CAPÍTULO 17
COSA DE CANNECK
—¿Cómo ha podido pasar eso? —preguntó Helia a través del teléfono sin dejar de dar vueltas por el despacho.
—Es una gran noticia, Helia —le respondió Erick, el psicólogo de la manada.
—Si, claro. Pero... ¿Jason? ¿Por qué Jason?
La pregunta exacta no era esa. Si no...¿por qué Jason y no él?
¿Por qué se había acordado de un Alfa cualquiera y no de Helia?
No quería decir que Jason no fuera importante en la manada, o que no hubiera sido también clave para Dardo pero...
el Dardo niño jamás mencionaba a otros lobos cuando estaba con él.
¿Qué había tenido Jason para que fuera el primer recuerdo de Dardo?
—La mente es compleja. Jason tampoco ha cambiado mucho desde que se fue Dardo, le habrá resultado familiar. Lo importante es que sus recuerdos no están tan estancados como creíamos. ¿Ha regresado ya a su casa?
—Aún está en la clínica.
—Si fisicamente está recuperado, que lo haga ya. Intenta que vuelva a conectar con su vida de antes, que vaya a sus lugares favoritos, que se rodee de gente con la que solía ir. Tú estabas siempre con él, ¿no?
—La mayor parte del tiempo.
—Ir a la granja. Los recuerdos siempre se van desbloqueando en cadena. También es importarte que se mantenga ocupado y activo. Si aún no está listo para trabajar que ayude en la manada con cualquier cosa sencilla y sobretodo no lo forcéis a recordar nada. ¿Le habéis contado lo de los cachorros?
—Aún no. No queremos que se creen falsas memorias. Sus raptores ya han confesado que se lo compraron a un hombre pero que no recuerdan cómo era, y tampoco queremos presionarlo en ese tema. Ya tiene suficiente con no saber quién es.
—Me parece bien. Llevará su tiempo, Helia. Lo más importante es que ya está en casa.
—Lo sé. Muchas gracias.
—Ve avisándome de las novedades y si en algún momento quieres que vaya, dímelo. Puedo hacerte un hueco.
—Muchas gracias, Erick— repitió Helia.
Salió del despacho después de la manada. Había dejado a Dardo y a Jason en la recepción con Suni, menos mal que era medio día y que aún no tenía a nadie en la clínica, si no habrían dado un buen espectáculo y Caleb ya estaría aquí.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Jason levantando la cabeza del suelo.
Noah y él parecían haberse recompuesto de lo sucedido.
Jason estaba sentado en una de las sillas, Noah a su lado mucho más calmado y tranquilo, la manta se había sustituido por la camisa de cuadros de Jason que llevaba abotonada hasta arriba, le quedaba enorme, pero no parecía importarle, es más, parecía hasta feliz.
Dardo estaba de piel apoyado contra la pared, con el ceño profundamente fruncido y el cachorro bajo sus pies. Nathan no paraba de mirar hacia Jason y Noah, esperando quizá que lo dejaran acercarse.
—Que es algo bueno —habló Helia, se acercó a Dardo—. ¿Estás bien?
Dardo respiró profundo.
—Necesito estar solo —dijo después de unos segundos —¿Puedes quedarte con Nathan?
—Claro.
Dardo se marchó por el pasillo.
Helia suspiró, bajó la mirada hacia Nathan.
—Ven conmigo a saludar, pequeño
Nathan levantó las orejas, movió la cola de un lado a otro. Por supuesto que lo entendía, seguramente era un cachorro muy listo.
Siguió a Helia hasta Jason y Noah.
Noah lo miró con los ojos bien abiertos, las manos sobre sus rodillas.
—No parece contento. ¿He fastidiado algo? —preguntó Jason, su cuerpo estaba levemente inclinado hacía el chico.
Acababan de estar en consulta. Noah era un Omega mestizo bajo la protección de Jason con un pasado complicado y un cuadro extraño de celos debido a él.
No hablaba, y al parecer el cachorro había destruido su único canal de comunicación, aunque no parecía importarle.
Jason se había tomado muy enserio su responsabilidad, tanto como para haber accedido a ayudarlo.
Helia no estaba seguro de lo que hubiera hecho otro Alfa en su lugar, pero desde luego...
no era encargarse del hermano gemelo de su pareja rechazada, y menos de esa forma.
Sin embargo, Helia no estaba ahí para juzgar. Si no para ayudar.
—Sólo necesita procesarlo. Siento que Nathan haya destrozado tu libreta, Noah. Te daré una, seguro que en mi despacho tengo algunas nuevas.
Noah hizo un gesto con la mano, como si dijera no importa y luego señaló a Nathan. El cachorro dio una vuelta sobre sí mismo. Al contrario que Dardo, Nathan era confiado con las personas que no conocía, aunque el nivel de peligro de Noah era... muy bajo a decir verdad.
—¿Qué...?
—Quiere acariciarlo, te está pidiendo permiso —dijo Jason traduciendo sus gestos.
—Oh, claro. Si Nathan quiere. Acércale la mano primero.
Noah miró primero a Jason, como si estuviera esperando...
que el propio Alfa lo aprobara. Los ojos verdes de Jason se iluminaron antes de asentir con la cabeza.
El mestizo alargó el brazo, parecía emocionado y temeroso a la vez, la punta de sus dedos temblaban y se lamía los labios con nerviosismo.
Su mano se detuvo a escasos centímetros del hocico de Nathan.
Nathan olfateó primero. Retrocedió, volvió a acercarse y finalmente empujó la cabeza contra la mano de Noah para recibir sus caricias.
Noah sonrió tan amplio que las profundas cicatrices de su mejilla se tensaron, palmeó el muslo de Jason con la otra mano, emocionado. Y Jason le acarició la espalda.
—Erick me ha dicho que sería buena idea que Dardo fuera de visita a la granja, que a lo mejor eso podría desencadenar más recuerdos.
—Sabes que mis puertas siempre están abiertas.
Es raro, ¿no? Sabía que estaba por aquí, pero mi cabeza..
no parece haberse dado cuenta de que era realidad hasta que lo ha visto.
No me imagino por lo que estás pasando tú o él mismo.
Regresar a un hogar, con personas con las que has crecido pero sin recordar nada.
Y más después del infierno que ha pasado.
—Se le está haciendo difícil, pero confío en que lo supere.
—Es un chico duro, aunque es muy raro llamarlo ya así —sonrió Jason —. Caray, lo que ha crecido —dijo reclinándose hacia atrás— es más grande que yo. Me he acojonado cuando lo he visto sobre Noah ¿Cómo es eso posible?
Los labios de Helia también se estiraron. Jason tenía ese carácter fácil con el que uno se sentía bien incluso en los momentos más tensos.
—No parecías muy asustado, Jas. ¿Te puedo dar un consejo antes de que te vayas?
—Claro.
—Habla con tu lobo. Lo necesitas.
Cuando Jason y Noah se fueron, Helia llevó a Nathan con Dardo.
El lobo estaba sentado en el suelo con la espalda y la cabeza apoyada en la pared.
No dijo nada, así que Helia supuso que necesitaba más tiempo antes de hablar.
Pasó el resto de la tarde haciendo revisiones, y pasando documentos al ordenador.
Suni se despidió de él, pidiéndole que tuviera cuidado con Terrence, y Helia esperó a su último paciente.
Era curioso como un día podía ir arruinándose poco a poco.
Terrence llegó media hora antes. Helia lo entró a consulta sin dirigirle media palabra, agradeciendo que Dardo siguiera encerrado en la habitación con Nathan.
Terrence cerró la puerta tras su espalda. Se había acicalado el cabello, y recortado la barba. También se había vestido como si fuera a ir a una cita.
Helía cruzó lo brazos.
—Parece que no has aceptado mi consejo de darte una ducha, doctor. Sigues apestando.
—Siéntate, Terrence.
Terrence se llevó las manos al cinturón y se lo desabrochó mirándolo.
—¿Qué estás...?
—Sería demasiado mortificante volver a explicarte mi problema, querido. Tengo una cita, y mi amigo no se despierta. Haz lo de siempre.
Helia tragó saliva.
—Ya hemos probado esa terapia y no funciona, voy a recetarte unas pastillas.
—No voy a empastillarme.
—Entonces, deberías buscar ayuda en otra parte. Está claro que yo no puedo hacerlo.
Terrece acabó de quitarse el cinturón, se acercó unos pasos y Helia trató de mantenerse en su puesto.
—No me hagas ponerme triste —dijo el Alfa a pocos centímetros de él. el aliento le olía a pescado. Él olía a pescado.
—Si no estás de acuerdo con el nuevo tratamiento, la consulta ha terminado.
Terrence se llevó los dedos al botón de su pantalón.
—¿Qué más te da ayudarme una vez más, doctor? Sólo tienes que poner tu linda mano ahí bajo.
—Vete de aquí, Terrence —Helia apretó los dientes.
Terrence sonrió, acercó su rostro al suyo.
—Sé muy bien cómo los Betas de Canneck estáis educados. No me puedes negar consuelo. Pensaba que eras un pequeño mojigato, pero después de olerte hoy... —Terrence rió—. Eres una puta, Helia. ¿Quién te ha follado? Ni siquiera puedo reconocer su olor.
Helia se quedó paralizado. Era incapaz de moverse, de hablar, de decir... algo. Sabía que un día su pasado iba a aplastarlo, y parecia... que iba a ser hoy.
—¿Qué es lo que quieres, Terrence? —dijo, tan bajo que su voz estuvo a punto de romperse.
—Quiero que me sirvas. Nadie tiene por qué enterarse, sé que no te gustan los escándalos, mi amor. Sólo tú y yo.
—Estás loco si piensas que voy aceptar algo así —masculló Helia.
—No tienes que aceptarlo. Como ya he dicho, sé cómo os educan.
Tu deber es obedecer, y si no lo haces, tengo todo el derecho del mundo de castigarte.
Has pasado todo este tiempo entre nosotros creyéndote normal, cosa de Canneck.
Incluso engatusaste a Caleb para que te ayudara.
¿Te ha follado él también? Seguro que sí.
Seguro que te ha estado usando hasta que ha descubierto lo que es estar con un Omega de verdad.
Pero tienes suerte, a mí no me gustan los Omegas.
Me gusta cuando el agujero está seco y cuando duele.
La sangre se fue del rostro de Helia. Podría acabar con Terrence con una sola llamada, pero eso significaba molestar a Caleb, revivir a Canneck, los cuchicheos de la manada. Las miradas... Helia no podía volver a pasar por eso.
—Mantén a Caleb fuera de tu mente enferma.
Terrence sonrió, se acercó hasta quedar pegado a él. Helia sintió ganas de vomitar.
—¿Te molesta? ¿Por eso pasabas tanto tiempo en su casa?
—Aléjate, Terrence.
—Respóndeme —ordenó. Lo agarró de la garganta y Helia empezó a entrar en pánico.
No me toques. No me toques. No me toques. No me toques.
—No hables de Caleb —gruñó Helia.
Terrece apretó el agarre.
—Eso es un sí. Pensaba irme hoy sin usarte, pero joder... creo que mi polla va a explotar, tengo tantas ganas de llenar tu agujero usad...
Antes de que Helia pudiera usar todo lo aprendido en sus entrenamientos de lucha con Ivarr, la puerta de la consulta se abrió.
Dardo entró enfurecido, atrapó a Terrence de la ropa, lo separó de Helia enseñándole los dientes, lo empujó contra la pared y lo agarró de los testículos con fuerza.
Sus nudillos estaban blancos, Terrece gritaba y lloraba.
—¡Dardo, suelta...!
—Repite conmigo, pedazo de mierda —le gruñó Dardo ignorando por completo a Helia y los gritos de dolor de Terrence—. Jamás volveré a tocar ni a hablar de Helia.
Terrence se resistió. Dardo apretó aún más.
—¡Dilo! —le gritó.
—Jamás... jamás volveré a tocar ni a hablar de Helia —sollozó el Alfa.
—Más alto.
—¡Jamás volveré a tocar ni a hablar de Helia! — lloró.
Dardo no aflojó. Su mano seguía cerrada en su paquete con una fuerza monstruosa. El brazo le temblaba, las venas estaban hinchadas.
A Helia le costaba reconocerlo. No era el Dardo dulce que construía castillos con los niños. Ni el que había dormido abrazándolo toda la noche.
Era el Alfa. Los ojos le brillaban con furia, tenía las pupilas completamente dilatas. Le enseñaba lo dientes, le gruñía.
—Dardo... —Helia se acercó, le acarició el brazo—. Por favor, Dardo. Suéltalo.
Dardo sacudió la cabeza.
—Voy a arrancarle la polla y a dársela de comer.
Helia sintió un escalofrío.
—No hace falta, Dardo. Ya está asustado. No hace falta que le hagas nada. Si le haces daño el castigado serás tú, y no voy a poder soportar perderte otra vez. Por favor...por favor... suéltalo. Él no vale la pena.
—Te ha llamado...
—Lo sé —lo interrumpió Helia, temblando al darse cuenta de que Dardo había podido escucharlo todo—. Sé todo lo que ha dicho, pero tú no tienes que pagar por ello. Yo estoy bien.
—Hazle caso, perro —jadeó Terrence.
Dardo le gruñó.
—Cállate, Terrence. —masculló Helia sin apartar la vista del Alfa—. No empeores más las cosas.
Terrence obedeció de inmediato.
Helia dio un paso más. Podía sentir el calor que desprendía Dardo. Con mucho cuidado volvió a colocar la mano sobre el antebrazo del Alfa. Su músculo seguía duro y tenso como una roca.
—Dardo... escúchame a mí.
Dardo gruñó. Negó. Apretó. Terrece lloró.
—Mírame, por favor...
Muy despacio, los ojos de Dardo abandonaron a Terrence y se posaron sobre él.
Estaban llenos de rabia.
—No necesito esto. Es suficiente, Dardo. Suéltalo.
Dardo respiraba cada vez más deprisa.
—¿Y todo lo que ha dicho sobre ti?
—Él no me importa, ni tampoco su opinión. No es necesario que le hagas daño, Terrence ya sabe que lo que ha hecho está mal y jamás volverá hacer nada parecido, ¿verdad?
Terrence asintió rápido con la cabeza.
—También... va a pedirme perdón. Y no le contará nada de lo sucedido hoy a Caleb ni a nadie.
Terrece volvió a asentir.
Dardo volvió la vista hacia él.
—Pídele disculpas. Quiero escucharlas. Ahora —le rugió Dardo.
Terrence se encogió. Casi parecía la mitad de su tamaño.
—¡Perdóname por todo, Helia!
—Eso es una mierda —apretó Dardo.
Terrence se estaba poniendo pálido.
—Perdón.... perdón por llamarte puta. Por haber insinuado que te habías acostado con Caleb, por haberme burlado de lo que pasaste con Canneck, por haberme aprovechado de ti y por intentar forzarte hoy. ¡No volverá a suceder! ¡Lo juro!
Dardo soltó aire por la nariz, y apartó finalmente el agarre de él, acercó su rostro.
—Reza para que la próxima vez que te vuelva a ver sea con Helia, porque si me encuentras solo te juro que te mataré. ¿Me has entendido?
Terrence asintió.
—Jamás vuelvas a aparecer por aquí.
Terrence salió corriendo. Helia se quedó observando la espalda tensa de Dardo mientras trataba de recoger todos sus pedazos rotos por culpa del maldito de Terrence.
Le daba igual la opinión de esa Alfa. Y la de todos.
Pero si había una persona en el mundo cuya opinión si que le importaba, era Dardo.
Su Dardo.
Y ahora él... lo había escuchado todo. Por segunda vez.
Helia dio un paso hacia delante, tratando de llegar a Dardo. Sin embargo, Dardo se apartó de él.
—Déjame explicar...
—No —gruñó Dardo—.No me debes ninguna explicación de esto, pero si que me gustaría saber una cosa.
Helia asintió, con el corazón a mil.
—¿Por qué me has ocultado que me he imprimado de ti?