Capítulo II #3
—No lo sé —responde Marga, pero aprieta el bolso inconscientemente—.
Es posible que el calor esté mediando en toda esta situación, pero los síntomas manifestados por las personas enfermas no terminan de cuadrarme con ninguna infección concreta.
Lo más seguro es que no sea nada grave, pero hay que estar alerta.
Y si Iria hubiera salido ya de la isla, podría estar en la ciudad teniendo contacto con otras personas y, Dios no lo quiera, propagando la infección.
—Si es que está infectada, quiere decir.
—Bueno, está probado que ella estuvo en el restaurante con el camarero desaparecido, así que debe ser considerada como un contacto directo y, por tanto, existe la posibilidad de que esté infectada, ¿me sigue?
Eusebio mira a Marga y se queda pensativo.
Tiene que reconocer que le está cayendo bien la doctora Erauso.
Inteligente, con determinación y don de gentes, sin miedo a hacer, decir o defender lo que cree que es correcto.
Inquieta, activa, provocativa. Y se lo está pasando bien ayudándola en su investigación.
Está a punto de decir, «le sigo a donde usted me diga», pero logra contenerse.
A esta edad no, Eusebio, se dice para sí mismo.
¡Tú a lo tuyo!—. Le sigo —acierta a decir.
—¿Dónde se habrá metido ese maldito camarero?
—Xan…
—Sí, Xan… —afirma Marga con los ojos cerrados, mecida por el dulce traqueteo del cuatro por cuatro.
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Volvemos de publicidad para dar paso a cuarenta minutos de música sin interrupciones y vamos a empezar este bloque de temazos con uno de nuestros clásicos favoritos. Uno de esos temas que se meten en la cabeza y se quedan parasitando tu cerebro para toda la vida…
Another head hangs lowly,
child is slowly taken…
In your head, in your head…
Estoy en mi despacho. La mesa está repleta de papeles.
Una intensa claridad entra por la ventana iluminando la estancia.
Alguien me llama desde el otro lado de la puerta: ¡Marga!
¿Qué?, contesto yo ¿No ves que tengo trabajo que hacer?
¡Marga! La voz insiste. Así que me acerco al umbral y me asomo al pasillo.
Pero no hay nadie, tan solo un gato negro con una pata blanca que mira, atento, con sus ojos amarillos.
Se acerca, juguetea entre mis piernas y se frota emitiendo un sonoro ronroneo.
Se sienta y me observa. Abre la boca para maullar, pero de su pequeña garganta emerge el rugido de un león.
El felino se cuela entre mis pies y entra en el despacho.
Al darme la vuelta, la oficina ha sido sustituida por una playa, una playa de arena tan blanca como nieve recién caída.
Únicamente queda el escritorio, cubierto de papeles.
El viento del mar sopla y los levanta en el aire. Corro para recogerlos, pero es inútil.
Una muchacha camina por la ribera. Descalza por la arena parece una rianxeira.
Su camisón ondea al albur de la brisa marina.
Quiero preguntarle dónde estamos, pero el repicar de unas campanas provoca que la muchacha recoja el bajo de su vestido y salga corriendo a toda velocidad.
La sigo, a duras penas, por la playa. Persiguiéndola, llegamos a un convento.
Un grupo de mujeres vestidas de negro, unas monjas, entran en la capilla.
Desde el interior, vuelvo a oír la misma voz que me llama ¡Marga!
Así que entro yo también. La joven de la playa está en el último banco.
Me acerco a ella y, al sentarme a su lado, me doy cuenta de que no es una monja, es tan solo una novicia.
El resto de hermanas rezan. Pero ella, en silencio y con los ojos cerrados, sujeta un trozo de tela raída.
Veo, entonces, que mi ropa ha cambiado. El traje de dos piezas ha sido sustituido por una sotana con armadura.
Una espada me cuelga de la cintura. Quiero preguntarle a la joven dónde estamos, así que acerco la boca, tan pegada a su oreja que casi podría morderla.
Abro los labios, y en lugar de una pregunta, un susurro se escapa de mis adentros:
¿Cómo podes, auga da ría,
agochar tantos segredos
sendo tan cristalina?
Un frenazo y un tirón de la palanca de cambios anuncia la llegada al inicio del sendero. Marga cabecea y despierta súbitamente de su sueño.
—Disculpe, creo que me he quedado dormida. Ha sido un día largo y yo es que la siesta no la perdono —admite Marga con esa llana sinceridad sin complejos que se gana con los años.
Todavía somnolienta, abre la puerta del cuatro por cuatro, se agarra de la asadera con la mano derecha y, en una muestra de su geriátrico atletismo, pega un saltito para aterrizar en el suelo; un diez en la ejecución.
Las clases de pilates de los últimos meses han merecido la pena.
Eusebio rodea el coche por la parte delantera.
Con una grácil rotación externa de su brazo izquierdo y una pequeña inclinación de cabeza, señala en una reverencia el camino a Marga.
Un ancho sendero a medio asfaltar y cubierto de hierbajos discurre entre pinos y desciende abruptamente, perdiéndose de vista.
—Por favor, doctora Livingston… —dice Eusebio con retranca.
—¡No se cachondee, anda! —responde Marga, que no puede evitar esbozar una inocente sonrisa.
La epidemióloga y el guardabosques inician un empinado descenso entre matorrales hacia el campo de trabajo. Haces de luz se cuelan entre las copas de los árboles y caen como cortinas blancas colgadas desde sus ramas.
Tras tantas horas de hostigante calor, un espeso sudor inunda la nuca de Marga.
Las uñas, pintadas de un rojo obsession #224, rebuscan entre el enmarañado pelo hasta alcanzar el cuero cabelludo, que se rasca sin compasión.
Un extraño silencio envuelve la senda. Incluso el mar parece haber detenido su eterno vaivén.
Eusebio no aguanta más y decide romperlo.
—Doctora, ¿usted ha sido siempre epidemióloga o ha ejercido alguna vez como médico?
—La epidemiología es parte de la medicina, Eusebio —responde Marga poniendo los ojos en blanco.
—Sí, no, disculpe. Quiero decir, en el hospital o eso —se apresura a corregir Eusebio.
—Trabajé durante un tiempo en un centro de salud, pero siempre me gustó más eso de cazar epidemias. ¿Por qué lo pregunta? —Añade Marga, siguiéndole la conversación. Ella también se siente con ganas de hablar.
—Es solo que me resulta curiosa esta excursión.
Verá, cuando era joven vine a este mismo campo de trabajo como voluntario.
Tendría unos veinte o veintiún años. Yo estudiaba Administración de Empresas por aquel entonces.
Vine aquí de voluntario siguiendo a una chica de la facultad por la que estaba colado.
Fátima. Ella me propuso venir y le dije que sí sin pensármelo.
Únicamente quería pasar tiempo con ella.
Y ella me invitaba a acompañarla a una isla paradisíaca, ni más ni menos —ríe Eusebio—.
¡Ya entonces era un bobo! Fue llegar aquí y nos pusieron a trabajar como monos, a limpiar la isla, de basuras y de malezas, de sol a sol.
Dormíamos en unas tiendas de campaña que se ponían ahí abajo —dice Eusebio señalando un claro entre los pinos—.
Los monitores nos hacían trabajar todo el día, hiciera sol o lloviera.
Por si fuera poco, yo era un chaval de ciudad y no estaba acostumbrado a esas tareas.
Era duro. «El señorito» me llamaban. Al principio me preguntaba, ¿qué hago yo aquí?
Fátima no me hacía ni caso. Ella solo quería ser mi amiga.
Lo curioso es que, irónicamente, encontré el amor.
Pero me llegó en forma de archipiélago. Me enamoré de estas islas.
De sus días soleados y sus noches estrelladas.
De sus vistas a tierra y al infinito. Cuando terminó el verano le dije a mi padre que dejaba la carrera y que estudiaría para ser guarda forestal en las islas.
—Por lo que veo, se lo permitió.
—¡En absoluto! —ríe Eusebio con una sonora carcajada—.
El viejo tenía otros planes para mí: heredar su empresa, expandir su imperio, y no iba a consentir que su primogénito se convirtiese en un paleto echado al monte , como me dijo.
—La voz de Eusebio revela, de pronto, cierta melancolía—.
No tuve más remedio que terminar la carrera.
Lo hice lo más rápido que pude y me puse a trabajar para ganar mi propio dinero y, al mismo tiempo, prepararme para las oposiciones a guarda forestal.
No fue sencillo, pero… ¡lo que hacemos por amor, ¿eh?
! El día que conseguí la plaza en el cuerpo de forestales, yo dejé la empresa y mi padre dejó de hablarme.
Supongo que se sintió traicionado o algo así.
—Lo siento mucho —responde Marga sin saber muy bien qué decir.
Eusebio acaba de abrirse y ella no se lo esperaba en absoluto.
Le había puesto otra etiqueta, de más cerrado.
Como una lata de conservas. Qué hambre tiene.
Marga quiere decirle algo, cualquier cosa que lo anime, pero bastante tiene en la cabeza, y más ahora, que necesita centrar su atención en bajar esta pendiente sin terminar con el culo en el suelo—.
Entiendo que está usted entonces en una relación seria.
Me alegro por usted —acierta a decir finalmente.