Capítulo I #4
Al fondo del camino adivina la figura de Berta.
En mal momento había claudicado ante los ruegos de su hermana para que contratase a la simplona de su sobrina.
No puede decir que no le tenga cariño, que no aprecie su obediencia anodina, su capacidad para trabajar en equipo, su pacata dedicación.
De algo le había servido eso de estudiar enfermería.
Algo que, además, puede poner en práctica de tanto en vez, cuando algún campista se pone enfermo, como es el caso.
Pero lo que no soporta de Berta es, precisamente, que es su sobrina.
¡Meritocracia, maldita sea! Empleando su superior inteligencia, ha prohibido a Berta hacer ninguna mención respecto a su supuesto parentesco —uno nunca sabe— so pena de que los pongan a los dos de patitas en la calle.
Y eso es algo que no puede suceder. Siempre que se encuentra con Berta por el camping , por la isla, o en el ferri, Casimiro se pone de los nervios ante la posibilidad de que a Berta se le escape un «hola, tiíto querido» o un «¿cómo está mi idolatrado tío, la fuente de mi inspiración, mi modelo a seguir?
». Casimiro no se fía del córtex prefrontal de su sobrina.
No se fía del lóbulo frontal ni de nadie, a decir verdad.
No es nada personal. Pero esa sensación de desasosiego es lo que le irrita.
Odia sentirse impotente, vulnerable. ¡Qué bueno sería controlar el cerebro de los demás de vez en cuando! ¿verdad?
Total, que allí está Berta, sí, su sobrina.
Y colgada de su brazo, una señora que no puede ser otra que la epidemióloga esa que han dicho que iban a enviar para hacer todo ese paripé de las encuestas y el estudio epidemiológico y bla, bla, bla.
Madre mía, pero si parece un botijo. En fin.
Si por él hubiese sido, habría metido a los enfermos en el primer ferri y los habría mandado a su casa y asunto arreglado.
Pero resulta que eso no es legal: negar a alguien un servicio por tener una enfermedad.
Qué bobada, qué sabrán esos picapleitos.
Muy bien, habrá que achantarse a la norma.
Pero esa absurda idea de avisar a Salud Pública por cuatro o cinco personas enfermas, ¿a quién se le ha ocurrido semejante sandez?
Ah, sí, a su sobrinita querida, que tiene que jugar ahora a ser la Barbie enfermera.
Justo cuando va a empezar la temporada alta.
A su sobrina sí que debería haberla metido en el primer ferri y mandarla a casa con su madre, con su propia hermana.
Le extraña que con su torpeza todavía no haya prendido fuego el camping .
El nepotismo le está saliendo caro, tiene que reconocerlo.
Normalmente, esto de las encuestas epidemiológicas se haría por teléfono —explica Marga a Berta mientras caminan—, pero se ve que un brote en un lugar como este y justo a principios de la temporada turística es algo bastante sensible para los de arriba, tú ya me entiendes.
—Marga sonríe cómplice. Posa la mano sobre el brazo de la responsable del camping y lo aprieta levemente—.
Pero basta de cháchara, ponme en antecedentes.
—La verdad es que tampoco tengo mucha idea —confiesa Berta mientras guía a Marga a través de las distintas secciones del camping , instaladas bajo un verde pinar—.
Yo me he enterado esta mañana, a primera hora, gracias al vigilante del turno de noche.
Según nos ha contado, haciendo la ronda se encontró con varias personas vomitando fuera de sus tiendas, entre los árboles.
Les ayudó a acercarse al baño, y allí había otras personas en la misma situación y, bueno…
con diarrea, me imagino. Prefirió no darme demasiados detalles y yo tampoco quise tirarle de la lengua.
Esta mañana me he pasado por las tiendas preguntando cómo se encontraba la gente.
Yo es que… he estudiado enfermería y recordé que ante una agregación de casos, lo mejor era dar parte a Salud Pública, así que eso he hecho. Supongo que ahí fue cuando te llamaron.
—O sea que tú eres la culpable de que me hayan traído hasta aquí, ¿eh? —Berta ríe nerviosa—. ¡Y no me digas que eres enfermera!
—Sí soy, aunque… no he podido ejercer mucho, todavía. Estoy en la bolsa de trabajo del Servizo Galego de Saúde y eso. A ver si me llaman. Mientras, pues trabajo aquí.
—Muy bien, muy bien. Entonces vamos a ponernos con ello.
Quizás puedas echarme una mano. Ya ves en qué condiciones me han enviado, más sola que una rata.
Lo primero es llevar a cabo la encuesta epidemiológica para ver cuántas personas están afectadas, ver qué síntomas tienen y, quizás, determinar el tipo de transmisión y un posible agente etiológico.
Lo más habitual en estos casos suelen ser los norovirus, que se transmiten como la pólvora.
Sí, sí, esto tiene pinta de ser un virus pasajero.
Por suerte, esto de aquí —Marga extrae el botecito de gel higienizante que siempre lleva en el bolso— evita la transmisión de un montón de bichos.
—Con bichos se refiere usted a bacterias, virus, hongos, parásitos…
—Claro, Berta, no me voy a referir a cucarachas y moscas de la fruta. Por bichos, ya se entiende… Aunque no hay que subestimar el poder disuasorio del gel hidroalcohólico. ¡Vamos!
Caminando llegan a la primera tienda. Antes de entrar, y sujetando la tela de la entrada con una mano, Marga se vuelve hacia Berta.
—Voy a necesitar un plano del camping señalando dónde se alojan las personas con síntomas. Quiero pasar la encuesta epidemiológica a todas las personas afectadas de inmediato. Y no te preocupes —añade—, seguro que al final serán solo dos o tres casos…
I NSTAPIC
Cayetana Polo
@petateypalacaye
[Foto posando en la orilla de la playa de Rodas].
En la mejor playa del mundo. Y no lo digo yo, lo dice el Weekly Post . ¡En estas aguas, se bañó Julio César! Y yo no voy a ser menos. Vini, vidi… ¡bikini!
#cies #islascies #juliocesar #influencer #vidivinibikini #imperioromano
6793 corazoncitos
Post publicado
El chico que ocupa la tienda de campaña no tendrá más de veinte años.
Según las notas de Marga, durante la noche, su novia tuvo que solicitar rollos extra de papel higiénico para atender debidamente a las exigentes demandas de evacuación de sus alterados intestinos.
Ahora la novia permanece fuera, caminando por el avance de la tienda, sin alejarse demasiado y sin dejar de mordisquearse las uñas.
—Hola, Paloma, ¿verdad? Soy la doctora Erauso y vengo a hacerle unas preguntas a… Borja —explica Marga revisando el censo de casos y contactos que le han dado—. Está dentro, me imagino.
—Sí. No quiere salir. No quiere ver a nadie.
Anoche lo acompañé a por el papel higiénico que nos dieron las chicas del camping y, desde entonces, no ha salido de la tienda.
Esta mañana no ha querido ir a la playa ni comer en el merendero.
Ni siquiera le mola que yo esté dentro con él y no lo entiendo, porque estamos mazo in love , ¿me entiendes?
—Entiendo… Venís de Madrid, ¿verdad?
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—Intuición —responde Marga con una sarcástica sonrisa—.
En fin, cariño, no te preocupes. Voy para adentro.
Si no te importa, entraré yo sola —dice lentamente, esperando que su interlocutora pueda entenderla en su estado de profundo nerviosismo—.
Iré con cuidado para no perturbar más de lo necesario el descanso del enfermo —y guiñando un ojo, desaparece en el interior de la tienda.
Así, con otras nueve personas enfermas.
Marga escribe en su cuaderno la fecha y el lugar, seguido de varios datos:
Número total de casos: 9.
Distribución por sexo: cinco hombres y cuatro mujeres.
Rango de edad: entre 18 y 43 años.
Sintomatología: diarrea, vómitos, fiebre, dolor de cabeza. Fotofobia intensa.
Marga pasa su bolígrafo de publicidad de Seguros RANDE , tu tranquilidad al instante, por encima de este último síntoma, marcándolo con un círculo azul: fotofobia intensa.
La luz les molesta y les causa una sensación de «pinchazo en el celebro », tal cual le ha referido uno de los hombres encuestados.
Marga sabe bien que los hombres suelen ser más quejicas.
Sin embargo, es probable que este rechazo a la luz sea lo que lleve a los enfermos a no querer salir de sus tiendas, a pesar del insoportable calor que caldea su interior.
Es un síntoma poco habitual, pero ya lo dijo el filósofo: «cuanto peor, mejor para todos».
Al permanecer en sus tiendas, será más difícil que contagien a otras personas y propaguen la enfermedad al resto de campistas.
Los síntomas, junto con el hecho de que hayan empezado a encontrarse mal el mismo día y estar alojados en el mismo lugar, no es lo único que comparten las personas enfermas.
Marga ha creído identificar también una característica común: todas han cenado en la cafetería del camping la noche anterior.
Esto confirma sus sospechas iniciales, pero, por desgracia, lo complica todo.