CAPÍTULO 22
¿NATHAN HA COMIDO?
A Dardo le llevó toda su fuerza de voluntad y más no mirarle la espalda a Helia.
Había apartado la vista en cuando empezó a desabrocharle la camisa mojada. La tela empapada se pegaba a su piel y tuvo que levantarla poco a poco de sus hombros.
Helia apenas colaboró. La fiebre lo mantenía medio inconsciente, sólo emitía pequeños sonidos apagados cada vez que Dardo lo movía demasiado.
Fue complicado quitarle toda la ropa. Fue más complicado secarlo. No mirar. Cumplir con Helia.
Encontró una camisa amplia entre su ropa, una de algodón muy fina y consiguió ponérsela con paciencia. Después le subió unos pantalones cómodos, volvió a cargarlo entre sus brazos y lo llevó a la cama. Helia pesaba poco. Debería comer más.
Dardo lo acomodó despacio entre las mantas, colocándole una almohada extra bajo la cabeza.
Nathan apareció enseguida. El cachorro se subió a la cama y olisqueó preocupado el rostro de Helia, soltó un gemido bajo.
—Se va a poner bien —murmuró Dardo, rascándole detras de las orejas —¿Te quieres quedar con él?
Nathan se acurrucó junto al borde de la cama sin apartar los ojos del Beta.
Dardo permaneció unos segundos observándolos.
—Avísame si cambia algo, voy a preparar la comida.
Dardo salió del dormitorio procurando no hacer ruido. En la cocina encontró la olla y los recipientes que Caleb había llevado hacía apenas unas horas.
Sopa. Fruta. Infusiones de hierbas. Medicina. Y una nota con aquella letra enorme y desordenada del Alfa.
"Haz que beba aunque sea un poco. Si la fiebre sube otra vez, avísame. Y tú también come algo y Nathan."
Dardo resopló por la nariz. Era extraño que alguien se preocupara también por él y por el cachorro.
Abrió la olla y el aroma caliente de la sopa llenó la cocina, justo entonces llamaron a la puerta. Tres golpes. Dardo dejó el cucharón sobre la encimera. Se acercó a la entrada y abrió la puerta sólo unos centímetros.
Había un hombre muy tatuado, con el cabello rubio brillante y corto.
—Hola, eres Dardo, ¿cierto?
Dardo asintió.
—¿Quién eres?
—Soy Atlas, amigo de Helia. He escuchado que está enfermo, ¿podría pasar y verlo? Está aquí, ¿cierto?
—No puedes verlo. Está dormido.
El hombre unos centímetros más bajo que él, inclinó la cabeza, miró hacia dentro, como si estuviera buscando a alguien. Dardo fue a cerrar la puerta cuando Atlas colocó una mano en ella, impidiéndolo.
—Nathan no ha ido hoy a la guardería.
Dardo gruñó.
—¿Cómo dices?
—Soy el padre de Sean —Atlas bajó la mirada hacia el suelo, y Dardo la siguió, sujeto a su pantalón estaba el pequeño Omega. Dardo sabía quien era.
Había ido esta última semana con Nathan a la guardería.
Helia le había dicho que era bueno que estuviera ocupado y como los niños se le daban bien y tampoco quería separarse de Nathan, Caleb le había abierto un lugar en la guardería vigilado por la profesora Jane.
Iba cada mañana. A Nathan le gustaba, correteaba con los cachorros, daba vueltas y siempre estaba cerca de Sean y de Zoe.
—¿Helia... te ha llegado a contar algo?
Dardo levantó la mirada del chico tímido que lo saludaba levemente con la mano.
—¿Sobre qué?
—¿Podemos pasar?
—¿Qué ha pasado? —gruñó Dardo.
Atlas no respondió de inmediato.
—Discutí un poco con Helia el otro día, dije cosas... de las que no me siento muy orgulloso, y quería pedirle perdón. A ti y a Nathan también.
Dardo se puso tenso. Mucho más. ¿Había peleado con Helia? ¿Y qué tenía que ver su cachorro en ello?
—¿Por qué?
Atlas cambió su peso de un lado a otro. Parecía nervioso. Su mano dibujada se cerro sobre la de su hijo.
—Sean y Nathan se han emparejado —respondió finalmente.
Dardo tardó varios segundos en reaccionar. Miró a Atlas, luego miró al cachorro Omega escondido tras la pierna de su padre y volvió a Atlas.
—¿Es una clase de broma pesada?
Atlas exhaló despacio.
—No. Parece ser que no. Sean nos lo confirmó ayer en la consulta y hoy no ha dejado de llorar. Tampoco ha comido. Sé que Nathan no es tu hijo, pero me imagino que después de todo lo quieres como tal. Así que quizá entiendas que no me hace especial gracia ver a Sean de esa forma.
Dardo seguía sin comprenderlo.
Emparejados.
Nathan.
Su cachorro.
Era imposible.
Nathan apenas empezaba a aprender que ya no necesitaba esconder comida bajo la cama. Todavía tenía pesadillas mientras lloraba dormido. A veces incluso se asustaba de su propio reflejo cuando pasaba frente a un cristal.
Era un cachorro. ¿Cómo demonios iba a estar emparejado?
—Te has equivocado.
—Esa también fue mi primera reacción. No me hace ninguna gracia que mi hijo se empareje con seis años, pero mucha menos que se tire todo el día llorando y preguntando por tu cachorro.
—¿Cómo ha sido posible eso?
Atlas se pasó una mano por la nuca.
—Helia detectó una alteración en las feromonas de Sean. Se están desarrollando antes de lo debido, y parece que Nathan lo ha estado marcando sin querer. Sean me ha dicho que tú estas con ellos en la guardería, quizá los has visto más cerca que de otros lobos.
—Se llevan bien, eso es todo. Nathan se queda con él en los juegos, y Zoe también. Puede que haya marcado a los dos, no significa nada. Nathan no sabe usar aún sus feromonas.
—Sean admitió que había alguien cuyo olor le gustaba especialmente.
Dardo permaneció inmóvil.
—Sigue sin significar nada —Dardo fue a cerrar de nuevo la puerta, Atlas puso el pie.
—¿Podemos... probarlo? Dejar que se vean. Sean no ha comido en todo el día. ¿Nathan ha comido?
—Está preocupado por Helia.
Ni siquiera Dardo había probado bocado.
—¿Pueden verse? —volvió a repetir Atlas.
Dardo llenó sus pulmones de aire. Eran estupideces, seguro. Pero Dardo no le iba a negar a Nathan la visita de uno de sus amigos. Y así podría hacerle ver a ese padre asustado que sus hijos... que Nathan y su hijo no tenían nada que ver.
Abrió la puerta finalmente.
—Pasa.
Atlas entró con cierta cautela, como si temiera que Dardo pudiera arrepentirse y echarlo de nuevo fuera. Sean, en cambio, apenas esperó. Nada más cruzar el umbral salió corriendo pasillo arriba.
—¡Sean! —Atlas dio un paso para seguirlo.
—Déjalo —lo detuvo Dardo —¿No querías probarlo?
Los dos Alfas permanecieron inmóviles, escuchando las pequeñas pisadas del Omega sobre la madera. Dardo caminó despacio al dormitorio, Atlas lo siguió.
Helia seguía durmiendo tranquilamente. Sean se había subido a la cama, había rodeado a Nathan y se había acurrucado junto a él. Su cabeza muy cerca del cuello de Nathan.
Dardo se tensó. Aunque sólo fuera un niño inofensivo no le gustaba que nadie le hurgara en la garganta, sin embargo... Nathan parecía tranquilo mientras Sean le acariciaba el pelaje con su mano.
Atlas dejó escapar el aire lentamente.
—Sean no es cariñoso. Es un cachorro muy tímido e inseguro.
—Se llevan bien. Eso es todo —Dardo miró a Atlas antes de entrar en el cuarto, le tomó la temperatura a Helia. Seguía con un poco de fiebre, pero no había subido.
—¿Cómo está Helia? He escuchado que ha sido por estrés.
Dardo se tensó, giró hacia Atlas. Por suerte, el padre de Sean parecía saber leer las feromonas del aire y no había dado ni un solo paso dentro de la habitación.
—Sí —respondió Dardo secamente.
Estos días habían sido intensos para Dardo, pero no había imaginado lo que había sido para Helia, y el cansancio que eso había ocasionado en su cuerpo.
Helia había estado tan pendiente de Dardo que apenas había cuidado de si mismo, y luego estaba...
el maldito Terrence, y todas las sandeces que dijo sobre él, su última discusión, sus pesadillas, y el querer continuar con el trabajo en la clínica.
—Nunca me gustó que estuviera aquí solo. Hace tiempo, Caleb le preparó una casa en territorio Omega, pero Helia se negó a irse.
—Lo sé.
Dardo acomodó mejor la manta sobre el cuerpo de Helia.
—No suele dejar tampoco que nadie lo cuide.
Dardo le gruñó. No quería escuchar que tan bien conocía otro Alfa a Helia.
—Espera a que Sean se haya quedado dormido y llévatelo a casa. Con suerte, se olvidará de su encaprichamiento en unos días.