CAPÍTULO 25
SUERTE
Helia cerró el grifo despacio.
El vapor seguía cubriendo el cuarto de baño, empañando el espejo que había sobre el lavabo. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con una mano apoyada contra la pared, respirando el nudo que ya descendía por su garganta.
Se encontraba un poco mejor. Y quería regresar a la clínica y seguir trabajando, pero sabía que no iba a durar ni media hora en pie.
Sus músculos seguían doloridos. Las piernas parecían sostener un peso mayor del que recordaba y la cabeza aún conservaba ese ligero mareo que aparecía cuando se movía demasiado deprisa.
Al menos, ya no tenía ese frío, ni el calor abrasador del día anterior.
Su cuerpo volvía a sentirse cómo suyo.
Se estiró para coger la toalla y se secó los brazos y torso.
La pasó por su cabello para quitarle la humedad y la ató a la cintura.
Salió de la bañera y se peinó el cabello, lo ató cómo de costumbre en una trenza aunque sabía que debería secarlo antes y más después de una fiebre pero no quería perder el tiempo en ello. Tenía más cosas de las que ocuparse.
Terminó de secarse, se puso unos pantalones finos de lino y una camisa a conjunto. Se acarició la nuca dolorida con los dedos y luego la masajeó durante unos segundos.
Dardo lo acaba de marcar. Helia se había duchado.
Sus feromonas ya no estaban en su piel. ¿Desde cuándo Helia dejaba que otros Alfas lo marcaran?
Desde nunca. Pero Dardo nunca había sido un Alfa cualquiera, desde niño su entretenimiento favorito era marcarlo y parecía que seguía siéndolo.
El problema no era ese. No era la primera vez que Dardo ponía sus feromonas sobre él, pero sí lo era delante de otros lobos.
De Caleb y de Félix. Cómo si quisiera decirles que Helia era...
No.
Eso era una tontería.
Era normal que después de estos días Dardo se haya sentido más que responsable de él. El vínculo de la imprimación no ayudaba.
Helia sacudió un poco la cabeza. Salió del baño sin fijarse mucho en nada de su aspecto en el espejo.
Dardo estaba apoyado en la pared, justo enfrente del baño y Nathan entre sus pies.
Nada más salir, Nathan se arrastró hacia él, le olfateó el nuevo pantalón y Helia se agachó con cuidado para acariciarlo.
Había despertado abrazado a él. Con su pequeña cabeza peluda pegada a su cuello y Helia abrazándolo.
—¿Se han marchado? —le preguntó a Dardo por Caleb y Félix mientras Nathan apoyaba la cabeza en su pierna y lo observaba desde arriba.
—Sí.
Helia alzó la vista.
El Alfa seguía apoyado contra la pared del pasillo. Parecía... molesto, cómo si algo pesado estuviera rondando por su cabeza. Llevaba unos pantalones negros sencillos y una camiseta gris de manga corta que marcaba sin esfuerzo sus nuevos hombros y músculos.
Aparte de molesto, parecía cansado. Dardo no debería haber tomado la responsabilidad de cuidar de él estos días. Helia podría haber estado solo.
—Gracias —dijo Helia—. Por lo de antes, y por estos días.
Dardo asintió con la cabeza. Despegó las manos de la pared y sacó un pobre ramo de flores. Algunas estaban aplastadas, otras apenas les quedaban pétalos. Los tallos estaban curvados y arrancados. ¿Había ido a recogerlas él mismo fuera?
Dardo gruñó débilmente, le tendió las flores al Beta y Helia juró que había un ligero rubor en sus mejillas. Ni siquiera lo estaba mirando.
—Es un regalo —masculló el lobo bajo—. No es de agradecimiento —dejó claro—. Es... de cortejo.
Oh.
¿Alguien le había hablado a Dardo sobre los regalos?
Imaginó que sería Caleb o Félix. O a lo mejor lo había escuchado de alguien de la manada.
Mientras todos los demás regalos que rodeaban su casa se sentían incómodos incluso de ver, el desastroso ramo de flores de Dardo era...
Le recordó a cuando el niño le traía cualquier cosa que encontraba por la manada, incluso si era robada.
Helia sujetó el ramo atado con una cinta.
—Gracias, es...bonito.
Dardo gruñó en respuesta. La fiebre había tenido que causar algo en Helia para estar aceptando algo así.
Era diferente a hacerlo de un niño que de un adulto.
Helia no quería... no debía darle alas a lo que Dardo creía sentir por él, porque iba a llegar el momento en el que el Alfa se estrellaría contra el muro de golpe, y Helia no estaba listo para pasar por ellos de nuevo.
Aunque todo parecía ir en esa dirección.
—¿Habéis desayunado?
Dardo negó.
—¿Vamos a ello?
Había algo en el ambiente que se sentía diferente, notó Helia.
Prefirió no preguntar por ello. Caminó hacia el salón sin poder evitar de nuevo fijarse en todos esos regalos.
¿De verdad la manada había gastado sus recursos y tiempo en preocuparse por él hasta ese punto?
Era sólo una fiebre. No se estaba muriendo.
Encontró un par de tostadas quemadas y supuso que Dardo había intentado hacer algo por él.
Buscó un pequeño jarrón y lo llenó de agua para colocar las flores de Dardo, aunque en su estado...
no iban a durar ni un día más. Cogió el cuchillo para cortar algo de pan y volver a hacerlas pero Dardo se lo quitó de las manos.
—¿Qué...?
—Siéntante. Yo cocinaré.
Helia soltó una risa baja, incrédula
—Apenas sabes usar el tostador o los fuegos.
—Aprenderé. ¿Qué te apetece? Tienes dónde elegir.
—Estoy bien, Dardo. Cansado, pero bien. No me trates cómo si no pudiera hacer nada, no me gusta.
Dardo inclinó la cabeza hacia un lado. Odiaba cuando hacía eso. Se veía bastante... bien.
—Sé que puedes —dijo el Alfa—. Pero quiero hacerlo por ti. Es diferente. Siéntate y espera, a no ser que quieras discutir quién hace el desayuno.
Helia apretó los dientes. Le dio su lugar a Dardo, ya que no quería pelear con él y guardó su enfado para empezar a guardar los regalos y ver todo lo que la manada le había traído. Dejó un bote de miel al lado del pan que Dardo estaba cortando con cara de concentración y siguió ordenando.
Agrupó las conservas en una esquina.
Las frutas en otra.
Los panes recién hechos sobre un paño limpio.
Las flores terminaron repartidas por toda la casa. Nunca había tenido tantos jarrones ocupados. Cada vez que encontraba un recipiente vacío acababa llenándolo de agua y colocando dentro otro ramo. El salón comenzaba a oler a lavanda, romero, y flores silvestres.
Era acogedor.
Demasiado acogedor.
Aquella casa nunca había parecido tan... habitada.
Sus piernas acabaron completamente cansadas. Le preparó rápido a Nathan un cuenco con carne y verduras y lo bajó al suelo.
Nathan olfateó la comida pero no probó ni un bocado. Helia se agachó junto a él, volvió a ofrecerle el cuenco, y siguió sin comer. Ese pequeño glotón siempre se lanzaba como un loco hacia la comida. Alzó la vista hasta Dardo.
—¿Nathan tomó algo?
—No. ¿Por?
—Parece que no quiere comer.
Dardo dejó a un lado todo, se agachó junto a ellos e hizo lo mismo que Helia, pero el cachorro ni siquiera tuvo la intención de meter el hocico en la comida.
—Hijo de... voy a matarlo. Anoche no lo hice, pero hoy no se va a escapar.
—¿Quién?
—Tu amigo Atlas —gruñó Dardo su nombre—. Estuvo aquí con su cachorro lloriqueando que no comía ni dormía. Dejé que Sean durmiera con Nathan y luego se lo llevo. Esto no es por el Omega, ¿verdad, Nathan?
Nathan lo observó en silencio.
Dardo metió la mano en el cuenco de comida y le ofreció un trozo de carne.
—Come —le ordenó el Alfa, sus feromonas se repartieron por la estancia y Helia se encontró respirando aunque no hubiera forma de distinguir el olor de Dardo del de las flores.
Nathan negó con la cabeza. Y Dardo gruñó. El lobo siguió negando.
—¿Para que vino Atlas?
—Para soltar mierda. Dijo que Sean y Nathan estaban emparejados, le aconsejé alejar a su cachorro del mío.
—¿Por qué? No me dio tiempo a contártelo, pasó justo cuando me desmayé por la fiebre, pero que Nathan se haya emparejado es...
Dardo se levantó de golpe, se lavó las manos.
—No quiero que Nathan se empareje con otro Omega —gruñó—. Y menos con uno como Sean.
Nathan se había ido corriendo a esconderse. Helia se levantó despacio.
—¿Por qué? —volvió a preguntar.
Dardo se secó las manos en el vaquero.
—Sean es débil —gruñó—. Nathan ya ha pasado por mucho, no quiero que se vea obligado a tener que proteger a otro Omega.
—¿Prefieres a alguien más fuerte que lo proteja?
—Tampoco. Quiero que Nathan se haga fuerte y se proteja él mismo, pero no quiero verlo siendo arrastrado por nadie.
¿Por qué todos los Alfas eran tan...estúpidos e irracionales?
Helia rodeó la encimera, apoyó su cadera en ella.
—Te diré lo mismo que le dije a Atlas en su momento. Son niños, Dardo. Ellos no piensan en quién será más fuerte, o en quién protegerá a quién. Eso lo decidirán las feromonas cuando crezcan.
—Nathan ya lo está marcando. Él es más dominante, y siendo sincero, no veo a ese cachorro... protegiendo al mío, apenas sabe ponerse bien una camiseta.
—¿Y tu solución es separarlo? Sea lo que sea que compartan esos niños no desaparecerá, una vez que un vínculo Omega se cierra es definitivo, es incluso más fuerte que uno Alfa.
Los Alfas son posesivos, pero los Omegas no se quedan atrás, y lo peor es que pueden llegar a ser más sensibles en las distancias.
Nathan puede estar sintiendo dolor y él ni siquiera sabrá por qué.
Dardo apretó la mandíbula.
—¿Y qué quieres? ¿Juntarlos? ¿Dejar que se vayan juntos? ¿Qué lo proteja a él? ¿Que se olvide de quién es? ¿De mí? No.
Helia se acercó con cautela.
—Eso no hará que se olvide de ti. Nathan te ama con locura, Dardo.
Pero no le quites la oportunidad de experimentar una vida normal.
Nathan siempre tendrá a alguien a su lado, y cuando tú ya no estés, él no se quedará solo.
¿No es eso lo más importante para ti? Tendrá alguien que lo ame para toda la vida.
¿Sabes lo complicado que es encontrar a alguien así?
Es una suerte que ambos se hayan emparejado. Yo lo veo así.
Dardo lo observó con más atención después de esas palabras.
—¿Crees que los dos han tenido suerte?
—Claro.
—¿Y tú, Helia? ¿Tú no has tenido suerte conmigo?