Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

POR FAVOR. NO TE VAYAS.

La manada lo llamaba el niño de Canneck. Dardo lo odiaba.

—¡Se llama Helia! —chilló enfurecido frente a dos chicos mayores que él.

Los Alfas se miraron. Eran mucho más altos que él. Uno debía tener trece años, y el otro dieciséis. Dardo apenas le llegaba más del ombligo, pero nunca le acobardó enfrentarse a lobos más grandes que él.

—Eres agotador, niño. ¿Por qué no te vas a jugar a los muñecos o a lo que sea que hagas por ahí? —le dijo uno de ellos.

—Retira lo que has dicho de Helia —gruñó Dardo apretando con fuerza los puños.

Los dos rieron.

—¿Qué pasa? ¿Vas a llorar? ¿Esa cosa es tu amigo?

Dardo le enseño lo dientes.

—He dicho que retiréis lo que habéis dicho.

El más mayor se acercó unos pasos se inclinó hasta quedar a su altura.

—¿Y si no qué? Tu amigo es la pequeña puta de Canneck. Todos vimos cómo lo encontró Caleb en medio del bosque, casi desnudo. Por muy inocente que te pueda parecer, Canneck entrena a sus Beta solo para chupar pollas. En dos meses ese crio estará engullendo la de todos.

Dardo sacó las garras, se abalanzó con un grito rabioso y le clavó las uñas en el rostro antes de que el Alfa pudiera reaccionar.

—¡Cállate de una vez! —chilló.

El Alfa trató de apartarlo, pero Dardo se aferró a él con todas sus fuerzas, arañándolo mientras las lágrimas de rabia le resbalaban por las mejillas.

—¡No vuelvas a llamarlo así! ¡Se llama Helia! ¡Helia! ¡Helia!

Su amigo le pegó una fuerte patada que lo envió al suelo.

Dardo apenas tuvo tiempo de protegerse antes de que otra bota golpeara su costado.

—¡Voy a matarte, hijo de puta! ¡Mira lo que me has hecho!

Otra patada.

Dardo intentó incorporarse, pero el dolor le atravesó el cuerpo y volvió a caer sobre la tierra.

—¡Se llama Helia! —repitió una y otra vez.

Una patada le golpeó el abdomen.

Dardo se hizo pequeño sobre sí mismo, intentando cubrirse la cabeza con los brazos mientras las lágrimas se mezclaban con la tierra de sus mejillas.

—¡Cállate!

—¡Su nombre es Helia!

Otra patada y el mundo comenzó a tambalearse. Su visión se volvió borrosa, los sonidos empezaron a alejarse mientras le golpeaban la cabeza y la espalda. Las voces que le gritaban y el sonido de las patadas se convirtieron en un murmullo.

Helia.

Helia.

Helia.

Lo repitió dentro de su cabeza cuando ya no tuvo fuerzas para hacerlo en voz alta. Y lo siguió repitiendo cuando la oscuridad lo engulló. Cuando Dardo abrió de nuevo los ojos, debía estar en el cielo, porque Helia estaba frente a él llorando y agarrando su mano.

—¡Ha despertado! ¡Caleb ha despertado!

Dardo trató de incorporarse. Un quejido escapó de sus labios.

—No. No. No. Quédate quieto —le pidió Helia empujándolo suavemente hacia la cama de nuevo—. No puedes moverte aún.

Dardo volvió a dejar la cabeza sobre la almohada. Estaba en la clínica, giró la cabeza y vio a Caleb acercarse casi corriendo con el sanador de la manada.

—¿Cómo te encuentras, cachorro? ¿Puedes oírme?

Dardo asintió.

—¿Sabes dónde estás?

—En la clínica. Con...Helia.

—¿Te acuerdas de lo que ha pasado? —le preguntó Caleb mientras que el sanador anciano se movía a su alrededor.

—Me peleé.

—Casi te matan, niño. Otra vez —el sanado revisó sus vendas—. Voy a por más vendas y sedantes.

—Me da igual. Estaban... estaban insultando a Helia.

Caleb suspiró.

—No puedes atacar a todo el mundo que habla mal del chico.

—¿Quién lo dice? —gruñó.

—Yo —Caleb respondió y todos los nervios de Dardo le hicieron agachar la cabeza—.

Eres un cachorro, Dardo. Tu deber es jugar y aprender, no proteger, aún.

Si vuelves a escuchar algo sobre Helia, ven corriendo conmigo y yo impartiré la justicia adecuada.

Lo único que conseguirás si sigues atacando a Alfas mayores que tú es morir.

Dardo moriría por Helia.

—Me da igual —masculló.

—Puede. Pero a Helia, no. Los dos Alfas que te han atacado han sido expulsados de la manada, pero no creas que vas a irte de rositas. Cuando te recuperes, ven a verme y hablaremos de tu castigo.

Dardo asintió con la cabeza gacha. Cuando Caleb se marchó, miró a Helia de reojo. Estaba sentado a su lado, sin soltarle la mano y con los dedos fríos. Seguía igual de delgado que cuando llegó.

—Estoy bien, Helia. No me voy a morir.

Helia tomó una respiración temblorosa mientras dos lágrimas caían por sus mejillas.

—No vuelvas a hacer eso. Sea lo que sea que digan de mí, no hagas nada.

Dardo apretó lo dientes.

—Nadie te volverá a insultar delante de mí. Les arrancaré la lengua con mis propias manos si hace falta.

—Eres un niño.

—Soy un Alfa, y cuando sea mayor nadie se atreverá a decir semejantes mentiras tuyas. Te lo prometo.

Esa noche, Helia tomó las vendas del sanador y lo curó. Le dio de comer y cuando llegó la noche, Dardo se acurrucó junto a él, y durmieron juntos. Los meses pasaron a su lado, la manada lo empezó a llamar lobo salvaje pero a Dardo no le importaba, y tampoco meterse siempre en líos por Helia.

Robaba a la manada para hacerle regalos al Beta.

Mordía a todo lobo que miraba más de la cuenta a su Beta.

Caleb ya no sabía que castigo más ponerle. Y Dardo le empezó a dar todo igual con tal de que Helia siguiera abrazándolo por las noches.

Una noche, llegó antes de tiempo a la clínica.

Había conseguido robar unas flores del jardín de la manada, y llevaba un pequeño trozo de carne envuelto en un paño que había sacado de la cocina.

No era mucho, pero estaba orgulloso de sus regalos.

Había pensado que Helia sonreiría, quizá le daría uno de aquellos abrazos que tanto le gustaban después de reñirle por robar.

Corrió por los pasillos de la clínica hasta llegar a la habitación.

—Helia.

No obtuvo respuesta. Dejó las flores y la carne sobre la cama.

—No. No, por favor... —escuchó la voz del Beta lamentándose en el baño.

Dardo frunció el ceño y se acercó rápidamente a la puerta del baño.

—¿Qué ocurre, Helia? —preguntó empujando la puerta unos centímetros.

Helia se giró de golpe con ambas manos cerradas alrededor del cuello de su camisa. Había sangre en sus dedos, en el lavabo, en el suelo.

—¿Estás herido?

Helia abrió los ojos aterrado.

—No.

—¡Estás sangrando!

—Dardo...

—¡Voy a llamar al sanador!

—¡No! —Helia se lanzó hacia la puerta y la cerró delante de él. Dardo se quedó mirando la madera —¡Vete!

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—¡No me mientas! —Dardo apoyó ambas manos contra la puerta.—Déjame entrar.

—No.

—Helia.

—Vete, por favor... —su voz sonaba quebrada.

—O me dejas entrar o voy a buscar a alguien que abra la puerta.

Tardó unos segundos. Finalmente, el pestillo se movió. La puerta se abrió apenas lo suficiente para que Helia asomara la cabeza, tenía la piel pálida. El cabello oscuro se le había pegado a la frente por el sudor y respiraba como si acabara de correr.

—Estoy bien, cariño —le dijo. Dardo odiaba cuando usaba esa voz con él—. Mañana nos vemos, por favor... Vete de aquí.

—Helia...—dijo Dardo vacilante, poniendo una manos sobre la madera pintada—. Déjame ver que todo va bien y me iré.

Helia sacudió la cabeza.

—No quiero que me veas así.

—¿Así cómo?

—Por favor... Dardo. Nunca te pido nada. Vete ¿Vale? Iré a buscarte a casa en la mañana. Iremos... a comer magdalenas y a pasear por el bosque, ¿qué te parece?

Dardo respiró hondo.

—De acuerdo. Me voy.

Helia sonrió. Pero era una de esas muecas falsas que siempre ponía cuando algo le dolía y no quería admitirlo. Helia cerró la puerta y Dardo se quedó inmóvil.

No podía irse así.

Miró las flores que había dejado sobre la cama. La carne. Los regalos.

Helia. Sangre. Helia triste y con miedo.

Agarró el pomo de la puerta. La abrió muy despacio. Helia estaba de espaldas, la fina camisa se había caído al suelo y se arañaba sin cesar la espalda con las garras. En su piel había una marca. Una... quemadura. Siete letras en mayúscula grabadas de un omóplato a otro.

CANNECK.

Sus dientes chirriaron de furia. Helia lo descubrió a través del espejo, sus ojos se abrieron horrorizados y corrió a colocarse la camisa ensangrentada.

—No...No. No. No. Dijiste que ibas a irte —susurró Helia, apenas audible, tratando de cubrirse.

—¿Qué es eso?

—Vete.

—¿Qué es eso? —Dardo entró en el baño, le quitó la camisa y lo giró con cuidado, pero sus dedos temblaban tanto que apenas conseguía sujetarlo.

Volvió a mirar la marca.

Canneck.

Canneck.

Canneck.

De repente, todos aquellos susurros que había escuchado durante estos últimos meses empezaron a encajar.

Las conversaciones que los adultos callaban cuando él aparecía.

La forma en la que los otros niños miraban a Helia; con pena, lástima.

Otros con burla. Todo por lo que Dardo había peleado.

No podía ser verdad. ¿Quién haría algo así?

Dardo sabía que Canneck era un hombre terrible, su manada ni siquiera se dibujaba en los mapas que ellos estudiaban por seguridad.

Dardo sabía que Canneck trataba mal a sus miembros, pero...

Helia sollozó bajo.

Dardo sintió que la sangre le hervía.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas?

—Lo siento.

—Helia.

—Lo siento, lo siento, lo siento... —Helia se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, abrazándose mientras intentaba esconder la espalda —No tenías que verlo.

—Helia... ¿todo lo que dicen por ahí es verdad? Todo lo que la manada dice que te hicieron...

La cabeza de Helia asintió hundida entre sus manos.

Dardo se puso rojo de furia.

—Voy a matarlo.

Helia levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Voy a matarlo.

—Dardo, no.

—Voy a cortarle las manos —su voz temblaba de rabia.—Voy a arrancarle los dientes. ¿Dónde está?

Helia intentó levantarse.

—No.

—¡¿Dónde está, Helia?!

—¡No puedes ir!

Dardo ya estaba caminando hacia la puerta.

—¡Dardo!

Helia corrió detrás de él y consiguió agarrarlo del brazo.

—Por favor. No te vayas.

Dardo se volvió.

—¡Lo haré pagar por todo lo que te hizo! —Dardo se soltó de su agarre.

Salió de la clínica corriendo, el aire frío de la noche golpeó su rostro, sus huesos comenzaron a cambiar antes de que alcanzara el bosque, cayó sobre cuatro patas y salió disparado entre los árboles.

Canneck.