Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

TE PILLÉ

Olía a paja, polvo y madera vieja. El niño respiraba muy rápido. Estaba escondido detrás de unos sacos de grano dentro de un cobertizo oscuro. Cada respiración levantaba pequeñas motas de polvo que le hacían cosquillas en la nariz.

No podía estornudar...

Si estornudaba...

Él lo encontraría.

La gallina gorda no dejaba de protestar en sus brazos.

—Shhh...

La gallina cacareó.

—Cállate —le susurró Dardo.

Otro cacareo.

Dardo cerró los ojos con desesperación. Era el peor compañero de escondite del mundo.

Como era de esperar, el hombre que lo había estado persiguiendo, lo había encontrado.

Dardo escuchó el chirrido de la puerta, sus pasos lentos, las botas golpeando la madera.

Cada vez más cerca. El corazón le golpeó las costillas.

Dardo trató de hacerse más pequeño detrás de los sacos. Las uñas se clavaron alrededor del cuerpo de la gallina.

No quería devolverla.

La necesitaba.

Helia estaba triste hoy.

Helia sonreía cuando él le llevaba cosas.

Y aquella gallina era muy bonita y estaba muy gorda.

Helia podía llenarse la panza con ella.

—Sé que estás aquí —escuchó su voz —.Sal ahora, enano.

Dardo apretó sus labios. Él no era enano. Éste último mes había crecido al menos dos centímetros más.

Dardo se encogió cuando la sombra del lobo se acercó a ellos. La maldita gallina lo delató. Se agitó entre sus manos y soltó un cacareo, como si estuviera llamándolo.

Maldita traido...

—Te pillé —dijo el lobo. Se había agachado entre los sacos, metido una mano y agarrado a Dardo del tobillo.

Dardo trató de patearlo, pero no podía hacerlo y sujetar a la vez a la gallina que no dejaba de moverse y tratar de escapar.

—¡Suéltame! ¡Te mataré! —chilló enseñándole los dientes.

—Eh, tranquilo, pequeña bestia. No voy hacerte daño —el lobo lo soltó.

Dardo no respondió. Seguía abrazado con fuerza a la gallina, escondida en una esquina y apretado contra la pared.

—Solo vengo a por Esmeralda. ¿Te han enseñado que no está bien secuestrar?

El niño frunció el ceño.

—¿Quién es Esmeralda?

El lobo suspiró.

—La gallina que tienes en tus brazos.

—¿Le pones nombres a tus animales? ¿Es que eres un niño, o qué?

—Mira quién habló. Dámela y olvidaré que has asaltado mi granja.

—No.

—Niño.

—¡No soy un niño!

—Esmeralda es una buena chica y la estás asustando.

—Es mía.

—Es sólo una gallina. ¿Para qué la quieres? Lo único que hace es comer y cagar.

Dardo bajó la mirada hacia Esmeralda.

—Es para Helia —dijo muy bajo.

El lobo de camisa de cuadros parpadeó. Se llamaba Jason, era un chico joven. Dardo estaba acostumbrado a verlo por la manada, siempre reía, olía a establo y tenía el cabello naranja.

—¿Para Helia?

Dardo asintió.

—Está triste.

—¿Y has pensado que una gallina lo animaría?

—Has dicho que es muy buena.

—Si.

—Y da huevos.

—Eso hacen las gallinas.

—Y la puede abrazar. Y si no le gusta... se la puede comer. Helia está muy flaco.

—Ey, ey, ey... mi gallina no será comida de nadie. Si Helia tiene hambre sólo tiene que pedir más comida, en la manada hay suficiente.

Dardo apretó los dientes.

—Helia nunca pide nada.

—Pues llévasela tú. Pero no sacrifiques a uno de mis animales. Mírala, la pobrecita está asustada, es una chica joven.

Jason permanecía agachado frente a él, tras los sacos.

—Además, no creo que Helia quiera matarla y comérsela. Yo tengo cosas en casa, ¿por qué no la sueltas y te enseñó a cocinarle algo que no sea Esmeralda?

Dardo apretó los labios. No era una mala...idea.

—Bueno... si insistes.

—¿Eso es un sí?

Dardo asintió con la cabeza.

—Genial. Voy a quitar los sacos, ¿bien? —Jason los quitó uno a uno, luego le tendió sus brazos —Dame a la chica primero.

Dardo lo observó.

—Sabes que es sólo una gallina ¿no?

—Dámela.

A regañadientes, Dardo la soltó. Esmeralda salió corriendo a los brazos de Jason y el lobo la abrazó contra su pecho.

Ese hombre era muy raro.

—Ahora, sal tú.

Dardo lo hizo, se limpió la tierra del pantalón y el hombre se levantó.

—Eres muy joven para imprimarte de un Beta —le dijo Jason una vez que salían del cobertizo.

Dardo frunció el ceño.

—¿Qué es imprimarte?

—¿No te lo han enseñado aún en el cole?

Dardo se encogió de hombros.

—A veces me escapo —dijo sin más.

—No me sorprende. Imprimar es... —Jason inclinó la cabeza hacia un lado, dejó a Esmeralda en el suelo y ella salió corriendo hacia el gallinero—. ¿Sabes que es una pareja de lobos?

—Claro. No soy tonto. Son lobos predestinados a estar juntos, la Luna los une desde su nacimiento. Mis padres eran pareja.

Jason se detuvo a mitad de camino. Se agachó hasta quedar a su altura.

—Una pareja es alguien con quien quieres pasar el resto de tu vida. A quien cuidas y proteges incluso por encima de uno mismo. Existen lobos destinados a estar juntos, pero eso no quiere decir que estes obligado a aceptar esa unión.

Dardo lo miró sin entender.

—¿Qué tiene que ver eso con mi pregunta?

—Los Beta nacen sin pareja. Cuando un Alfa pone un ojo en uno de ellos, se llama imprimación.

Me sorprende que no lo sepas. La mayoría de los cachorros de tu edad están jugando a las canicas o tirando piedras al río, no cruzando media manada para secuestrar una gallina para dársela de comer a alguien que apenas conoces.

Te has imprimado, niño. Y eso también es para siempre.

Dardo regresó a la realidad cuando escuchó a Helia llamarlo por su nombre.

Parpadeó varias veces. El olor a paja había desaparecido. También el cobertizo. La gallina. Esmeralda. Volvió a encontrarse en la recepción de la clínica.

Nathan estaba entre sus piernas llorando, con las orejas gachas después de la regañina.

El chico al que había arañado ya no estaba en el suelo.

Un hombre de cabello anaranjado y camisa de cuadros sostenía al joven entre sus brazos mientras el chico abría y cerraba los ojos. Le habían tapado un una manta.

—Todo está bien, bebé —le dijo el hombre.

Jason. Jason. Jason.

—¿Dardo? Estás pálido. ¿Quieres sentarte? ¿Me escuchas?

Dardo negó. Tenía la garganta seca.

Sintió las manos de Helia sobre sus mejillas, lo obligó a mirarlo.

Que bonito era. Que bien olía.

—Dardo, dime qué ocurre.

Dardo tragó saliva.

—Recuerdo a ese hombre.

—¿Qué estás diciendo? ¿Estás seguro?

—Se llama Jason. Tiene una granja. Gallinas... con nombres.

Ahora el pálido era Helia.