Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 31
72%

CAPÍTULO 31

ES MI HISTORIA

Nathan observó el perfil de Helia mientras dormía profundamente arropado en la cama. Levantó los ojos hacia Dardo.

—¿No deberíamos despertarlo? —susurró muy bajo—. Se enfadará cuando vea la hora que es.

—Félix ha llamado para que se quede en casa un día más —le respondió de la misma forma.

—Estos días no ha tenido pesadillas — Nathan estaba arrodillado en el suelo, con los codos y brazos sobre la cama.

Si alargaba un poco su mano podría tocarlo, pero Dardo se lo había prohibido, mientras que él no dejaba de acariciarle el pelo sentado en la cama a su lado.

—No.

—¿Eso es bueno?

—Quizá, aunque lo más seguro es que regresen en pocos días.

Nathan lo observó con el ceño fruncido.

—¿Por qué tiene pesadillas? ¿Alguien le hizo daño como a nosotros? Él no tiene cicatrices.

—No hace falta que alguien tenga cicatrices, se puede hacer daño de muchas maneras — le respondió.

Helia olía a Dardo. Mucho. A Nathan no le molestaba, es más quería subir y acurrucarse con él. Dardo seguía siendo hogar y manada. Era cálido. Cómodo. Era seguridad.

Nathan apoyó la mejilla en el colchón.

¿Quién podría hacerle daño a Helia? Él era bueno. Dulce. Él los había salvado. Curado. Ayudado. Llorado por ellos. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Nathan gruñó muy levemente. Y Helia hizo un pequeño sonido, giró hacia el lado de Dardo y el cabello se le quedó esparcido por todo el rostro. Dardo se lo retiró y los ojos de Nathan no pudieron evitar fijarse en su nuca.

Levantó corriendo la vista hacia Dardo.

—Tiene una herida en la nuca con sangre.

—La hice yo —respondió Dardo tranquilo.

—¿Por qué hiciste eso?

—¿Recuerdas la marca que llevas en el cuello de Sean?

Nathan se llevo de inmediato la mano al vendaje de su cuello. Molestaba un poco. Pero no dolía. Ni siquiera cuando Sean lo había mordido.

Nathan asintió despacio.

—Esa es mi marca.

Nathan miró de nuevo la herida. Otra vez a Dardo. Manada. Y de nuevo a la herida.

—Helia...¿es para ti lo que Sean es para mi?

Dardo hizo un gesto de aprobación.

—Eres muy listo.

—Siempre me ha gustado escuchar. ¿Significa que Helia se va a quedar con nosotros para siempre?

—¿Qué te parece esa idea?

Nathan tragó saliva. Helia iba a estar con ellos. Sean... por lo que había podido comprender, también iba a quedarse con él para siempre.

No más celdas.

No más golpes.

No más gritos.

No más dolor.

Manada.

Dardo. Helia. Sean.

—Me... me gusta mucho — respondió muy bajo limpiándose las lágrimas y queriendo de alguna forma esconderlas de Dardo.

—Ven aquí, cachorro —llamó Dardo.

Nathan no tardó ni un segundo en llegar ahí. Dejó que Dardo lo arropara en sus brazos. Que le acariciara el cabello como a Helia y le besara la frente.

—¿Quieres dormir con Helia un rato más?

Nathan asintió.

Dardo le levantó la sábana y Nathan entró en ella.

***

Helia masticó y tragó el sandwich bajo la atenta mirada de Sean y Dardo.

La carne en su interior estaba medio cruda, el pan quemado, llevaba demasiada sal y por no hablar de la mantequilla.

Quería escupirlo, pero no se atrevía a disgustar a esos lobos que lo observaban con casi adoración y satisfacción.

—¿Te gusta? —le preguntó Nathan.

Helia tragó.

—Mucho, cariño.

Había despertado con Nathan acurrucado en su cuello, y mientras se duchaba y llamaba a Caleb para pedirle por favor que le dejara regresar a la clínica, ambos le había preparado la comida, si es que a eso se le podía llamar comida.

—Dardo me enseñó, en las esquinas le he puesto chocolate. No sabía que el chocolate estaba tan bueno.

Helia observó el sandwich con menos ganas de comérselo, pero siguió mordiendo y masticando, Cuando acabó alguien llamó a la puerta, Atlas estaba tras ella con Sean de su mano.

Nathan olfateó de inmediato el aire, bajó de la silla, pero Dardo lo detuvo con un gruñido.

—¿Puedo dejar a Sean un par de horas aquí? —preguntó Dardo.

Helia se acercó a ellos. Por lo que parecía, Sean también quería ir corriendo hacia dentro. Helia miró antes a Dardo. El Alfa le asintió con la mirada.

—Claro, ¿ha pasado algo?

Atlas hizo una mueca, le soltó la mano a Sean.

—Ve dentro, y compórtate, Sean.

Sean bajó la mirada.

—Si, papi —masculló, después salió corriendo.

A Nathan se le iluminaron los ojos. Ambos niños se abrazaron.

—¿Quieres un sandwich, Sean? Hemos hecho muchos —le dijo Nathan.

Oh, por favor, que no aceptara.

Sean dijo que sí, y Nathan corrió a través de la cocina.

—Valery está a punto de llegar, no quiero que Sean nos vea discutir más. Sé que... está situación no le va hacer mucha gracia, y me va a culpar de todo —habló Atlas.

—Al final no le quedará otra que aceptarlo por el bien de su hijo.

Atlas miró hacia Sean, sentado ya en el lugar en el que Helia había estado, moviendo sus cortas piernas en el aire, mirando expectante el sandwich de carne, sal, mantequilla y chocolate mientras que Dardo se lo partía en cuatro trozos.

—No lo creo. Es complicado.

—¿Te apetece contármelo?

Atlas suspiró, se alejó unos metros en el porche y Helia lo siguió.

—Quizá pueda hablar con ella y ayudar.

Atlas negó.

—Ambos nos separamos cuando me di cuenta...

de que me gustaban los hombres. Valery lo consideró como una traición, y el dialogar con ella se ha vuelto complicado.

Siempre me hecha en cara cosas sobre mi orientación sexual, no me importan, pero...

no quiero que haga lo mismo con Sean por haberse emparejado con Nathan.

Hasta que no esté seguro de por dónde va a ir ella no quiero que Sean escuche nada.

—Está bien, Sean puede quedarse aquí el tiempo que necesites. Hoy tampoco tengo permitido pisar la clínica al parecer.

—Aprende a descansar un poco, Helia. Quería pedirte disculpas, también.

—¿Por qué?

—Por haber insistido quizá más de la cuenta contigo.

Me gustas, y Sean también te tiene mucho cariño así que pensé que serías perfecto para entrar en mi familia, pero al parecer...

—Atlas miró hacia dentro. Dardo le estaba separando a Sean las partes quemadas del pan mientras que Nathan le ofrecía agua para tomar—. Al parecer tú ya tienes una.

—No tienes que disculparte. Has sido un gran amigo, me has escuchado siempre y te seguiré ayudando en todo lo que necesites.

El teléfono de Atlas sonó.

—Y una cosa más, —Atlas se acercó a Helia, se inclinó sobre él y le susurró al oído una frase con la que Helia sabía que tendría pesadillas durante semanas. —. Piénsalo bien.

Atlas se marchó.

Helia se apoyó en la barandilla de madera tratando de respirar. De recomponer su tembloroso cuerpo cuando unos brazos lo rodearon por detrás. El abrazo de Dardo le mantuvo los pies en el suelo, pero no le quitó las ganas de vomitar ni de esconderse.

—¿Qué te ha dicho ese capullo?

Helia negó, tragando saliva.

—Nada...

—Helia...

—Olvídalo.

—O me lo dices ahora mismo, o voy tras él y le arranco la polla. Tú decides.

Helia se aferró a sus muñecas. Apoyó la cabeza sobre el pectoral de Dardo.

—Las cosas no se solucionan a golpes, Dardo.

—En mi mundo, sí. Dímelo —gruñó.

—Atlas... lleva desde principio de año investigando sobre cómo quitar... lo que tengo en la espalda.

Dardo se tensó tras él, lo giró sobre los hombros.

Helia no se atrevió a mirarle a la cara.

—¿Se lo has enseñado a él?

—Caleb insistió. Y yo necesitaba esa ayuda.

Un músculo en el rostro de Dardo saltó. Sentía la furia en sus ojos, y de alguna forma... la entendía. Dardo trató de camuflarla, alejarla, llevarla a otro lado mientras que sus dedos se clavaban en los hombros de Helia.

—¿Y? —gruñó.

—Y la única solución que ha encontrado... es arrancar la piel.

—No vas hacer eso. No te van hacer eso.

—Atlas esta cansado de hacer escarificaciones y modificaciones corporales, podría intentarlo. Sería molesto, pero con anestesia y un poco de paciencia.

—No, Helia —Dardo le soltó para levantarse la camiseta y señalarle la cicatriz que le cruzaba el vientre—.

¿Ves esto? Me la hicieron una noche por tratar de escapar para buscar comida.

¿Y esta? Fue por proteger a otro animal, aunque terminaron matándolo delante de mí.

¿Y esta? —Dardo siguió señalando—. No quise pelear.

Y esta es por pelear. Pero es mi piel, Helia. Y es mi historia.

Helia tomó aire.

—Es bonito que hayas abrazado esa parte de tu vida, pero yo no puedo hacerlo. Lo siento.

Helia escapó de su agarre y casi corrió hacia el baño, mientras que Nathan y Sean lo llamaban.

Quizá fue el sandwich. Quizá fue otra cosa. Un recuerdo. Una sensación candente grabada en el centro de su espalda. Su voz. Su nombre.

Helia vomitó durante el resto del día.