CAPÍTULO 24
GRACIAS
Dardo no esperaba que al día siguiente su nueva casa, a la que apenas se estaba adaptando, se convirtiera en el lugar más concurrido de la manada.
Todo empezó demasiado temprano. Ni siquiera había terminado de preparar el desayuno quemado cuando alguien llamó a la puerta tres veces.
Había dejado a Helia completamente dormido en la cama junto al cachorro, su fiebre finalmente parecía haber remitido, pero Dardo no quería que diera un paso fuera de ese colchón.
Sabía que una vez que Helia pudiera mantenerse en pie por si solo iría corriendo a la clínica.
Dardo quería cerrar la puerta de la casa con llave. Y, si hubiera sido por él, también habría clavado unas cuantas tablas en las ventanas y puerta.
Cuando los nudillos volvieron a golpear la madera de la puerta por cuarta vez, Dardo frunció el ceño. Se limpió las manos en el pantalón, lanzó un último vistazo hacia el pasillo que conducía a las habitaciones para asegurarse de que Helia seguía dormido y caminó a la entrada.
Abrió apenas unos centímetros. Al otro lado había una anciana tan bajita que podía esconderse detrás de la enorme cesta que sostenía entre los brazos.
—Buenos días, chico —saludó ella con una sonrisa cálida.
Dardo la observó en silencio.
Esperó.
La mujer también esperó. Al cabo de unos segundos, ladeó ligeramente la cabeza.
—Tú debes de ser Dardo.
—¿Qué quieres?
La anciana siguió sonriendo. Le tendió la cesta.
—Me llamo Margaret, traigo algo para que Helia recupere fuerzas.
Dardo bajó la mirada.
Dentro había dos hogazas de pan recién hecho, un tarro de miel, varios botes de caldo, fruta, queso y un pequeño ramo de flores silvestres cuidadosamente envuelto con un cordel.
Parpadeó.
—No tengo para pagar por nada de esto.
La mujer pareció sorprendida.
—Es un regalo de mi familia. No tienes que pagar nada. Ese muchacho delgado lleva demasiados años cuidando de todos nosotros —Margaret lo obligó a coger la cesta, y se puso de puntillas para levantar una de sus manos y acariciarle la mejilla—. Cuidaros mucho.
Margaret no esperó respuesta, dio media vuelta y se marchó.
Dardo entró en casa un poco aturdido, extraño, aún no había dejado la cesta sobre la mesa cuando volvieron a tocar la puerta. Esta vez eran un par de adolescentes cargando un saco de patatas y una caja llena de conservas. Dieron un respingo al ver a Dardo, pero sonrieron.
—¿Le puedes dar esto a Helia, amigo? ¡Y dile que mi brazo curó perfectamente! Somos Sage y Nial —los chicos se despidieron y se marcharon dejando las cosas apoyadas en el suelo.
Tres segundos después, y cuando estaba tratando de guardar el saco de patatas volvió a ocurrir.
Era una hembra Omega con flores, se lo tendió a Dardo, le dijo que las pusiera en agua y se marchó. Dardo aún esta frunciendo el ceño en la puerta cuando dos niños pequeñas seguidos de sus padres subieron al porche, uno llevaba un bote de mermelada, el otro llevaba pan.
—¡Para Helia! —chillaron.
Los regalos no cesaron ahí. Dardo terminó por dejar la puerta abierta, los lobos entraban, saludaban, dejaban lo que llevaban en sus manos en cualquier superficie y se marchaban, había gente que lo dejaba incluso en el porche.
Dardo ya se estaba preguntando qué demonios estaba pasando cuando Caleb llegó seguido del que Dardo supuso que era su pareja.
El Omega de cabello oscuro rió dando una vuelta sobre si mismo cuando vio la casa llena de regalos, flores y comida.
—La madre que... ¿no se están pasando un poco, Caleb?
Caleb se encogió de hombros.
—¿Muchas visitas, Dardo?
—Unas cuantas —gruñó Dardo.
— Helia ha ayudado a muchas personas, es normal que quieran mostrarle algo de agradecimiento, querían haber venido ayer pero les dije que esperaran. ¿Cómo está Helia?
Dardo echó de nuevo un vistazo instintivo hacia el pasillo.
—Dormido. La fiebre le bajó por completo de madrugada.
Caleb asintió, completamente aliviado.
—Intenta que tome al menos dos días más de descanso.
El Omega a su lado soltó una carcajada baja.
—Eso no va a pasar. Sería una suerte que Helia no se pusiera a trabajar esta misma noche. A mí no me trajeron tantos regalos cuando me cortaron la pierna.
Dardo bajó la mirada por el Omega. Llevaba unos pantalones cortos por las rodillas y efectivamente... una pierna de metal. Caleb lo atrajo hacia él, le acarició la nuca y lo marcó delante de Dardo como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Yo no lo quise. No era un momento alegre para festejar.
El Omega hizo una mueca.
—No me he presentado, me llamo Félix. Soy la pareja de Caleb, cualquier cosa que necesites puedes llamarme a mí también.
Dardo observó la mano que Félix le tendía. A esa manada le gustaba mucho tocar. Y a Dardo, no. Dardo sólo quería tocar a una persona. Sin embargo, aceptó y apretó la mano del joven Omega. Félix sonrió al notar el apretón, completamente ajeno al esfuerzo que aquel gesto le había supuesto al Alfa.
—Ya —gruñó Dardo soltando su mano.
No es que Félix y toda la manada le cayeran mal. Al contrario, el Omega parecía alguien agradable y gracioso. Simplemente... Dardo seguía sin acostumbrarse a que la gente invadiera su espacio con tanta naturalidad.
—¿Mal genio? No hay nada más que me guste.
—Félix —le susurró Caleb.
—Tengo que ser pareja de un líder veinticuatro horas diarias, déjame relajarme un poco —Félix subió a la mesa la bolsa que llevaba con él, miró a Dardo—. Es ropa para Nathan, y para ti. ¿Ese pequeño aún no ha dejado a un lado su pelaje?
—No hay prisa. Lo hará cuando esté preparado —respondió Caleb—. He escuchado que se ha adaptado muy bien a los demás cachorros.
—Quizá demasiado —masculló Dardo.
La sonrisa fácil de Félix cambió cuando sus ojos se dirigieron hacia el pasillo. Justo saliendo de la puerta estaba el cachorro. Félix lanzó una mano hacia la muñeca de Caleb.
Helia terminó de abrir la puerta.
Llevaba el cabello completamente despeinado, cayéndole en mechones desordenados sobre los hombros.
Culpa de Dardo quizá. Esta noche no había podido mantener sus manos alejadas de su cabello.
La camisa que Dardo le había puesto le quedaba un poco grande y una de las mangas seguía remangada sólo hasta el antebrazo.
Todavía conservaba el rostro pálido y ojeras, pero ya no tenía aquel brillo febril en la mirada.
Dardo sintió unas ganas terribles de devolverlo inmediatamente a la cama, caminó hacia él y hacia el cachorro sin importar que Félix y Caleb se sintieran ignorados.
Le puso la mano en la frente.
—Ya estoy bien —le dijo Helia.
Dardo tiró aire por la nariz.
—No deberías estar levantado.
—Llevo dos días en cama. Me apetece andar un rato por casa.
Dardo deslizó la mano desde su frente a la nuca de Helia. La piel ahí estaba algo caliente, aunque ya no quemaba como las noches anteriores. Llevó el rostro de Helia contra él y le rozó la frente con los labios.
Helia no se apartó. No hubo comentarios de si era apropiado o no. De si podía marcarlo o no. Y Dardo lo hizo. Como Caleb había hecho con Félix. Le quitó de encima ese olor de enfermo y lo cubrió con sus cálidas feromonas.
Alguien tosió tras ellos.
—¿Chicos? ¿Queréis que nos vayamos? —preguntó Félix.
Dardo gruñó.
Sí.
—No —Helia se separó de Dardo con una pizca de vergüenza en sus ojos—. Quedaros todo el tiempo que queráis —Helia pasó por al lado de Dardo, lo rozó con su hombro y se peinó el cabello con los dedos —¿Queréis algo de comer? ¿Quién está en la clínica sustituyéndome?
—No hemos venido a darte trabajo, Helia. Queríamos asegurarnos que estabas mejor y traer un regalo.
Dardo vio cómo Helia sonreía con esa educación automática que parecía salirle incluso cuando apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie.
—Gracias. Pero no hacía falta.
—Claro que sí.
Félix dio una vuelta cómoda sobre su pie de metal señalando la casa con ambos brazos.
—Mira esto. Creo que la manada ha decidido alimentaros durante los próximos tres meses.
Helia siguió la dirección de su mano. Su sonrisa se congeló al ver la cantidad de regalos que habían por la casa y se lamió los labios nervioso.
—¿Qué es... todo esto?
—Es tuyo —respondió Caleb.
Helia negó.
—No... no puedo aceptar tantas cosas. Devuélvelo, Caleb.
Dardo frunció el ceño. ¿Por qué no?
Había pasado semanas viendo a Helia regalar comida, tiempo y hasta horas de sueño a cualquier lobo que llamara a la puerta de la clínica. ¿Por qué recibir algo parecía incomodarlo tanto?
—Helia —dijo Caleb con voz tranquila —. No puedo hacer eso. Sería un insulto para todos ellos. Te están devolviendo una parte muy pequeña de todo lo que tú has hecho por ellos.
Helia bajó la mirada. Estaba casi a punto de llorar, giró hacia Dardo. Como si no quisiera que aquellos dos lobos con los que seguro que tenía mucha más confianza que con él le vieran así.
Dardo gruñó.
—Ve a darte una ducha —le susurró Dardo.
Helia asintió y escapó.
—Helia... lo agradece mucho. ¿Puedes comunicar eso a la manada?
Caleb asintió a sus palabras.
—No dejaran de llegar regalos, Dardo.
—Lo entiendo.
—Cuéntale el resto, Cal —le dijo Félix mientras seguía sin apartar los ojos de Nathan que se había acercado hasta los pies de Dardo y olisqueaba desde lejos la prótesis de metal.
—Algunos regalos serán de lobos interesados en Helia, es importante que Helia no reciba esos, si no le interesa, claro.
¿Lobos... qué?
Félix suspiró.
—Muchos Alfas tienen ganas de meterse en su cama—aclaró el Omega— Helia siempre los ha rechazado, pero son insistentes.
Cuando un lobo está interesado en otro suele darle muestras de afecto como regalos.
Si la otra persona recibe el regalo le esta dando...
cierta aceptación y control sobre la otra.
Algunos de esos malnacidos seguro que tratan de disfrazar sus asquerosos regalos con agradecimiento para que Helia los acepte y poder luego tener más contacto.
Dardo gruñó. Se le secó la boca de repente.
—¿Y cómo distingo esos... regalos?
—Si abres tú la puerta no creo que se atrevan a darte nada, y si lo dejan en el suelo, no seas tonto y no lo cojas.
—No suelen llevar nombres ni nada que los puedas diferenciar, sólo fíjate en quién lo trae —dijo Caleb.
—Aunque a lo mejor estamos hablando mucho y Helia si quiere alguno de esos regalos. Aceptó el de Atlas.
Dardo se puso tenso en cuanto escuchó esas últimas palabras y ese... nombre. Si no le había gustado el lobo la noche anterior, ahora mucho menos.
—Félix, déjalo —le habló Caleb, como si fuera un toque de atención.
—¿Por? ¿Atlas no quería que Helia se mudara con él? ¿No pidió ponerlo bajo su protección?
—Se retractó de aquello.
Félix chasqueó la lengua.
—Si tú lo dices. Helia hacia algunas veces de canguro de Sean en la clínica.
—Félix, ¿por qué no te vas con Nathan y le dejas que curiosee tu pierna?
Félix le sonrió, se acercó a Nathan y el cachorro se acercó a olfatearlo.
—Atlas y Helia son amigos. Helia no trató de forma especial a Sean.
Dardo apretó los dientes. No entendía aún porque Caleb trataba de excusar a Helia así.
Que Helia haya estado viéndose con Atlas...
no le gustaba ni un pelo. Lo odiaba. Y lo único que quería hacer era meterse en la bañera con él y dejarlo marcado por todas partes, pero...
pero Helia era un lobo libre y Atlas... Atlas era atractivo.
Supuso Dardo. Eso quiso pensar Dardo. Que Helia era libre.
Que podía aceptar regalos. Que podía salir con otros lobos.
Pero no. Dardo había llegado al punto de que odiaba a todos los que miraban al Beta, los que querían tener algún tipo de interacción con él. Los que...
—Si te hago una pregunta, ¿me responderás?
—Claro.
—¿Quién es Canneck?
Félix giró el rostro de inmediato hacia ellos, y Caleb levantó levemente sus cejas, sorprendido.
—¿Dónde has escuchado ese nombre?
Dardo bufó.
—Qué más dá. ¿Quién es?
—¿Helia te ha hablado de él?
—No. ¿Quién es? —volvió a insistir.
—No voy a poder responder a eso, Dardo. Lo siento.
—¿Por qué?
La voz de Terrence estaba en su cabeza. Ese hijo de puta había llamado a Helia cosa de Cannek.
Lo había insultado. Le había dicho que el Beta solo existía para obedecer a otros y que si no, podían obligarlo a hacer cualquier cosa, y también había insinuado que Helia se había acostado con Caleb.
Dardo le había dicho que no importaba. Pero si lo hacía.
Sobre todo cuando Helia se mostraba tan hermético a la hora de hablar de él.
¿Había algo de verdad en las palabras de Terrence? ¿Helia era... de ese hombre?
—Canneck forma parte de su pasado.Si alguien debe contarte sobre él, es Helia, no yo. ¿Alguna otra cosa que necesites consultar?
Muchas.
—¿Sabías que estaba imprimado de Helia antes de desaparecer?
—¿Cómo? —Soltó Félix sorprendido justo cuando se agachaba a acariciar a Nathan—. ¿Te has imprimado de Helia? Pensaba que eso era una leyenda de brujas.
—Lo sabía.
—¿Quién más? —gruñó Dardo.
—Cualquier miembro con un poco de conocimiento sobre ello que os observara. Vuestra unión en la manada fue muy... notable.
—¿Alguien estaba en desacuerdo con ello?
—¿Por qué preguntas eso?
—¿Alguien no quiso que yo me acercara a Helia? ¿Desaparecí por que me perdí? ¿O porque alguien quiso que me fuera?
—¿Insinúas que alguien de la manada no estaba contento con ello?
No lo sabía. Últimamente la cabeza de Dardo iba a mil por hora.
—Puede ser.
Caleb negó.
—Si alguien hubiese querido separaros habrían ido a por Helia, él era el nuevo. A la manada le costó aceptarlo al principio. Tú naciste aquí.
—¿No debo preocuparme por ninguno de ellos?
—No.
Dardo dio un paso más.
Quería preguntarle por su espalda, por la mierda que había dicho Terrence, por absolutamente todo sobre el Beta, pero por lo que había visto, era algo que le hacia sufrir, y Caleb ya había dejado claro lo mucho que lo protegía así que retrocedió, y la pareja no tardó en marcharse.