Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

HERIDAS

—Zoe, explícame lo que pone aquí —le dijo Dardo a la niña que correteaba en círculos por el territorio de la guardería.

La niña rodó los ojos.

Llevaba tres días tratando de entender todo lo que decía aquel libro sobre la historia Beta, no ayudaba mucho el ambiente de tensión que se había formado después de que terminara de recordar todo lo que le había sucedido de niño.

Lo secuestraron para un proyecto.

Proyecto.

Proyecto.

Y no sólo a él, si no que tras su secuestro se habían estado llevando niños Omegas ya que eran más... dóciles para sus exámenes. Aunque aún no sabían quién estaba detrás de todo, habían descubierto una parte importante del puzzle en el que Caleb no le dejaba participar.

Le había dicho que ya había hecho suficiente para la manada, que de ahora en adelante se encargaría él y que quería que llevara una vida totalmente normal en la manada en la medida de lo posible.

Dardo no estaba de acuerdo con esa decisión pero según Helia, ninguno de los dos podía hacer nada.

Lo único bueno que había sacado de todo era que las pesadillas se habían detenido, al menos por esa semana, Dardo había sido capaz de dormir las ocho horas del tirón, era como si al recordar, todos esos horribles sueños se hubieran esfumado de golpe.

No quería preguntarse cuando regresarían y si lo harían en algún momento, así que trataba de tener su cabeza siempre ocupada; leyendo, jugando con Nathan, y ayudando en la guardería.

—¿Otra vez? —la pequeña Alfa se acercó a él con los brazos cruzados.

Nathan y Sean estaban jugando en la arena.

—Es la última.

—Eso me dices siempre. Déjame ver.

Dardo le pasó los documentos. Era un pequeño cuaderno que había sacado de los archivos de la manada después de tratar de buscar toda la mierda posible sobre Canneck.

Como le había dicho Helia, las manadas habían borrado a Canneck de todos los lugares posibles, su antigua ubicación de la manada, hasta los años que tenía y aspecto.

Canneck podría estar perfectamente al lado del bosque y nadie lo sabría.

Zoe repasó en voz baja la página.

—Habla de matrimonio Beta y de las obligaciones de un Beta como tal.

—Dime más cosas.

Zoe golpeó el suelo.

—¡Oye, yo también quiero ir a jugar!

—Lo harás cuando me lo expliques.

La niña gruñó bajo.

—Espera aquí, tonto —masculló Zoe.

Regresó cinco minutos después de la mano de un joven menudo de cabello negro, señaló hacia Dardo, le dijo algo y se marchó corriendo a la arena con Sean y Nathan.

Dardo miró con el ceño fruncido al nuevo que se empezaba a acercar.

—Hola, Zoe me ha dicho que necesitabas un poco de ayuda.

—¿Quién eres? —masculló áspero.

No le gustaba la forma en la que todos en la manada eran amigables y familiares entre ellos y con él. Más que nada porque le hacía darse cuenta de la vida que había perdido al haberse ido al bosque.

—Oh, soy Dani. Soy Beta. Estoy con el padre de Zoe.

Dardo lo escudriñó de arriba abajo. Parecía un chico inofensivo, con vaqueros y esa especie de bata que llevaban los educadores con cuadros en azul claro a conjunto con sus ojos. Parecía algo agradable.

Dardo le tendió el libro.

—No entiendo esto.

Dani sostuvo el libro, leyó mucho más rápido que Zoe.

—Habla sobre el matrimonio entre Betas y cómo surgió esa tradición —Dani caminó hacia él y se sentó a su lado—.

Hace mucho tiempo los Alfas estaban reservados únicamente a los Omegas y viceversa.

Los Beta no tenían acceso a ellos, aunque eso no quiera decir que no hubieran parejas de Beta y Alfas o Beta y Omegas, simplemente se escondían muy bien.

—¿De dónde salió eso?

—Caín fue uno de los primeros lobos y líderes del mundo.

Él se dio cuenta de que los Beta no tenían un lazo que los uniera a nadie así que se le ocurrió juntarlos con otros Beta en matrimonios que enriquecieran a la familia.

Esa tradición sigue hoy en día en muchas manadas y para muchos Beta es una especie de honor seguir las tradiciones de sus ancestros.

—Tú no seguiste esa tradición.

—Bueno, estuve a punto. Mi madre trató de hacerlo, pero Ivarr terminó por meterse por el medio.

—¿Por qué un Beta aceptaría algo así?

Dani cerró el libro, lo colocó sobre sus rodillas.

—Cuando un Alfa y un Omega se emparejan, la marca es lo que los une. Pero los Beta no somos receptivos a las marcas, y se van con facilidad, así que muchos buscamos una unión más duradera. El matrimonio en cierta forma nos hace sentirnos seguros.

Dardo asintió con la cabeza.

—¿Te has casado con Ivarr?

—Yo no necesito nada de eso. Ese Alfa es mío y punto, pero si que hay muchos Beta que les hace ilusión casarse y el sentido de formar una familia para no sentirse solos.

Casarse. Boda.

A Helia lo obligaron a casarse cuando era un niño.

Una profunda arruga se marcó entre sus cejas.

—¿Cómo se pide... que alguien se case contigo? —preguntó Dardo muy bajo.

—Pues...lo indispensable es un anillo de compromiso, y flores. Quizá llevarlo a cenar, o preparar una sorpresa. A veces, basta con preguntarlo.

Anillo. Flores. Cena.

Parecía sencillo.

—Gracias. Has sido útil.

—De nada. Supongo. ¿Necesitas algo más?

***

—¿Cómo vamos a dejarlo así? —le preguntó Helia a Félix.

—No lo haremos. Caleb y yo seguiremos investigando con los centinelas. Tú vas a volver a tu vida rutinaria y si necesitamos tu ayuda o la de Dardo volveremos a hablar de ello.

—¿Dónde está Caleb?

—Fue a ver alguien, regresará en unas horas.

Helia observó a Félix. Parecía mucho más cómodo que al principio con aquel nuevo rol. La pareja del líder era la que tenía que cuidar a la manada y encargarse de ella en ausencia del líder, y si en algún momento al líder le pasaba algo, Félix tendría que asumir el mando por completo.

Helia esperaba que eso no sucediera nunca.

—Necesitamos saber ya de qué trata ese proyecto. Si han dejado de secuestrar a cachorros es porque quizá han conseguido ya lo que querían, ¿no lo habéis pensado?

—Sí, y por esa razón necesitamos movernos más rápido. Caleb está cansado de ir el último.

—¿Qué planea hacer?

—Lo siento, Helia. No puedo contártelo. Dardo y tú nos habéis ayudado mucho, y ahora os toca lameros las heridas mutuamente y descansar un tiempo. Yo lo veo un buen plan —dijo Félix con una pequeña sonrisa.

Helia dejó escapar el aire lentamente.

—No sé si seremos capaces de descansar después de todo.

La expresión de Félix se suavizó.

—Yo creo que os lo merecéis los dos.

Helia dejó escapar un suspiro.

—Supongo que... sólo me queda aceptarlo y esperar a que volváis a necesitar mi ayuda.

—Será más pronto que tarde, así que disfruta de tu vida normal hasta que llegue ese momento.

Vida normal.

Helia nunca había tenido de eso.

Había pasado tanto años preocupado por sobrevivir, por trabajar, por recuperar a Dardo, por ser útil, que nunca se había detenido a pensar cómo sería tener una vida que no estuviera marcada por alguna obligación.

Cuando salió de la clínica ya había anochecido. El camino de regreso a casa fue tranquilo, cuando llegó olía a comida quemada y el humo salía desde la cocina.

Helia cerró la puerta despacio.

—¿Qué habéis quemado esta vez? —preguntó avanzando hacia la cocina, sintiendo esa tonta sonrisa aparecer de nuevo.

¿Era así cómo una persona se sentía al llegar a su hogar? ¿Qué era esa sensación tan extraña que le golpeaba el centro del pecho?

Caminó pasando por el salón, habían puesto la mesa para cenar, o al menos lo habían intentado, los cubiertos estaban repartidos por casi toda la mesa, habían dos velas encendidas cuya cera estaba cayendo sobre el mantel, y por no hablar de ese mantel puesto del revés y torcido.

¿Qué estaban planeando esos dos? De normal devoraban los platos de comida antes de llegar al salón.

Se asomó por la cocina sólo para ver a Dardo sacando algo del horno completamente achicharrado, Nathan correteaba tras él moviendo un trapo para disipar el humo. Ninguno parecía haberlos escuchado entrar.

—¿Se ha quemado? —le preguntó Nathan.

—Se puede comer —le respondió Dardo.

Helia suspiró. Ese trozo de carne no era más que un carbón.

—O podemos pedir una pizza —dijo Helia.

Los dos se quedaron quietos, Nathan fue el primero en girarse y sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Ya has llegado! —Nathan dejó caer el trapo que tenía ente las manos y corrió hacía él.

Helia apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que el niño se lanzara contra sus piernas.

—¿Qué estáis tratando de hacer? —le preguntó Helia acariciando su cabello todavía húmedo.

Nathan levantó al cabeza, abrió la boca, la cerró. Miró a Dardo, Dardo lo miró a él.

—Nada —respondió finalmente el cachorro.

Helia arqueó una ceja.

—¿Seguro?

—Yo no sé absolutamente nada —Nathan salió corriendo escaleras arriba y Helia dirigió la miraba hacia Dardo.

Hasta ese momento había estado demasiado concentrado en el humo y en la comida quemada como para fijarse.

Dardo llevaba una camisa.

No una prenda vieja, rota y ancha de las que solía ponerse en casa.

Era una camisa oscura que le quedaba ligeramente estrecha en los hombros y en el pecho. Su cabello estaba peinado, incluso parecía que había usado algún producto para mantener los mechones ondulados en el sitio correcto. Llevaba unos vaqueros también, y tampoco estaban rotos.

Estaba... diferente. Extraño. Incluso le daba la sensación de que era un hombre completamente diferente a la bestia desaliñada que llegó a la manada hace unos meses.

Helia no pudo evitar quedarse mirándolo unos segundos más en silencio.

—Estás muy guapo —le digo finalmente Helia dando unos cuantos pasos hacia él.

Las mejillas de Dardo se enrojecieron, desvió los ojos de él y se rascó la nuca.

—¿No parece que vaya disfrazado?

Helia sonrió, negó con la cabeza.

—¿Vas a algún sitio?

—No.

—¿Te has vestido y peinado para estar en casa?

Dardo cambió su peso de un lado a otro. El Alfa parecía estar intentando mantener una expresión seria, pero sus ojos lo traicionaban.

Estaba nervioso, y Helia no sabía exactamente por qué.

—¿Hay algún problema? —preguntó como un niño enfadado al que le habían pedido que se cambiara de ropa.

Helia terminó por acercarse a él, sus dedos se metieron entre su cabello, despeinando un poco su perfecto cabello, haciéndolo ver un poco más como Dardo y no como un hombre nuevo.

—Pediré algo de cenar.

—La carne aún se puede comer.

—Dardo, no hace falta que sigas haciendo eso.

—¿El qué?

—Comer cosas quemadas. Sé por qué lo haces, y no es necesario. La manada tiene mucha comida y si se cocina algo mal se puede tirar a la basura y cocinar o pedir otra cosa.

Dardo bajo la mirada hacia la carne.

—Helia, he tenido que comer cosas cubiertas de mierda, la comida para mí es un recurso tan valioso que no puedo tirar nada.

Helia sintió que algo se le encogía dentro del pecho. Durante años Dardo había aprendido que cualquier cosa que pudiera llevarse a la boca tenía que aprovecharse, aunque estuviera podrida, o en mal estado, ya que nunca sabía cuándo volvería a comer.

Helia suavizó su expresión.

—Ya no estás en ese sitio, y yo no dejaré que vuelvas a comer nada que tenga aspecto de haber salido del infierno. Así que tira a la basura eso, y te enseñaré a cocinar de verdad —Helia tiró su trenza hacia atrás y se lavó las manos.

Abrió la nevera para hacer un pequeño registro y unos brazos lo abrazaron por detrás.

Olía... a perfume. ¿Perfume? Sí.

—Helia. Cásate conmigo.