Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

SON NIÑOS

Helia dejó a un lado el montón de carpetas y archivos y se frotó los ojos con los dedos. Todo le dolía.

La cabeza llevaba latiéndole desde primera hora de la mañana, y conforme habían ido pasando las horas, el dolor se había extendido lentamente hasta la nuca, los hombros y las articulaciones.

Sentía el cuerpo extrañamente pesado, y caliente.

Seguramente era sólo cansancio. Llevaba demasiadas noches sin dormir bien.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía el mismo rostro. Canneck. Y todo era culpa del maldito de Terrence y de la mierda que había removido.

Tu deber como Beta es obedecer.

No. Helia cerró los ojos con fuerza. No iba a permitir que aquel monstruo siguiera ocupando un rincón en su cabeza y mucho menos iba a pensar de nuevo en Terrence. Las amenazas de Dardo habían surgido efecto en él.

El apestoso Alfa no había regresado a la clínica, no había ido tampoco a Caleb a contarle nada, ni esparcido rumores por ahí. Tampoco lo había visto de nuevo, y ojalá siguiera siendo así.

—Helia —la voz de Suni lo sacó de sus pensamientos —, Atlas está aquí.

—Dile que pase —respondió masajeándose una de las sienes.

Atlas entró junto a Sean.

El pequeño Omega se soltó enseguida de la mano de su padre y corrió hacia el escritorio. Antes de que pudiera lanzarse sobre él como siempre hacia, Atlas lo sujetó por la capucha de la sudadera.

—Despacio, Sean.

Sean hizo un pequeño puchero, pero obedeció cuando Atlas lo soltó. Caminó, esta vez despacio hacia Helia.

—Hola, Helia —saludó.

—Hola, cariño —Helia sonrió con esfuerzo, incluso le costó mantener la expresión unos segundos.

—¿Nathan... está por aquí? —le preguntó agachando la cabeza.

—Está en casa. ¿Por qué?

Sean pisó uno de sus pies con el otro. Retorció la esquina de su camiseta y sus pequeñas orejas se movieron cuando negó con la cabeza.

—Nada —Sean corrió tímido hacia Atlas.

Su padre le acercó la silla y Sean trepó hasta sentarse.

—¿Ha habido algún problema con sus análisis? —preguntó Atlas.

—Ha salido una pequeña anomalía en su examen de feromonas.

—¿A qué te refieres?

Helia buscó el informe entre las carpetas abiertas sobre el escritorio. Le costó unos segundos encontrarlo. Las letras y número se movían sobre el papel.

—No es preocupante —respondió mientras se lo tendía—.Sus niveles de fermonas han empezado a desarrollarse antes de lo habitual. No es raro en algunos Omegas, pero prefiero repetir la prueba para asegurarme de que todo va bien.

Atlas leyó el informe apenas unos segundo antes de devolverlo.

—¿Qué significa eso?

—Los Alfas desarrollan sus feromonas antes que los Omegas. Para un cachorro de su edad, Sean no debería tener esos picos. ¿Has notado algún cambio de humor repentino? ¿Se ha juntado con algún cachorro dominante que le haya podido dar sus feromonas?

Atlas pensó un momento.

—Estos últimos días ha estado más sensible de lo habitual, pero pensaba que era porque su madre no había ido a recogerlo. Maggie esta de luna de miel con su nueva pareja —Atlas le acarició la cabeza a Sean mientras que el pequeño Omega observaba sus pies.

—Sean... muestra rasgos de Omega recesivo. Son un poco más sensibles a los cambios, más dóciles, y tardan más tiempo en desarrollarse, por eso es tan raro que sus feromonas sean tan irregulares. Es cercano a Zoe, ¿verdad?

—Sí. ¿Ella le ha podido dar sus feromonas? Quizá sin darse cuenta.

—Zoe aún no está en esa parte del desarrollo. Ha tenido que ser un dominante más mayor.

—Sean —Atlas lo llamó y Sean levantó la cabeza hacia él—, ¿has estado jugando con algún niño o niña mayor que tú? ¿Alguien que te haya podido marcar un poco sin querer?

Sean negó con la cabeza.

—Tú siempre me dices que lleve cuidado con los niños mayores. Siempre estoy con Zoe, y con Nathan.

—¿Seguro? Si has estado cerca de alguien mayor puedes decírmelo. No me voy a enfadar Sean.

—No te miento, papi.

—De acuerdo. Te creo, cielo. ¿Si no es eso, que puede ser más? —le preguntó Atlas.

—Repetiremos los exámenes. Si vuelve a darse el mismo resultado buscaremos más a fondo.

—¿Seria malo? Que siendo recesivo se desarrolle antes.

—No es que sea malo. Mira... es delicado. Estos valores en cachorros Omegas recesivos solo se han dado en emparejamientos. Es importante saber si su subida de feromonas la está causando alguien o si se trata de un error.

—¿Emparejamientos? ¿Podría estar emparejado? Es un cachorro, Helia.

—Cuando se trata de emparejamientos la edad no es que importe. Lo sabes, Atlas. Han habido casos de cachorros emparejados nada más nacer, mira a Félix y a Caleb.

—Ya pero... pero no. Sean no puede estar emparejado —Atlas miró a su cachorro—. Dime que no, Sean.

Sean miró a su padre sin entender nada.

—Déjame a mí un momento, Atlas. Sean, cariño. Esta semana, ¿has tenido contacto cercano con algún lobo con el que te hayas sentido muy cómodo? Tranquilo. Quizá te haya gustado también su olor.

Sean miró a Helia un momento, bajó sus ojos. Y asintió.

Atlas se giró hacia él.

—¿Quién, Sean?

Sean apretó los labios.

—No quiero... no te lo voy a decir.

—¿Cómo qué no me lo vas a decir? —Atlas lo sujetó de los hombros—¿Quién es, Sean? ¿Ha sido estando con tu madre? ¿Es alguien del territorio Omega? ¿Cómo es que no me lo has dicho antes? ¿Cuántos años tiene? ¿Te ha puesto la mano encima? ¿Te ha hecho algo? ¿Daño?

—¡No! Él no...él no me hace daño.

—Hace. ¿Hablas en presente? ¿Eso es que te juntas con él? ¿Es un él? ¿O ella?

—No lo agobies, Atlas. Es normal que quiera protegerlo. Pero estamos preocupados, Sean. ¿Por qué no nos quieres decir quién es?

Sean jugó con sus dedos.

—Porque... porque a Zoe no le va a gustar. A Zoe... a Zoe le gusta él. Y yo no quiero hacerle daño a Zoe.

Oh. Vaya.

Atlas y Helia se observaron con una mirada de entendimiento. Nathan. Era Nathan. Atlas tomó una respiración. Dos. Tres.

—Vale, vale, cariño —le dijo Atlas—. Lo entendemos. ¿Puedes esperar un momento fuera?

—No te enfades, papi.

—No estoy enfadado, mi amor.

Sean se bajo de la silla. Se acercó a Atlas.

—Tampoco te enfades con él. No ha hecho nada malo.

—Lo sé. No estoy enfadado con ninguno de los dos.

—¿Seguro?

—Si. Ve fuera, salgo enseguida.

Sean salió y Atlas giró hacia Helia. Helia no sabría decir si estaba contento, o enfadado.

—¿Qué... Nathan no era un Omega?

—Hay parejas Omegas, Atlas.

—Bien. Pues mi hijo no se va a emparejar con él. ¿De acuerdo?

Helia tomó aire, sus pulmones dolieron.

—Son cachorros, Atlas.

—Y uno no se puede convertir. No tengo nada en contra de Nathan, me parece increíble cómo ha superado ese infierno y seguro que se convierte en un Omega fuerte. No es por él. Mi hijo...

—Son niños —repitió Helia—. No van a emparejarse mañana, ni pasado.

Ni al otro. Pasaran muchos años antes de eso, y entiendo que estes asustado.

Nathan no te quitará a Sean. Si quieres poner un poco de espacio entre ellos, adelante, pero eso no hará más que empeorar las cosas.

Si se han emparejado, van a buscar estar cerca.

Atlas negó, se levantó de la silla.

—Mantén al cachorro de Dardo lejos del mío. Repite los exámenes, y más vale que salgan normales o cogeré a mi hijo y me iré a la otra punta del mundo.

Atlas dejó la sala de un portazo y Helia apretó de nuevo sus sienes.

—Genial... —masculló.

El simple gesto de apoyarse sobre el escritorio hizo que el mundo volviera a inclinarse. Helia se levantó de la silla. Necesitaba un poco de aire fresco, mojar su nuca. Quitarse la bata. La ropa.

Salió de la consulta mareado, con las manos sobre las paredes.

Suni estaba frente a él con los bordes de su contorno difusos.

—Helia, ¿estás bien?

Helia intentó responder.

—Sólo necesito un...

Las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. El pasillo empezó a girar lentamente, las luces del techo...y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

¿Cómo iba a poder juzgar a Atlas con su decisión cuando él mismo había estado huyendo de Dardo desde que se imprimó de él siendo un cachorro también? No podía. Como tampoco podía enfadarse con él por rechazar a Nathan.

Helia trató de caminar. Sus pies no respondieron. Todo daba vueltas. Su cabeza más. Pero no podía quedarse quieto.

Habían informes. Citas. Medicaciones.

Alguien volvió a decir su nombre. No supo si fue Suni. O quizá alguien más. ¿Atlas se había marchado? ¿O se había quedado fuera esperando? ¿Y Dardo? ¿Dónde estaba Dardo? Normalmente a esta hora ya estaba en la consulta obligándolo a ir a casa. Sus rodillas empezaron a ceder.

—¡Helia!

Nadie llegó a cogerlo. EL cuerpo del Beta se desplomó hacia delante, su hombro golpeó el suelo primero, luego la cabeza. Dolía y temblaba. Y quería...

Helia cerró los ojos.