Bienvenidos a Cíes Capítulo II #2
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Capítulo II #2

—Ay, ya estáis los políticos metiendo el hocico donde nadie os llama —interrumpe a voz en grito el mismo hombre, que tiene pintas de compartir sus opiniones sin que nadie se las haya solicitado.

Mientras blande en el aire un tique con una serigrafía en tinta térmica de una playa y un gigantesco sol poniéndose tras ella, pregunta—: ¿Sabe usted el dineral que he pagado por esta comida?

Marga le arranca el tique de la mano.

—¡Caray, pues sí que está caro esto! —Otorga Marga al cuñado y, armándose de paciencia, contesta—: Entiendo su enfado, pero tengo una información bastante importante que transmitirles a todos ustedes. En primer lugar, dejar claro que no, que yo no soy política, señor mío. Soy epidemióloga.

—Epi… ¡epidermióloga! ¿Y qué hace aquí un médico de la piel?

—A ver, no quiero que se alarmen —reanuda Marga—, pero deben saber que se ha detectado un brote epidémico y todo parece indicar que esta cafetería está afectada. Así que, por favor, dejen lo que están comiendo y salgan ordenadamente.

—¿Pero qué dice, señora? —continúa el otro—.

A ver, ¿dónde está el brote ese? Que yo lo vea.

Aquí estamos todos perfectamente, disfrutando de nuestras vacaciones y no vas a venir tú a decirnos lo que podemos o no podemos hacer.

Yo cumplo con la ley, levanto la persiana todas las mañanas y pago un montón de impuestos.

¿Y tú? Una aprovechada que chupa de la teta del Estado, que viene aquí a meterse donde no le llaman.

Y cuidadito conmigo, que soy abogado y conozco mis derechos.

Marga se acerca al hombre, cuenta hasta tres y controla la ganas de darle un zurriagazo con el bolso en toda la cara. Estira su dedo acusador señalando al abogado.

—Si eres abogado, supongo que conocerás la Ley de Medidas Especiales en Materia de Salud Pública. Mira, cariño, esta cafetería se cierra ahora mismo contigo dentro o fuera. ¡Tú eliges!

Marga y el hombre se miran como dos gallos a punto de lanzarse el uno sobre el otro, cuando una bandeja de macarrones con chorizo, huesos de pollo asado, patatas fritas mordisqueadas, tenedores y cuchillos cae al suelo con estrépito.

Alguien se ha desplomado en la cola del autoservicio y la cafetería se queda en completo silencio.

Cuando Xacobe vuelve en sí, el local está vacío. Sobre su cara, siente impactar una y otra vez la palma de una mano enguantada.

—Ay, pero déjalo al pobre que le vas a tirar los dientes —escucha decir a una señora… la misma señora que gritaba antes… Le cuesta pensar.

—¡Xacobe! Espabila, hombre, no te hagas de rogar —es la voz del guarda forestal, el dueño de la mano enguantada que golpea su cara como un chuletón de ternera gallega de un kilo.

—¿Qué pasa? —Acierta a decir el pobre Xacobe, que ya no quiere más chuletazos en su cara—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

—Estás en la cafetería del camping de las Illas Cíes. Te has desmayado, cariño, nada más —responde la señora—. Me llamo Marga. ¿Cómo te encuentras?

—Empecé a verlo todo blanco, con una especie de moscas que daban vueltas a mi alrededor y después nada. Perdón… Me duele la cabeza como si me fuera a estallar. Me duelen los ojos. ¿Qué tengo en la boca? —pregunta.

—Te hemos puesto una mascarilla. Parece que has pillado algún virus que hay por aquí y que está infectando a otros campistas. Vamos a acompañarte a tu tienda para que descanses.

—Tienen que avisar a Iria —dice Xacobe inquieto.

—Sí, luego hablamos con tu novia, no te preocupes —responde Marga tratando de calmarlo.

—Iria no es mi novia. Todavía no —sonríe—. Iria es una arqueóloga muy inteligente de la universidad que estuvo ayer en el antiguo convento. Cenó aquí anoche. No duerme en el camping . Está alojada en el campo de trabajo, para estar más tranquila…

—No te preocupes, cariño. Nosotros nos encargamos. Berta, por favor, que alguien ayude a este chico a llegar a su tienda. Eusebio, ¿te importaría acercarme hasta el campo de trabajo? Tenemos que ver cómo está esa tal Iria.

Es llegar la época de cría y esos malnacidos vuelven a desembarcar, otro año más, en la isla.

Su isla. Hartita la tienen. Si no lucra por sus deliciosos bocadillos, hace tiempo que ella y sus hermanas les habrían picoteado los ojos a todos esos molestos y malolientes bípedos.

Esos bocadillos, tan sabrosos y que tanto les gustan a sus polluelos recién salidos del cascarón, con sus mantos moteados, peludos en lugar de emplumados.

Qué adorables son. Se le enciende una cálida llama en el corazón cada vez que se acuerda de ellos.

A menudo piensa también en el futuro que les espera.

Cuando crezcan, podrán robarles los bocatas a los turistas ellos mismos.

¡Hay que ver cómo se ponen por un bocadillito de nada!

Algunos se asustan, se cagan en las patas, al verlas picotear entre sus cosas, al darse cuenta con asombro de que ellas no tienen ningún miedo de esos pedazos de carne rosada.

¿Qué se piensan que son? ¿Palomas? ¡Ja! Otros sacan unos aparatos y les apuntan con ellos.

Al principio les daba un poco de reparo por si fuera un arma o algo así, pero con el tiempo han aprendido que son solo unos trozos de plásticos de colores que suelen emplear para protegerse de la lluvia.

Será alguna superchería mamífera. Los menos se hacen con un arma de verdad, un palo o una piedra, o les tiran arena para espantarlas.

Pero, amigo, ya es demasiado tarde. Ya tienen lo que veníamos a buscar.

¡Tu comida! Y, de paso, se llevan una parte de tu dignidad porque, claro, siempre hay otros pedazos de carne rosa observando el morboso espectáculo, entre risas y miradas de desaprobación.

Y ahí se quedan, compuestos y sin bocata, con cara de tontos, mientras ellas vuelan de regreso al nido con alimento para toda la semana.

Exactamente como ahora. Sus alas cortan el aire, vuelan risco abajo.

Allí, entre las rocas, la esperan piando como posesos sus pequeñines.

Tomad, polluelos, comed. Son calamares de la ría, a la romana o en tempura , qué más da. Tomad y comed todos de él.

Mientras Eusebio sube a la cochera a buscar el todoterreno, Marga aprovecha para pasarse por la tienda de campaña que le ha asignado Berta. Necesita sentarse un momento, sacarse las botas y restregarse los pies con un poco de vinagre.

Una sombra revolotea frente a sus ojos y la aparta de sus pensamientos. Marga lanza ambas manos al aire y las junta en una palmada. Cuando las separa, posa su vista sobre el cuerpo aplastado de un insecto, reventado por el abdomen. Una mancha de sangre roja tiñe las palmas de sus manos. Qué asco.

Con un gesto de repelús, Marga posa el cadáver del mosquito en la mesilla de noche y busca las toallitas higiénicas entre sus cosas.

Mientras se frota y limpia la piel de sus arrugadas manos, observa las características morfológicas del insecto.

Las alas, torcidas por el golpe, seis patas homogéneamente negras y un amenazante pico de hembra hematófaga.

Las hembras, haciendo siempre el trabajo duro, buscando la sangre de los animales mientras los mosquitos macho se alimentan de polen y néctar de flores. Qué típico.

Subidos al todoterreno, Marga y Eusebio dejan atrás el campamento.

Conducen en silencio. El guardabosques mira fugazmente a la epidemióloga.

La ve pensar. La maquinaria lenta pero continua de un buque que zarpa adivinando el rumbo entre la niebla.

Necesita despejar la bruma que se cierne sobre este brote.

Eusebio quiere preguntar, pero no le gusta molestar, así que calla.

Tiene curiosidad, pero no quiere parecer un cotilla. Porque no lo es. Él a lo suyo.

Conduce deshaciendo el camino hasta el puerto principal, en el cual, pocas horas antes, había encontrado a la doctora Erauso batiéndose en duelo con una gaviota patiamarilla, y continúa, ascendiendo por una pendiente de tierra, dejando la costa continental de la isla siempre a la derecha.

Más allá del estrecho, la ciudad de Vigo prosigue con su diaria agitación.

Eusebio vuelve a mirar a Marga. Esta vez, ella le devuelve la mirada. Está más seria que nunca.

—¿Cuánto tardaremos en llegar al campo de trabajo? —Marga no quiere expresar preocupación, pero ya empieza a cansarse de interpretar el rol de epidemióloga dicharachera.

—Poco. Unos cinco minutos hasta la entrada del camino. Luego tendremos que continuar a pie, porque esta camioneta no puede recorrer el trecho que lleva al campo de trabajo. Serán otros cinco minutos de bajada… o puede que un poco más —dice mirando de reojo las piernas de Marga.

—¡Oiga! —sonríe—. No debería subestimarme.

Que estas piernas tienen mucho más recorrido de lo que usted se piensa, ¿eh?

Desde la muerte de mi Marcelino —ay, Marcelino—, no han dejado de viajar por el mundo.

Decidieron no quedarse en casa a llorar, sino visitar todo lo que no habían podido ver hasta entonces.

Reconozco que no son las más rápidas, ni las más largas, pero le aseguro que siempre llegan a su destino.

Y nuestro destino ahora es ese campo de trabajo.

Necesitamos saber cómo está la arqueóloga.

—Iria…

—Eso, Iria.

—Antes de salir hice un par de llamadas y nadie la ha visto en todo el día.

Claro que eso no tiene por qué significar nada.

Es posible que se haya marchado ya en alguno de los barcos de la mañana.

También puede haberse quedado trabajando en sus cosas sin salir del campo de trabajo.

Es un lugar bastante agradable, sobre todo si quieres estar alejado del resto de turistas de la isla.

Pocos se acercan hasta allí teniendo otros entretenimientos como las playas, los faros, los acantilados… ¿Cree que puede estar en peligro?