Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

VAMOS A DEJARLO

Helia se quedó completamente inmóvil. Durante unos segundos ni siquiera respiró. Los brazos de Dardo seguían rodeándolo y su pecho estaba pegado a su espalda, podía sentir su calor incluso a través de la camisa y aquel perfume masculino seguramente humano que se había puesto.

—¿Has respirado demasiado humo? —preguntó con una voz que sonó baja y extraña.

Dardo lo hizo girar.

Helia apenas tuvo tiempo para prepararse antes de encontrarse frente a él. Dardo seguía con las mejillas ligeramente rojas y los hombros tensos. Incluso sus manos temblaban ligeramente alrededor de sus hombros.

—Creo que podría haber hecho esto de una forma más romántica, pero no aguantaba más. Helia, cásate conmigo, por favor.

Dardo no parecía estar bromeando. Él nunca lo hacía.

Miró de nuevo a su alrededor. La mesa. La cena. La camisa. Su pelo. El perfume.

¿Dardo habría estado preparando eso durante todo el día junto a Nathan?

—¿Puedes decir algo? —preguntó Dardo tras cinco minutos de silencio.

—Dardo, yo... ya he estado casado.

Dardo apretó los dedos sobre su piel.

—Te obligaron, no lo escogiste tú.

Helia bajó la mirada, siempre había pensado que las tradiciones Beta le habían condenado la vida.

De no ser por su existencia, Helia habría vivido una vida normal con sus padres, jamás lo hubieran adoctrinado, vendido, casado a la fuerza, y quemado.

Y tampoco hubiera tenido que escapar de aquella casa, Caleb no lo hubiera encontrado y Helia nunca hubiera conocido a Dardo.

Seguiría en su manada. Fin. Sin embargo, existían, y ya no estaba tan seguro de odiarlas.

Por fin, todo el dolor por el que había pasado, le había sido compensado con creces.

Helia tomó una respiración, sintiendo que su garganta se cerraba.

—Si no quieres casarte conmigo, no tienes que hacerlo —dijo Dardo bajo.

Helia lo sujetó de la muñeca.

—No es eso. Casados o no, nuestra relación no va a cambiar. ¿Por qué querrías hacerlo? Los Alfas no tenéis esa costumbre y en realidad no es nada más que un papel y un registro.

—Lo sé. Llevo todo el día pensando en ello. Al principio quería ayudarte a que olvidaras esa parte de tu vida, quería honrar también esas tradiciones Beta, y convertirlas en algo bueno, pero me he dado cuenta de que no es por eso por lo que quiero casarme contigo.

—¿Por qué es?

Las manos de Dardo resbalaron.

—¿No te lo imaginas, Helia? Quiero que seas mío de todas las formas posibles.

Quiero que todo el mundo se entere. Quizá no cambiará nada, pero quiero ese maldito papel en el que ponga que estaremos juntos para siempre, quiero que nuestras almas asciendan juntas al cielo y quiero atarte a mí incluso en nuestra siguiente vida —Dardo se llevó la mano al bolsillo trasero, sacó un pequeño estuche de terciopelo negro—.

Si te niegas, no me lo tomaré a mal, te lo prometo.

Dardo clavó una rodilla en el suelo.

—Dardo... Dardo, por favor. Levántate.

Dardo no le hizo caso.

—Quiero hacerlo bien, ya que todo lo demás ha salido mal —.Abrió el estuche, mostrándole un anillo. No era excesivamente grande. No tenía nada llamativo. Era sencillo. Plateado. Elegante.

Helia lo miró sin poder apartar los ojos.

—No sabía cual elegir, así que escogí el que más me recordaba a ti. Dani me dijo que tenía que llevar uno.

—¿Dani es quién te ha dicho que tenías que hacer todo... esto? —preguntó Helia, suponiendo.

—Quería que fuera perfecto, pero... no ha resultado así.

Perfecto o no. A Helia no le importaba.

—Deberías hacerme de nuevo la pregunta si quieres que te responda —le dijo a Dardo.

Dardo carraspeó, la caja de terciopelo tembló.

—Helia, ¿quieres casarte conmigo?

Helia tomó las manos de Dardo entre las suyas, se arrodilló en el suelo también. ¿Cómo ese Alfa podía pensar que él podría negarle algo?

—Sí. Sí, quiero —sonrió Helia.

—Ya... ya no sé qué hacer a continuación. Dani no me lo explicó.

Helia soltó una pequeña risa.

—Deberías ponerme el anillo y después besarme.

Dardo lo hizo a trompicones. Necesitó dos intentos para sacar el anillo de su caja y otros dos para colocárselo en el dedo anular a Helia.

—Siento que me va a dar un ataque al corazón —confesó Dardo haciendo que Helia riera y lo sujetara de ambas mejillas antes de besarlo.

Dardo lo rodeó de inmediato por la cintura, lo pegó a él tomando el mando y profundizando el beso mientras que una de sus manos subía hasta la base de su trenza. Helia podía sentir el cuerpo del Alfa endureciéndose contra el suyo.

—Te he echado tanto de menos hoy —gruñó Dardo en sus labios.

—Solo hemos estado separados un par de horas —respondió Helia cuando Dardo se lo permitió.

—Y han sido agonizantes —Dardo arrastró sus labios y dientes hasta su oído.

Seguían arrodillados en el suelo de la cocina, con la nevera abierta pitando a sus espaldas, pero ninguno de los dos parecía ser capaz de levantarse y cerrarla. Helia enterró los dedos en el cabello de Dardo mientras que Dardo lamía ahora en su cuello y gruñía.

Debían parar. Nathan estaría hambriento en su cuarto esperando la cena, e incluso si bajaba, tampoco podría encontrarlos ahí tirados en el suelo.

—Dardo...—jadeó Helia en el momento en el que el Alfa le mordió.

Su cuerpo se retorció de manera extraña.

A Dardo pareció gustarle, ya que respondió con una especie de gruñido volviendo a tirar de sus labios.

Sabía al hierro de su sangre y eso que apenas había sentido dolor.

Sus colmillos engancharon también su labio inferior, lamiendo, besando y saqueando.

Todo era dientes y lengua, Helia sintió que lo levantaba del suelo, lo apretó contra la mesa y tomó, tomó y tomó mientras que Helia le permitía hacerlo.

Dardo se separó de golpe con los ojos fijos en la puerta. Ambos respiraban de forma entrecortada.

—Nathan está bajando —masculló.

A Helia le tomó un par de segundos tomar el significado de esas palabras.

—Le diré que espere en el salón, ahora vengo —Dardo se marchó después de darle un dulce beso en la frente.

No tardó en regresar, Helia estaba tratando de hacer que sus piernas funcionaran de nuevo.

—¿Debería preparar algo nuevo para cenar? —le preguntó Dardo completamente recuperado en comparación a él.

Helia tragó saliva, se acarició el costado del cuello que el Alfa acababa de morder.

—Creo que sí —logró articular—. Puedo hacer algo yo.

—Me parece que en tu estado no conseguirías ni encender el horno, Helia.

Helia sonrió de lado, se acercó al Alfa.

—Llevas un cojín pegado a la entrepierna. No soy yo el que está peor.

—Recuérdamelo cuando subamos a la habitación.

—Eres adorable, cariño —sonrió Helia.

Juntos hicieron una cena un poco más simple pero sin un caparazón negro.

Cenaron en la desastrosa mesa y Helia obligó a Dardo a quedarse en el salón junto a Nathan mientras él se encargaba de limpiar y tirar la carne quemado sin que Dardo sufriera por ello y sin que estuviera a su alrededor ensuciándolo aún más, cuando al fin salió, Nathan estaba durmiendo sobre los brazos de Dardo.

Lo subió para acostarlo en la habitación.

Helia estaba cerrando la puerta con llave, un nuevo hábito que había cogido, cuando escuchó las pisadas del Alfa acercándose. Apenas le dejó hablar, Dardo ya estaba sobre su boca, retomando por dónde lo habían tenido que dejar dos horas antes y con sus manos en todas partes.

—Dardo... espera.

—¿Qué pasa? —gruñó.

—Quiero hacer una cosa.

—¿Qué cosa?

—Una cosa que requiere que te estés muy quieto.

Dardo levantó el rostro de su cuello, confundido.

—¿Qué cosa? —preguntó de nuevo.

Helia tiró de su mano hasta el sofá.

—Siéntate —le dijo tratando de empujar sus hombros hacia bajo.

—Helia. ¿Qué vas a hacer?

—No te lo voy a decir. Tú, siéntate.

Finalmente, Dardo cedió. Se sentó en el centro de sofá con las piernas ligeramente separadas, Helia se colocó entre ellas, empujó una de sus rodillas, luego la otra mientras llevaba su trenza hacia atrás y se lamía los labios.

El Alfa lo agarró antes de que Helia pudiera cumplir con el objetivo de arrodillarse entre sus piernas.

—No. Hagas. Eso —le dijo Dardo.

—Ni siquiera sabes lo que voy hacer.

Dardo inclinó su estúpida cabeza peinada hacia un lado.

—Algo muy inapropiado para ti —le dijo Dardo.

—Hemos hecho ya un par de cosas inapropiadas. Por una más no pasará nada.

—Helia, no.

—¿Por qué no puedo hacerlo y tú sí?

—Porque mi cuerpo es sucio.

—No lo es.

—He matado a gente.

—Has hecho lo necesario para sobrevivir.

—Me da igual. Soy un asesino y no dejaré que...

—¿Tu boca es menos sucia que tu entrepierna? — preguntó Helia interrumpiéndolo.

—¿Qué? No.

—¿Entonces? ¿Te das cuenta de los contradictorio que es? ¿Puedo besarte de cintura para arriba pero no de cintura para abajo? Sigue siendo tu cuerpo.

—Helia, por favor, vamos a dejarlo.

Helia negó.

Claro que no.

Helia sabía lo que le pasaba, porque a él también le había estado pasando durante mucho tiempo.

Acarició la mejilla de Dardo con suavidad.

—No quieres sentirte bien. No crees que merezcas que te haga sentir bien, es eso, ¿verdad?

Dardo gruñó en respuesta.

Helia besó su mejilla.

—Vamos a ser marido y marido. Tendré que saber lo que te hace sentir bien para la noche de bodas, tú ya tienes demasiada información sobre mí.

Dardo no respondió, pero tampoco volvió a negarse, así que Helia siguió.

Besó su cuello mientras que sus dedos empezaban a desabrochar su camisa negra.

Las cicatrices le dieron la bienvenida, ya no le causaban tanto dolor y tristeza verlas, eran una parte de Dardo.

Una parte que seguía siendo igual de bonita que él.

Besó la punta de la primera que empezaba en el esternón. Acarició el estómago plano y musculoso de Dardo. Sus dedos trazaron los músculos duros y maltratados antes de moverse hacia el rastro de vello oscuro que desaparecía bajo la cintura de sus pantalones abultados.

Helia se humedeció los labios secos, y miró hacia arriba antes de desabrochar el botón del pantalón vaquero.

Dardo contenía la respiración. Sus mejillas estaban tan rojas como su cabello y aunque aún seguía tenso, no parecía estar incómodo o siendo obligado a hacer algo. Bajó de nuevo la vista hacia aquellas dos profundas cicatrices que descendían desde cada costado de su estómago.

Eran...preciosas.

Las besó minuciosamente, asegurándose de darle aquellos cuidados que nunca jamás habían tenido y deseando reconstruir cada pedazo de su piel. El estómago de Dardo temblaba cuando Helia decidió bajar la cremallera y tirar de los vaqueros y la ropa interior que se aferraban a sus caderas.

Sus fuertes muslos no estaban menos maltratados, Helia quería seguir repartiendo sus atenciones por las cicatrices, sin embargo, había algo que estaba reclamando a gritos todos sus cariños.

La erección de Dardo se alzaba orgullosa y oscura sobre su estómago, cubierta de venas, con la cabeza roja, húmeda.

Dardo se estaba cubriendo el rostro con las manos.

La otra noche no parecía tan avergonzado como ahora, y era realmente adorable, si se podría describir así a un Alfa de dos metros cubierto de marcas.

Acarició su longitud de forma tentativa, observando sobre sus pestañas las pequeñas expresiones escondidas del Alfa.

Apretó un poco su hinchada carne, investigando qué lugares sensibles le hacían reaccionar.

La punta era uno de ellos. Pronto, sus movimientos empezaron a sentirse mucho más seguros, su mano resbalaba cubierta del lubricante natural del Alfa, las manos de Dardo se retorcían y se mordía los labios mientras que su respiración se volvía mucho más pesada y trataba de sofocar sus gruñidos.

Helia apretó sus muslos, él también se estaba poniendo duro pero necesitaba concentrarse en Dardo. Tomó la base y se inclinó para darle una tentativa lamida en la punta.

Dardo jadeó su nombre.

Su sabor era todo lo que Helia había esperado. Espeso y almizclado, amargo pero para nada desagradable. Paso la lengua de nuevo, Dardo gruñó un poco más fuerte y sus manos se convirtieron en puños.

Helia abrió todo lo que pudo su boca, y empujó la erección dentro.

Se sentía torpe, trató de no rozar la sensible carne de Dardo con sus dientes y seguir tomando cada vez un poco más, apenas podía con la mitad.

Su boca estaba llena, sus labios se estiraban y el lubricante se mezclaba con su saliva.

Finalmente, Dardo dejó de retorcerse y resistirse y Helia tomó su mano para colocarla sobre su cabeza.

Los dedos del Alfa se engancharon rápidamente a su cabello y tiraron de él con suavidad, guiando sus empujes cada vez un poco más rápido.

Helia sabía que estaba a punto y estaba dispuesto a tomarlo todo cuando Dardo empujó su cabeza fuera para correrse sobre el suelo en lugar de en él.

—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? —en menos de un segundo Dardo estaba junto a él tomándolo de las mejillas.

Helia sentía sus labios hinchados y Dardo seguía enfundado en esa camisa negra abierta. Tiró de Dardo hacia él asintiendo con la cabeza y el Alfa no tardó en subirlo al sofá y en lamerlo de arriba abajo antes de abrirle las piernas y meterse dentro de él.