CAPÍTULO 35
VENGO A POR TI
El teléfono vibró sobre la mesita de noche. Helia frunció el ceño y se removió entre el pesado cuerpo de Dardo y las sábanas, aún demasiado dormido. Volvió a vibrar y abrió los ojos esta vez.
La habitación estaba completamente a oscuras, salvo por la tenue luz que se filtraba desde las ventanas a través de las finas cortinas blancas. Helia estiró la mano a ciegas hasta encontrar el teléfono mientras buscaba a Dardo de forma inconsciente y lo rodeaba con el brazo libre.
—¿Sí? —murmuró con la voz pesada.
—¿Helia?
Reconoció de inmediato la voz de Atlas, se incorporó un poco pasándose la mano por el rostro.
—¿Qué ocurre?
Estaba amaneciendo y la manada aún no se había empezado a despertar.
—Sean se ha escapado.
Helia tardo un par de segundos en procesar sus palabras.
—¿Cómo dices?
—Su madre me ha llamado hace un par de minutos. No está en su habitación, lo ha buscado por la zona pero tampoco hay rastro de él, tampoco está en mi casa ni por el territorio Alfa. Estoy buscándolo, pero no lo encontramos por ningún lado. ¿Nathan está ahí? ¿Crees que pueden haberse escapado?
Helia apartó las sábanas.
—Anoche cerré la puerta con llave, no creo que Nathan se haya escapado. ¿Has preguntado en la clínica? A Sean le gusta ir.
—Tampoco lo han visto.
Helia se puso en pie, todavía con el teléfono en la oreja. Dardo soltó un gruñido somnoliento, buscándolo por la cama.
—¿Qué pasa? —murmuró, con los ojos todavía cerrados.
—Duerme —le susurró Helia.
No quería que empezara a cundir el pánico si Nathan no llegaba a estar en la cama tampoco. Por experiencia propia, Helia sabía que los nervios y culpas no solucionaban nada a la hora de enfrentar un problema.
—¿Quién llama?
Helia apartó el teléfono de su rostro.
—No es nada, voy a comprobar una cosa y vuelvo —Helia se inclinó para besar su sien, luego agarró el primer pantalón que vio por el suelo y se puso la camisa.
—Dame un segundo.
Con el teléfono pegado a su oreja de nuevo y un Atlas más que nervioso en la otra línea, Helia caminó hacia la habitación de Nathan rezando para encontrar al cachorro durmiendo en ella.
Empujó suavemente la puerta. Nathan estaba profundamente dormido, y junto a él, y acurrucado bajo las mantas, estaba Sean.
Helia dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. La ventana estaba abierta, Sean debió trepar anoche y llegar hasta la habitación de Nathan sin que ellos lo escucharan. Se acercó y la cerró con cuidado antes de volver a mirar a los dos cachorros.
Sean tenía la cara hundida contra el pecho de Nathan y una de sus pequeñas manos agarraba la camiseta del otro. Parecía completamente tranquilo y ajeno a toda la preocupación de sus padres.
—Sean está aquí —susurró Helia bajo —. Anoche debió colarse por la ventana.
Atlas suspiró fuerte.
—¿Seguro que está ahí?
—Hasta el momento no soy capaz de ver fantasmas. Era algo que sabíamos que podía pasar tras separarlos, dile a Débora que no se preocupe y que lo mejor será dejarlos un rato tranquilos.
—No creo que me escuche, pero lo intentaré.
Helia colgó el teléfono, Dardo también se había despertado y estaba frente a la puerta observando a los cachorros.
—¿Qué hace Sean aquí?
Helia sacudió la cabeza, caminó hacia él en silencio.
—Se ha escapado de casa de su madre.
Dardo se frotó el rostro con una mano.
—Ese cachorro no hace nada para tratar de que todos nos llevemos bien —gruñó Dardo—. Lo muerde y ahora se escapa para venir aquí. Le echaran la culpa a Nathan como siempre.
Helia lo apartó de la puerta para no despertarlos.
—Nadie cree que Nathan sea el culpable. Esto no se hubiera podido evitar de ninguna manera.
Dardo lo agarró sin previo aviso de la nuca y lo atrajo hacia él. Lo olisqueó y su nariz le hizo cosquillas. Helia sonrió.
—¿Qué estás haciendo?
—Hueles a mí más que nunca.
Por supuesto que sí. Acostarse con un Alfa siendo un Beta sin olor dejaba una marca completa que podía durar días, incluso una semana.
Helia apoyó las manos sobre el pecho desnudo de Dardo.
—Imagino que Atlas estará corriendo como un loco hacia aquí, será mejor que nos duchemos y preparemos algo para desayunar.
Los brazos de Dardo lo apretaron contra él en un abrazo caliente.
—¿No hay forma de que nos dejen en paz? —gruñó—. Yo quería pasar el día entero desnudo en la cama contigo.
—Creo que eso tendrá que esperar —susurró el Beta aceptando de buen grado las superficiales caricias del Alfa.
—Espero que no mucho —Dardo lo soltó—. Ve tú primero a la ducha, yo los vigilaré.
Helia se puso de puntillas, le dio un pequeño beso en los labios.
—Deberías ponerte un pantalón.
Se retiró para ir directo a la ducha y lavar su cuerpo después de lo de anoche. Se peinó para desenredar el cabello y se hizo una trenza. Se vistió sin tener tiempo de observar las marcas de besos que el Alfa dejado sobre su piel y llamó a Dardo para que entrara a ducharse.
Le dio tiempo a hacer una cafetera antes de que Atlas llegara. Seguía alterado, casi con el rostro desencajado hasta que subió a ver a Sean y pareció asegurarse de que realmente era él el que estaba en la cama con Nathan y no una ilusión.
Helia le sirvió un té para calmarlo.
—Voy a ponerle un GPS en el cuello o cualquier cosa con tal de saber dónde está a cada segundo.
—Esperamos que se comporten como adultos sólo porque ya están emparejados cuando ni siquiera ellos entenderán lo que les está sucediendo a sus cuerpos.
Dardo salió del baño con unos pantalones anchos, le gruñó a Atlas a modo de salido y se bebió de un trago el café solo corto, no sin antes marcar un poco más el territorio con sus feromonas. Atlas rodó los ojos.
—¿En serio? Ya tengo muy claro que todo lo que hay aquí es tuyo, Dardo. No voy a quitarte nada —masculló Atlas.
—Por si acaso. No quiero ser el malo en todo esto, pero tu hijo se ha colado en mi casa.
—Soy el primero en disculparse por ello.
—No hace falta que te disculpes —intervino Helia mientras dejaba la taza —. Sean estaría asustado, sólo quería estar con Nathan.
—De cualquier forma, ha complicado aún más las cosas —habló Dardo—. ¿O me equivoco?
Atlas negó.
—Sean tiene problemas con las separaciones. Nos ha visto a su madre y a mí, cuando nosotros decimos romper dejó de comer y casi de hablar. Apenas lograba entender por qué debía cambiar de zona y de casa cada semana y por qué sus padres pasaron de quererse a tratar de matarse.
—No te culpabilices de eso, Atlas —dijo Helia bajo—. Ya sabes que cada cachorro es diferente.
—Hemos sobre protegido tanto a Sean que cualquier cambio o distancia que tome lo aterroriza.
—Pues dejad de hacerlo.
—Dardo —Helia giró la cabeza hacia él —. No es algo que nos incumba.
—¿No? Su cría va a estar con la nuestra, yo creo que si que nos incumbe bastante.
Helia devolvió la vista al frente. Las palabras de Dardo pasando a cámara lenta por su cabeza sin escuchar nada más de la conversación de los dos Alfas sobre la crianza de Sean.
Su cría.
La nuestra.
No sabía por qué aquellas dos palabras habían conseguido atravesarlo de aquella manera. O sí.
Dardo estaba relevando el cuidado de su cachorro en Helia.
Nuestro. Suyo también.
Helia tenía muy claro que después de lo de anoche, algo iba a cambiar definitivamente. Sin embargo, lo que no se imaginaba era que fuera él mismo. Helia sorbió su café, miró hacia bajo. El hombro de Dardo y el suyo se rozaban, buscó su mano, la entrelazó con la de él.
Dardo se detuvo en medio de la frase, observó sus manos juntas, las alzó y besó el dorso de Helia. Fue una simple muestra de cariño que no debió hacer que su estómago empezara a aletear como un estúpido. Tuvo suerte de que una llamada de Jason le entrara en ese momento.
—¿Has dicho biberones? —preguntó Helia a la rápida y escueta explicación del granjero—. Vale, en seguida lo envío.
—¿Qué ocurre? —preguntó Atlas.
—Jason tiene un problema. Necesita biberones y leche preparada, debo avisar a Suni y pasar por la clínica.
—Iré yo.
Helia miró directo a Atlas.
—¿Seguro?
—Aquí no hago mucho de todas formas mientras Sean siga durmiendo. Lo recogeré todo en la clínica y se los llevaré. Soy mucho más rápido que tú.
—Muchas gracias, Atlas.
Dardo lo rodeó en cuanto se fue.
—Me sigue sin gustar cómo te mira —le gruñó cerca de su oído.
Helia se recargó hacia atrás, contra su pecho.
—No digas tontería.
—Tiene sentimientos por ti, Helia.
Helia suspiró.
—Atlas es un lobo solitario, en su vida sólo existen los tatuajes y su hijo.
—Y tú te colaste ahí. ¿Cómo?
Helia se giró hacia él.
—Los dos nos sentíamos solos. Yo lo ayudé con Sean, él me ayudó con la espalda. Salimos una noche, y me gustó— Helia vio como la mandíbula de Dardo se endurecía—. Sus valores, la forma de tratar a sus seres queridos, todo en Atlas era correcto y bueno.
—¿Y qué pasó?
—Nada, Dardo. Seguramente podría haber pasado algo entre nosotros, pero yo no dejaba de pensar en ti, ni siquiera en esos momentos. Veo a Atlas como un buen y fiel amigo, y tú también deberías.
Dardo bufó. Tiró de Helia y escondió la cabeza en su garganta.
—Jamás confiaré en nadie más que no seas tú.
Dardo lamió en su garganta y Helia tuvo que sujetarse a sus brazos para no caer.
—Dardo...ya sabes que no vas a encontrar ahí ningún olor mío.
—Sólo quiero asegurarme que sigues oliendo a mí.
—Apesto a ti.
Dardo hizo un sonido satisfecho, empujó un poco más a Helia contra el armario de madera.
—Saber que podrías haber estado con él y con Sean en mi lugar y en el de Nathan, me dan escalofríos.
—Nunca pasaría nada así. Ya te lo he dicho.
Dardo frotó su rostro antes de levantarlo.
—¿Te encuentras bien de lo de anoche? —le preguntó.
—Estoy bien, no me hiciste daño.
Dardo negó.
—No hablo de eso, Helia.
Helia observó sus ojos con entendimiento.
Dardo parecía distinto aquella mañana, o Helia lo veía diferente después de la intimidad de anoche y la de los últimos días.
Llevaba el cabello rojo ligeramente desordenado, le estaba creciendo en todas las direcciones y estaba muy claro que el Alfa no sabía cómo manejarlo.
La sombra de la barba comenzaba a marcarle la mandíbula, endureciendo todavía más unos rasgos que ya de por sí eran demasiado duros.
Helia apartó la mirada y durante un breve momento quiso alejarse de él también y huir.
—También estoy bien —respondió.
—¿Estás seguro?
—Si.
—Voy hacerte muchas preguntas, Helia. Y quiero saber que eres capaz de responderme a todas.
Helia asintió.
—¿Qué quieres saber?
—¿Dónde está Canneck? ¿Sigue vivo ese hijo de puta?
—Sigue vivo. Y no sabemos dónde está. Ninguna manada lo sabe.
Dardo frunció el ceño.
—¿Por qué? Tú viviste ahí, ¿no?
—Por protección, no suya está claro, sino del resto.
Canneck se quedó sin aliados en el momento en el que Caleb subió al mando y me encontró.
Caleb... llamó al consejo, tuve que subirme a un estrado y contar todo lo que me había pasado y lo que me había hecho, y todas las manadas le retiraron el apoyo.
Se retiró su nombre de los libros y su historia y él se recluyó en un lugar secreto con los pocos miembros que lo siguieron.
—Debería estar metido en una puta celda, o bajo tierra.
—No eres el único que lo piensa. Pero según algunos miembros del consejo mi testimonio no era suficiente para meter a un líder entre rejas.
—Ellos también deberían estar muertos.
Helia apoyó la frente en su pecho.
—Muchos creen que a los líderes los elige la Luna, y que por tanto son seres divinos.
—¿Y por ello se le debe permitir y aceptar todo? ¿Qué ocurrió con el malnacido con el que te hicieron casarte?
Helia negó en su pecho.
—No lo sé. Caleb se encargó de todo ello y nunca le he vuelto a preguntar. Él consiguió de alguna forma que firmara los papeles del divorcio y también... que me hiciera una gran indemnización por daños y prejuicios. Done el dinero a la manada, no quería saber nada de él.
Dardo lo apretó en sus brazos.
—¿Quién nos dice que Canneck no está haciendo lo mismo con otros niños Beta? Quiero aplastarlo.
Helia lo entendía. Era lo mismo por lo que Caleb pasó cuando se enteró de lo que le había pasado, lo que el Dardo de su niñez también sintió, lo que Atlas sintió. Y lo que todos sentían.
—Dardo, prométeme que nunca jamás volverás a dejar esta casa para ir a buscar a Canneck —susurró Helia casi suplicando—. Prométeme que nunca más te irás de mi lado, por favor.
—Te lo prometo. Y aunque lo hiciera, no creo que pueda volver a vivir sin ti en mi maldita vida.
—Que bonito —dijo una voz familiar desde el umbral de la puerta, ambos giraron la cabeza para encontrar a Félix apoyado —Seguid, no quiero molestar.
Helia carraspeó, trato de alejarse de Dardo o de poner algo de distancia entre ellos pero el Alfa no parecía estar muy por la labor.
—¿Necesitas algo, Félix? —le preguntó.
—Vengo a por ti.
—¿Ha pasado algo?
—Nada, sólo que llevas unas semanas sin pasar por casa y aunque Caleb trate de disimularlo, está preocupado por ti. Creo que deberías hacerle una visita, decirle... que todo parece ir genial.
La verdad que Helia había pasado de ir a casa de Caleb todos los días a dejar de hacerlo desde que Dardo llegó.
Le tenía mucho aprecio a ese Alfa tan cabezón.
Caleb fue el primer lobo que luchó por sus derechos incluso cuando Helia pensaba que no tenía ninguno, después de que Dardo se fuera, se convirtió en su líder, en su apoyo y en su amigo.
Y también resultó ser al revés para Caleb.
Caleb confió en él, le contó todos sus secretos, su pasado, su relación con Félix, Beom... y Helia no se atrevió a juzgar nada de aquello.
Helia miró a Dardo.
—¿Crees que puedes quedarte...?
Dardo no lo dejó terminar, lo besó y empujó suavemente hacia Félix.
—Les haré el desayuno a los dos cachorros.
—No quemes nada.