CAPÍTULO 38
NUEVA FAMILIA
Helia no era capaz de soltarle la mano a Dardo.
Llevaban media hora caminando por el bosque en círculos sin un destino concreto, alejándose poco a poco de las luces de la manada hasta que las últimas ventanas iluminadas desaparecieron entre los árboles.
La noche había cubierto el bosque con una oscuridad plateada y tranquila.
Sobre sus cabezas, las copas de los árboles se entrelazaban formando un techo irregular.
El aire era frío.
Olía a tierra, a madera y agua encharcada, seguramente estarían cerca de uno de los lagos. Caleb les había dicho que no se alejaran demasiado y que no dejaran el territorio Alfa.
Una ráfaga de viento los sacudió y Helia volvió a mirar sus manos entrelazadas; la suya más pequeña envuelta por la de Dardo. Era enorme comparada con la suya. Callosa y áspera. Marcada por pequeñas cicatrices que recorrían los nudillos y desaparecían bajo la manga.
Helia apretó ligeramente el agarre y Dardo se paró en seco, observando a su alrededor. Giró completamente hacia él.
—Deberías haber cogido una manta —le dijo Dardo.
—Es sólo un poco de frío.
Dardo tomó ambas manos entre las suyas y las frotó lentamente, intentando devolverles el calor. Helia bajó la mirada hacia ellos y sintió cómo una pequeña sonrisa, involuntaria, tiraba de sus labios.
Era extraño.
Dardo no era delicado. Rompía casi todo lo que tocaba, lo quemaba todo, y tenía la manía de apretar a Helia hasta dejarlo sin respiración y tirar de su cabello. Sin embargo, podía ser realmente delicado cuando quería.
Una delicadeza que no encajaba con él pero que le resultaba completamente adorable.
—¿Quieres mi camiseta? ¿O que vaya a buscar ropa a casa?
El valor con el que Dardo había decidido entrar en el bosque parecía haberse esfumado por completo. Observaba el bosque como si hubiera algún monstruo en su interior que fuera a salir y a atacarlos de sorpresa.
Helia sostuvo sus mejillas.
—No tienes que hacerlo hoy, Dardo —le repitió.
Dardo no respondió.
Sus ojos recorrieron el rostro de Helia.
—¿Estás seguro de que tu método funcionará?
—Suele hacerlo en la mayoría de los casos, pero todo depende de ti y de lo receptivo que estés.
—¿Y si soy incapaz de recordar nada? ¿Y si simplemente fui yo el que corrí hacia el circo?
—Esos hombres confesaron que te compraron a un tercero. Estuviste con alguien antes.
Helia aún no le había contado la verdad sobre los cachorros. No quería que las necesidades de la manada y el ansia por saber lo que estaba pasando pudieran modificar sus recuerdos.
Una parte de él no quería saber si Dardo sufrió mucho más. Ojalá simplemente se hubiera encontrado con alguien que supo lo que era desde el primero momento y se aprovecho de su situación, incluso si eso significaba no avanzar más en el caso de los cachorros.
Dardo ya había tenido más que suficiente.
—¿Y qué debo hacer? ¿Cerrar los ojos?
—Eso estaría bien. Debes regresar a la noche en la que desapareciste, todo lo que recuerdes.
Dardo movió su cabeza de un lado a otro. Cerró los ojos con fuerza y apretó los ojos. Helia lo sujetó de las manos.
—Te recuerdo a ti en el baño esa noche, haciéndote daño en la espalda y echándome de ahí. Me escondí y vi el nombre de ese desgraciado y salí a buscarlo para matarlo.
—¿Te fuiste al bosque?
—Sí.
—¿En qué forma? ¿Eras humano?
Dardo negó con la cabeza.
—Lobo.
—Ahora concéntrate un poco más. Imagínate ahí, ¿hacía frío como hoy?
Dardo apretó sus ojos y frunció sus cejas.
—Tenía calor.
—¿Qué sentías?
—Estaba enfadado contigo por tratarme como un niño. Quería demostrarte que podía protegerte.
Helia sintió una punzada en su pecho. Incluso siendo un cachorro, Dardo había sentido aquella necesidad absurda de protegerlo siempre.
—¿Estabas corriendo?
Dardo asintió.
—¿Había algo raro en el bosque?
—No...no lo sé.
—¿Llegaste a la ciudad?
Dardo gruñó.
—No me acuerdo. No puedo hacerlo —abrió los ojos y se pasó una mano por la cabeza.
—Está bien, Dardo.
—No, mierda. No lo está. Necesito saber qué me hizo olvidarme de todo.
—Estás cosas llevan su tiempo.
Dardo negó con un gruñido.
—Otra vez. Hagámoslo de nuevo —le dijo tomando sus manos.
—De acuerdo. Respira hondo, voy a intentar relajarte.
Helia espació las feromonas tranquilizadoras y los hombros de Dardo cayeron no tan tensos. El Alfa respiró hondo, incluso su agarre era algo más suave que antes.
—Estás solo en el bosque. Eres un cachorro, acabas de ver algo que no te ha gustado y estás enfadado. ¿A dónde quieres ir?
—A matar a Canneck.
—Pero no sabes dónde está. Correrías por el bosque sin sentido, estarías perdido, y solo.
—Quería regresar con la manada, contigo —masculló el Alfa.
—¿Trataste de volver?
—Lo intenté, marqué árboles. Estaba corriendo en círculos.
—Muy bien, Dardo. Concéntrate un poco más. ¿A qué hueles?
—Olía a tierra seca, y... a algo raro.
—¿Raro en qué sentido?
—Era un olor diferente a la manada. Sucio, no me gustaba.
—¿Una persona, quizá? ¿Otro animal?
—No lo sé. Me perseguía, se creía que yo no me había dado cuenta.
—Háblame más de ese olor.
—Se escondió tras un árbol, pero lo encontré.
—¿Lo encontraste?
—Sí, me dijo algo.
Helia vio la profunda arruga que empezaba a formarse en medio de sus cejas.
—¿Qué te dijo, Dardo?
—Me dijo que... los cachorros deben ir solos por la noche.
—¿Y luego?
—Luego, me desmallé.
***
—¡Haz que se calle de una vez! —gritó la mujer de cabello rubio platino, su voz atravesó el pasillo y llegó hasta la pequeña celda.
Dardo levantó la cabeza, tenía las orejas pegadas al cráneo. No sabía qué estaban diciendo, no entendía la mayoría de palabras que aquellos extraños adultos utilizaban, pero lo que sí que sabía era que estaba en peligro y que aquel lugar apestaba a miedo.
Dardo retrocedió hasta que su espalda chocó contra los barrotes.
—¿Cómo? ¿Le pongo un bozal para que vuelva a arrancarme un dedo de la mano? —se quejó el enfermero.
Dardo enseñó los dientes. Era la voz del hombre que siempre entraba a pincharlo.
—Haz lo que sea —espetó la mujer—Sédalo, duérmelo, mátalo, pero no quiero escuchar más sus gritos.
Dardo comenzó a temblar.
Matarlo.
Aquella palabra sI que la entendía.
—El jefe nos ha prohibido tocarlos.
—Él no está aquí, y llevo un mes entero escuchando sus jodidos sonidos de lástima y aullidos.
Dardo se encogió aún más. ¿Un mes? Creía que llevaba ahí solo un par de días. Lo habían encerrado en una celda diminuta en una habitación sin ventanas.
—Toma, ponle esto.
—¿Qué es?
—No preguntes. De todas formas no nos sirve para nada. —continuó la mujer—. Estúpidos cazadores, les dijimos que sólo cogieran a lobos dóciles como Omegas, y aparecen con un maldito Alfa dominante.
—Es un cachorro.
—¿Qué importa eso? Los Alfas son agresivos por naturaleza, un Omega es mucho más dócil y útil.
Dardo se golpeó la cabeza contra los barrotes.
Apestaba a metal, a antiséptico mucho más fuerte que en la clínica y era insoportable.
Dardo quería salir de ahí. Vagamente recordaba cosas sobre esa última semana, la mayoría del tiempo la pasaba en aquella celda enana, cuando venían a verlo era para pincharlo y hacerle dormir, por suerte, las anestesias no hacían el efecto deseado en él y muchas veces había despertado cuando le estaban sacando sangre y se había llevado un par de dedos por el medio.
—Pero es... un niño.
Se escuchó un fuerte golpe que hizo que Dardo se alejara de los barrotes y se encerrara en una esquina.
—Te pagan lo suficiente como para ignorar eso. Ya sabías de qué iba el proyecto cuando firmaste el contrato así que cállate la boca y haz tu trabajo. Deshazte del Alfa esta noche y déjales bien claro a todos esos estúpidos cazadores que sólo aceptaremos Omegas. ¿Me has escuchado bien?
—Sí, señora.
El cachorro tembló de frío y de miedo junto a los barrotes. ¿Por qué se había ido? ¿Por qué había tenido que salir de la cabaña? ¿Por qué Helia no estaba con él? ¿Lo estaría buscando? ¿La manada lo estaba buscando? Seguramente no.
Dardo había sido un cachorro demasiado problemático para todos. Quizá estaban contentos. Ya había pasado un mes, ¿dónde estaba Caleb? ¿Es que nadie iba a ayudarlo?
En algún momento se durmió y despertó cuando la puerta de metal golpeó al abrir y cerrarse. El cachorro gruñó, retrocedió y se colocó en posición defensiva con las garras y los dientes fuera.
—Tranquilo, vas a volver a casa —le susurraron.
Dardo chilló cuando una aguja se clavó en su lomo.
—Es sólo un calmante, te dejará un poco atontado. Lo siento.
Dardo se mareó sobre sus patas por mucho que trató de mantenerse en pie. La puerta de la celda se abrió y el hombre metió la mano y lo sacó. Lo envolvió en una especie de manta con sólo la cabeza fuera y lo ató para que no pudiera moverse.
—Se pasará en un par de horas, y volverás a correr con tu manada.
Yo no quería... por dios no sabía que esto iba a ser así, pero ya es imposible de pararlo —dijo llevándolo a través de los pasillos—.
No sé si me estarás escuchando, o si entiendes algo de lo que te digo.
Joder, debes de tener la edad de mi hija.
Por mucho que Dardo trató de moverse no pudo. Entraron en una pequeña habitación de metal y luego el humano lo llevó hasta un coche. Lo aseguró en el asiento de al lado.
—Son tan buenos prometiéndote cosas que venderías hasta tu propia madre. Dile a tu líder que no deje los cachorros solos, me temo que esto sólo acaba de empezar, y que no pararán hasta conseguir lo que quieren.
Dardo no entendía la mitad de lo que decía. El hombre siguió hablando y conduciendo. Dardo ya podía sentir la punta de la cola cuando detuvo el coche en medio de una carretera y volvió a cogerlo.
Había una camioneta vieja también apartada a un lado de la carretera.
—Ellos te llevarán a tu manada —le susurró el hombre.
Un hombre nuevamente desconocido salió de detrás de la furgoneta, le dio un sobre blanco.
—¿Estás seguro de que puedes devolverlo a su manada natal?
—Pasará un tiempo en nuestras instalaciones para comprobar que está bien, pero sí, trataremos de reunirlo con su familia. Le dijiste a Mike que era un poco agresivo, ¿cierto?
—¿Es un problema?
—No. Estamos acostumbrados a ello.
—Gracias por ayudarnos.
—Gracias a ti, compañero.
Dardo pasó de manos, olía a tabaco, a alcohol y había algo que no le terminaba de gustar, cuando el enfermero se marchó, el hombre abrió el furgón y lo lanzó dentro de otra jaula mucho más pequeña y oxidada.
—Menudo estúpido. Tú, pequeño amigo, me vas hacer ganar mucho dinero. Déjame llevarte a conocer a tu nueva familia.