Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

NO SOMOS APTOS

—¿De dónde...de dónde has sacado esa palabra? —balbuceó Helia.

Hoy estaba recibiendo golpes por todas partes y lo único que Helia deseaba era encerrarse en su consulta, hacerse una bola y llorar.

Dardo se marchó por el pasillo, regresó con zancadas grandes y le mostró a Helia dos libros gruesos sobre imprimación que tenía en lo alto de la estantería en su consulta.

—¿Es verdad? ¿Sí o no, Helia?

—¿Has rebuscado en mi consulta? —Helia caminó hacia él y alargó los brazos para tomar los libros, pero Dardo los apartó de su alcance —. Dámelos. Son sólo tonterías, ¿quién te ha dicho eso?

—Para ser tonterías has señalado muy bien las partes importantes —Dardo acercó su rostro, manteniendo los libros detrás—.

Pienso leer hasta la última letra de estos dichosos libros, Helia.

No importa que no me lo quieras contar, lo averiguaré solo y sin ayuda como he hecho todo en mi puta vida, pero me gustaría que por una vez, me lo explicaras tú.

Y sobre todo el por qué no me has dicho nada.

Helia mantuvo la mirada fija en Dardo. Con Terrence se sentía asqueado.

Con cualquier acercamiento de otro lobo se sentía mal.

Su lobo siempre trataba de huir, de esconderse.

Le llevó mucho tiempo adaptarse a Caleb, entender que su nuevo líder no le haría daño, y por hoy, era el único lobo de la manada con el que Helia podía pasar tiempo a solas y acercarse sin querer salir corriendo. Hasta Dardo.

El niño siempre le había dado esa especie de seguridad. Ese... "sea lo sea que te pase yo estaré a tu lado", y el adulto... el Dardo adulto lo había multiplicado por mil.

—¿Quién te ha hablado de eso, Dardo? —le preguntó.

—Jason lo dijo. Es lo que recordé —Dardo se pasó una mano por la cabeza—. Creía que no era real hasta que se me ocurrió escarbar en tu estantería y encontré los libros. Es por eso que me molesta que no tengas olor, ¿cierto?

Helia retiró la mirada hacia el suelo. No quería responderle. No quería que Dardo supiera eso. Quería quitarle los libros que debería haber quemado hace años. Quería colarse en su cabeza y eliminar lo que sea que Jason le dijo.

—Helia —Dardo gruñó su nombre, se acercó más, se inclinó —, llevo desde que abrí los ojos aquí rompiéndome la cabeza para averiguar lo que me pasa contigo.

El por qué mi lobo te metió en su círculo sin reconocerte, el por qué necesito tenerte cerca y controlado aunque no te recuerde.

Me siento como si tuviera un imán contigo, podrías pegarme una paliza que yo seguiría yendo tras tus pasos, y necesito desesperadamente una respuesta.

Helia respiró de forma temblorosa.

Asintió con la cabeza.

—Déjame cerrar la clínica antes.

Helia escapó por un lado, respiró hondo, estirando de su ropa conun tic nervioso y cambió el letrero de la puerta de abierto a cerrado.

No era algo necesario, pero si lo era respirar lejos del lobo e intentar organizar su cabeza antes de regresar.

Aún no lo había hecho cuando sus pies caminaron hacia la sala y hacia Dardo.

El Alfa se había apoyado sobre la mesa, con los brazos cruzados y los libros a un lado.

—No sé... muy bien cómo empezar —dijo Helia llevándose un mechón de cabello oscuro tras su oreja, manteniendo una distancia segura—. La imprimación se da en casos muy escasos, no es lo normal.

—¿Por qué se da?

—No se sabe a ciencia cierta, pero ese pequeño porcentaje de imprimación se da en Alfas que no tienen pareja. Es decir... que su química de feromonas es incompatible con el resto de lobos. Al no tener una pareja, escogen de forma voluntaria una. Suele ser un humano o un Beta, personas sin olor.

—¿Yo te escogí?

—Cuando eras niño. Fue por eso que me pusieron a tu cargo.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque eras un niño, y desapareciste, y perdiste la memoria así que pensé que también podías haber perdido la imprimación.

—Pues claramente no ha sido así. Si no me hubiera acordado de ello, ¿me lo habrías contado, o estaría aún jugando a la gallina ciega?

Helia cambió el peso de un lado a otro.

—Soy tu doctor, Dardo —repitió una vez más.

—¿Y qué? ¿Eso te impide estar con otros lobos?

—Te cuidé cuando eras un niño.

—Siendo tú otro niño.

Helia negó. Claro que habían muchas más razones por las que Helia había preferido ocultar todo eso. Razonas... con más peso.

—Tengo una ética.

Dardo apretó la mandíbula, dejó su lugar y volvió a entrar en su espacio de seguridad.

—Anoche no tenías esa ética —masculló el Alfa.

Los temblores regresaron a las manos de Helia. Era cierto. Y Helia no podía encontrar una sola excusa para respaldar su indecente comportamiento. Mantuvo los labios pegados, las manos temblorosas pegadas a sus muslos, con la respiración contenida.

Daba miedo.

Mucho miedo.

Nunca nadie en su vida lo había elegido.

Sus padres, educados en el círculo de Canneck renunciaron a él.

Lo vendieron. Traficaron con él como si se tratara de una mercancía.

Lo quemaron. Golpearon. Humillaron. Lo mataron de hambre, repitiéndole todos los días que no servía nada más que para ser usado.

Y después de romperlo por completo... de llegar a la manada de Caleb, Dardo, un niño Alfa que no lo conocía de nada, lo eligió desde el primer momento.

Unas manos fuertes y ásperas le levantaron el rostro.

Le costaba respirar, y necesitaba marcharse a su despacho y tener su pequeño ataque de pánico en soledad, pero sus pies no se movieron, su vista estaba borrosa.

—No llores, Helia. ¿Te forcé anoche? ¿Hice algo mal?

Helia negó.

Dardo le limpió las lágrimas con los dedos.

—¿Qué es?

Helia volvió a negar. Pero Dardo insistió de nuevo.

Helia siempre había sido capaz de esconderse de todo el mundo. De levantar ese muro de indiferencia y frialdad, de aislarse en un pequeño hueco en su cabeza incluso cuando le hacían daño. ¿Por qué no podía ser así con Dardo? ¿Por qué tenía que mostrarse así?

—¿Te he hecho daño de algún modo? ¿Te molestó que te tocara? No lo volveré hacer. ¿Quiere que tire los libros? Lo haré. Haré todo lo que me pidas, pero no llores.

Helia tragó saliva. Negó.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó muy bajo.

No podía creer que estuviera comportándose así frente a un Alfa cuyos problemas eran infinitamente más grandes que él.

—¿El qué?

—Imprimarte de mí.

—No lo sé. ¿Tú puedes...imprimarte de alguien?

—No.

Los Beta no tenían ese gran privilegio.

—¿Cómo os emparejáis los Beta? —preguntó Dardo, observando con detalle cada pulgada de su rostro.

Helia dio un paso hacia atrás. Lejos de sus manos calientes, de su voz consoladora, de su olor... ¿qué olor? Era ridículo haber pensado por un segundo que Helia podía haberlo olido.

—Los Beta no nos emparejamos. No somos aptos para los Alfas.

No soy apto para un Alfa.