CAPÍTULO 36
EN DEUDA
—¿Podrías no mencionar que he ido a buscarte? —le pidió Félix antes de entrar en la casa—. Simplemente di que nos hemos encontrado por el camino, o algo así. No creo que a Caleb le moleste que lo haya hecho pero...
—Prefieres que no lo sepa.
—Él aún trata de darte tu espacio, no quiere parecer pesado y tampoco quiere fiarse de los cotilleos de la manada. Espera que... le cuentes las cosas cuando estés preparado, para él es importante, Helia.
Helia asintió a sus palabras.
—No intención no era dejarlo de lado.
—No te preocupes. Sabemos que llevas mucho encima, y por lo que he visto has tenido una muy buena distracción.
Helia carraspeó para ocultar su sonrisa.
—Te agradecería que fueras un poco discreto.
—¿Discreto? ¿Yo? —Félix rió—. No lo dirás en serio, en cuanto salgas de casa pienso ir con él a cotillear de todo lo que he visto, a no ser que realmente no quieras que Caleb tenga noticias de tu relación con Dardo, pero lo sabrá en el momento en el que cruces la puerta. Hueles horrible.
—No es mi intención ocultarle nada. Es sólo... que aún no sé como decirlo. Todo ha sido rápido y...
—Y nunca has tenido que presentarle a papá Caleb a tu novio. Ya, lo entiendo. ¿Quieres que te ayude? Puedo ser muy sutil cuando quiero.
—No, gracias. Creo que... prefiero decírselo yo.
—Mejor. Mi idea era decirle que la gran virtud de su sanador ya había sido profanada.
—¡Félix! —la puerta se abrió en cuanto Helia exclamó su nombre.
—Sabéis que os puedo escuchar desde aquí, ¿verdad?
Helia cerró los ojos.
Perfecto.
Abrió los ojos lentamente.
Caleb estaba tras la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que no dejaba ninguna duda sobre cuánto había escuchado.
Todo el camino buscando las palabras exactas para contárselo y debía enterarse así.
Era un lobo enorme. Alto, ancho de hombros y con una presencia tan dominante que parecía que la cabaña se le hacía incluso pequeña. Llevaba la cabeza rapada y la luz del recibidor resaltaba la cicatriz que le cruzaba uno de los ojos grises.
Helia había visto aquella cicatriz tantas veces que prácticamente formaba parte de sus recuerdos. De niño le parecía aterradora. Después aprendió que Caleb era mucho más amable de que su rostro le hacía pensar a cualquier persona, tan sólo que muy pocos conseguían ver esa parte de él.
—¿Nos espiabas? —dijo Félix tratando de hacerse el ofendido, caminando hacía él y abrazándolo.
—Iba a salir.
—Pues le has destrozado la sorpresa a Helia, te iba a anunciar su compromiso formal —Félix giró el rostro hacia él—Ves. Te dije que podía ser sutil.
—Gracias, Félix, pero no hace falta que sigas ayudándome.
—Que pena. ¿Os dejo solos?
—Sólo un rato, cariño —le dijo Caleb.
Félix se separó casi a regañadientes.
—Iré a ver quien puede ir a entrenar un rato.
Félix escapó por la puerta antes de que Helia pudiera decirle nada más. Durante unos segundos, sólo se escuchó el sonido de sus pasos alejándose por el camino.
Helia permaneció frente a Caleb.
Al menos, hubiera preferido tener a Félix a su lado, no es que el Alfa le diera miedo, pero las palabras que llevaba un rato pensando le eran más que complicadas.
Caleb era la segunda persona más importante en su vida tras Dardo.
Era el lobo que le había abierto los ojos, quién le había hecho ver que no tenía que pedir permiso para vivir ni siquiera siendo un Beta.
Era el lobo que le había obligado prácticamente a tomar la libertad por mucho que Helia se había resistido a tomarla.
—Pasa —Caleb se hizo a un lado.
Helia entró nervioso, sin saber muy bien hacia dónde mirar cuando la puerta se cerró a sus espaldas.
—Así que...¿compromiso formal? ¿O debo preocuparme más por la versión de tu virtud?
Helia se llevó una mano a la cara.
—No vuelvas a mencionar eso, por favor.
Caleb sonrió, le abrió los brazos.
—Ven, anda.
Helia fue. Caleb lo envolvió en un abrazo cálido y fraternal lleno de cariño. Su feromonas lo envolvieron de igual manera, haciéndolo sentir apoyado, querido y escuchado aunque no estuviera diciendo una sola palabra.
—No sabes cuánto me alegro —dijo Caleb.
—Si aún no te he contado nada.
—Pero sé que son cosas buenas —Caleb se separó de él, lo seguía sosteniendo de los hombros, frotando sus brazos —¿o me equivoco?
Helia negó.
—¿Quieres sentarte?
—No debería tardar mucho, he dejado a Dardo en la cocina y a saber lo que habrá hecho para cuando llegué.
—De acuerdo, cuéntame. A parte de lo que ya es obvio.
Helia enrojeció hasta las orejas.
—¿Puedes olvidar eso último?
—Quién no podrá es Félix.
—Lo imaginaba. Quería... bueno quizá es una tontería pero quería que supieras que... Dardo ya está al tanto de.. de mi espalda otra vez, y que... no salió corriendo.
—Es una muy buena noticia, para nada es una tontería, Helia. Entonces, ¿se lo ha tomado bien?
—Más o menos, creo. Aún no hemos tenido oportunidad de profundizar en ello, el caso es que, Dardo me preguntó si por casualidad alguien sabía o si tenía la certeza de que Canneck no estaba volviendo a hacer lo mismo con otros niños Beta y como tú eres el único que podría saberlo.
Quizá puedas... responder a su pregunta.
—Creo que es la primera vez que te escucho decir su nombre.
—Dardo ha sido...un poco persistente con el tema.
—De acuerdo, ven a mi despacho.
Helia lo siguió.
—¿Seguro que quieres saber sobre él, Helia? No quiero que tus pesadillas aumenten, y lo que sea que se hable aquí dentro tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie más, ni siquiera a Dardo.
Helia tragó saliva.
—No se lo diré a nadie.
Helia había estado evitando a Canneck desde el día en el que puso un pie en la manada.
Que lo nombran le causaban un extremo pavor.
Canneck era el monstruo de sus pesadillas.
La pesadilla de la pesadilla y no había día que su mente no volviera atrás por mucho que se esforzara en mantenerse lejos de él.
Canneck le había robado toda su vida. Helia no quería que siguiera haciéndolo.
—Cassian.
—¿Qué? —dijo Helia sin haberlo entendido bien.
—Cassian. Estuvo en el consejo que juzgó tu caso. Es el líder de la manada de la pradera. A lo mejor no te acuerdes de él, no era más que un niño también.
Helia forzó su memoria, los recuerdos de esa época se habían ido borrando y casi ocultándose.
—No me acuerdo, lo siento.
—Fue uno de los que votó a favor de la pena de muerte hacia Canneck. Hace muy poco encontró a su pareja, o más bien se imprimó de un Beta.
—¿Uno como yo?
Caleb asintió.
—Cassian lo está cazando con su manada.
—¿Puede hacerlo?
—Bueno, teóricamente, no. Pero el consejo ha decidido mirar hacia otro lado y darle vía libre después de escuchar el testimonio de su pareja. Gracias a ti, Canneck dejo de reconocerse como líder, así que no hay por qué protegerlo.
Helia tomó aire.
—Entonces...
—Cassian le hará pagar por absolutamente todo y mucho más.
Helia no debería querer darle las gracias a ese lobo por eso, se dejó caer en la silla y tragó la saliva pesada.
—Y no sólo está cazándolo a él, si no a todos los que una vez le sirvieron, y a los que siguen alabándolo. Tan sólo lo sabemos lo líderes del consejo, no sería bueno que la información se esparciera por otros lugares. Pero me parecía que tú tenías derecho a saberlo.
—Lo entiendo —Helia asintió sin poder creerlo aún—¿Podrías avisarme cuando esté...?
—Claro.
—Creo que necesitaré un par de días para poder procesar esto de alguna forma. Nunca he pensado que la posible muerte de alguien pudiera alegrarme.
—No te culpes por sentirte así. Nadie lo hará por ellos.
Y... Helia, para el futuro, cuando un miembro de la manada abuse de ti, o te amenace, espero ser el primero en saberlo, y no el último.
No pretendo regañarte, hace mucho tiempo que ya tienes edad suficiente para hacer lo que quieras, pero mi deber sigue siendo protegerte incluso de la gente de aquí.
—¿Cómo...?
—Terrence fue un bocazas. Habló cerca de uno de los centinelas, fue expulsado hace unas semanas de manera muy privada.
—Lo siento, Caleb. No pretendía ocultártelo, es que no quería volver a preocuparte por el mismo tema de siempre y tampoco quería ocupar el centro de atención cuando no había ningún avance aún con Dardo.
—Eso me es indiferente. Eres tan importante para la manada como yo, espero que algún día puedas entenderlo, o que Dardo te haga hacerlo, ya que no pareces escucharlo de otras personas.
No quiero que te sientas mal, Helia. Eres un gran amigo, y me duele que Terrence te haya silenciado durante tanto tiempo y amenazado con algo que sé que te aterroriza.
Me hubiera gustado saberlo en su momento y haberte ayudado.
Helia agachó la cabeza y asintió. Escuchó a Caleb levantarse.
—Dicho todo esto, me alegro enormemente por ti, y por Dardo. Y quizá me pase por la casa un día para tener alguna conversación con él. Sobretodo para que sepa lo que le pasará si te hace daño.
Helia levantó la cabeza, una pequeña sonrisa se deslizó por sus labios.
—No lo harás.
—Félix, si. Y pienso mandarlo muy pronto. Ve a ver el desastre de tu cocina, anda.
Helia se levantó rápido, antes de salir por la puerta giró hacia el Alfa.
—Caleb. Gracias. Por todo lo que has hecho por mí, desde el momento en el que me encontraste hasta ahora. Creo que estaré en deuda contigo por siempre.
—Ey, ¿te recuerdo quién le salvó la vida a Félix? ¿Quién me cosió el brazo más de mil veces cuando me daba por pelear con osos? ¿Quién me trajo de vuelta cuando se me fue la cabeza? Soy yo el que está en deuda contigo.
Helia lo abrazó una vez más antes de salir corriendo hacia su casa.