CAPÍTULO 21
NO LA VEAS
Le dolía todo el cuerpo. Era un dolor profundo, espeso, se había medito dentro de sus huesos y se había extendido por cada músculo, articulación, hasta convertir el simple hecho de respirar en un esfuerzo agotador.
Luego estaba el calor. Y lo odiaba. Era como si alguien hubiera encendido de nuevo un hierro candente en su piel. Sentía las sábanas húmedas, la ropa pegaba y empapada en sudor.
Quiso abrir los ojos, apenas lo consiguió unos segundos.
El techó apareció desenfocado, balanceándose muy despacio sobre él,. Parpadeó. Volvió a cerrarlos. Todo giraba. Y su cuerpo no respondía la orden de levantarse.
Helia jamás se había tomado un descanso, ni siquiera cuando había enfermado o se había encontrado mal. Necesitaba seguir trabajando.
Escuchó un voz cerca y sintió algo sobre su frente.
—No ha bajado aún.
Era Dardo. Reconocería esa voz incluso en sueños.
Helia intentó hablar, preguntar. No pudo.
Ni siquiera estaba seguro de que su boca pudiera moverse.
Se perdió de nuevo en aquella niebla espesa que le llenaba la cabeza.
Y durante un instante creyó sentir unas manos sujetándole los hombros.
Después alguien tiró de su camisa. Dedos desabrochando un botón. Luego otro. Otro.
Otro más.
El corazón de Helia pegó un vuelco.
No. No. No.
Su respiración empezó a acelerarse. Se revolvió con todas sus fuerzas.
—Helia. Helia, tranquilo.
Con mucho esfuerzo consiguió abrir los ojos, todo seguía borroso.
Una gigante sombra inclinada sobre él. Estaba arrodillado junto a la cama.
Su cabello corto caía sobre su frente, le había crecido mucho.
Era normal en Alfas saludables que su cabello creciera más rápido.
Pequeñas gotas de agua descendían por su cuello, como si se hubiera mojado.
Había recuperado tanto peso durante aquellas semanas que a Helia le resultaba difícil creer que fuera el mismo lobo al que había recibido en su clínica encerrado en una jaula y en los huesos.
Los hombros llenaban la camiseta. Las mangas apenas conseguían contener sus brazos endurecidos.
Y la barba empezaba otra vez a cubrirle la mandíbula, ocultando parcialmente algunas de las cicatrices más pequeñas.
La punta de sus orejas estaban cortadas, magulladas y aún así... era absurdamente atractivo.
¿Cómo su niño se había podido convertir en un hombre?
—Necesito bajarte la fiebre —dijo Dardo con calma, pero sus ojos estaban llenos de espanto y pánico—. Tengo que meterte en la bañera.
Helia negó, o pensó que lo hizo.
Dardo gruñó, le dejó la camisa puesta y lo levantó con cuidado casi reverencial, como si tuviera miedo de romperlo.
Helia quiso abrazarse a su cuello, pero no tuvo fuerzas para eso.
Su cabeza cayó pesadamente sobre el pecho del Alfa, podía escuchar los latidos de su corazón. Fuertes. Extrañamente tranquilizadores.
Dardo lo llevó hasta el baño sin separarlo un solo segundo de su cuerpo. Se arrodilló junto a la bañera y, sujetándolo todavía entre sus brazos, fue introduciéndolo muy despacio en el agua helada.
El contacto le arrancó un suspiro de alivio. El agua le llegaba hasta la mitad el pecho y Dardo seguía sujetándolo por la espalda para impedir que resbalara.
A Helia aún le costaba seguir con los ojos abiertos, cuando Dardo lo soltó, su cuerpo resbaló hasta el fondo, el agua estuvo a punto de engullirlo.
Escuchó un gruñido, y luego... la bañera se volvió más pequeña, el espacio que tenía...
ya no había tanto, incluso el agua helada había subido.
Dardo. Se había metido en la bañera con él y lo sujetaba contra su pecho.
Helia tardó un poco en comprender lo que estaba ocurriendo. Y en lugar de sentirse atrapado, se sintió... seguro. ¿Era así como se llamaba? Seguridad.
Helia jamás había experimentado nada igual.
Su espalda descansaba contra un torso firme y cálido que contrastaba con el agua helada.
Uno de los brazos de Dardo le rodeaba la cintura para mantenerlo apoyado y erguido.
Helia bajó la mirada, podía ver su mano en el centro de su estómago sobre la ropa.
Sus piernas alrededor de las de él. Su cabello suelto flotando.
—Cabello... —murmuró Helia con voz pastosa—. No debe mojarse, te costará secarlo. La fiebre no bajara.
Dardo bajó la vista hacia ella. Con un cuidado que jamás había esperado de unas manos tan grandes, Dardo recogió su cabello. Lo colocó sobre su propio hombro para que no volviera a mojarse y luego volvió a acomodar la cabeza de Beta en su pecho.
—Ya imaginaba que serias un mal enfermo —escuchó a Dardo.
Helia sintió cómo aquellos dedos ásperos y marcados apartaban varios mechones pegados a su frente. Era extraño.
—La ropa... —susurró de nuevo Helia, notando el peso de la camisa empapada pegándose al cuerpo.
Dardo guardó silencio unos segundos.
—Tendré que quitártela luego. No puedo dejarte mojado.
Helia negó en su pecho.
—Caleb... llama a Caleb.
—Caleb ya estuvo aquí.
—Otra vez. No quiero... que me veas —a Helia le costó pronunciar esas palabras. Sintió los brazos de Dardo endurecerse.
—Ya te vi, Helia. Por si no recuerdas.
Helia negó otra vez.
—Eso no.
—¿Qué es lo que no quieres que yo vea? —preguntó con la voz todavía más baja, haciéndole cosquillas... Agradable —. No voy a aprovecharme de ti en este estado, tonto.
Helia dejó escapar el aire muy despacio. Le dolían las costillas.
—No me llames... así.
—Entonces, deja de decir tonterías. ¿Por qué Caleb puede quitarte la ropa y yo no?
Helia tragó saliva de forma dolorosa. Durante un instante pensó en mentir. Decir que le daba vergüenza. Pudor. Que no quería incomodarlo, pero la fiebre le robaba las fuerzas incluso para inventar excusas.
—Él ya lo sabe.
Dardo frunció ligeramente el ceño.
—¿Sabe qué?
—Mi espalda.
Dardo esperó.
—¿Qué tiene tu espalda?
Helia negó con la cabeza, su mano buscó la de Dardo de forma muy lenta y la subió hasta su costilla derecha, dolía. Pero ya no tanto.
—No quiero... que la veas. Por favor... No la mires. No puedes... por favor. Por favor —Helia buscó con su cabeza el cuello del lobo.
—¿Por qué? —su garganta vibró.
—No la veas —susurró de nuevo—. Si la ves... me enfadaré mucho.
—¿Qué hay en tu espalda, Helia?
Helia no respondió.
—Helia —repitió Dardo.
—No.
—Mírame.
Con evidente esfuerzo, el Beta levantó apenas la cabeza. Sentía las mejillas enrojecidas por la fiebre y le dolían los ojos. El agua ya ardía, y Dardo no tardaría mucho en sacarlo.
—Has visto mi espalda. Yo no me voy a escandalizar por lo que sea que tengas ahí.
Helia trató de sonreír. Triste.
—Lo harás. No te gustará. Lo odiarás. Me odiarás. Y te enfadarás. Ya lo viste.
—¿Te refieres a cuando era pequeño?
Helia asintió. Volvió a buscar su cuello.
—Te enfadaste mucho. Me gritaste. Te fuiste. Ya no regresaste —susurró, le costaba cada vez más hablar y mantenerse despierto. Iba a volver a dormir. Y no quería—. Prométemelo. No la veas...Por favor... no la veas.