio. No me venga con zarandajas, ¿quiere? ¿Sería usted tan amable de cargar con la mochila?

—Descuide. ¿Qué iba a decir? Me parece haberla interrumpido —añade Eusebio tratando de cambiar de tema.

—Sí. Iba a preguntarle si conocía usted a la arqueóloga.

—No, no. Es la primera vez que la veo. No suelen venir por aquí muchos arqueólogos. Xacobe dijo que había estado investigando algo en el antiguo convento.

—¿Qué convento? ¿Hubo un convento aquí en la isla?