CAPÍTULO 33
LO SIENTO
La biblioteca de la manada era mucho más grande de lo que Dardo había imaginado.
Había estanterías por todas partes; altas, bajas, algunas de madera oscuras y otras más antiguas, llenas de arañazos y pequeñas marcas que parecían haber sido hechas por garras.
Los libros ocupaban cada rincón de las paredes y se acumulaban incluso sobre las mesas.
Nathan caminaba a su lado en silencio, mirándolo todo con los ojos muy abiertos.
Dardo lo observó de reojo.
—No te muevas de mi lado —le dijo.
Nathan se agarró a su mano. Les costaba separarse aún. Los veinte minutos que estuvieron el otro día por su cuenta fueron espantosos para los dos. Nathan no pudo concentrar en nada en la casa de Zoe, se quedó casi paralizado, y tras salir de la clínica, Dardo se encontró corriendo hacia la casa.
El cachorro volvió a fijarse en las estanterías mientras que Dardo avanzaba hacia el mostrador.
Detrás de él había un niño, debía tener unos diez u once años, algo mayor que Nathan.
Era rubio, con el cabello perfectamente ordenado hacia un lado, unos ojos claros tras las gafas gruesas de pasta que lo observaban con una curiosidad descarada.
Llevaba un pequeño colgante alrededor del cuello; una pieza de cuarzo puntiaguda que descansaba justo sobre el centro de su pecho.
Dardo se detuvo frente al mostrador.
—¿Qué necesitáis? —le preguntó.
—Un libro.
El niño espero con las manos juntas sobre la madera. Casi parecía... un pequeño adulto.
—¿Cuál? ¿Título? ¿Autor? ¿Sabes sobre qué trata?
—Cualquiera sobre imprimación.
El niño miró hacia uno de los laterales de la biblioteca.
—Mamá —llamó, Dardo giró la cabeza al sonido de las campanitas. Una mujer de cabello rizado y negro azabache se asomó por una de las montañas de los libros—. ¿Han devuelto los libros sobre imprimación que se llevaron la semana pasada?
—No lo sé, pregúntaselo a tu hermano Milka. Debe estar apuntado en...cualquier sitio.
El niño giró hacia el pequeño cuarto, y un chico envuelto en ropa ancha apareció limpiándose las gafas.
Le resultaba vagamente familiar, quizá lo había visto por algún lado de la manada.
—¿Algo sobre imprimación? —preguntó ojeando una libreta.
—Sí.
—Lo siento pero no han sido devueltos aún. Se llevaron lo únicos tres tomos que teníamos a la vez.
—¿Quién?
—El humano que acaba de mudarse a la zona Omega, ¿cómo se llamaba, mamá?
—Hayden —exclamó su madre soltando aire con fuerza cuando sostuvo de golpe toda la pila de libros—. Una persona encantadora —les sonrió—. Dijo que era un trabajo de investigación. No creo que se retrase mucho más.
—Lo conozco. ¿En qué zona has dicho que vive? Quizá pueda ir a pedírselos.
—Zona Omega, cariño, hazle un mapa al chico nuevo.
—No es nuevo mamá. Es Dardo.
La pila de libros que llevaba la mujer resbalaron de golpe. Dardo reaccionó antes de pensar. Soltó la mano de Nathan y avanzó rápidamente hacia ella, atrapando parte de la pila antes de que alcanzara el suelo. Los demás libros cayeron alrededor de sus pies con varios golpes secos.
Nathan corrió tras él, agachándose para recoger los tomos que se habían abierto contra el suelo.
—¿Estás bien? —le preguntó Dardo dejando los libros en la mesa.
La mujer seguía observándolo como si hubiera visto un fantasma. Lo agarró de las mejillas, tiró de él y le besó la mejilla.
—Por la diosa... —dijo en un susurro tras separarse—.
No puedo creer que no te haya reconocido, y tienes...
tienes un hijo —la mujer hizo lo mismo con Nathan, lo sujetó antes de que le diera tiempo de huir y le plantó dos sonoros besos en la mejilla—.
Deberías haberme dicho que venías y hubiera preparado un poco de té o esas galletas que tanto te gustaban...
—Madre —Milka se había movido a su lado—. Dardo no recuerda nada de lo que vivió aquí. Lo siento —les habló —. Mi madre apenas sale de la biblioteca, así que no se ha enterado de tu... de vuestro regreso.
Dardo se aclaró la garganta.
La mujer estaba agarrada al brazo de Milka.
—No te preocupes. ¿De qué... nos conocíamos?
Ella se llevó la mano al pecho.
—Mis tíos fueron la pareja que te acogió cuando eras pequeño. ¿De verdad que no lo recuerdas?
Dardo se quedó muy quieto. Podía recordar los rostros de los ancianos en la foto que aún tenía en la nevera de casa.
—No.
—Te gustaba venir a la biblioteca, bueno...
en realidad te gustaba venir cuando estaba cerrando de noche, te solías esconder bajo las mesas y te ponías a leer.
Yo hacía que no me daba cuenta, y esperaba a que terminarás o a que te quedarás durmiendo para llamar a mi tío y cerrar.
Milka, a veces se unía a ti, y era muy gracioso escucharos cuchichear bajo la mesa.
—No lo recuerdo, lo siento.
La mujer sacudió la cabeza.
—No pasa nada, hijo —lo agarró de la mano y le dio unos pequeños golpecitos, una forma de consolación silenciosa—. ¿A parte de libros sobre imprimación necesitáis algo más?
—Nathan... quería buscar algo fácil para empezar a leer.
—Ryan, ¿puedes traer unos cuantos de ellos con imágenes? —le pidió al niño que no tardó en moverse—. Si hubiera sabido que estabas interesado en la imprimación te hubiera guardado esos libros.
Dardo sacudió la cabeza.
—No te preocupes. ¿Cuál es tu nombre?
—Rosi, cariño. Cualquier cosa que necesitéis, en cualquier momento, la biblioteca siempre está abierta, y si no estoy yo o mi marido, podéis consultarles a mis hijos. Tomad este lugar como vuestra segunda casa.
—Gracias.
Rosi negó, volvió a agarrarlo de las mejillas.
—Gracias a ti. Mis tíos jamás pudieron tener hijos, estaban desesperados ya que por su avanzada edad nunca los elegían como familia de adopción, hasta que te encontraron a ti. Hiciste increíblemente feliz a dos personas maravillosas, Dardo. Ojalá estuvieran aquí para darte un gran abrazo.
—Mamá... —Milka le acarició los hombros, Rosi dio un pequeño respingo, se limpió las lágrimas—. Ayuda a Ryan con la elección de libros.
—Claro.
Cuando se marchó, Milka le pidió disculpas.
—Es bastante emotiva a veces. Si regresas por aquí tendrás que estar listo para escuchar la misma historia más de cinco veces.
—No me importa. Es una buena mujer.
—Sí. Eso es cierto. Quizá no tengamos esos libros, pero puedo darte la clave de acceso para que puedas entrar el la biblioteca nacional de todas las manadas. Hace diez años se empezaron a guardar copias de seguridad para preservar la historia. Tan sólo necesito un correo electrónico.
—¿Puedes pasárselo a Helia?
—Sin problema.
***
Cuando llegó el anochecer, Helia cerró la puerta con llave. Llevaba unos pocos días haciéndolo, y no porque pensara que alguien iba a entrar en su cabaña a hacerles algo. Si no para que Dardo... no pudiera marcharse de nuevo.
Respiró hondo, apoyando la frente en la tabla de madera áspera. Suspiró. Guardó las llaves dentro de un jarrón hondo y le dio un último vistazo a la casa en completo silencio.
Dardo y Nathan habían ido a recogerlo como cada tarde con un desastroso ramo de flores marchitas.
Suni había soltado un risa ahogada y empujado a Helia fuera para hacer la guardia nocturna.
Habían cenado carne quemada y Dardo y Nathan habían limpiado la cocina mientras que Helia se daba una ducha.
O eso habían intentado. Helia había escuchado al menos dos platos romperse y no parecían haberse dado cuenta de la existencia de jabón.
Mañana tendría que volver a limpiarlos. No le importaba.
Le gustaba que la casa estuviera siempre desastrada por mucho que Dardo intentara ordenarla.
Le gustaba el espejo sucio y manchado del baño, las pilas de colada, los armarios abiertos.
Le gustaba cuando el mando de la televisión desaparecía y lo encontraba horas después dentro de la nevera.
Le gustaba el desorden causado por ellos.
Todos estos años, la casa había sido una especie de cárcel.
Silenciosa, ordenada. Tan sola... que había pesando que incluso lo devoraría un día entero.
Se había vuelto tan asfixiante que Helia prefería dormir en su forma lobo fuera, junto al porche.
Y ahora... ahora Helia podía respirar y no sentir que se ahogaba.
Allí donde miraba habían rastros de Dardo y de Nathan. Su respiraciones, voces y olores.
Helia no iba a regresar al silencio.
Subió por las escaleras despacio con los dedos enredados en los primeros botones de la camisa holgada, pasó por el cuerpo de Nathan, había una pequeña luz encendida. El cachorro le tenía miedo a la oscuridad.
Nathan estaba sentado en la cama con un libro lleno de imágenes y letras grandes, con el ceño fuertemente fruncido.
—¿Necesitas ayuda, cariño? —preguntó Helia acercándose.
Nathan apretó los labios. Negó.
—¿Cuándo podré...volver a ver a Sean? Quiero leerle un libro que me han dejado.
Helia le acarició el rostro.
—Sean está con su madre ahora.
—A ella no le gusto.
—No es eso. Sólo tiene un poco más de miedo que todos nosotros, pero se le pasará. Te lo prometo —Helia vio como Nathan se rascaba sobre la marca —. ¿Te duele?
—A veces.
—¿Sabes por qué?
—Zoe me lo ha contado. Duele porque Sean no está cerca.
—Sí, hay una crema que...
—No la quiero —Nathan cubrió el pequeño mordisco—. Me gusta que duela. Me hace acordarme de él, y saber... que no estaré nunca más solo.
Helia se inclinó para dejarle un beso en la frente.
—Y aunque no tuvieras a Sean, siempre nos tendrás a Dardo y a mí. No te acuestes tarde. Buenas noches, cielo.
—Buenas noches, Helia.
Cuando llegó a su habitación, se detuvo en seco. Dardo estaba sentado sobre la cama, llevaba únicamente un pantalón de pijama y tenía las luces de las mesitas de noche encendidas bañando la habitación con una luz cálida y tenue.
Helia pensaba que estaría en el baño aún y que tendría unos cuantos minutos más para prepararse.
Helia cerró la puerta lentamente, Dardo levantó los ojos hacia él.
Algunas hebras de su cabello rojo caían sobre su frente.
La luz le marcaba las líneas de su rostro, endureciendo sus facciones masculinas.
—¿Podemos hablar sobre lo que pasó el otro día? —preguntó Dardo apoyando los codos en sus rodillas.
Helia avanzó hacia él.
—No hace falta —se acercó hasta que la punta de sus pies descalzos rozaron los de Dardo.
Dardo tomó sus caderas, lo abrazó y pegó el rostro contra su estómago.
—Lo siento —masculló el Alfa.
—No eres tú el que debe disculparse, Dardo. Tenías razón y todo el derecho a enfadarte. Siempre... voy dando consejos que no soy capaz de aplicar en mi mismo, y es injusto que te pida que me cuentes todos tus miedos cuando yo soy incapaz de mostrarte el mío.
Dardo levantó los ojos hacia él.
—¿Qué... qué haces? —le preguntó cuando le vio con los dedos sobre los primeros botones de la camisa—. Helia...
Helia tragó saliva, durante unos segundos sus manos se detuvieron. Tomó aire y siguió bajando hasta el final.
—Helia, si vuelves hacer esto para tratar de echarme de aquí que sepas que no lo vas a conseguir.
—No es eso. En realidad, he cerrado la puerta con llave y la he escondido para que no puedas irte corriendo.
—No tienes que enseñarme nada que no quieras.
Lo sabía.
—¿Puedes prometerme una cosa?
—Lo que sea.
—No me dejes solo. Aunque... te enfades y grites y quieras ir tras... tras él. No me dejes aquí solo otra vez.
Dardo se levantó de la cama, acunó su rostro y lo besó lentamente. Sus labios rozándose con una suavidad que hizo que el pecho del Beta se contrajera. Cuando se separó apenas unos centímetros, no apartó la mirada de él. Sus ojos recorrieron su rostro pedazo a pedazo, como si quisiera memorizarlo.
—Jamás.
Helia cerró los ojos un instante. Terminó de quitarse la camisa que cayó junto a sus pies.
Su cabello, todavía húmedo después de la ducha, se había pegado a su nuca. Lo apartó hacia un lado, dejando al descubierto toda la extensión de su espalda.
Respiró una vez. Otra más. Y otra. Y finalmente, se dio la vuelta temblando de miedo.