CAPÍTULO 23
AbrE LA BOCA
La noche fue mucho peor. Helia pasó de arder a tiritar de frío.
Los escalofríos llegaban en oleadas, cada una más intensa que la anterior. Empezaban en la base de la espalda, recorrían lentamente la columna y terminaban por sacudirle todo el cuerpo. Cuando conseguía relajarse unos segundos, otra sacudida volvía a recorrerlo de arriba abajo.
La mandíbula le dolían de tanto apretar. Los músculos se contraían sin que pudiera impedirlo y las manos apenas dejaban de temblar el tiempo suficiente para agarrar la sábana.
Helia cerró los ojos.
Quería esconderse bajo todas las mantas de la casa, envolverlas alrededor de su cuerpo y desaparecer hasta dejar se sentir aquel frío insoportable.
Pero no debía taparse. La fiebre subiría de nuevo.
Así que permaneció inmóvil. Mordiéndose el labio inferior y tratando de relajarse, como si eso fuera la clave para dejar de temblar y no la mierda de semana que había tenido.
Los escalofríos fueron haciéndose más fuertes hasta el punto de que la cama empezó a vibrar bajo él. Quiso incorporarse. Pensó que quizá un poco de agua le ayudaría. O simplemente necesitaba comprobar que seguía siendo capaz de levantarse por sí mismo.
Apoyó una mano sobre el colchón. Empujó con las pocas fuerzas que le quedaban y el mundo empezó a girar antes incluso de que consiguiera sentarse. Un pitido llevó sus oídos. La habitación se inclinó hacia un lado y volvió a caer sobre la almohada con un jadeo cansado.
No tenía fuerzas ni para eso.
Cerró los ojos unos segundos y escuchó las leves pisadas de Dardo haciendo crujir el suelo de madera. La siguiente sensación fue una mano enorme apoyándose en su frente.
Tan calentita...
Helia descubrió, con cierta vergüenza, que tuvo el impulso de inclinar la cabeza buscando un poco más de ese calor. No llegó hacerlo, eso pensó. Su cuerpo sí.
Dardo le acarició el rostro.
—Toma algo de sopa y te dejaré dormir —dijo Dardo bajo.
Helia se lamió los labios secos.
—No... tengo hambre —la voz salió apenas de su garganta.
Dardo apartó la mano de su frente, seguía acariciándole el cabello despacio, apartando varios mechones húmedos que se le habían pegado a la piel por el sudor.
—Solo un poco.
La lámpara iluminaba el perfil del Alfa desde un lado. Las sombras endurecían todavía más sus facciones, marcaban la línea de su mandíbula, el punte recto de la nariz, y aquellas cejas ligeramente fruncidas que parecían incapaces de relajarse.
—Come tú.
—Yo no soy el enfermo.
Dardo hizo una montaña de cojines en su espalda y lo ayudo a incorporarse despacio, sujetándolo por la cintura. Helia dejó escapar un pequeño jadeo. Aquel simple movimiento lo había agotado. Dardo le tendió el cuenco de sopa.
Las manos de Helia trataron de sujetarlo, pero apenas levantó los brazos comenzaron a temblarle con tanta fuerza que el caldo osciló peligrosamente. Dardo le retiró el cuendo antes de que pudiera caerse encima de él.
Helia bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Perdón —murmuró bajo.
Odiaba estar así.
Dardo negó despacio, tomó una cuchara, la llenó con apenas un poco de caldo dorado y sopló sobre ella hasta que dejó de salir vapor.
—Abre la boca.
Helia sintió que las mejillas le ardían aunque dudaba que pudiera ponerse colorado cuando toda sus sangre estaba helada.
—Puedo hacerlo yo.
—Abre la boca, Helia —repitió Dardo con firmeza.
El Beta suspiró derrotado.
Abrió los labios apenas unos centímetros y la cuchara entró despacio.
El caldo estaba tibio. Tenía pollo, verduras y un toque de hierbas. Masticó y tragó con dificultad. ¿Había cocinado Dardo? ¿Caleb le había traído la comida? ¿Quién estaba en la clínica cubriendo su puesto?
Dardo ya estaba esperando con otra cucharada.
—¿Te gusta? Puedo ponerle más sal o limón.
—No tengo mucho gusto.
Dardo acercó la cuchara de nuevo y Helia aceptó. Y otra. Y otra. Dardo esperaba haciendo pausas para que terminara de tragar, observándolo con una atención que empezaba a ponerlo nervioso.
Helia negó cuando llegó a la mitad del cuenco y Dardo dejó inmediatamente el cuenco sobre la mesilla.
—¿Quieres agua?
—No.
—Bebe un poco.
Sus palabras le hicieron gracia. ¿Por qué le preguntaba si luego iba a darle lo que le daba la gana?
Helia tomó dos tragos del vaso que Dardo inclinaba sobre él.
—Ya... no puedo más.
—Está bien —Dardo le quitó los cojines y volvió a acostarlo, procurando que no hiciera ningún movimiento brusco—.Duerme un poco.
Helia no discutió. Apenas le quedaban fuerzas.
Cerró los ojos mientras que Dardo le colocaba por encima una fina sábana.
Sintió cómo volvía a acariciarle el cabello y lo escuchó bajar escaleras abajo.
No supo cuánto tiempo durmió. Unos minutos.
Quizá una hora. Despertó de nuevo tiritando.
El frío había vuelto y era incluso peor que antes.
Los dientes chocaban unos contra otros sin control. Los músculos de las piernas se contraían, y las manos, escondidas bajo la sábana, temblaban de manera tan violenta que era incapaz de mantenerlas quietas.
Abrió los ojos lentamente. La lámpara seguía encendida, y Dardo estaba ahí.
Sentado en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyada contra la pared.
Helia sintió un pinchazo de culpa al verlo ahí. Él también tenía que dormir.
—Dardo... —lo llamó—. Vete... a dormir.
Dardo no le respondió. Se levantó del suelo como una especie de depredador. Helia no pudo apartar la vista de él. Sintió de nuevo otra oleada de escalofríos que lo hicieron temblar.
Dardo volvió a ponerle la mano sobre la frente para medir la temperatura.
Helia deseó con todas sus fuerzas que no la retirara, pero lo hizo.
—Déjame cuidarte, Helia.
—Estoy bien. No necesitas hacer nada.
Dardo lo miró en silencio. Después bajó la vista hacia sus manos, las que seguían temblando con tanta fuerza que la sábana vibraba sobre ellas.
Volvió a levantar los ojos.
—Tú cuidaste de mí.
—Soy sanador, y no compares el estado en el que llegaste con una simple fiebre. Mañana... estaré mejor. Ve a descansar. He tomado la medicación, he comido un poco, es de madrugada. No puedes hacer nada más.
Dardo colocó la mano sobre las suyas encima de la sábana. Era tan grande que podía abarcar las dos enteras.
—No quiero que estés solo.
Aquellas palabras le hicieron mucho más daño que la fiebre.
Dardo apoyó la mejilla en el colchón.
—Jamás volveré a dejarte solo, Helia —añadió el Alfa—. Vas a tener que matarme a golpes para separarte de mí.
Helia sintió como su pecho se encogía y su estómago se llenaba de estúpidas mariposas emocionales.
Desvió la mirada de él.
—¿Te he pasado mi fiebre? ¿Estás desvariando o algo?
—No debí irme. Ni siquiera sé lo que pasó, pero sé que no debí dejarte solo aquí. Tenía que haberme quedado contigo, haberte protegido, cuidado. Tú has estado esperando por mí. Buscándome, y mientras yo no sabía ni que existías. No me lo puedo quitar de la cabeza.
—Estuviste en un sitio horrible, Dardo. Soy yo el que no debí haberte dejado solo. El que debió haberte protegido y cuidado más. Fue mi culpa. Lo siento mucho —la barbilla de Helia empezó a temblar—. Lo siento tanto... por favor... perdóname —la última palabra apenas consiguió salir de su garganta.
Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas.
Si Dardo supiera la historia completa... si Dardo recordara lo que paso el día en el que desapareció, no diría tales palabras. Dardo se escapó por su culpa, y Helia estaba tan avergonzado y roto que no fue tras él. Lo dejó solo. En el bosque. Perdido.
Él podría haber ido a cualquier parte, o alguien podría haberlo cogido. Toda la culpa que había conseguido esconder durante años comenzó a salir sin control. No podía dejar de llorar y temblar y necesitaba salir de ahí. Escapar de nuevo. No. No. Escapar no había solucionado nada en su vida. Nunca.
Dardo le limpió las lágrimas con los pulgares.
—No tengo que perdonarte nada, Helia. No hiciste nada malo. No vuelvas a pedirme disculpas.
Helia negó.
Claro que lo era. Pero Helia no era lo suficientemente fuerte y valiente como para poder volver a pasar por ello. Los Alfas eran posesivos. A los Alfas no le gustaban... las marcas de otros Alfas. Y Helia ya estaba demasiado marcado como para que Dardo lo aceptara.
Helia observó cómo Dardo se incorporaba lentamente del suelo. Durante un instante creyó que, por fin, iba hacerle caso y se iba a ir a dormir. Pero no. El Alfa se quitó las botas con movimientos lentos, procurando no hacer ruido, apoyó una rodilla sobre el colchón.
—¿Qué haces?
Dardo no respondió. Levantó apenas la sábana y terminó de subir a la cama. El colchón cedió bajo aquel cuerpo enorme.
—Dardo, ¿qué... haces?
—Ya te lo he dicho —gruñó bajo—. Tendrás que golpearme si quieres que me aleje de ti.
Otro temblor le recorrió la espalda. Dardo lo metió entre sus brazos sin pedir ningún permiso y Helia...
Helia no tuvo fuerzas para seguir resistiendo a su toque.
Se aferró a Dardo temblando. Sin darse cuenta.
Sus dedos se cerraron sobre la tela de la camiseta con una desesperación que jamás habría permitido estando sano.
Las pesadillas... la fiebre había derribado de nuevo todas las murallas que llevaba levantando a su alrededor.
Había dejado de llorar, pero seguía temblando.
Helia apoyó la frente bajo la barbilla del Alfa. Dardo le empujó el rostro hacia el hueco de su cuello, donde el calor era mayor, y dejó escapar un gruñido grave.
Sus temblores disminuyeron un poco.
—¿Y Nathan?— le preguntó Helia en un susurro.
—Está en tus pies.
Helia respiró con dificultad.
—Dile... que venga aquí.
Dardo levantó la cabeza, hizo un sonido.
Unos segundos después llegaron unas pequeñas patitas correteando sobre el colchón.
Nathan apareció junto a ellos con las orejas gachas, olfateó el cabello de Helia.
El Beta dio media vuelta con un esfuerzo enorme para abrazarlo.
Las manos seguían temblándole, pero consiguió rodear al pequeño y abrazarlo.
Tras él, Dardo volvió a acercarse.
Lo abrazó por la espalda, procurando no aplastarlo contra Nathan. Sus brazos envolvieron a los dos al mismo tiempo, formando una especie de refugio alrededor de ellos.
Helia sintió el pecho del Alfa pegado a su espalda, y los labios de Dardo rozando su nuca.
—Quédate con nosotros, Helia —escuchó a Dardo antes de cerrar los ojos, y dejar de temblar.