CAPÍTULO 27
SUYO
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Nathan no entendía qué estaba pasando. Un segundo antes estaba escondido bajo la cama. Con Sean arrastrándose hacía él. El siguiente... el mundo entero había cambiado. No. Él había cambiado.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Pero no importaba. No lo hacía. Porque él estaba allí. Sean. Suyo. Sean. Suyo. Omega. Suyo. Olía a algodón de azúcar. Manada.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Nathan respiró con desesperación, hundiendo el rostro en el cuello del Omega.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Las garras se clavaron sin darse cuenta en la espalda de Sean. No quería hacerle daño. No quería que se lo quitaran.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Sean soltó un quejido. Dardo, manada, le gritaba. Atlas, manada de Sean, le gritaba también. Peleaban.
Nathan levantó la cabeza de golpe. Sus ojos chocaron con los de Sean. Estaba llorando. Pero no intentaba escapar. Las manos de Sean también estaban aferradas a él.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Les gritaron de nuevo.
La manada de Sean le gritaba.
Su manada le gritaba. Le pedían que lo soltara.
Helia los mandó callar. Los empujó fuera.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Helia. Hogar. Se sentó en el suelo con ellos.
Nathan apretó su agarre. Sean. Suyo. Algodón de azúcar.
Helia le sonrió. No estaba enfadado. No olía a enfadado. Helia. Hogar. Alargó la mano. Hogar tocó la cabeza de Nathan. La de Sean.
Helia. Hogar.
Los labios de Helia se movieron despacio.
—Le haces daño, cariño. Sean está sangrando. Míralo.
Nathan bajo la mirada. La espalda de Sean estaba manchada de rojo. Seguía escuchando gritos de fuera.
—¡Mío! —chilló Nathan.
—Si, es tuyo. No te lo voy a quitar. Pero le haces daño, cariño. Sean está llorando. ¿Lo entiendes? Tengo que curar a Sean. Y también a ti.
Nathan negó.
—Nathan. Por favor. El padre de Sean está muy triste y preocupado —Helia alargó sus brazos—. Suelta a Sean e iremos todos juntos a curarlo. No tendrás que separarte de él. Sean no puede sangrar tanto. Tengo que curarlo.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
—Es mío.
—Lo es, cariño.
—Sean es mío.
Suyo.
—Si. Lo es. Pero mira tu mano. Mira su sangre. Sean se pondrá muy malito si no lo curo ahora. Nathan. Por favor. Suelta a Sean.
Nathan bajó de nuevo la mirada. Había más sangre. Sangre. Daño. Suyo. Sangre. Daño. Suyo.
Nathan asintió con la mirada. Soltó poco a poco a Sean. Y Sean se revolvió en sus brazos. Gruñó. Se agarró a él y le mordió el cuello.
Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo. Suyo.
Nathan era suyo.