Bienvenidos a Cíes Capítulo II
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Capítulo II

Capítulo II

_Tarde del primer día

OÍCHES PÓDCAST .

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—Buenos días y benvindos una vez más a nuestro poscast Residencia de Mayores El Paraíso.

Como en otras ocasiones, con ustedes para servirles, Carmiña, sí, yo misma, periodista jubilada pero nunca retirada y conductora de este poscast que nos da tanta vida a todos los residentes de Residencia de Mayores El Paraíso.

Para este programa hemos invitado, como hacemos siempre, a un compañero o compañera de la residencia y hoy contamos con una de nuestras más queridas colaboradoras.

¡Fina! ¿Cómo estás, Fina? ¿Cómo te trata la vida?

—Pues te diría que bien, Carmiña, pero con esta calor, no he pegado ojo en toda la noche. Me he despertado con el camisón empapado en sudores y eso que ya estoy usando el de verano. Esto no es ni medio normal, ¡ni en esta época del año ni en ninguna! A dónde vamos a llegar.

—Qué razón tienes, Fina, más razón que el Papa. Y si no, que baje Dios y los Santos y lo vean, si habremos tenido estas temperaturas alguna vez en la vida, ¿verdad?

—No sé, no sé, Carmiña, igual tú que eres bachiller, pero ¿yo?

Ya te digo yo que memoria dello no guardo…

También es verdad que la cabeza me va cada día peor y a veces se me olvida hasta el nombre de mis hijos, ¡que a ver si me visitáis más, desgraciados!

Pero es lo que tiene la edad, Carmiña, no nos vamos quejar…

¿De qué hablábamos? Ah, sí, sí… d’esta calor infernal que me tiene hasta el…

—Fina, Fina. Tú, ¿qué consejo le darías a las personas que nos escuchan?

La mayoría, pues, personas de nuestra edad, ya sabes, como nosotras, maduras.

¿Qué consejo les darías para sobrellevar estos calores, estas altas temperaturas?

Ya sabemos que la gente de nuestra edad está considerada como población de riesgo.

—Sí, sí, Carmiña, yo riesgos los tengo todos. Tengo la diabetis desatada y el colesterol ¡por las nubes! El malo, ¡el malo! Pero tengo consejos, sí que tengo consejos para el calor.

—Claro, Fina, claro que tienes. Por eso hemos invitado a nuestra compañera Fina, porque ella es de Ourense, ¿verdad que sí, Fina?

—Sí, sí. Bueno, ser ser, yo soy de Finisterre, pero es verdad lo que se dice, que viví mucho tiempo en Ourense.

Fui cuando era joven a trabajar en la casa de la prima de mi abuela que se estaba quedando medio ciega y no veía ni tres en un burro.

Sería también de la diabetis , digo yo, que nos viene de familia según se ve.

Aunque ver, ella no veía. Le encantaba el dulce.

¡Ay, cómo le gustaba el dulce a la prima de mi abuela!

Ya me dijeron, mira que es muy golosa, pero hasta que no lo viera no lo creí, porque era difícil de creer lo mucho que le gustaba el dulce.

Se pirraba ¿sabes por qué? Por las filloas de sangre.

—Fina, hablábamos del calor.

—De la calor, sí, sí.

—Los consejos.

—Sí, los consejos. Pues le encantaban, eh.

Las filloas de sangre. Si no las comía a menudo, se ponía mal de los nervios.

Lloraba por aquellos ojos pequeñitos pequeñitos.

Todos los días, pero todos los días, bueno, igual un día sí, un día no, me pedía, ay, filliña , no me harás unas filloas de sangre que yo no veo ni torta y ya no puedo.

A mí me las pedía, a mí que no sabía, por aquel entonces, porque que era yo muy nueva, ni freír un huevo sabía.

Pero ella me enseñó. Era como un libro de recetas la mujer.

Como un libro de esos de ahora, que te hablan.

—Un audiolibro. Pero lo del calor, Fina.

—Un libro parlante de cocina era ella. Y me enseñó a cocinar muchísimas cosas.

El caldo gallego, pulpo a feira , porque ella tenía familia en Carballiño, tortilla de patatas.

Y filloas. Venga hacer filloas. Pero filloas de sangre.

De las otras no quería. Yo le echaba poco azúcar, porque la señora tenía prohibido por el médico probar el azúcar, como yo ahora, fíjate, y ella no me veía pero me decía, nena, échale un poco más de azúcar que no me echaste nada.

Pero en realidad, a ella lo que más le gustaba era la sangre de cerdo.

—¿La sangre de cerdo?

—Para las filloas, mujer. Me hacía poner un litro de sangre de cerdo en una olla durante una hora para que se concentrara bien concentrado.

Y cuando veía yo, porque ella no veía, que aquello tenía una consistencia espesa, espesa, espesa, entonces la mezclábamos con la harina, los huevos y el azúcar y hacíamos las filloas.

Y ella se las comía como quien come un pedazo de cielo.

—Caviar, ambrosía…

—¡Filloas te dije! ¡Filloas de sangre! Masticaba las filloas a dos carrillos y se relamía los dedos y se quedaba en trance, mirando al infinito, con la boca roja, con los dientes y los labios rojos, con las puntas de los dedos rojos hasta el puño. Yo era muy nueva, daquella .

—Qué cosa, Fina. Si quieres en otro momento hablamos de recetas. Pero ahora queríamos que nos dieras recetas pero contra el calor.

—Uff, qué calor hace, Carmiña. Qué mal dormí anoche. Yo viví en Ourense, no sé si sabes. Aquello sí que era calor también. Fui cuando era muy nueva, a cuidar de una prima de mi abuela que estaba sorda, la pobre, no oía ni la sirena de un barco. Una auténtica tapia la mulleriña …

Marga sale de la tienda del camarero llevando un hermoso felino negro entre sus brazos.

—Creo que Xan se ha convertido en un lindo gatito.

¿Eres tú Xan, michi? ¿Eres Xan, gatito de meiga?

—dice Marga acariciando la cabecita de su nuevo amigo.

Este le responde posando una patita blanca sobre el brazo de la epidemióloga—.

¡Pero si tienes una patita blanca! Te salvaste de la hoguera, michi bonito.

—¿Y ese gato? Xan se va a llevar una buena bronca. ¡Está prohibidísimo traer animales de compañía! Estamos en un Parque Natural de la Red Natura 2000 —lamenta Berta—. Como se entere mi… Como se entere el gerente.

—Prohibido debería estar ser tan lindo, ¿verdad, granujilla?

En cualquier caso, el camarero no está aquí, pero sin duda está enfermo —agachándose deja el gato en el suelo.

Ronroneando, se refriega contra las piernas de Marga, que se sonroja pensando en la última vez que un bulto negro se restregó contra sus piernas—.

Ha dejado el colchón hecho un auténtico asco.

Definitivamente, lo que está pasando tiene algún tipo de relación con esa cafetería.

¡No se hable más! Hay que poner el establecimiento en cuarentena hasta que tengamos toda la información —añade algo ensimismada, reafirmando los próximos pasos a seguir.

—¿En serio? —pregunta Berta alarmada a la vez que intenta atrapar al gato.

—Yo siempre hablo en serio, querida —responde sacudiéndola cabeza.

Es Marga quien atrapa el brazo de Berta, y el gato, de un salto, desaparece entre las tiendas colindantes—.

Y más me duele a mí que no he comido en todo el día.

Tengo un hambre que da calambre. Pero necesitamos mantener el local en cuarentena hasta que venga un equipo de inspección sanitaria a tomar muestras para que tracen el origen de todas las provisiones que se han introducido en la isla.

Llama a la gerencia ahora mismo. Quiero convocar una reunión cuanto antes.

Mientras, voy a acercarme a la cafetería para asegurarme de que nadie más entra.

Acto seguido daré parte a la Xunta. Venga, querida, que no tenemos todo el fin de semana.

I NSTAPIC

Cayetana Polo

@petateypalacaye

[Foto en la playa de Rodas, leyendo un libro bajo una sombrilla y con una pamela].

Estoy enganchadísima al último libro de Pestian Zamarelli, C ARNAVALITO . Así me voy ambientando para mi próximo viaje al Noroeste argentino. Escalofriantemente divertido.

#cies #ciesisland #viajera #travelinfluencer #vigo #galicia #galiciacalidade #beach blueocean #bluesky #travelphotography #traveling #travelgram #pestianzamarelli #carnavalito

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Post publicado

La epidemióloga, funcionaría nivel veintiséis y chorrocientos trienios, avanza con paso lento pero decidido hacia la cafetería.

No cabe lugar a dudas. Los datos de las personas encuestadas indican que la cafetería está de algún modo relacionada con la epidemia y tiene que cerrarse.

Y cuando a Marga se le pone algo entre ceja y ceja es como un miura que arremete contra todo aquello que se interpone en su camino.

Un miura con pantalones de Coronel Tapioca.

Luego ya se encargará de hablar con la inspección.

Más vale pedir perdón que pedir permiso, especialmente cuando la salud poblacional está en juego.

Berta y Eusebio charlan junto a las escaleras de la cafetería. Marga pasa a su lado. Eusebio hace un gesto a Berta y comienzan a caminar detrás de la epidemióloga. Un guardabosques sabe más por viejo que por guardabosques: huele a movida.

—¡Buenos días a todo el mundo! —exclama Marga intentando alzar la voz por encima del bullicio de la cafetería—. O buenas tardes, porque ya no sé ni en qué hora vivo. Tengo que comunicarles que, a partir de este momento, la cafetería queda clausurada hasta nuevo aviso.

Poco a poco el ruido de cuchillos y tenedores va menguando hasta apagarse del todo. Un camarero silencia la televisión. Marga va a continuar cuando…

—¿Y tú quién eres, si puede saberse? —Un hombre se levanta de su silla.

—Sí, sí puede saberse. Soy la que va a cerrar este chiringuito —le responde, identificando la apariencia de usuario de foroautos.com de su interlocutor—. Soy la doctora Margarita Erauso y vengo en representación del Servicio de Epidemiología de la Xunta de Galicia y de la Autoridad Sanitaria…