CAPÍTULO 32
NO ES MI PAPÁ
—¿Qué le pasa a tu papá, Nathan? —Zoe le preguntó mientras trataban de mantener erguida una pila de piedras.
Nathan observó de reojo a Dardo. Normalmente, venía a jugar con ellos, hoy se había quedado apartado junto a un árbol, manteniendo los brazos cruzados.
Sean tampoco estaba ahí. Se iba a ausentar unos cuantos días de la escuela para estar con su madre, y Nathan se sentía...
raro. El otro día estuvieron juntos por más de dos horas.
Habían jugado y visto la televisión sentados en el suelo.
Cuando Sean se marchó, olía a su casa, a él y a Dardo y le gustaba.
—No es mi papá.
—Dicen que eres su cachorro.
Nathan asintió a sus palabras.
—Pero no es mi padre.
Zoe colocó otra piedra.
—¿Y qué es?
¿Qué era? No lo sabía. Una parte indispensable de él. Dardo era como una pierna, o un brazo. No. Algo más vital. Un pulmón. O su corazón. Pero dudaba que Zoe pudiera entender aquello siendo una niña cobijada siempre en la seguridad de su manada.
—Dardo es Dardo —dijo, como si eso lo resumiera todo.
—¿Y Helia?
—Helia también es Helia.
Zoe lo observó con una mueca rara, según le habían dicho, Zoe también era un Alfa dominante, su olor le hacia arrugar un poco la nariz, pero no le resultaba del todo desagradable.
—Que cosa más rara.
—No lo entenderías. Tú tienes dos padres.
Zoe negó, reuniendo más piedras en sus pies.
—Mi mamá murió cuando era muy pequeña. Papá se quedó solo y luego apareció Dani. A papá y a mí nos gustó mucho, así que se quedó con nosotros.
—¿Qué le pasó a tu madre?
—La atropellaron en la ciudad. No es un lugar seguro para nosotros. ¿Qué le pasó a tus padres?
Nathan se encogió.
—A mi madre se la llevaron las personas malas que nos tenían encerrados. La mataron. Mi padre no se quién es, a lo mejor también está muerto.
Y no es que Nathan se lamentara de ello. No había tenido ni un segundo en su vida para pensar en ello, y ahora que estaba a salvo lo único que le importaba era Dardo.
—Mi padre dice que todos nosotros tenemos un alma, y que cuando nos vamos subimos al cielo con la Luna y las estrellas.
Mi mamá está ahí. Sé que ella me vigila todos los días, y también sé que envió a Dani para que papá y yo no estuviéramos solos —habló Zoe mirando hacia arriba—Conoces a nuestra diosa, ¿verdad?
—Algo he escuchado.
—Ella se llama Luna. Creó al primer lobo a raíz de una de sus lágrimas en una noche muy oscura y solitaria. De la segunda lágrima brotó su pareja, se dice que fue un regalo de la Luna para que no estuviera solo. Ella nos dio la vida, y por eso, cuando morimos, nos vuelve a reclamar a su lado.
Nathan observó el cielo despejados, las nubes blancas y esponjosas. Se mordió la lengua para evitar decirle que eso era una gran mentira. Que no había ninguna diosa, que cuando uno moría iba bajo tierra y que nadie reunía sus almas.
—¿No me crees? —le preguntó observándolo de reojo.
—No.
Nathan prefería una verdad a una mentira por lástima.
—¿Quién crees que te ha enviado a Sean?
Natha giró la cabeza rápido hacia ella. Zoe sonrió triunfante por haber llamado al fin su atención.
—La Luna te ha hecho un regalo. A mí... me gusta verlo así. Si tienes dudas, tengo un libro en casa que lo explica muy bien para los niños.
Las mejillas de Nathan enrojecieron un poco.
—No sé leer.
—Tiene dibujos. Y yo puedo leértelo, me lo sé de memoria.
***
Helia terminó de subirse la camisa con manos temblorosas. Apenas se atrevió a mirar a la cara a Atlas cuando el Alfa rodeó la camilla del estudio y le mostró el supuesto resultado de su espalda después de la intervención.
—La zona es muy grande. Debes tener en cuenta que puede que esa parte de piel nunca cicatrice del toda y tengas las heridas abiertas por años. ¿Lo has pensado realmente bien?
No.
Claro que no lo había hecho. Pero hasta que no se quitara aquello de la espalda no podría pegar ojo.
—No hay otra alternativa.
Habían pensado en tatuar, pero las quemaduras eran tan profundas que la marca seguiría resaltando del dibujo. Habían probado con un láser para reducir las cicatrices y llevaban medio año con él sin un mísero resultado. La otra opción era una quemadura nueva, o arrancarse la piel.
Helia no quería tener nada ardiente junto a su espalda nunca más.
Atlas a su lado suspiró. Bloqueó la pantalla táctil y la dejó a un lado.
—¿Sería tan malo vivir con ella?
Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza, Helia se sujetó al cuello de la camisa.
—La quiero fuera, Atlas. Aunque tengas que partirme por la mitad.
—Te entiendo, créeme. Yo soy el primero dispuesto a ayudarte, pero...¿vale la pena? Ya no estás en sus garras, ese hombre no volverá a poner un dedo sobre ti, Helia. Y aunque quisiera hacerlo, todos nosotros lo destrozaríamos antes. Ya has sufrido demasiado por él. No vale la pena hacerte más daño.
Helia tomó aire.
Era tan fácil decirlo cuando la marca no estaba en sus espaldas.
Se levantó de la camilla y se colocó la bata de la clínica.
—Aparta un día en tu agenda para mí.
Salió de su cabaña y caminó de regreso a la clínica. Suni estaba concentrada en el ordenado, fue directo a su consulta con una sensación de angustia en el pecho. Dardo estaba de espaldas a él, mirando la estantería de libros con la manos entrelazadas por detrás.
—¿Dónde está, Nathan?
—Ha querido ir a casa de Zoe con Dani después de la guardería.
—¿Y lo has dejado solo?
—Lo he acompañado hasta la casa, lo he visto entrar y estaré ahí en menos de media hora. Me apetecía verte. —Dardo se giró hacia él—. ¿Dónde has estado?
—Fui a ver a Atlas.
Dardo simplemente asintió con la cabeza.
Llevaban un par de días tensos y estaba muy claro por lo que era.
Dardo pasó por su lado.
—Te recogeremos a las nueve.
—Dardo...no tienes que irte tan pronto —dijo casi resignado —. No tengo consultas aún, ¿por qué no te quedas un rato? Puedes leer —Helia se acercó a la estantería— ¿Qué temas te interesan?
Sintió a Dardo tras su espalda, observándolo desde arriba.
—Sobre Betas e imprimación.
Como no.
—Creo que ya leíste todo lo que tengo sobre eso —el libro que Helia estaba agarrando cayó de su mano cuando sintió los dedos de Dardo en su nuca.
—Entonces, busca alguno para Nathan.
—¿Crianza Alfa? —preguntó Helia tratando de que su voz sonara lo más fría posible mientras que Dardo le apartaba la trenza a un lado y gruñía.
—La marca está desapareciendo.
—La imprimación la hace más duradera, pero no es permanente.
—Lo sé. Quiero leer más libros sobre ello. ¿Dónde puedo encontrarlos?
—Puede que haya algo en la biblioteca de la manada.
Helia se estremeció cuando Dardo lo lamió. Sus hombros temblaron y sus dedos se cerraron sobre una de las estanterías.
La imprimación ocurría en casos tan aislados que apenas habían investigado sobre ella. Helia lo intentó durante los siguientes años a la ausencia de Dardo documentándose en la ciudad pero no encontró más que tomos y palabras sin sentido.
—Me gustaría saber en qué afecta a la otra parte la imprimación. ¿Sientes algo fuera de lugar, Helia?—preguntó Dardo haciendo que su pobre corazón empezara a latir con más fuerza—. ¿O soy yo el único tonto que se siente extraño con todo esto?
Helia mantuvo el silencio, sin saber muy bien a lo que responder. ¿El único tonto en sentirse extraño? Helia llevaba sintiéndose así desde que lo conoció, y prefería no preguntarse cuales eran las verdaderas razones de ello.
Dardo empujó el rostro en su nuca, y lo besó con un gruñido.
Helia sintió sus feromonas Alfa. Su lobo en lugar de lucir asustado o intimidado, se frotó en ellas, parecía un drogadicto, y de haber podido olerlas, Helia estaba seguro de que él también lo sería.
Dardo le agarró una de las muñecas a Helia, la llevó hacia atrás, hasta hacerle enterrar los dedos en su cabello rojo.
Helia enroscó sus dedos, giró el rostro levemente y Dardo deslizó sus labios desde su mejilla hasta su boca.
Con las manos en su cintura, lo giró y lo atrajo a él, y la cabeza de Helia se vació por completo.
Que un beso causara aquello era más que ridículo. Pero ahí estaba.
Dardo ni siquiera trataba de profundizarlo, quizá era eso lo que más nervioso le estaba poniendo.
No había ninguna prisa, sólo la boca de Dardo moviéndose contra la suya con una suavidad casi contradictoria en aquel Alfa enorme y dominante, cubierto de cicatrices y acostumbrado a resolverlo todo con los dientes y garras.
Helia cerró los ojos, entreabrió los labios en una clara invitación para que Dardo profundizara el beso.
La respiración de Dardo cambió contra su boca.
Sus dedos se cerraron alrededor de la cintura de Helia y lo acercaron todavía más.
El beso dejó de ser cauteloso. Dardo inclinó la cabeza, empujó su lengua contra la del sanador y gruñó.
Helia sintió el sonido recorrerle el cuerpo entero.
Sus dedos se cerraron con más fuerza, ya no sabía si estaba intentando sujetarlo o simplemente necesitaba aferrarse a algo para no perder el equilibrio y acabar tropezando con sus pies.
Tomó la lengua del Alfa de buen grado. Sabía a café amargo. Y eso le hizo fantasear con poder descifrar su aroma. Helia sabía que no era más que un simple Beta, pero cada vez que Dardo se acercaba tiraba por la borda años y años de control y auto aceptación.
El tiempo debió perderse entre los besos. La alarma de su teléfono sonó avisándolo de su próxima consulta, y tuvo que empujar a Dardo con las manos en el pecho para poder apagarla y respirar. Cuando deslizó la vista hacia él, tuvo que retirarla rápidamente.
El Alfa tenía los labios hinchados, húmedos y rojos. El cabello desordenado y el cuello de la camiseta arrugado.
—Debes irte —susurró bajo a Dardo mientras le colocaba bien la camiseta.
Dardo pegó los labios de nuevo en su mejilla. Le dio un beso corto y se marchó en el momento en el que Suni caminaba hacia la consulta para avisarlo de que su cita había llegado.
El resto del dia fue raro y frío. Y Helia deseó terminar el turno cuanto antes y marcharse a casa.
***