CAPÍTULO 32 #2
—Helia —una débil voz lo despertó en mitad de la noche—. Helia... —Nathan le sacudía el hombro.
Helia se frotó los ojos, y se incorporó despacio de la cama.
—¿Qué ocurre? —murmuró.
—Dardo está teniendo un mal sueño.
Helia estuvo a punto de tropezar mientras salía de la cama, casi corrió a la habitación de Nathan para encontrar a Dardo sentado en forma habitual contra la pared descansando con las manos hechas dos puños apretados, la mandíbula tensa y el ceño profundamente fruncido.
Una fina capa de sudor cubría su frente y algunos mechones de su cabello rojo oscuro se habían pegado a ella.
Respiraba con dificultad y movía su cabeza de un lado a otro, como si estuviera luchando contra miles de voces que le gritaban.
Helia tragó saliva, se giró hacia Nathan.
—Ve a dormir a mi habitación, yo me quedaré con él.
Nathan lo observó dubitativo, pero finalmente Helia consiguió convencerlo. Dejó la puerta entornada y caminó hacia el lobo. Recogió un libro medio abierto en el suelo.
Helia dejó el libro sobre la cama.
Se acuclilló frente a él.
Era la primera vez que lo veía con una pesadilla, no le gustaba. Y tampoco no le gustaba no saber qué hacer en una situación así.
—Dardo —lo llamó bajo para no sobresaltarlo.
El Alfa no reaccionó.
—Dardo —Helia le acarició las mejillas—. Despierta. Vamos...No te quedes ahí dentro —sus pulgares trazaron círculos en sus mejillas y el cuerpo de Dardo se sacudió de forma más violenta —. Tranquilo. Ya está. Estás a salvo. Estáis a salvo.
Los ojos del Alfa se abrieron de golpe, Dardo lo empujó haciéndole perder el equilibrio y cayó de espaldas contra el suelo. Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando el Alfa se abalanzó sobre él.
Un profundo gruñido salió de la garganta de Dardo cuando sus manos se cerraron alrededor del cuello de Helia.
Sus dedos se transformaron en garras. Helia sintió las puntas clavarse ligeramente contra su piel, lo suficiente para advertirle de que Dardo no sabía dónde estaba.
No estaba allí. No estaba viendo su habitación, ni las paredes, ni la cama donde dormía Nathan.
Helia apenas se resistió, dejó que una fina capa de feromonas tranquilizadoras se esparcieron por la habitación esperando a que eso lo hiciera regresar. No pensaba luchar contra él. No podría hacerle ni una pizca de daño a su cuerpo, aunque Dardo quisiera matarlo.
—Tranquilo... —susurró muy bajo con la voz rota y la garganta dolorida.
El Alfa le enseñó los dientes en mitad de lo que parecía ser una transformación dolorosa.
Lo soltó, se llevó las manos a la cabeza mientras partes de su cuerpo cambiaban parcialmente y él trataba de controlarlas.
Su ropa se hizo pedazos. Su cuerpo se convirtió en una pequeña bola tumbada en el suelo.
Dardo se había quedado en posición fetal, con los dedos agarrando su cabello, el rostro escondido. La respiración acelerada.
Helia caminó a gatas cerca de él.
—No te acerques —le pidió Dardo negando con la cabeza.
Helia se detuvo.
El instinto le gritaba que lo hiciera. Que fuera a abrazarlo. Que le demostrara que estaba allí como él lo había estado todas esas noches para él.
—Está bien —susurró.
Dardo mantuvo los dedos aferrados a su cabello.
Helia se acercó un par de pasos más.
—No te acerques —repitió de nuevo.
—No pasa nada —susurró.
Helia se tumbó a su lado en el suelo. Dardo seguía sin querer mirarlo. Negando con la cabeza, apretando sus manos, tirando de su cabello.
—Nathan...
—Está en mi habitación.
—Te he dicho que no te acercaras.
—No me das miedo, Dardo.
—He podido matarte.
Cierto era. Pero no lo había hecho.
—Estoy bien, te lo prometo. Puedes abrir los ojos y descubrirlo tú mismo.
Dardo lo observó entre sus dedos, sus ojos seguían teniendo algo salvaje.
Helia le sonrió débilmente.
—Ves. No me has hecho daño. Has tenido un sueño complicado, está bien, Dardo.
Dardo negó. Empezaba a temblar, y el Beta estaba seguro que no era de frío aunque estuviera sobre el suelo desnudo.
Alargó los dedos de su mano y le acarició el brazo.
—¿Quieres contarme qué has soñado?
Dardo negó.
—Voy acercarme un poco más a ti.
—No.
—Voy a abrazarte.
—Helia, por favor, no lo hagas.
—No me harás daño, ya lo verás.
Y si se lo hacía... a Helia no le importaba.
Se acercó lo suficiente como para tener su cabeza bajo su barbilla y lo abrazó suavemente atrayéndolo a sus brazos. Dardo se resistió al principio, pero en pocos segundos ya estaba respondiendo a él. Apretándolo, empujando su rostro en el cuello.
—Tranquilo —le susurró.
—Lo siento. No he podido controlarlo.
—No te preocupes. ¿Es por eso que casi no duermes?
Dardo asintió en su garganta.
—No me puedo permitir perder el control. En la celda no podía, aquí mucho menos.
—Creo... que te vendría bien hablar de ello, puedes confiar en mí y contarme de qué van tus pesadillas. Podría ayudarte de alguna forma.
Dardo se separó de él de forma abrupta, se levantó con las piernas temblorosas y cogió un pantalón del armario, lo sacudió antes de ponérselo.
—Tú no hablas de tus pesadillas, Helia. Y llevas toda la semana con ellas. No me pidas cosas que tú tampoco eres capaz de hacer —le dijo escapando por la puerta.
Helia se levantó del suelo para ir tras él.
Dardo estaba en su habitación con Nathan, le acarició la cabeza, besó su frente y le prometió que todo estaba bien y que fuera a dormir.
Nathan se acurrucó entre las mantas. Lo siguió hasta el baño y vio como metía la cabeza dentro del grifo y se sacudía salpicándolo todo.
—Pero yo no he perdido parte de mis recuerdos. Tus sueños podrían estar manifestando algo.
Dardo negó, siguió su camino fuera de la casa. Se detuvo con los pies un poco más firmes y respiró el aroma de la noche.
—¿El qué? ¿Qué soy un animal enjaulado? ¿Eso es lo que manifiestan? No tienes ni idea de nada. —Dardo se giró hacia él, le apartó del cuello el cabello y gruñó—. La próxima vez que me veas en un sueño, llévate a Nathan y dejadme solo.
Dardo entró en la casa, perdiéndolo de nuevo.
Helia suspiró, acarició las puntas de su cabello despeinado y se frotó el rostro cansado.