CAPÍTULO 34 #3
—Los Alfas dominantes no toman bien que otro lobo menos dominante lo monten. Tu lobo no se lo va a tomar bien.
—Lo haré por ti.
—Dardo... —susurró Helia—. Te lo estoy pidiendo por algo, a mí... tampoco me atrae la idea—. Helia lo sujetó de la mano, la bajó hasta su estómago—. Te quiero aquí.
Dardo tomó una respiración.
—¿Y si te hago daño?
—Me prepararé bien. Tengo las cosas en la mesita de noche.
Dardo se giró hacia ella, metió la mano para sacar un bote de lubricante y lo que parecía ser un pequeño vibrador comparado con su tamaño. Lo dejó en la cama junto a ellos, observándolo ceñudo.
—Iré al baño, espérame aquí.
Dardo lo sostuvo de la mano.
—Enséñame. Lo haré por ti.
—¿Seguro?
Dardo asintió con un gruñido, se masajeó por encima la erección, y terminó de quitarle los pantalones al Beta, le besó en los labios una vez. Dos y tres.
—Dime cómo hacerlo —dijo trayendo con él el suave artilugio rosa en forma de pene pequeño.
—Lubricante.
Dardo cogió el bote.
—Quizá será mejor si me pongo de espaldas, pero...
Marca.
Dardo apretó los dientes, casi aplastando el lubricante en sus manos.
—No pienses en mí, Helia. Haz lo que sea más cómodo para ti.
—Si no lo disfrutamos los dos no valdrá nada.
—Ponte de lado —le ordenó, esperando no sonar muy desesperado.
Helia lo hizo.
Dardo le movió las piernas, la de arriba doblada, la de abajo un poco más estirada. Llenó sus dedos de lubricante y levantó su nalga, metió uno de ellos con cuidado, luego otro. Helia se abrazó al cojín.
—Usa...
—Lo sé —Dardo le lamió la mejilla inclinado sobre él—. Quería saber como eras antes por dentro.
Tan jodidamente apretado.
Dardo llenó el dilatador de lubricante, sacó sus dedos y empujó el aparato.
—Relájate, Helia. O no entrará ni la mitad. ¿De vedad que no prefieres hacérmelo a mí?
—No. Tú sigue.
A pesar de que no le gustaba nada tener que estar penetrando a su pareja con un artilugio de silicona, su polla estaba más que dura y pesada. Dardo empujó hasta el fondo, los dedos de Helia clavándose en la almohada.
Quizá si que se sentía bien.
Deslizó y volvió a empujarlo y sus dedos dieron con un pequeño botón escondido en el mango.
Dardo lo apretó. El aparató empezó a vibrar, Helia gimió bajo ahogando su voz.
Su cabello oscuro cayendo por su brazos y rostro, su cuerpo tembloroso de placer era un espectáculo divino, su agujero pálido tragándose el aparato mientras que Helia empezaba a mover sus caderas contra él, una de sus manos encontró la muñeca de Dardo, guiándolo al punto que parecía gustarle, apretando los dientes cada vez que el vibrador se hundía dentro de él.
Dardo agarró su erección.
Se sentía celoso de esa maldita cosa, pero a la vez...
Helia parecía estar ahogándose en su placer, y Dardo quería darle mucho más.
Volvió a probar el botón, el intervalo de vibraciones subió y el pene de Helia estaba listo otra vez para recibir nuevas caricias.
Dardo lo hizo girar hacia arriba, se coló entre sus piernas, sostuvo su erección rosa y se la tragó.
—Dard...—Helia gimió agarrándose a su cabello, empujando hacia abajo mientras que el vibrador seguía hundiéndose en su interior.
Fue más que rápido. Al segundo, Helia había vuelto a correrse. Dardo se lamió los labios, le mordisqueó el labio interior y subió por su cuerpo cuando las manos de Helia tiraron de él.
—Ponlo ya —le pidió arrastrando sus labios contra los suyos —Te quiero dentro ahora.
Dardo gruñó, sacó el vibrador y se untó la polla en más lubricante. Agarró a Helia de las caderas y empujó dentro de él. Le mordió el cuello mientras sentía como su interior caliente se estiraba y lo abrazaba hasta el fondo.
—Creo... que no tardaré mucho en correrme, Helia —le avisó.
Era su primera vez. Su primera vez y con Helia. El solo maldito pensamiento ya lo hacía correrse.
Helia le acarició las mejillas.
—No pasa nada.
—En los vídeos... la gente tarda horas.
Helia soltó una pequeña risa.
—Eso no es real, cariño. No me importa cuanto dures —Helia empujó su boca contra la suya—. Así que empieza a moverte.
Dardo lo hizo. Fue lento. Suave. Y torpe.
Con cada embestida sentía que iba a tocar el cielo, y Helia no ayudó necesariamente a que su excitación bajara.
Sus pequeños gemidos, su cabello suelto, sus piernas a su alrededor, sus labios besándolo y buscándolo continuamente mientras que sus manos empujaban desde sus nalgas.
Ese maldito Beta iba a matarlo de humillación.
Dardo solo pudo dar un par de embestidas más antes de salir de él a toda prisa y correrse sobre las sábanas. Le pidió perdón al Beta que seguía abrazado a él.
Helia negó con la cabeza.
—Ha sido perfecta —Helia se enterró entre sus brazos y Dardo giró con él hasta el lugar no manchado de la cama.
Se besaron y acariciaron durante horas. A Dardo le dolían los labios, toda su piel ardía. Pero no había lugar en el mundo que quisiera estar más que aquí. Helia fue el primero en quedarse dormido, Dardo lo siguió minutos después, arrastrando sus manos por sus nalgas y sus labios por su sien.