CAPÍTULO 15
¿TE QUERÍAN?
El silencio que dejaron los niños al alejarse por completo fue extraño. No llegaba a ser incómodo. Simplemente... diferente.
Helia observó cómo Dardo frotaba las manos para limpiarlas de tierra y se sentaba en las cajas de madera apiladas dónde Zoe había estado. El cachorro se movió cerca de sus pies.
—Podría haber ido contigo a la casa —le dijo Helia sorteándo las tablas de madera y tornillos torcidos en el suelo. Se agachó para recogerlos y evitar que uno de los niños se hiciera daño.
—Estabas muy tranquilo.
Tranquilo. Helia aún no podía entender cómo sucedió lo de anoche, y prefirió no sacar el tema.
—Así que... ¿Nathan?
—Encontré un álbum de fotos en la que se supone que era mi habitación. Me parece que eran mis padres. Estaba guardado en una caja.
—Lo eran.
Dardo se miró las manos.
— ¿Los conociste?
—Cuando llegué a la manada ya habían fallecido hace un tiempo, pero puedo hablarte de ellos.
—Detrás de las fotografías siempre ponían sus nombres. Nathaniel y Leyla.
Helia se levantó para ir a su lado. No le gustaba la forma en la que sus hombros y cabeza caían hacia bajo.
—Eran cazadores. Los dos eran Alfas, y por lo que sé a tu madre le costó mucho quedarse en cinta. Lo intentaron durante años y cuando estaban a punto de darse por vencidos, apareciste tú.
Dardo asintió a sus palabras. Helia se acuclilló frente a él.
—Sé que te quisieron mucho. La manada decía que te adoraban y que siempre estaban mimándote cuando eras un cachorro. Por desgracia, un cazador los asesinó cuando tú no tenías más de un dos años y en seguida pasaste al cuidado de la manada.
Dardo no respondió.
—La pareja anciana que luego se encargó de ti también te quisieron mucho. ¿Por qué has decidido llamar al cachorro así?
Dardo se encogió de hombros.
—Supongo que quería sentirme cerca de una de las personas que me dieron la vida, aunque no pudiera recordarla. Y también quería darle un nombre que significara algo, una historia... bonita que contar cuando me pregunté por él.
Nathan, ajeno a la conversación, había encontrado una rama caída y trataba de atraparla entre las patas, dando pequeños pasos torpes.
—Estoy seguro de que lo será —aseguró Helia con un nudo en la garganta.
Deseaba que Nathaniel creciera sin esos recuerdos dolorosos de maltrato, y Helia estaba seguro de que Dardo también quería lo mismo.
—¿Sabes más o menos cuando cambiará? —Dardo se miró los dedos de las manos.
—No. Puede que tarde años en superar todo lo que ha pasado y en entender que no hace falta seguir en ese cuerpo para defenderse. Los cachorros de su edad suelen cambiar constantemente al menos hasta los diez años no son capaces de controlarse. Pero Nathan lo controla muy bien.
Nathan había dejado de jugar con el palo. Los miraba con la cabeza inclinada.
—¿Crees que nos entiende?
Helia alargó la mano para acariciarle la cabeza, y el cachorro se arrastró hasta sus pies.
—Quien sabe. Tiene una leve falta del desarrollo, pero entiende lo que esta mal y lo que esta bien. Y te respeta a ti.
—Tú también le gustas.
Helia sonrió muy leve.
—Eso es porque lo soborno con comida todos los días.
Helia estaba tan concentrado en acariciar la barriga del cachorro que no se fijó en que la mano de Dardo se dirigía hacia él.
Hacia su trenza. Parecía que el Alfa ya había cogido la costumbre de tocarle el pelo.
Y....no le importaba. Helia sintió que la apartaba de su cuello, y tardó unos segundos en recordar la marca roja que había en su piel.
Helia se llevó la mano al cuello por puro reflejo.
Dardo lo observó, frunciendo ligeramente el ceño antes de volver a soltar la trenza y apoyar los antebrazos sobre las rodillas.
El Alfa había aumentado de peso bastante rápido estas semanas.
Comía como si tuviera diez estómagos, y ya no daba la impresión de ser un animal famélico a punto de desplomarse.
Caleb le había estado trayendo mucha comida, tanto para Dardo como para el cachorro.
Los huesos de sus mejillas se habían rellenado, las clavículas ya no sobresalían tanto, y sus hombros comenzaban a recuperar la amplitud que seguramente habrían tenido de no haber acabado en el circo.
Sus cicatrices se habían suavizado un poco, aunque habían otras mucho más profundas que nunca lo harían.
Helia no podía dejar de pensar que era un lobo absurdamente atractivo.
Sobre todo cuando no fruncía el ceño. Cuando estaba rodeado de niños.
No tardaría mucho en encontrar una buena hembra en la manada.
Dardo rompió el silencio de golpe.
—¿Y los tuyos?
Helia parpadeó.
—¿Mis qué?
—Tus padres. ¿Los recuerdas? ¿Te querían?
Helia apartó la vista de Dardo de inmediato. Tragó saliva y asintió.
—Dijiste que tú tampoco eras de esta manada, que llegaste aquí de pequeño, ¿por qué?
La pregunta no era fácil de responder, y mucho menos ante Dardo.
Helia tampoco quería mentirle ni inventarse una historia falsa.
La manada sabía lo que había pasado. Nunca preguntaban.
Nunca comentaban, pero obviamente la llegada de Helia a la manada fue...
complicada de aceptar para todos los lobos.
Muchos de ellos intentaron expulsarlo de vuelta debido al miedo que sentían por su antiguo líder, y otros... otros se apiadaron de él. Le dieron cobijo, alimento, le hicieron sentirse querido y útil.
—Mi padres... supongo que a su manera también me querían.
La respuesta sonó hueca incluso para él.
Dardo permaneció callado, esperando. Observándolo.
—No hay mucho que contar, la verdad —Helia se rascó la nuca.
El niño Dardo le hubiera sacado su historia a base de preguntas insistentes y ojos de cachorrito, y de hecho es eso lo que hizo cuando Helia también era pequeño. Seguirlo. Insistir. Pegarse a él como una lapa. Traerle flores. Regalos que se encontraba por ahí o que robaba a otros lobos.
En cambio, este Dardo asintió y lo dejo pasar. Los niños regresaron, Dardo les dio de nuevo instrucciones a cada uno y Helia los ayudó durante poco más de media antes de regresar a la clínica a trabajar y a revisar el nuevo caso de Jason.
***
Dardo había terminado de ducharse después de estar casi toda la mañana con los niños ayudándolos a construir el castillo. Aún era raro. No ducharse, ni comer. Si no tener la posibilidad de hacerlo siempre que quisiera.
Era libre.
Podía comer ochenta veces al día. Podía ducharse, beber agua. Vestirse. Salir. Y seguir comiendo sin que nadie le propinara ningún latigazo. Su lobo parecía estar más confundido que él. No se lo creía y siempre estaba esperando que cualquier persona se le tirara encima y le golpeara.
Se estaba vistiendo cuando alguien tocó a la puerta. Cruzó la habitación. Nathan se había quedado en la sala fuera jugando. A Dardo no le gustaba dejarlo solo, ni quiera tres minutos, pero él necesitaba esa ducha y Nathan parecía estar divirtiéndose mucho corriendo de un lado a otro de la sala.
Abrió la puerta apenas unos centímetros.
Sabía que Helia no era. Le había dicho que tenía consulta.
Suni asomó la cabeza.
—Perdona que te moleste —dijo la enfermera —.Pero... ¿puedo hablar contigo un momento?
—Pasa.
La enfermera entró, parecía un poco nerviosa.
—Venía a pedirte un favor.
Dardo dudaba de que él pudiera hacer algo por ella.
—Vas a quedarte aún aquí, ¿no?
Helia le había dicho que no tardaría darle el alta. Quizá para principios de la semana que viene.
—Sí, ¿por qué?
—Helia tiene un paciente a última hora. ¿Puedes quedarte en la consulta mientras lo atiende? A mi no me permite estar.
Dardo frunció el ceño.
—¿Por qué?
Suni desvió la mirada hacia la ventana.
—Porque... me quedaría más tranquila.
Aquello no respondía a la pregunta.
—¿Ocurre algo con Helia?
—Mira... se supone que tú también eres un paciente y que no debería estar pidiéndote nada. Pero eres el único que se va a quedar aquí cuando ese Alfa llegué. Sólo tienes que saber que Helia no puede quedarse con él a solas.
Dardo apretó la mandíbula.
—Dime por qué—gruñó.
Suni dio un paso atrás, luego se recompuso.
—No me gusta cómo lo mira. Lleva... meses inventándose excusas para venir a la clínica. Siempre quiere que Helia lo atienda solo. Y... le pide cosas... extrañas.
Dardo apretó los puños. Sus nudillos chasquearon.
—¿Qué cosas?
—No puedo decirte más. Helia se enfadaría mucho conmigo si supiera que te estoy metiendo en esto. Pero llevo trabajando con él demasiado tiempo como para saber cuando está incómodo y cuando tiene miedo aunque diga que está bien.
—¿Y ese Alfa consigue ambas cosas?
Suni asintió.
—¿Por qué no deja de atenderlo?
—Dice que es su obligación como médico. Que un paciente sigue siendo un paciente aunque sea... desagradable. Yo estoy segura de que ese Alfa solo quiere aprovecharse de él. Como todos.
La mandíbula de Dardo volvió a tensarse.
—¿Ese Alfa lo toca? —gruñó Dardo.
Su lobo rugió y tuvo que morderse la lengua para volver a gruñir. La pobre hembra estaba a punto de salir corriendo del miedo.
—No. Aún no ha pasado esa línea. Él le hace... hacer cosas comprometidas con la excusa de que algo no funciona bien en él.
—Habla claro, Suni. Necesito saber exactamente lo que ocurre.
En estas semanas había aprendido una cosa sobre Helia; nunca hablaba de él.
Suni suspiró.
—Por favor... no le digas que te lo he dicho. Ni siquiera se lo quiere contar a Caleb.
—Habla. Ya.
—Ese hombre hace que lo toque. Le dice que no puede tener erecciones y que su deber cómo médico es sanarlo. Viene casi todas las semanas. Helia siempre trata de quitárselo de encima pero es muy insistente.
La respiración de Dardo se aceleró de forma peligrosa. El lobo estaba furioso. Dardo también.
—Si ese hijo de puta hace eso, ¿por qué Helia no dice nada?
—Porque nunca piensa en sí mismo. No quiere montar un escándalo por algo innecesario.
Si Caleb se entera, seguramente castigara a Terrence, lo bajará de rango por aprovecharse de Helia así, le quitará sus privilegios, su cabaña.
Caleb quiere mucho a Helia y también lo protege.
Y Helia no quiere ser la causa de ello. Siempre encuentra una razón para aguantar un poco más.
Pero Terrence... ya esta cruzando la línea.
No quiero que le haga daño. Jamás me lo perdonaría.
—No me separaré de él.
—Gracias. Muchas gracias. Te daría un abrazo pero...
—No hace falta.
—Lo suponía.
Dardo salió de la habitación furioso en busca de aire. La sala ya no estaba vacía, había un chico sentado con el cabello sobre los ojos y las mejillas inclinado sobre la silla y que se encogió nada más verlo.
Dardo gruñó, buscó por la sala a Nathan y el cachorro salió de debajo de la silla del chico.
Con un rápido mordisco le arrancó la libreta de la manos al chico y sacudió su cabeza.
Las hojas volaron por todas partes mientras Nathan gruñía y las destrozaba con sus dientes.
Dardo lo alcanzó en apenas dos zancadas. Gruñó.
No se robaba a la gente. No se destrozaban cosas de la gente.
EL cachorro movió sus garras, aún pensaba que estaban jugando. Dardo iba a reñirlo cuando el chico se lanzó hacia Nathan para rodearlo con sus brazos.
Nathan le arañó. Dardo trató de separarlo pero el chico se aferró al pelaje de Nathan sin decir ni una sola palabra, cuando consiguió separarlos el chico tenía una mancha roja en su camiseta.
Mierda.
Había sido el cachorro.
De repente, el chico se puso pálido y cayó al suelo. Suni soltó una exclamación y Dardo soltó a Nathan que empezaba a llorar y se inclinó sobre el chico, le sacudió para despertarlo.
—Ey... niño. Vamos —dijo Dardo.
Nathan y él se meterían en un buen lío. Los castigarían.
El chico abría y cerraba los ojos lentamente. Dardo suavizó su agarre en cuanto vio su mejilla. Estaba arañada llena de cicatrices. Arañazos.
Nathan estaba escondido detrás de Dardo cuando alguien lo agarró por detrás, le gruñó y lo empujó contra la pared. Escuchó a Helia. Estaba diciendo algo, pero Dardo no podía concentrarse en nada más que en ese hombre de cabello anaranjado y camiseta de cuadros.
Dardo lo conocía.
Dardo se acordaba de él.