Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

GRANDE

A Dardo le hubiera gustado darle un beso dulce. Delicado. Helia no se merecía menos. Dardo quería adorarlo como si fuera una divinidad, el problema era... que estaba tan jodidamente emocionado que eso era imposible.

Lo agarró de la base de la trenza, lo empujó contra la pared y lo besó profundamente.

Su lengua se deslizó dentro mientras que Helia le abría los labios.

Dardo gruñó satisfecho, lamiéndolo, recorriendo su boca, saboreándolo.

Era dulce y le encantaba. Lamió su lengua, chupó y mordió su labio, frotó sus labios en su mejilla mientras que sentía el maldito pantalón vaquero a punto de estallar.

Sus dedos se deslizaron hacia los botones de la camisa holgada que seguía llevando, pero Helia lo detuvo.

Sus mejillas coloradas perdieron un poco de su color.

—¿Prefieres mantenerla? —le preguntó Dardo.

—Si no te molesta, sí —susurró Helia.

Dardo asintió. Lo hacía. Pero no iba a obligarlo. Esta mañana Helia estaba convencido de enseñarle lo que sea que tuviera en la espalda, creyendo que eso lo alejaría. Ahora... ahora no quería enseñársela. ¿Ya no buscaba alejarlo? Esperaba que no.

Dardo dejó los botones, sus dedos se deslizaron hacia abajo, hacia el ombligo.

—¿Puedes subirla con tus manos? —masculló besando su oído.

Helia asintió. Sus dedos recogieron la tela blanca y la subieron hasta su cintura.

—Un poco más, Helia —sonó áspero.

Helia lo hizo.

Dardo gruñó.

—Más. Enséñame tus pezones.

Helia se sonrojó, subió la tela hasta su esternón y una punzada dolorosa recorrió su polla.

Piel blanca y pálida. Cintura estrecha. Estómago blando y suave. Pezones rosas.

Dardo lamió debajo de su oreja.

—¿Cómo puedes ser tan bonito?

—No hace falta que digas esas cosas —susurró el Beta.

Dardo trazó círculos con sus dedos en el centro de su estómago. Su piel temblaba.

—¿Por qué?

—No soy bonito, Dardo.

—Claro que lo eres —dijo Dardo clavando las rodillas en el suelo.

Helia abrió bien los ojos, trato de tirar de él hacia arriba.

—Levant...

Dardo cerró los labios en el centro de su estómago. Le dolía la herida de su boca pero le importaba una mierda. Sus manos tiraron con rapidez de los pantalones de Helia hacia abajo e hizo lo mismo con su ropa interior. Helia soltó la camisa para taparse.

—No te escondas de mí —dijo Dardo casi como una súplica—. Quiero verte entero. No tengas vergüenza. Soy tu Alfa.

Helia tragó saliva. Dardo sintió sus muslos temblar bajo sus manos. Y Helia levantó de nuevo la prenda girando el rostro hacia un lado.

Helia estaba medio hinchado y... no tenía vello. Era pequeño. Mucho más que Dardo. Rosado. Precioso.

Dardo se tragó un rugido.

—Mira aquí, Helia —masculló besando y mordisqueando su cadera, dejando pequeños picotazos enrojecidos con los que iba a cubrir todo su cuerpo.

Los ojos de Helia descendieron hacia él.

—Enséñame como te tocas —pidió, sujetó una de sus manos suavemente y la hizo bajar —Enséñame lo que te gusta.

—Somos... los dos hombres, no creo que haya mucha diferencia.

Dardo le dio otro mordisco más profundo. Casi clavando sus colmillos.

—Yo no he tenido mucho tiempo de autoexploración, y lo único que he estado haciendo este mes es pensar en ti y correrme al segundo. Creo que incluso podría correrme ahora mismo sin tocarme, así que joder... enséñame.

Dardo se moría por ello. Quería saber qué lugares lo hacían temblar y deshacerse. Quería llenarlo de placer hasta reventar. Quería meterse dentro de él. Conquistar cada puta célula de su cuerpo. Hacerlo suyo.

Helia se lamió los labios. Su mano acarició su pene y lo envolvió con cuidado. Tiró de él suave. Se volvió más rosa. Más hinchado.

—¿Alguien te ha tocado? ¿Ese cabrón te hizo algo? —preguntó Dardo muy cerca de él. Sus manos subiendo y bajando por sus muslos pálidos y suaves.

—No.

—¿Nadie, Helia? ¿Y Atlas? —gruñó.

Helia negó.

—¿Y a ti, Dardo?

—Nadie ha tenido los cojones de ponerme una mano encima de esa manera.

Escuchó a Helia suspirar de alivio.

—Al menos nos dejaron eso.

Dardo gruñó, lo agarró de los muslos para que no se pudiera separar y se inclinó sobre la erección de Helia. Tomó su punta. La beso. Arrastró sus labios.

—¡Dard...! — exclamó Helia tapándose la boca para no despertar al cachorro—. Suelta...

—Aquí sabes más dulce, Helia —Dardo volvió a tomar su punta. No estaba muy seguro de cómo hacerlo, imagino que sus dientes dolerían así que trato que no lo rozaran mientras lo sujetaba del trasero y lo empujaba dentro de él.

Helia entró a la perfección en su boca. Dardo sacó y empujó de nuevo su cabeza tratando de imitar las suaves caricias que Helia había hecho con su mano.

Lamiéndolo de arriba abajo cada vez que lo sacaba de su boca sin perder ni una sola expresión de ese maldito Beta que seguía queriendo enmascarar todas sus emociones de él.

Dardo lo tomó más fuerte, rápido y Helia apretó los labios pare evitar hacer un sólo sonido. ¿Eso le había gustado? Dardo podía tomarlo más profundo. Podía comérselo entero. Lo engulló más fuerte, le clavó los dedos en las nalgas y Helia hizo un pequeño ruido apoyando la mano sobre su hombro.

Dardo la llevo hasta su cabeza. Se quedó muy quiero y empujó las caderas de Helia para que empezara a moverse.

Helia empezó muy lento, quizá tenía miedo de hacerle daño.

Quizá le gustaba más despacio, más suave.

Pero cuando Dardo enterró los dedos en sus nalgas y amasó, su respiración cambió.

La mano en su cabello se volvió un poco más demandante y sus caderas empezaron a empujar más fuerte.

A Helia le caía cabello sobre su rostro. Su trenza estaba medio desecha por los estirones de Dardo. Tenia una marca roja en el cuello. Se sujetaba la camisa con una mano mientras que la otra ayudaba a embestir en su boca.

Dardo gruñó. Amasó de nuevo su trasero, y uno de sus dedos rozó sin querer el centro de su agujero. Helia gimió bajo, corrió a taparse la mano y si Dardo no hubiera tenido su bonita polla en su boca, hubiera sonreído.

¿Ese era su punto?

Dardo endureció sus caricias. Frotó de nuevo ese punto.

Su boca húmeda se lo tragó hasta el fondo y no se detuvo en cuanto lo sintió temblar y respirar de forma entrecortada.

Lo empujó dentro. Otra y otra vez hasta que Helia soltó un largo gemido y se sujetó a sus hombros con las rodillas temblorosas.

Trató de separarse de inmediato, pero Dardo no lo dejó.

Tragó. Lamió, y besó hasta que su pene se ablandó en su boca.

—Estás loco...¿por qué has hecho eso? —Helia se arrodilló frente a él y le limpió los labios con la mano.

Dardo la lamió también.

—¿Crees que voy a tirar y desaprovechar cualquier cosa que venga de ti? —preguntó en un gruñido sujetándolo de la nuca y besándolo de nuevo.

Helia se aferró a él esta vez, y fue como... Como si alguien danzara y tocara dentro de su cabeza.

—Quiero hacértelo otra vez —masculló Dardo sobre sus labios, sujetándolo contra su cuerpo, amasando sus nalgas, tirando de una de ellas y frotando su centro—. ¿Te gusta aquí, Helia?

Helia ocultó la cabeza en su cuello. Asintió.

—¿Debo ponerlos dentro?

—¿No lo sabes?

Dardo se tragó un gruñido.

—Hembra y macho. Sé cómo se hace. Macho y macho, no.

Helia miró hacia él.

—¿De verdad?

—¿Te he decepcionado? ¿Por qué crees que te pregunto tanto? No he tenido una buena educación sexual, sabes.

Aunque Dardo no quería traer sus demonios del pasado ahora mismo, quería que Helia lo supiera. A él no le avergonzaba reconocer que no tenía ni puta idea de lo que hacer. Quizá podría haber leído un maldito libro antes.

Helia pestañeó una vez. Después otra. Miró hacia la puerta abierta de Nathan.

—Sigue dormido — informó Dardo.

Helia tragó saliva. Su mano llegó hasta la de él, le hizo presionar un poco más en su agujero.

—Los machos lo hacen por aquí. El más dominante es el que somete al otro. Pero...—Helia colocó la cabeza sobre su hombro—. Debes entender que yo no soy un Omega, Dardo. Y que no dilato ni lubrico como ellos. Necesito... cierta preparación que no tengo aquí.

Dardo apretó la mandíbula.

—¿Qué preparación?

—Mucho lubricante. Tiempo. Y seguramente un dildo o un vibrador. Eres muy grande. Podrías... hacerme mucho daño si no estoy bien preparado.

Dardo tiró aire por la nariz.

—Lo entiendo —se levanto y Helia lo agarró de la muñeca.

—¿A dónde vas?

—Al baño. A ocuparme de esto —Dardo señaló su erección.

—Yo puedo...

—No. Yo quería hacerte sentir bien, tú no tienes ninguna obligación.

—Dardo, no hagas eso. Yo también quiero...

—Apenas me has tocado, Helia —Dardo se agachó junto a él—. Esta bien. No quiero agobiarte. Ya hemos dado un gran paso.

Helia no lo soltó.

—No he podido tocarte porque apenas me has dejado y porque... Nathan está aquí al lado. Me has pedido que no me esconda de ti, y tú vas a irte al baño a hacerlo.

Dardo soltó el aire contenido. Lo sujetó de la trenza. Más duro.

—No quiero asustarte.

—No lo harás.

—Eres muy delicado, Helia. Apenas he hecho fuerza y ya tienes los muslos marcados. Yo soy un bruto.

Helia lamió sus labios, se acercó de rodillas, sus manos se colocaron en su cintura.

—Deja que yo te diga eso —susurró besando su mejilla suavemente.

Dardo gruñó, empujó a Helia contra el suelo y le abrió las piernas. Se llevó la mano a la entrepierna, tocó su polla. Y luego abrió sus pantalones, los bajo hasta sus muslos y se arrancó también la camiseta.

Helia observaba sus movimientos como un pequeño animalillo. Dardo agarró su polla. Grande. Más oscura que el resto de su piel. No tan bonita como la de Helia.

¿Qué le estaría pareciendo este espectáculo? ¿Le horrorizaba ver lo mucho que había crecido su pequeño Alfa? ¿Su niño? ¿Le hubiera gustado que Dardo no fuera tan grande?

Dardo se acarició con fuerza. Ojalá pudiera meterse en su puñetera cabeza. Ojalá pudiera saber todo lo que Helia quería y pensaba de él.

Helia apoyó los codos en el suelo y se incorporó. Dardo creyó que se marcharía, en su lugar sus manos repasaron las cicatrices del centro de su vientre bajo.

—Puedes... ponerla entre mis muslos —le susurró Helia.

Dardo endureció su agarré.

—¿Cómo?

Helia volvió a tumbarse, junto y alzó sus piernas.

—Aquí. ¿O prefieres hacerlo de espaldas?

Se acercó hasta que la punta de su erección tocó su trasero. Sujetó sus piernas, las puso sobre su hombro y empujó su polla entre sus muslos. Se inclinó sobre él con los dientes apretados.

—No creo poder aguantar mucho —reconoció con las mejillas enrojecidas.

Era como... Como si estuviera embistiendo dentro de él.

—No pasa nada. Puedes... hacerlo tan fuerte como quieras.

Dardo gruñó. Sujetó sus muslos juntos y golpeó entre ellos.

El interior era suave, blando, húmedo gracias a la lubricación natural de Dardo.

Dardo embistió una y otra vez, levantó de nuevo la camiseta de Helia y le soltó la trenza.

Soltó un jadeo y tardó muy poco en darle la vuelta y levantarlo contra la pared.

Se metió de nuevo en sus muslos, lo agarró del cabello y buscó su boca para lamerla.

—Dardo... Nathan.... Por favor....

Dardo ni siquiera sabía de lo que estaba hablando. ¿Lo estaba golpeando demasiado fuerte? ¿Estaba haciendo mucho ruido? ¿Estaba gruñendo demasiado?

Lo abrazó por detrás.

—¿Te gusta? —gruñó encontrando de nuevo la erección de Helia en su mano —. ¿Te gusta, Helia?

Helia se tapó la boca con la mano.

—Quiero morderte. Déjame morderte la nuca.

Helia asintió.

Dardo continuo embistiendo. Acariciando a Helia. Apretándolo entre sus brazos, besando su oído. Su nuca. Dardo abrió la boca sobre su nuca, y lo mordió clavándole los dientes. Se corrió al instante y Helia también.

Dardo soltó lentamente al Beta que se deslizó hasta el suelo.

Miro su pequeña obra de arte y gruñó tan satisfecho que volvió a ponerse duro.

Agarró su polla, se embistió con fuerza en su mano imaginando que eran los muslos del Beta de nuevo y cuando sintió que estaba a punto de venirse, le dio la vuelta a Helia, le levantó la camiseta y se corrió sobre su estómago.

Sus fosas nasales se dilataron.

Dardo esparció el semen blanquecino por su piel.

Le hizo ponerse los pantalones, le bajo la camisa.

Y se vistió a él también. Lo llevo de nuevo a la habitación de Nathan, y lo sentó entre sus piernas, de espaldas a él.

Lamió y besó la sangre que descendía de su nuca.

Apretó con más fuerza a Helia contra él.

Jamás pensaba soltarlo.