Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

NO QUIERO ESCUCHAR MÁS

La pregunta hizo que Helia dejara de respirar durante un instante. No esperaba eso. Esto iba sobre Nathan y Sean. No sobre ellos.

El silencio se hizo más largo. Helia bajó la mirada sin darse cuenta. Sus dedos juguetearon nerviosos con el borde de la manga de la camisa. ¿Cómo podía responder a eso? Porque sí. Helia había tenido mucha suerte. Sin embargo, Dardo...

Dardo dio un paso al frente, arrinconándolo con sus brazos en la encimera pero sin ponerle un solo dedo encima.

—¿No vas a responderme?

—Dardo... Ya sabes que es diferente.

—Quiero... que respondas a mi pregunta, Helia. Dime la verdad.

Helia tomó aire.

—Sí —respondió finalmente—. Tuve suerte.

—La tienes aún.

Helia tragó saliva.

—Pero que yo la tenga, no implica que para ti también sea igual.

Dardo frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Helia desvió la mirada. Quizá lo mejor era acabar con esto cuanto antes. Quitar la tirita. Golpearse a si mismo.

—Oíste a Terrence ese día.

Los brazos de Dardo se tensaron a su alrededor.

—Pura mierda.

—No —Helia levantó la cabeza—. Terrece no dijo mentiras, salvo lo de Caleb. Él nunca me ha puesto una mano encima.

—Te llamo puta, Helia —gruñó Dardo—. ¿Eso era verdad?

—No.

—¿Entonces qué mierda dijo ese asqueroso que si era verdad?

Helia sintió cómo todo el aire abandonaba sus pulmones. Sus ojos se clavaron en la madera de la encimera.

—Yo... —la voz se le quebró. Carraspeó despacio—. Antes de llegar aquí, viví en otra manada. Dónde nací.

Dardo esperó en silencio. Helia agradeció que no interrumpiera.

Era mucho más sencillo cuando la gente sabía de ello. Cuando no tenía que explicar la forma en la que había sido adoctrinado.

—Mi antiguo líder era... diferente. Él veía a los Beta como...

una moneda de cambio que no servían para otra cosa —Helia respiró hondo—.

Nosotros no tenemos feromonas que nos unan a otra persona, ni celos.

Hay manadas donde eso significa que un Beta nunca tendrá una familia si alguien no lo organiza por él.

Antiguamente existían matrimonios concertados para nosotros, alguno eran acuerdos entre familias.... otros no.

Sus dedos comenzaron a entrelazarse con fuerza y Dardo se inclinó sobre él, su frente se pegó a la de Helia.

—No hace falta que me lo cuentes si no quieres, Helia. Creo que ya me hago una idea.

Helia negó y casi rio.

Nadie podía hacerse esa idea.

—Lo has preguntado. Tú ya sabías todo esto. Es justo que equilibre la balanza.

—Bien. Sigue.

—Mi líder encontró la manera de sacar beneficio de esa costumbre.

Los ojos de Dardo siguieron los suyos.

—Desde pequeños nos educaban aparte. Había clases sólo para Betas. Nos enseñaban obediencia. A soportar dolor. A callar. Él decía que cuanto mayor fuera nuestro umbral de sufrimiento...mejor nos adaptaríamos a nuestra nueva vida.

Helia sonrió sin humor.

—Nosotros confiamos en él. Éramos niños. Pensábamos que todas las manadas funcionaban igual. Los Beta... iban desapareciendo poco a poco. Y un día... me tocó a mí —Helia susurró esas palabras.

—Helia...no sigas.

Helia cerró los ojos. Negó despacio. Tomó aire.

—Me vendieron, Dardo. Me casaron con un hombre.

—No quiero escuchar más.

—Tienes que hacerlo.

Dardo trató de alejarse pero Helia lo agarró del rostro y lo acercó. No quería olvidarse nunca jamás de esa expresión. Quería guardarla en su retina aunque la odiara.

—Me marcaron y me entregaron a otra familia para realizar actos sexuales.

Tuve suerte de alguna manera...si es que esa palabra puede utilizarse para algo así —Una risa rota escapó de Helia—.

El padre de mi supuesto esposo era un hombre estricto.

Nunca permitió que su hijo se acercara a mí estando solos.

No entendí si era porque conservaba algo de decencia o simplemente porque le di pena —Helia tragó saliva—.

Pero murió. Y la misma noche del funeral, mi esposo intentó violarme.

La palabra quedó suspendida entre ambos. Podía ver el horror en los ojos de Dardo. El disgusto.

—Gracias a la diosa conseguí escapar. Corrí por todas partes durante días, buscando... regresar con mi manada. Pero Caleb me encontró antes, me dio ropa. Comida. Y como si fuera ya un adulto, me contó todo lo que habían hecho conmigo y lo mal que estaba.

Dardo inspiró despacio.

—¿Es por eso que dijiste que no eras apto para un Alfa? ¿Crees que escuchar lo que pasó va hacer que lo que siento por ti se esfume?

—No —Helia bajó las manos despacio—. Para eso tienes que mirar en mi espalda.

Dardo dio un paso atrás. Como si le hubiera pegado un bofetón.

—No me importa lo que haya ahí, Helia.

—Cuando eras niño...

—La vi y me fui, eso dijiste, pero ya no soy un niño. No soy ese niño.

Claro que lo era, quiso decir Helia. Puede que su cuerpo haya crecido, puede que sea mucho más fuerte, más maduro. Pero en lo que respectaba a Helia, Dardo se seguía comportando exactamente igual.

Helia llevó los dedos a los primeros botones de la camisa. Empezó a desabrocharlos. Dardo le agarró las muñecas.

—Helia.

—Debes mirar.

—No quiero.

—Tú querías saberlo.

—Sí. Pero no cuando tú piensas que esto va a espantarme. Estás temblando, ayer suplicaste que no lo viera y no lo hice. Tampoco lo haré ahora.

—Necesito que lo entiendas. Necesito... que lo veas ahora, Dardo. No puedo seguir dejando que conquistes mi vida cuando sé cómo acabará todo esto.

Las cejas del Alfa se fruncieron.

—¿Conquistar?

—No finjas que no sabes lo que estás haciendo —susurró—. Las flores. Tus feromonas. Marcarme delante de otros. La forma en la que anoche dormimos. Cada vez estás más cerca de mí.

—¿Y no lo quieres?

Helia lo miró a los ojos.

—Lo quiero. Por eso debes parar antes de que... —Helia no acabó la frase.

Dardo cerró el espacio entre ellos. Sus labios encontraron los de Helia con suavidad. Fue un roce breve. Inseguro. Como si el Alfa no estuviera besándolo, sino pidiéndole permiso.

Helia dejó de respirar. El único beso que había tenido en toda su vida había sido forzado cuando era un niño con sabor a sangre y ceniza.

Las manos de Dardo subieron despacio hasta sus mejillas. Le sostuvo el rostro como si fuera algo precioso y frágil. Sus feromonas volvieron a envolverlo sin esfuerza, cálidas, tranquilas, haciéndole sentir seguro.

Dardo se apartó apenas unos centímetros. Sus narices rozándose.

—Golpéame, Helia —susurró Dardo.

Helia no levantó la mano. Ni siquiera fue capaz de pensar. Dardo volvió a besarlo. Esta vez duró un poco más. Ya no era una pregunta, sus labios permanecieron cálidos sobre los de Helia unos segundos más, despacio. Aprendiendo su forma, memorizando sin prisas.

Cuando volvió a separarse, respiraba un poco más deprisa.

Dardo apoyó la frente contra la suya.

—Hazlo, Helia. Pégame.

Nada. Helia no se movió. ¿Por qué no se movía?

Dardo se inclinó de nuevo. El tercer beso fue más profundo, su mano abandonó la mejilla para deslizarse hasta su nuca. Inclinó su cabeza, y un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando su lengua lamió por encima de sus labios sellados.

—Golpéame y me detendré.

Helia seguía sin hacerlo.

Dardo gruñó. Besó en sus mejillas, su nariz, sus cejas y frente.

—Helia, por favor... —masculló, su rostro estaba contraído. Y Helia no sabía si era porque no lo había golpeado o por si pensaba que le estaba obligando a algo.

Esta vez fue Helia quien dio el siguiente paso. Con una timidez que le hizo temblar las manos, alzó una de ellas hasta el pecho de Dardo, aferrándose a la tela de su camiseta gris. Se puso ligeramente de puntillas y buscó los labios del Alfa.

Fue tan torpe que las mejillas de Helia se encendieron de vergüenza, estaba claro que ninguno de los dos había recibido un primer beso decente.

Helia, desde luego, no. Dardo... ¿Dardo había recibido alguno?

Helia trató de quitar eso de su mente, cerró los ojos, sintió cómo Dardo soltaba una respiración temblorosa contra sus labios, y después...

El Alfa tomó el control. Una de sus manos subió hasta la nuca de Helia, encontrando el comienzo de la trenza. Sus dedos se deslizaron entre los mechones, sujetándola lo suficiente para inclinarle la cabeza. Lamió sus labios y Helia aceptó la invitación sin darse cuenta.

Entreabrió la boca y la lengua de Dardo se deslizó dentro.

Con la otra mano le rodeó la cintura, lo acercó hasta quedar completamente pegado a él.

Y Helia jadeó bajo disfrutando del sabor de la boca de Dardo.

Era canela. Canela picante. Los dedos de Dardo lo mantuvieron quieto mientras que le daba un beso magullado tras otro, besándolo como si qusiera escalar dentro de Helia y vivir allí.

—Joder...sabes tan dulce —dijo Dardo entre besos, inclinando aún más su cabeza.

Helia se agarró a sus brazos, a su cintura, buscando cerrar aún más la distancia. El cuerpo de Dardo era cálido, fuerte, duro contra el suyo. Y no le asustaba. No lo hacía.

Los curiosos e inexpertos besos se volvieron más duros.

Exigentes. Dardo mordió su labio inferior, lo sujetó de las caderas y lo sentó sobre la encimera apartando uno de los jarrones que a punto estuvo de caer y romper.

Dardo gruñó separando sus labios de Helia para colocar bien la pieza de cristal y Helia se abrazó a él.

La pausa duró poco. En cuanto el Alfa consiguió colocar el jarrón volvió a lamer su boca, a empujar sus caderas en el centro de Helia, a agarrarlo de la trenza.

Debía apartarse. Esto no haría más que hacer las cosas más complicadas, pero no pudo. Dardo significaba toda su vida. Dardo era toda su vida.

La cabeza de Dardo descendió hasta su cuello, empujó su rostro, gruñó y lamió. Helia arqueó la espalda, una de las manos del Alfa se metió bajo su camisa, en su cintura, subió y Helia se quedó completamente tieso cuando sus dedos rozaron las quemaduras de su espalda. Lineas rectas. Curvas. Huecos.

Eso no lo detuvo. En menos de dos segundos, el Alfa estaba en sus labios de nuevo, empujando su lengua, sus caderas.

Sus manos tocando bajo la ropa, y sobre ella.

No había lugar en su cuerpo que Dardo hubiera dejado sin acariciar.

Helia escuchó el timbre. Siguió apretándose contra Dardo, abrazándolo, buscando también las cicatrices de su espalda bajo la ropa.

El timbre sonó una segunda vez. Dardo gruñó, empujó sus caderas con más fuerza, su erección dura contra el muslo de Helia.

Tercera vez. Dardo le mordió la mejilla. Y se separó con los ojos aún cerrados.

—Malditos regalos —gruñó el Alfa mientras bajaba a Helia de la encimera.

Helia tuvo que sujetarse a sus brazos para no caer. Los labios de Dardo estaban algo hinchados, y no era lo único.

—Deja que abra yo —susurró Helia, tratando de encontrar su voz después del beso.

—No.

—No puedes abrir así.

Dardo estuvo a punto de sonreír.

—¿Te has visto a ti, Helia?

Helia carraspeó, se arregló la camisa y la bajó un poco tímido. También era un hombre, era normal. Y el beso se había sentido...

—Tienes la cara roja —Dardo pegó su mejilla a la suya—. Y no quiero que nadie te ve así —le dio un último mordisco en el labio antes de ir hacia la puerta.

En cuanto la abrió, una figura pequeña entró corriendo hacia el pasillo y hacia una de las habitaciones, Helia escuchó la voz de Atlas.

Dardo fue tras la sombra, Helia lo siguió hasta su habitación.

El Alfa estaba con la mano metida bajo la cama, tiraba de un pequeño pie, se escuchaban gruñidos, sonidos. Gritos.

Atlas le advirtió a Dardo entre rugidos que soltara a su hijo y cuando Dardo consiguió sacar a Sean de debajo de la cama, había un segundo niño desnudo con él.

Tenía el cabello largo y castaño dorado. Dos orejas puntiagudas. Cola. La piel de las piernas y brazos salpicadas de pequeñas heridas cicatrizadas, y se aferraba a Sean con las garras fuera, casi a punto de romper su ropa y piel.

Era Nathan.