CAPÍTULO 37
VOLVEREMOS
Débora resultó ser un pequeño monstruo chillón y llorón que no dejó de reprender a Sean hasta hacerlo llorar también. El Alfa tuvo que sujetar a Nathan de la nuca para que no se lanzara sobre la Omega gruñendo.
Helia estaba tratando de mediar con ella mientras que Dardo y Nathan se habían quedado junto a la pared como si estuvieran castigados, y todo por el maldito cachorro. Ahora sabía de donde Sean había sacado su parecido y no sólo eso, tenía el mismo genio sensible e impulsivo de su madre.
—Quédate aquí —le ordenó a Nathan mientras caminaba directo hacia la Omega histérica que agarraba con fuerza la pequeña muñeca de Sean como si fuera un muñeco.
Nathan obedeció con los ojos clavados en Sean, las manos cerradas a ambos lados de su cuerpo y la espalda completamente rígida.
Se habían despertado hace poco de diez minutos cuando Helia estaba haciéndoles de nuevo un par de tortillas porque según él, las que había cocinado Dardo eran... dudosamente comestibles.
Dardo se las había comido por ellos. Y no eran para nada terribles. Nat y él habían comido cosas mucho peores, pero prefirió no decírselo a Helia.
—Suéltalo —le dijo Dardo a la Omega cuando llegó al lado del Beta.
Débora giró la cabeza hacia él.
—¡Esto no tiene nada que ver contigo! —le gruñó ella.
—Tiene que ver con mi hijo, así que también conmigo. La primera vez que los intentamos separar tu cría le mordió, en la segunda vez se ha escapado de casa, suerte para ti si quieres averiguar lo que pasara en otra tercera vez.
—Entonces, ¿qué tengo que hacer? —la pregunta había salido de su boca con mucha menos rabia que antes. Ahora sólo parecía cansada, y más que asustada.
Si hubiera sido Nathan quién hubiera desaparecido anoche y escapado a casa de la Omega, Dardo la habría destrozado por completo, y habría pasado la peor noche de toda su vida, así que trato de respirar, de calmarse a él también y tratar de entender a la hembra.
—Primero —dijo más suave—. Soltar a Sean.
Débora se arrancó las últimas lágrimas de los ojos, soltó la muñeca de Sean y Sean salió corriendo hacia Nathan. Débora volvió a llorar. Helia mandó a los cachorros a la cocina.
—Cuanto más trates de separarlos, más querrán estar juntos. Nathan parece entenderlo todo y acata mis órdenes, el problema es tu cría —masculló Dardo.
—No tengo nada contra ti, ni con tu familia, pero no quiero que mi hijo este con el tuyo. Si puedo impedirlo...
—Ya es tarde —interrumpió Dardo—. ¿Te piensas que a mí me gusta?
Tú hijo no serviría ni de alimento para ratas, pero las cosas ya están hechas.
Si sigues insistiendo en llevarte a Sean lejos puede que no te vuelva a hablar en la vida.
Tú sabrás lo que es mejor para ti y para él —gruñó Dardo antes de marcharse a la cocina justo cuando Helia regresaba.
Nathan estaba engullendo la tortilla con una mano mientras que Sean aún no parecía ni haber dado un sólo bocado, ambos seguían con las manos juntas.
—Vas a quedarte seco como sigas llorando —le dijo Dardo a Sean.
Sean apretó los labios.
—Sean, ¿te das cuenta del susto que les has dado a tus padres?
Sean se sorbió los mocos, asintió con la cabeza.
Dardo dejó escapar un suspiro y se acercó a la mesa. Se agachó frente a Sean, quedando a su altura. El cachorro evitó mirarlo durante unos segundos, demasiado concentrado en contener las lágrimas que todavía le temblaban en las pestañas.
—¿Tu madre te ha hecho daño?
—No.
—De acuerdo. Ya sabes que no puedes volver a colarte aquí sin permiso y sin que tus padres lo sepan.
—Es que no podía dormir.
—Si vuelve a pasar algo así, llamas a Helia y esperas a que vayamos a por ti. Pero no te escapes de nuevo así, podrías ponerte en peligro. Los cachorros no deben ir solos por la noche —dijo Dardo, recordando de repente esa frase de algún lugar.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Los cachorros no deben ir solos por la noche.
¿Te has perdido?
Los cachorros no deben...
—Débora ha dicho que esperará a que Sean le pida regresar a casa —escuchó la voz de Helia y sintió su mano en su hombro—. ¿Estás bien, Dardo?
Tenía la garganta seca. Los ojos le ardían, y le picaba todo el cuerpo.
Negó con la cabeza y se deslizó hasta la bancada, apoyó las manos en la fría superficie.
—¿Qué ocurre? —le susurró Helia.
—Tengo sensaciones raras, recuerdos.
—¿Has recordado algo más a parte de lo de Jason?
—A ti. Anoche. Recordé todo sobre ti, pero esto es diferente. Es cómo si hubiera algo pesado y frío en mi cabeza que no me deja avanzar más de eso.
—Puede que se trate de un bloqueo. Las mentes a veces lo usan para ocultar cosas que saben que son dolorosas. A mi me pasaba de pequeño.
Dardo apretó la mandíbula y los puños.
—Pues me cago encima de ese maldito bloqueo.
Helia cogió una de sus manos, trató de relajarla.
—¿Quieres que te ayude a saber lo que hay detrás?
Dardo giró la cabeza hacia él.
—¿Puedes?
—Conozco algunos ejercicios que podrían funcionar, pero necesitamos un espacio que te lleven hacia esos recuerdos. ¿Sabes dónde se corta tu memoria?
—En el bosque, justo cuando me escapo.
—Quizá sea el momento de regresar ahí.
Dardo tomó aire.
Llevaba toda la estancia en la manada resistiendo el impulso de entrar en el bosque. Malo. Algo malo había ahí. Los cachorros no deben ir solos por la noche. ¿Te has perdido? Ven conmigo.
***
Débora se llevó a Sean horas después. Los dos parecían mucho más tranquilos, y la Omega al fin parecía entender que separarlos no iba a ser lo mejor para ninguno.
Quedó con Helia en que seguirían viéndose, y en que Sean regresaría a la normalidad de las clases de la manada.
Seguía pareciendo algo recelosa con Dardo, pero le daba igual.
Tenía suficiente con esas malditas frases que se habían clavado en su cabeza y que no parecían querer marcharse.
Helia le había dicho que lo mejor sería dejar un par de días la mente tranquila, que tratara de hacer cosas que le gustaban o que le ayudaran a mantenerse tranquilo, pero Dardo no podía esperar, y se negaba a pasar una noche más sin saber cómo demonios había acabado en el circo.
No para lamentarse. El circo había sido una auténtica pesadilla, pero volvería a pasar por todo ello con tal de tener a Nathan a su lado.
—¿Por qué no puedo ir con vosotros? —preguntó Nathan.
Era la primera vez que iba a separarse de él, y más por la noche.
Helia le había pedido el favor a Atlas de quedárselo en su casa con Sean para que no se sintiera tan nervioso.
Dardo no quería separarse aún, pero iban a ir al bosque de noche, Dardo no sabía cómo iba a reaccionar, y si terminaría recordando algo o no, pero según Helia debía estar todo lo concentrado posible y Nathan en el bosque era lo mismo que estado de peligro en su cabeza.
—Porque necesitamos estar solos un tiempo para saber lo que me llevó a la celda contigo —le dijo Dardo.
—¿Pero no os pasará nada en el bosque?
—Regresaremos antes de que te despiertes por la mañana.
—¿Y si no lo hacéis?
Dardo le acarició la cabeza.
—Te prometo que volveremos.
Nathan parecía a punto de llorar. La última vez que los separaron fue antes de llegar a la manada, justo cuando los rescataron siendo los dos más lobos que personas.
Tuvieron que aislar a Nathan para que comiera ya que el lobo de Dardo no dejaba que nadie se acercara a él.
Y Dardo acabó con una correa de hierro en su cuello y encerrado en una diminuta jaula que no hizo nada más que empeorarlo todo.
—Ey...¿cuándo me he separado de ti? —le preguntó Dardo—. Yo tampoco quiero hacer esto, Nathan, pero tanto la manada y yo tenemos que saber lo que me ocurrió en el bosque. Sea lo sea, no me hará que me separe de ti.
Nathan tragó saliva, asintió, y se lanzó sobre él para abrazarlo. Dardo besó su frente.
—Si no estás aquí por la mañana iré a buscarte —le dijo el niño.
—Me parece un buen trato.
Nathan entró corriendo a la casa con Sean.
—Les he comprado un par de películas de dibujos, y cenarán pizza. No os preocupéis, Sean y yo lo mantendremos ocupado —dijo Atlas.
Dardo apretó la mandíbula.
—Gracias —gruñó—. Supongo.
—De nada, supongo también.
A Dardo le costó moverse del sitio incluso cuando Atlas entró en casa con su cachorro. Su respiración se convirtió el algo pesado y sin sentido y apretó con demasiada fuerza la mano de Helia.
—¿Seguro que quieres hacerlo hoy? Dardo... podemos esperar si no estás seguro.
—No. Nathan estará bien aquí, ¿verdad?
Helia le acarició la mejilla colocándose frente a él.
—Claro que sí. Dije que podías confiar en Atlas. y estaremos justo aquí al lado.
Dardo lo sabía. Sin embargo, se sentía como si estuviera abandonando a su cría.
—Bien. Vamos. Cuanto antes hagamos esto, antes volveré a por él.