Capítulo I #6
—En Cíes no hay un puesto de salud como tal.
Los socorristas se ocupan de los primeros auxilios y esas cosas.
Cuando hay algo mínimamente grave, hay que solicitar que evacúen al enfermo, ya sea por mar o por aire.
Aquí en el camping , suelo ocuparme yo… Como he estudiado enfermería…
Además de la recepción, me encargo también de atender algunas incidencias sanitarias, tomo la tensión, doy algunos puntos si hace falta y el paciente se deja… En fin, esas cosillas.
—Pluriempleada. Pues sí que estamos buenos.
—También hay un camarero de la cafetería que me echa un cable o se está pendiente cuando yo no estoy —continúa Berta—, aunque alguien me ha dicho que hoy está enfermo, justamente.
—¿Un camarero de la cafetería? ¿De la misma cafetería en la que han cenado el resto de enfermos?
¿Y… no estaría trabajando ayer por casualidad?
—Berta asiente con tibieza—. ¡¿Y cuándo pensabas decírmelo?
! —Respira, Marga, que te va a dar algo—.
Está bien. Necesito ver a este camarero.
¿Se aloja también en el campamento? ¿Podrías indicarme dónde se encuentra su tienda en el mapa?
—Ehm… Sí, la mayoría nos alojamos aquí, en el camping . Pero las tiendas del personal, en la sección D, no aparecen en este mapa. ¿Está segura de que esto no tiene nada que ver con el calor? —Marga la atraviesa con la mirada.
Siguiendo el camino en línea recta desde la zona de acampada, pasan por delante de la cafetería.
De ella entra y sale gente a troche y moche.
Marga la mira con recelo. Algo le dice que pronto tendrá que pasar por allí, y no para saciar el hambre que ya aprieta.
A paso ligero llegan al final del recinto, donde se instala el personal del camping durante el verano.
A vista de pájara, Marga observa que esta zona tiene más terreno por tienda, aunque también está bastante más desordenada, con bombonas de campingaz, lámparas y hornillos, tablas de bodyboard y neoprenos, ropa tendida y otros utensilios de campista cuya utilidad no es capaz de identificar.
A la sensación de caos contribuye también lo distintas que son las tiendas entre sí, mucho más heterogéneas que en la zona glam del camping : iglús modernísimos de materiales aislantes, tipis de tela gruesa más bien tirando a hippies , canadienses con doble techo de distintos colores, tiendas de automontaje para personas perezosas, tiendas túnel haciendo las veces de almacén.
Donde otras personas ven desorden, Marga ve riesgo de incendio.
—Esta es la del camarero del turno de noche —dice Berta señalando una tienda estilo canadiense de color azul, en la esquina del fondo.
Al menos está alejado de los demás, piensa Marga.
—¿Hola… —Marga lanza a Berta una mirada interrogante.
—Xan…
—… señor Xan? ¿Se encuentra bien? —El silencio por respuesta—.
Voy a entrar. —A Marga todo aquello no le huele bien.
Literalmente. Le huele a enfermedad. Tomando algunas precauciones extra, se ajusta unos guantes de látex y se tapa la nariz y la boca con el pañuelo que lleva al cuello.
Así, cual bandolera furtiva, abre lentamente la cremallera de la entrada.
Antes de penetrar, se gira hacia Berta—. Quédate aquí fuera.
Radio el Olivo, todo sobre la ciudad de Vigo.
¡Deja ya tu piso! Vente a Residencia de Mayores El Paraíso.
«Desde que vivo aquí, estoy encantada. Mucho mejor que con mis hijos. En Residencia El Paraíso me siento cuidada e independiente. Brisca, escoba, parchís, guateques, piscolabis, aquagym. Incluso he recuperado mi vida social… Tú ya me entiendes».
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Ven a visitarnos en calle de la Resurrección, 20, Finisterre.
Hace un calor de mil demonios dentro de esa tienda.
Todo el día bajo el fogoso sol de junio que, con esto del calentamiento global, cada vez aprieta más.
Un batiburrillo de pantalones, camisetas y ropa interior hecha un gurruño hacen del interior de la tienda un lugar todavía más asfixiante.
Y por si fuera poco, ese olor, una mezcla entre sudor, sangre, bilis, calcetines usados y vete a tú a saber qué otros fluidos, no lo mejora.
La atmósfera de Venus sería más respirable en comparación.
A pesar de su pañuelo de bandolera, Marga siente cómo el hedor penetra por sus fosas nasales y se lía a patadas con su bulbo olfatorio, queriendo desatar una descarga parasimpática.
Hay cosas a las que una nunca acaba de acostumbrarse.
Suerte que la edad y, sobre todo, la experiencia le otorgan un elevado nivel de autocontrol.
Al fondo de la tienda, en penumbra, Marga acierta a ver un colchón cubierto por una montaña de mantas. Este zagal tiene fiebrón.
—Perdona ¿Xan? Soy la doctora Erauso. ¿Estás bien? Tengo que hacerte unas preguntitas. Serán cinco minutos de nada.
Silencio.
Marga decide acercarse sigilosamente. A medio camino, su pie aterriza sobre unos restos de comida, que se deshacen en migajas bajo la suela de su zapato, y patea una caja de galletas. Algo se retuerce bajo las mantas. Gime. Marga se detiene un momento y levanta la cabeza.
—¿Xan?
Marga estira una mano, toma la esquina de la tela con sus enguantados dedos y tira de ella para destapar al enfermo.