Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

MI PEQUEÑO ALFA

Helia encontró a Dardo sentado en el suelo de su antiguo cuarto.

Ahora era la habitación de Nathan.

El cachorro se había quedado dormido apenas unos minutos antes.

La transformación, el enfrentamiento, las emociones, la marca...

todo había terminado pasándole factura. Dormía profundamente, de lado, abrazado a una almohada demasiado grande para él.

El cabello castaño le caía sobre la frente y el pecho subía y bajaba con un ritmo lento, tranquilo.

Helia había encontrado un pijama para él de color amarillo pastel y varias prendas de ropa que ya se había encargado de colocar en su armario.

Tenía que estar agotado.

Helia permaneció unos segundos junto a la puerta, observándolo.

Costaba creer que aquel cachorro fuera el mismo lobo que unas horas antes había gruñido dispuesto a destrozar a cualquiera que intentara apartarlo de Sean.

Helia entró en la habitación en silencio, iluminada por una pequeña lámpara de luz amarillenta. Se acercó a la cama y le retiró al niño el cabello largo del rostro. Apenas le había dado tiempo a verlo. Todo había sido una maraña de cabello, dientes, gruñidos...

Nathan... tenía un rostro adorable. Su piel estaba tostada al sol sin necesidad de exponerse a él, tenía el cabello castaño y ondulado, con destellos dorados. Mejillas finas y suaves propias de los Omegas y orejas puntiagudas. Su cola salía de las sábanas, por lo que era una buena sensación.

Nathan debía sentirse tranquilo y protegido como para mostrarla y no mantenerla oculta.

Por lo que había podido ver Helia, era un poco más alto que Sean.

Estaba delgado y posiblemente arrastraría algo de desnutrición en su sistema por las carencias alimenticias que había sufrido.

A Helia le hubiera gustado saber cómo eran sus padres.

Su madre... Después de hoy no cabía duda de que el cachorro era dominante como Félix.

Helia esperaba que no fuera tan difícil de criar como la pareja del lobo, sino los dos estaban...

Helia frunció el ceño, casi sacudió la cabeza.

Ese cachorro no era suyo. Era de Dardo, ¿por qué se había incluido en esa frase? Helia estaría con él, cuidándolo como sanador, pero por supuesto que no como una figura paterna.

Desvió la mirada hacia Dardo. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared más cercana a la cama. Una pierna flexionada, el antebrazo descansando sobre la rodilla y los ojos clavados en Nathan.

Ni siquiera sabía cómo Dardo había conseguido convencer a Nathan y a Sean de separarse.

Cuando Helia regresó, después de haber hablado con Atlas, Sean estaba llorando, el pequeño corrió y abrazo a su padre y Nathan también lloraba en silencio con los labios apretados y los brazos cruzados sobre su pecho.

Nathan se había dirigido a Atlas directamente.

—¿Mañana puedo volver a verlo? —le había preguntado al Alfa tatuado.

Y Atlas había asentido.

Más que cansado... Dardo parecía agotado.

Y tenía todo el sentido del mundo, había estado cuidando desde que llegaron a la casa de las pesadillas del Beta, de las de Nathan, había hecho el esfuerzo de juntarse con los cachorros para que Nathan se sintiera seguro a su alrededor.

Había cuidado de él con fiebre. ¿Dardo sabía el significado de dormir? ¿Ese Alfa dormía?

Dardo levantó la cabeza hacia él, sus ojos se encontraron y Helia sintió un ligero cosquilleo en sus labios.

Helia caminó despacio hasta sentarse junto a él en el suelo.

Tan cerca que sus hombros terminaron rozándose.

Y... no le molestó. Todavía se encontraba algo débil de la fiebre aunque había tomado ya las pastillas para bajarla.

Debería estar metiéndose en la cama. Sin embargo, por alguna razón, allí se sentía mucho más cómodo que en cualquier sitio.

—Deberías ir a la cama a descansar, yo me quedaré por si despierta —susurró Helia.

Dardo negó. Estaba claro que no tenía muchas ganas de hablar ni de saber nada de nadie.

Helia captó la indirecta. Apoyó la cabeza contra la pared y ambos siguieron observando a Nathan.

—¿Es raro que piense en él como mío? —preguntó Dardo después de una infinidad de tiempo en silencio.

—No —respondió Helia—. Creo que sería más raro que no lo hicieras.

—Yo no procree con su madre. Lo recuerdo. No fui yo. Y desde luego no tenía ningún vínculo afectivo con ella, pero siento que es mío.

—Lo has protegido durante todos estos años. El cachorro era tuyo. Y ahora que su cuerpo ha cambiado, es normal que lo reconozcas como tu hijo.

El brazo de Dardo se tensó junto al de Helia.

—Hijo —repitió Dardo—. No se cómo criar a un niño.

Helia giró el rostro hacia él.

—Dardo —lo llamó —.Ya lo has hecho. Lo has enseñado a andar.

A comer. A protegerse y proteger. A hablar sin darte cuenta.

Le has enseñado muchas más cosas de las que crees y lo has criado tú solo en una jaula rodeado de personas que sólo querían hacerle daño.

No creo que haya algo que tú no puedas hacer.

La barbilla de Dardo empezó a temblar.

Helia pensó que eso era lo más bonito que jamás había visto en su vida.

—Ven aquí —susurró Helia, tomando el rostro de Dardo con cuidado, acunándolo, retirando las grandes lágrimas de sus mejillas y llevándolo hacia el hueco de su cuello.

Dardo soltó un sonido apenas audible. Giró. Sus brazos rodearon a Helia, lo subió sobre su regazo y frotó el rostro contra su garganta. Helia le acarició el cabello corto mientras sentía su cuello cada vez más húmedo por las lágrimas.

—Lo has hecho muy bien, mi pequeño Alfa —dijo Helia.

Las manos de Dardo se apretaron con más fuerza. A este punto, a Helia ya le daba igual que le rompiera una costilla o cualquier hueso del cuerpo.

—Muy bien —repitió Helia—. Nathan está sano y salvo, y tú estás en casa.

El Alfa respiraba contra su cuello de forma irregular. Helia siguió acariciándole el cabello corto con movimientos lentos. Susurrándole de nuevo lo bien que lo había estado haciendo con Nathan a pesar de todo.

No sabía cuánto tiempo permanecieron así. El reloj se había detenido en aquella habitación. Sólo existían la respiración tranquila de Nathan y el calor del cuerpo de Dardo aferrándose al suyo como si, por primera vez en muchos años, hubiera encontrado un lugar donde descansar.

Las lágrimas fueron desapareciendo poco a poco.

Helia terminó de limpiar sus mejillas con sus dedos, aunque las lágrimas del Alfa habían calado el cuello de su camisa.

No importaba. No era la primera vez que el Alfa se mostraba algo vulnerable frente a él.

Lo hizo cuando entraron por primera vez en esa casa llena de recuerdos que él no podía procesar, y de alguna forma... esto se sentía diferente para Helia.

Mucho.

Dardo nunca había tratado de poner muros entre ellos dos.

Había sido más que sincero con lo que sentía frente a Helia aunque ni siquiera lo conociera ni recordara.

Se había enfurecido y entristecido con su historia cuando él tenía una mil veces peor, y sin embargo...

no le daba miedo mostrarse vulnerable frente a él, ni buscar consuelo.

Ese niño...Su niño... había crecido también muy bien.

Dardo hizo un sonido estrangulado.

—¿Por qué lloras ahora tú también? —preguntó con la voz más ronca de lo normal.

Helia se retiró las lágrimas con el dorso de la mano.

—No lo sé.

Dardo empujó la frente contra la sien de Helia.

—No llores, Helia. Ya sabes que no me gusta.

Helia dejó escapar una risa entrecortada que sonó mucho más parecida a un sollozo.

—A mí... me ha gustado verte llorar. Que contradicción —masculló el Beta.

Dardo frotó la nariz en su mejilla húmeda por los restos de las lágrimas.

—Puedo llorar más, si quieres.

Helia negó con la cabeza.

—Por favor, no. O harás que empiece a replantearme muchas cosas de mi vida.

Una sonrisa diminuta apareció en la comisura de los labios de Dardo. Le besó la mejilla a Helia.

—¿Cómo cuáles?

Helia negó.

No quería hablar de él. No aquí. No en el espacio seguro que estaba logrando crear con Dardo.

Dardo apoyó los labios contra su mejilla y los arrastró por su perfil, buscando contacto y consuelo.

Helia cerro los ojos, el contacto le erizó la piel.

—Me gusta cómo me has llamado antes —susurró Dardo muy bajo. Su aliento era caliente y le hizo cosquillas en el oído.

—¿Cómo?

—¿No te acuerdas? —preguntó, una de las manos de Dardo se metió bajo su camisa, en su espalda.

Helia se tensó, pero Dardo no llegó a subir hasta la quemadura. Le rodeó la cintura, su gran brazo y mano llegó hasta el centro de su estómago.

—No.

—Que mentiroso eres, Helia.

Dardo le mordisqueó el lóbulo. Se enganchó a su cuello y succionó hasta dejarle una marca enrojecida.

—Dardo... eso no... —masculló Helia pero se encontró levantando la barbilla, dándole más accesibilidad al Alfa.

Dardo lo agarró de la muñeca, le colocó la mano en su mejilla.

—Sabes lo que hacer —susurró Dardo.

—No voy a pegarte, deja de hacer eso.

—Deberías, Helia.

—No.

Dardo gruñó.

—¿Acaso no sabes lo que quiero hacerte cada vez que te veo? Me has dejado besarte, ¿ha sido por pena?

—No.

—A veces pienso —Dardo lamió su garganta, su mano ya no sólo estaba sujetando, si no que subía hasta el centro de su pecho y bajaba—, que sólo dejas que me acerque a ti por lástima, o porque sientes... esa especie de culpabilidad por mi pérdida.

—Eso no es cierto.

Si que había culpa. Mucha culpa. Pero no por eso dejaba que Dardo hiciera tales cosas.

—¿Y por qué dejas que te toque?

Helia miró hacia a la cama.

—Nathan está aquí al lado.

Dardo mordió su mandíbula.

—Mi cachorro ha visto cosas mucho peores que esto, Helia.

Helia se aferró a sus brazos.

—Por eso. Debe ver cosas de niños a partir de ahora.

El pecho de Dardo subió y bajo. Se levantó del suelo sujetando a Helia y lo llevó al pasillo. Lo bajó al suelo, lo acorraló contra la pared y le sostuvo la trenza. Se la llevó a la nariz.

—Responde a mi pregunta.

Helia tragó saliva.

—Dejo que me toques porque...porque me siento bien.

Dardo lo observó. Las pupilas dilatadas, los ojos oscuros. Una sombra animal moviéndose tras ellos.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿No te sigue pareciendo... inapropiado?

Helia tomó aire.

—Lo es, Dardo. Que me sienta bien a tu lado no significa que... debamos hacerlo.

Dardo inclinó su cabeza, sus labios peligrosamente cerca de los de Helia.

—Ya no soy un niño, Helia —Dardo pegó sus caderas, mostrándole que efectivamente, Dardo ya no era un crio—. Tampoco soy tu paciente. Y no tienes que protegerme de nada. Déjame hacerte sentir bien. Permítemelo. Sólo a mí. Por favor.

Helia se lamió los labios. Dardo fijó sus ojos en ellos. Gruñó.

—Helia... —masculló—. Respóndeme, por favor.

—¿Es que necesitas mi respuesta?

Dardo pestañeó. Quizá confundido.

Por más que intentaba escapar de su adoctrinamiento, nunca lo conseguía. A él nadie le preguntaba. Era un Beta. No hacia falta. Debía obedecer.

Dardo le acarició los costados del rostro.

—Claro que la necesito, y la quiero. No voy a obligarte hacer nada que tú no quieras o que no te guste, incluso si es un maldito beso. Podría pasarme la vida entera sólo mirándote y sería completamente feliz —Dardo le retiró un mechón del rostro—. ¿Qué es lo que a ti te haría feliz?

Helia sintió una bola de plomo en su estómago.

¿Qué le haría a él feliz?

Helia levantó las manos, las subió por el torso del Alfa, por su cuello, sus mejillas.

—Yo... ya soy feliz contigo aquí, Dardo. Lo que más me hace feliz es ver que has regresado conmigo. Aunque sea egoísta.

—No lo eres.

—Todo lo que has tenido que pasar para poder regresar —susurró Helia.

—Pasaría por ello mil veces más.

—Lo siento tanto, Dardo.

Dardo pegó sus frentes juntas.

—Déjame besarte. Déjame hacerte más feliz.

Helia sorbió su nariz, ¿en qué momento había vuelto a llorar?

Helia asintió.

Dardo gruñó.

—Pídemelo, Helia. Por favor.

Helia tomó aire.

—Bésame, Dardo. Quiero que me beses.

Y Dardo lo hizo.