Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

OS GUSTE O NO

—¿Cómo se te ha podido pasar contarme que habían dos cachorros en la manada compartiendo un vínculo Omega infantil? —le preguntó Caleb claramente molesto en forma de regaño.

Atlas y Dardo habían acabado a golpes. Nathan se acababa de convertir, y había herido a Sean, y Sean... Sean había marcado a Nathan.

Helia los había convencido para ir a la enfermería. Tenia que curar a Sean y revisar a Nathan y lo había hecho sin que los dos cachorros se separaran.

—No estaba del todo seguro —respondió Helia agachando la cabeza.

—La madre de Sean está regresando de su luna de miel histérica. Atlas y Dardo se han partido la cara y tengo a dos cachorros que se niegan a separarse. Uno herido. El otro marcado de por vida. Todo esto se habría podido evitar si alguno de vosotros me hubiera dicho algo.

Helia asintió en silencio.

—Lo siento.

Helia podría poner miles de excusas, pero sabia que ninguna de ella cambiaría nada.

Él era el responsable de los cachorros, de avisar a Caleb si encontraba alguna anomalía, cualquier cosa, y aunque no había estado del todo seguro al principio...

debía haberlo llamado o haberle dicho a Atlas que hablara con Caleb aún estando en negación.

Caleb soltó un suspiro.

—¿En qué momento ha sucedido esto?

Helia siguió mirando al suelo.

—Nathan empezó a marcar a Sean. Sean vino a por una revisión y encontré algunas anomalías en sus feromonas, le pedí a Atlas repetir los exámenes y fue cuando caí enfermo.

Atlas trajo a Sean a casa cuando estaba con fiebre.

Dardo los dejo dormir juntos, Sean no estaba comiendo ni durmiendo.

Y luego se lo llevó. Y esta misma mañana Sean ha entrado corriendo.

Atlas ha dicho que estaba muy nervioso y que pedía ver a Nathan todo el rato.

Dardo ha intentado separarlos y eso ha debido de molestar a Nathan hasta el punto de obligarse a cambiar de pelaje.

—Pero algo se podrá hacer ¿no? ¿Es normal que dos cachorros se emparejen tan temprano y se marquen? —preguntó Félix—. ¿Estamos seguros de que son pareja? ¿Es un mordisco o una marca de apareamiento? ¿Lo has revisado bien, Helia?

—Es una marca.

Félix silvo entre dientes.

—No tenemos ninguna pareja Omega en la manada, y mucho menos tan joven. ¿Ellos entienden lo que está pasando?

Helia levantó los ojos hacia Félix.

—Nathan parece que sí, ha dicho varias veces que es suyo. Sean... creo que aún no es consciente de nada.

—¿Debemos separarlos? ¿Dejarlos juntos? ¿Qué es lo mejor para ellos, Cal?

—Separarlos sería una crueldad. Pero deben entender la gravedad de lo que han hecho, sobretodo Sean. No más trato de cachorro.

—Hablaré con Atlas —asintió Helia.

—Dile también que no quiero peleas y mucho menos delante de ellos, ¿de acuerdo?

—Sí.

—Ve. Y avísame con lo que sea que ocurra, Helia.

Helia asintió, y Félix lo acompañó fuera. Respiró profundo el aire limpio de feromonas.

—No te sientas mal, no está enfadado contigo. Creo que no había forma de haber podido evitar esto —habló Félix.

Helia negó.

—Caleb tiene razón. Ha sido mi culpa.

—Helia, ni siquiera has tenido tiempo. La única culpa es de esos zoquetes Alfas que golpean antes de preguntar. Tienes fiebre de nuevo, deberías estar metido en la cama.

—Tomaré un par de pastillas, ya he descansado lo suficiente.

Erick había estado yendo a la clínica a ayudar a Suni. A parte de ser psicólogo, también había estudiado medicina genera, por que lo Helia se sentía el doble de mal por haber molestado su apretada agenda.

—Te acompañare.

—No hace falta.

—Cierra el pico.

—No voy a estamparme por ahí, Félix.

—Quiero ver a esos dos cachorros con mis propios ojos, y alguien tendrá que controlar que esos dos Alfas no vuelvan a pegarse. Vaya gran ejemplo les van a dar a sus hijos.

Helia negó con la cabeza.

—Los dos están seguros que van a ser desplazados a un lado.

—Y lo serán. ¿Crees que no?

Helia lo miró de reojo.

—Son niños, Félix.

—Yo era un bebé cuando Caleb descubrió que estábamos emparejados.

¿Sabes qué es lo único que recuerdo de mi infancia?

A él. ¿Sabes a quién buscaba cuando me ocurría algo?

A Caleb. Cuando estaba enfadado, contento, cuando me peleaba con la gente.

Sólo lo quería a él, y eso que ni siquiera sabía que éramos algo porque el muy imbécil se lo calló hasta el final.

Pero te juro que si hubiera comprendido antes lo que éramos...

habría hecho lo mismo que Sean sin dudarlo.

—Ellos serán diferentes. Les explicaremos lo que sucede, lo que han hecho...

—¿Y volverán a su vida de antes? No, Helia.

No es por infravalorar tu trabajo, pero son Omegas, y al parecer dos bombas de relojería.

Y no es que ambos estén sanos mentalmente.

Sean sigue lidiando con la repentina separación de sus padres, y Nathan...

esperemos que no se incline hacia el lado Omega agresivo y posesivo.

Ya parecía ser un poco tarde para eso, pensó Helia al recordar la forma en la que Nathan había agarrado y sujetado a Sean. Por un lado, se alegraba de que Sean lo haya marcado. Las cosas serían muy diferentes en la manada y sobre todo con Atlas si hubiera sido Nathan en dar el primer mordisco.

—Cambiando de tema, Dardo y tú. ¿Qué está pasando ahí?

—Nada interesante —mintió.

Félix se detuvo sobre sus pies en medio del camino.

—Caleb está un poco preocupado.

—¿Por qué?

—Por lo que vio ayer en tu casa, no te quiere agobiar a preguntas. Yo no sabía que eso de la imprimación eran tan... serio. Anoche tuve que ponerme a estudiar.

Helia tuvo que detener sus pasos, se giró.

—Entiendo tu interés, Félix. Pero te agradecería que no te metieras en esto.

—¿Sabes una cosa? —Félix se acercó a él—.

Después de perder mi pierna, hubo un momento de mi vida en el que creía que no merecía ser feliz.

Me aislé del mundo. Lo pagué con personas que sólo trataban de ayudarme y les hice daño, y en lugar de sentirme mejor lo único que hacía era acumular rabia y odio hacia mí.

Ya has visto cuanto te quiere la manada y lo importante que eres aquí.

Tú también mereces ser feliz. Yo quiero que lo seas.

***

Dardo observó con recelo a Atlas. Sean y Nathan estaban en una de las camillas de la clínica. Había sido más que imposibles separarlos y Helia había tenido que curarlos mientras se abrazaban. Aún no procesaba que Nathan había cambiado.

Que su cachorro... ahora tenía un cuerpo humano, y un rostro y orejas debajo de toda esa maraña de cabello castaño.

Helia le había conseguido poner una de las camisetas azules de la clínica para que no fuera desnudo.

Y Nathan lo había consentido sólo porque Sean le había dicho que le gustaba el color azul.

—Papi, ¿hice algo mal? —le preguntó Sean a Atlas, levantando la cabeza.

—No, cariño.

—¿Y Nathan?

Atlas levantó la cabeza hacía Dardo.

Dardo lo había golpeado en la mejilla y su ojo empezaba a hincharse levemente. Y Atlas le había roto el labio. Estaban en paz. Pero el lobo de Dardo quería golpearlo de nuevo.

No le hacía ni puñetera gracia la situación. Ni ver los dientes de Sean en el cuello de su cachorro por muy pequeños que fueran. Alguien tenía que haber educado mejor a ese Omega.

—Tampoco —respondió Atlas.

Dardo inclinó la cabeza a un lado.

—¿Le mientes a tu hijo?

—¿Puedes hacer el favor de callarte?

—¿Por qué te enfadas con Nathan cuando el que ha dado el primer mordisco es el tuyo? —mordió Dardo el aire—. ¿Y si hubiese sido al revés? Mi cachorro seguro que estaría colgado de algún sitio.

—No estoy enfadado con nadie.

—Papi —Sean lo llamó con la voz baja, alargó su mano pequeña hacía él mientras que la otra abrazaba a Nathan—. Papi, no odies a Nathan.

Nathan apretó su agarré alrededor de los brazos de Sean.

Dardo creía que lo había estado cuidando bien.

Pensaba que... ninguno de esos humanos había logrado alcanzarlo.

Dardo se equivocaba. La piel de Nathan parecía bronceada, más oscura que la pálida de Sean, y sus brazos estaban salpicados por cicatrices.

Quizá más pequeñas. Quizá no tan profundas.

Pero una cicatriz significaba una herida. Y alguien detrás de esa herida.

Helia no tardó demasiado en regresar junto a Félix. Le revisó de nuevo el mordisco a Sean tapado con una venda y le pidió a Atlas que saliera de la habitación. Dardo se quedó junto a los cachorros.

La enfermería quedó en silencio, sólo se escuchaba la respiración de Sean.

Nathan seguía abrazándolo. Tenía la nariz hundida entre su cuello, aspirando su olor como un drogadicto.

Dardo se levantó de la silla, observando aquel cuerpo que todavía le costaba reconocer como Nathan.

Dardo tragó saliva.

—¿Estoy castigado? —le preguntó Nathan rompiendo el silencio.

Era la primera vez que le hablaba. La primera vez que Dardo hablaba con él en cuerpo humano.

—No.

Nathan bajó la mirada hacia sus propias manos.

—Tampoco... tampoco te castigarán a ti, ¿verdad? Aquí, no.

Dardo avanzó despacio. Quiso agarrar a Nathan. Separarlo del Omega. Meterlo en sus brazos. Revisar una y otra vez que no habían más cicatrices y heridas.

—Nadie volverá a tocarnos —le prometió a Nathan.

—Me gusta este lugar —dijo.

—Lo veo.

—No por él. Me gusta la gente. Me gusta Helia y la manada. Vamos a quedarnos, ¿verdad?

Dardo tomó aire. En un principio no iba a ser así.

Dardo apenas confiaba en Helia cuando despertó aunque el vínculo de la imprimación no dejaba de marcarlo como suyo, y tampoco confiaba en la manada.

Ahora... ahora Dardo seguía sin confiar en nadie.

Salvo Helia. Y tampoco pensaba separarse de él, así que...

—Sí.

Nathan asintió. Más que un cachorro parecía un pequeño hombrecito.

—Pensaba... —murmuró Nathan al cabo de un rato— que nos echarían por esto.

—No os pueden echar —añadió Sean rápido.

—No creo que lo hagan, pero debéis comportaros. Lo que ha pasado hoy no puede volver a repetirse, Sean. Debéis comer, dormir y jugar. En el futuro ya tendréis tiempo para otras cosas.

Sean lo miró sobre sus pestañas.

—¿Qué cosas?

—Cosas de adulto que no tenéis que entender. Sed amigos. Nadie os va a separar.

Los dos cachorros asintieron.

—Y cuando regrese Helia quiero que le pidáis perdón. Está enfermo, debería estar descansando. No, aquí.

Los dos volvieron a asentir.

—Tampoco dormiréis juntos.

—Pero...

—No, Nathan. Cada uno irá a su casa. Tenéis todo el día para veros.

Nathan abrió la boca para discutir pero Dardo no lo dejó hablar.

—Escuchad primero.

Los dos guardaron silencio. Dardo cruzó los brazos sobre el pecho. No estaba acostumbrado a explicar las cosas, y mucho menos a dos jóvenes que acababan de marcarse de por vida.

—A partir de ahora vais a tener unas normas.

Sean suspiró muy bajito.

Nathan, en cambio, seguía escuchándolo sin apartar los ojos de él.

—Primera. No vais a esconder nada de lo que os ocurra. Si alguno se encuentra mal, si discutís, si las feromonas hacen algo raro o si sentís cualquier cosa que no entendáis, me lo diréis a mí o a Helia. Segunda. Nada de morder.

Sean bajó inmediatamente la cabeza.

—Ha sido sin querer...

—Lo sé —respondió Dardo con calma—. Y precisamente por eso no puede volver a pasar. Si habéis sido capaces de marcaros sin entender siquiera lo que estabais haciendo, imaginad lo que podéis provocar cuando vuestras feromonas despierten del todo.

El silencio volvió a instalarse entre los tres.

Dardo los observó uno por uno antes de continuar.

—Os guste o no... ya está hecho.

Sean tragó saliva.

—¿Y... si un día ya no nos queremos? Mis papis...yo pensaba que se querían, pero...se mintieron durante mucho tiempo y ahora ni se miran a la cara.

La pregunta hizo que Dardo permaneciera callado unos segundos.

—Entonces tendréis que aprender a respetaros. Porque una cosa sí puedo prometeros... Ninguno de los dos podrá vivir feliz haciendo daño al otro.

Nathan bajó la vista hacia las manos entrelazadas de ambos. Las apretó un poco más. Muy despacio. Como si acabara de comprender el verdadero peso de aquella marca.