CAPÍTULO 19
MANADA
Hogar y manada. El pequeño cachorro conocía esas dos palabras.
Hogar y manada.
No sabía exactamente qué significaba. Nadie se lo había explicado, pero empezaba a comprenderlo poco a poco.
Hogar y manada.
Dardo era su hogar y su mandada. Helia... el hombre llamado Helia también era su hogar y su manada.
Hogar era el lugar donde la comida aparecía todos los días sin tener que llorar por ella. Donde podía cerrar los ojos sin que nadie quisiera golpearlo mientras dormía. Donde no tenía que esconderse del resto. Donde... recibía caricias a todas horas, halagos, comida. Cariño.
A Nathan le gustaba este nuevo lugar.
Era una casa espaciosa. Olía a madera, a jabón, a tierra. Y a Dardo. Y a Helia.
Los dos tenían olores muy diferentes.
Dardo olía fuerte. A bosque. A serrín. A lobo Alfa. Seguro. Manada. Cuando Dardo estaba cerca, Nathan podía cerrar los ojos y descansar.
Helia... Helia olía distinto. A plantas, a flores secas, a vendas limpias, a champú, y todos esos lugares que visitaba y a ese aroma dulce que hacía que el cachorro quisiera tumbarse sobre sus piernas aunque fingiera que solo buscaba una caricia.
También olía a Dardo. Estos últimos días mucho más que los primeros. Y eso le gustaba.
Los dos eran manada.
El cachorro también tenía un nombre nuevo.
Nathaniel.
Nathan.
Al principio no entendía por qué Dardo empezó a llamarlo así.
Pensaba que quería cambiarlo, que estaba enfadado con él.
Después comprendió que no. Cada vez que Dardo pronunciaba aquel nombre lo hacía con una voz tranquila, despacio, igual que cuando le daba de comer o le rascaba detrás de las orejas.
Nathan. Le gustaba. Era corto. Bonito. Cálido. Manada.
Hace un par de días que llegaron a su nuevo hogar, aunque a Nathan le gustaba mucho la pequeña habitación en la que antes estaban pero Helia le dijo que esa era su nueva casa.
Y Nathan nunca había tenido una casa tan grande.
Creía que no era necesaria. Nathan cabía en un pequeño hueco.
Y mientras nadie le gritara, o golpeara...
Nathan era feliz. También era feliz cuando nadie le hacía daño a Dardo, cuando nadie le obligaba a pelear.
Y en ese nuevo sitio... todos eran amables con ellos. Cariñosos. Y Dardo también. Aunque había cambiado de forma, de tamaño, de pelaje. Nathan también quería hacerlo, pero le daba miedo que la gente nueva lo empezara a tratar diferente. Que ya no le quisieran.
Nathan estaba bien así.
Cuando llegaron a su nuevo hogar, Helia trató de irse.
De marcharse. Le dijo a Dardo que él molestaría, pero Dardo no le dejó ni hacer la maleta.
Discutieron un poco. Nathan se escondió bajo la cama.
Y Helia se quedó al final. A Nathan le gustaba estar con Helia.
También con Dardo. Y cuando los dos estaban juntos y cerca... Nathan era el triple de feliz.
Los días en aquel nuevo lugar eran fantásticos.
Nathan despertaba a la hora que queria, comía carne fresca.
Tenía agua y caricias desde que abría los ojos.
Acompañaba a Helia a todas partes de la casa, y cuando se iba a trabajar, se quedaba con Dardo.
Manada. Dardo lo llevaba con el resto de cachorros y niños.
Le gustaba. Le gustaba mucho. Había un cachorro que olía muy bien.
Era Omega. Era pequeño. Le gustaba. Lo quería.
Pero Zoe, una niña que chillaba mucho nunca lo dejaba estar con él.
A veces, Zoe también le gritaba a su Omega.
Y su Omega lloraba. Luego reñían a Zoe y Zoe pedía disculpas.
Nathan le limpiaba las lágrimas a Sean en... en la guardería. Iba a ese lugar. Con Sean. Su Omega. Dardo. Manada.
Luego recogían a Helia. Más manada. Y volvían a comer mucho. Nathan dormía luego. Y volvía a comer. Sin embargo, las noches seguían siendo las peores. No por él. No por Dardo. Por Helia.
A Nathan le gustaban mucho los olores, y era muy bueno distinguiéndolos. Con sólo un poco de olor, Nathan sabía cuando alguien estaba contento, enfadado, dolorido, triste, exaltado y... cuando alguien tenía miedo.
Helia olía a eso todas las noches, sobretodo cuando empezaba a gritar y a retorcerse. Entonces, ocurría siempre lo mismo. Antes incluso de abrir los ojos, Dardo ya se estaba levantando.
Nathan lo seguía en silencio, subían las escaleras. Dardo abría la puerta. Helia siempre seguía dormido, pero temblaba. Respiraba muy deprisa. Decía palabras que Nathan no entendía. Otras veces, solo lloraba.
Dardo nunca intentaba despertarlo. Simplemente se sentaba junto a la cama. Lo observaba unos segundos. Después apartaba con mucho cuidado las mantas y levantaba a Helia entre sus brazos como si pesara menos que Nathan.
Lo llevaba al suelo.
Siempre al suelo.
Se sentaba con la espalda apoyada contra la cama y acomodaba a Helia contra su pecho. Y hacía exactamente lo mismo que hacía con Nathan cuando él despertaba llorando y con pesadillas.
Le acariciaba el cabello. Apoyaba sus labios en su frente y Nathan se acurrucaba también contra el costado de Dardo.
Los tres permanecían allí durante largos minutos y horas. Más o menos hasta que la respiración de Helia volvía a la normalidad. Hasta que, medio dormido todavía, buscaba sin darse cuenta el calor del pecho de Dardo. Y Dardo cerraba un poco más los brazos alrededor de él.
Nathan sabía que ese era un buen lugar.
Que Dardo era hogar. Manada. Seguridad. Y a Nathan no le importaba compartir su hogar con Helia. Porque Helia también era manada.