Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

Iba a encontrar a ese Alfa. Y lo iba a matar.

Dardo regresó a la cálida habitación de madera. Su pecho temblaba, no podía respirar bien. Tenía las manos convertidas en puños y sentía cada maldita célula de su cuerpo en llamas. Su lobo Alfa estaba furioso, gruñendo. Sacando los dientes, amenazado por el fantasma antiguo de Canneck.

Se obligó a dirigir de nuevo los ojos hacia el centro de la espalda de Helia. Hacia ese... maldito nombre grabado en fuego entre sus omóplatos.

Apretó los dientes, gruñó bajo. Y quiso correr, tirar la puerta abajo y arrancarle la cabeza a ese monstruo. Dudaba de que su estado más joven hubiera podido conseguirlo, pero Dardo no fallaría esta vez. No lo haría.

Lo mataría. Sin embargo, Dardo no pudo dar un sólo paso lejos del Beta. ¿Cómo iba a poder hacerlo cuando todo él parecía estar a punto de derrumbarse en el suelo?

Dardo levantó su mano, sus dedos rozaron la cintura baja del Beta, subió.

Las letras hundidas en lo profundo de su piel.

Su alrededor estaba cubierto de arañazos, heridas.

Consecuencia de todo lo que había hecho para tratar de quitarse su nombre de encima.

Dardo acarició la primera letra. Los hombros de Helia se sobresaltaron.

Helia tenía razón.

Lo odiaba.

La odiaba.

No quería el nombre de ese monstruo escrito en su espalda, como si Helia... le perteneciera. Como si con esa marca hubiera condenado a Helia a la soledad más absoluta y a la vergüenza.

Era terrible.

Quería preguntar por él. Quería saber lo que era de ese Alfa, sin embargo, ahora sabía que eso no haría nada más que herir más a Helia.

Trató de enfriar su mente aunque su lobo luchara por tomar el mando y salir corriendo.

No.

No debían irse.

Debían quedarse con Helia y Nathan.

Se lo había prometido.

Debía cuidar de él.

Protegerlo.

De pequeño le prometió que lo protegería, y en su lugar, Dardo desapareció y lo dejó solo.

Helia soltó una respiración temblorosa, se agachó a por la camisa y volvió a colocársela sobre los hombros de espaldas a él.

—Di algo, por favor —suplicó Helia en un susurro bajo.

Dardo tragó saliva.

—Déjame verla otra vez.

—Dardo...no es necesario que hagas eso.

—Quiero verla, Helia.

Helia dejó caer de nuevo la prenda, se abrazó a si mismo.

Dardo se inclinó sobre él, sus labios rozaron el centro de su espalda, sobre una de las letras.

Lo besó. Helia trató de apartarse, Dardo lo sostuvo de los brazos, gruñendo.

Queriendo destrozarle la piel al Beta, arrancársela, pero dándole en cambio las primeras caricias que seguramente habría recibido tras tanta violencia.

—Dardo...

Dardo lamió su espalda de forma áspera, sujetándolo del cabello húmedo, haciéndole girar la cabeza para mirarlo a los ojos.

Estaban húmedos.

Otra vez Dardo lo había hecho llorar.

—Está bien —masculló ronco al borde del gruñido—. Lo entiendo. Te entiendo.

Helia dejó caer las lágrimas, Dardo frotó sus mejillas juntas, lo giró del los hombros y lo abrazó con fuerza mientras que el cuerpo del Beta se desplomaba en el suelo.

Dardo lo tomó en sus brazos, lo llevó a la cama mientras que Helia escondía su rostro en su cuello y dejó que el Beta se acurrucara en su cuello mientras que Dardo le acariciaba las cicatrices con los dedos.

—¿Te molesta...que las toque? —le preguntó.

Helia negó, sus manos rodeaban su cintura.

—Gracias por no marcharte —susurró.

—No tienes que agradecérmelo, Helia.

Helia negó.

—Cuando... Canneck me marcó nunca le di mayor importancia.

Fue una cosa con la que sabía que tendría que convivir, también cuando me obligó a casarme.

Nos enseñaban para eso. Pero... —Helia hizo una pausa—.

Cuando te conocí... cambió todo mí mundo.

Tú nunca le hacías caso a nadie. Por más que Caleb te castigara, hablara contigo, o tratara de hacerte entender las cosas...

era un alma libre que sólo se aferraba a mí.

Dardo le acarició el cabello.

—Yo... a veces fantaseaba con la idea de hacernos mayores, de estar juntos.

Pero sabía que la marca que tenía en la espalda iba a condenarnos.

¿Qué Alfa querría estar con un chico tonto que deja que otro Alfa ponga su nombre en él y lo marque de esa forma?

Por eso no soy apto para ti. Por eso no te conté lo de la imprimación.

Quería darte la oportunidad de que estuvieras con otra persona.

Dardo le levantó el rostro.

Todo él era precioso. Con lágrimas. Y sufriendo. Helia era condenadamente precioso.

—Pero yo no quiero estar con nadie más que contigo, incluso si volviera a perder la memoria y a olvidarme de todo. Seria tuyo por completo, Helia.

Helia sorbió su nariz, lo sujetó de la nuca y lo llevó hacia sus labios.

Dardo lo besó gustosamente, saboreando la menta de la pasta de dientes y la sal, abrazándolo y girando sus cuerpos para que Helia quedara sobre él. Su cabello cayó como una cortina. Helia se apretó contra su cuerpo, abriendo sus labios aún más para él.

Las manos del Alfa le recorrían la espalda, los huesos de la caderas, el cabello, y mejillas. Se hundían en su trasero y las caderas de Helia no tardaron en empezar a balancearse sobre él.

Sintió su pantalón apretado, las nalgas vestidas del Beta acunando su polla con suavidad.

Dardo lo sujetó del cabello de su nuca, lo apartó de su boca para empezar a besar su cuello.

Helia tampoco se quedaba atrás, sus manos lo tocaban en todas partes tan necesitado como él.

Se devoraban en rápidos besos silenciosos mientras buscaban la piel del otro.

Dardo empujó a Helia bajo su espalda, jadeó bajo capturando su boca en otro beso más profundo, deslizando su lengua contra la de Beta mientras que su mano bajaba y se metía en sus pantalones finos.

Envolvió la erección de Helia con la mano, dándole una suave caricia.

Helia se aferró a su hombros. Sus caderas moviéndose en su agarre.

—Eres precioso, Helia —murmuró en sus labios dándole un profunda lamida.

Helia deslizó una mano por su pecho empujó bajo el pantalón de pijama de Dardo y envolvió sus dedos alrededor de su grueso miembro. Dardo le mordió la mejilla, sus caderas moviéndose hacia delante.

—Eso se siente tan bien... ¿Te sientes bien, Helia?

El aire entre ellos se volvió denso. Quizá Dardo estaba lanzando feromonas y cubriendo por completo a Helia, no le importaba. Lo único que ahora mismo le importaba era el delgado chico de piel pálida que se retorcía bajo su peso asintiendo.

Su mano libre acuno el rostro del Beta, su pulgar trazó en su labio inferior.

—Abre la boca —dijo suavemente.

Helia separó sus labios. Dardo deslizó el pulgar en su boca, presionándolo contra su lengua. Dardo estuvo a punto de correrse cuando Helia cerró los labios y lo chupó. Un gruñido bajo retumbó en su pecho, sus ojos brillando. El lobo queriendo salir también y follarlo.

Apretó su mano, las caricias alrededor del pene de Helia volviéndose más rápidas e intensas, mientras que empujaba sus caderas y su polla entorno a su mano imaginando que eran los labios del Beta lo que le devoraban.

Pero eso nunca pasaría.

Helia era demasiado bonito y puro como para mancillarlo de esa manera.

Helia gimió alrededor de su pulgar, Dardo lo empujó más hondo y las caderas de Helia se torcieron en la cama bajo él corriéndose. Dardo sacó la mano del pantalón húmedo, lamió sus dedos, y luego la boca del Beta.

—Eres increíble —le susurró.

Helia seguía sujetando su polla de forma temblorosa.

—Dardo, podemos hacerlo— dijo en un escalofrío causado por la boca de Dardo en su oído.

—¿El qué?

—Ya sabes. Ponerla dentro de mí.

Dardo se separó unos centímetros para mirarlo a los ojos.

—¿Seguro? ¿Quieres hacerlo?

Helia asintió.

—¿Tú no?

—No es que no quiera... pero leí sobre ello, y vi cosas.

—¿Viste cosas? —preguntó con una débil sonrisa apareciendo en su rostro.

—No te rías de mí —Dardo sintió sus mejillas calientes—. Lo que digo es que creo que a lo mejor será un poco complicado para ti. Soy bastante grande.

—Estaré bien.

—No quiero hacerte daño, Helia. Ahora menos que nunca. ¿Y si lo hacemos al revés?

A Dardo no le gustaba mucho la idea de tener algo en su trasero. Pero por Helia lo haría.

Helia le dio un beso en la nariz.

—No funcionará.

—¿Por qué?