Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—Haz lo que dice, se está empezando a enfadar —le susurró cuando Dardo se agachó a su altura.

—¿Siempre es así?

Sean asintió.

—Y eso que hoy está de buen humor.

Helia se encontró sonriendo, con algo extraño en el pecho.

Dardo se levantó, se limpió las manos de polvo.

—De acuerdo. Escucharme todos, soldados —Dardo no tuvo ni que gritar para que todos los cachorros se pusieran firmes—.

La princesa no necesita puerta, así que quiero una pila de madera aquí —señaló— y ahí.

Victoria, necesitamos agua para el pantano.

Joan —un niño Omega se sobresaltó en la fila, era el más bajo y delgado de todos—, trae flores.

Los niños empezaron a corretear por todas partes hasta que uno de ellos se encontró con Helia.

—¡Helia está aquí! —chilló y los cachorros soltaron todo lo que tenían entre manos para rodearlo y gritar su nombre.

—Hola, pequeños. Yo también me alegro de veros — les acarició las pequeñas cabezas, incluso los Omegas dejaban que Helia les tocara las orejas.

Había visto a esos niños nacer y crecer.

Los cachorros estaban acostumbrados a ir a verlo con sus padres, casi todos los meses para simples revisiones o de vez en cuando para alguna urgencia.

Helia siempre trataba de calmarlos, no todos los cachorros respondían bien al olor de la clínica, al metal, y a las vacunas.

—¿Vienes a ayudarnos? Estamos construyendo un castillo —le dijo Clara, una Beta con el cabello chocolate sobre los hombros.

—Tengo que volver a la clínica, cielo.

Clara hizo un pequeño puchero.

—Porfi. Porfi. Porfi. Porfi —repitió sin parar.

—Vale, pero solo unos minutos.

Los niños saltaron a su alrededor.

—Tienes que ir a pedirle permiso al General—Clara señaló solemnemente a Dardo.

Helia arqueó una ceja.

—¿Al General?

—Sip.

—¿Y quien decidió eso?

—Nosotros —respondió uno.

—Fue Zoe —corrigió otro cachorro.

—Fue una decisión democrática.

—No lo fue.

—Sí lo fue.

—Nos gritó hasta que dijimos que sí.

—Eso sigue siendo democracia.

Helia soltó una pequeña risa.

—Entiendo.

Los niños lo empujaron suavemente en dirección a la construcción.

—Ve, pídeselo. Date prisa.

Helia levantó las manos.

—Está bien, está bien.

Los cachorros se dispersaron enseguida.

Corrieron hacia las tablas, cubos y tierra. Hacia cualquier sitio donde pudieran seguir contribuyendo al proyecto.

Al final sólo quedaron Zoe, Sean y el pequeño cachorro que había permanecido todo el tiempo acurrucado junto a Zoe, observándola en silencio.

Helia avanzó despacio. Por supuesto que Dardo ya tenía los ojos en él, y después de lo de anoche... resultaba muy difícil no sentirse extrañamente consciente de cada uno de sus movimientos.

Dardo seguía sin usar camisetas. Al menos si que se había puesto un pantalón antes de salir. No sólo su cabello estaba cubierto de serrín, si no que en sus hombros también había una fina capa.

—Me han dicho que necesito una autorización oficial para participar en la construcción —dijo.

Sean, que aún no parecía haber reparado en él, soltó a Dardo y fue corriendo hasta él para abrazarse a sus piernas.

Helia lo subió en brazos, antes no había llegado a caerse gracias a Dardo, pero quería asegurarse de que el niño no había salido herido, le miró las palmas y la piel delicada de sus brazos.

Al ser un Omega, su piel era mucho más fina.

Sean jugó con su trenza.

—Papi y yo fuimos a la revisión esta mañana, pero nos dijeron que estabas descansando —habló Sean con un puchero—. Papi también quería verte.

—Lo siento, pequeño. Me quede durmiendo, —Helia observó de reojo a Dardo—. Y nadie me despertó.

Sean asintió con cara de concentración.

—Te prometo que estaré despierto para tu próxima revisión, aunque estoy seguro de que Suni no te habrá hecho nada de daño, ¿verdad?

Sean asintió con más fuerza.

—Me dio una piruleta.

Escuchó cómo Zoe bufaba y se cruzaba de brazos.

—Te dan piruletas porque te pones a llorar, Sean.

—¡Me da igual! Me gustan las piruletas, además papi dice que no hay nada de malo en llorar y en asustarse.

—Claro que no —Helia bajó a Sean de sus brazos —, y a ti también te hemos dado muchas piruletas, señorita Alfa.

Zoe intentó disimular la pequeña sonrisa que se dibujó en su rostro al escuchar sus últimas palabras. Tal y como su padre. Zoe había salido orgullosa y mandona.

—Pero ya no lloro. Soy una chica muy valiente.

—De eso no me cabe duda —sonrió Helia.

—Además, soy la princesa del castillo.

—No tenía ninguna duda. ¿Y quién es tu príncipe que llega volando?

Helia creyó que iba a señalar a Sean, pero en su lugar, Zoe inclinó su dedo hacia el cachorro.

—Nathaniel.

Helia elevó las cejas, sorprendido. Observó a Dardo, casi con la boca abierta.

—¿Nathaniel? —preguntó, para asegurarse de que Dardonhabía decidido ese nombre y que no era otra invención de Zoe.

El cachorro levantó la cabeza, movió su cola y Zoe le rascó entre las orejas.

—Nathaniel —repitió Dardo—. He estado en casa esta mañana.

—Chicos, ¿por qué no vais a ver cómo van los otros niños?

—Pero yo quiero quedarme contigo, Helia —dijo Sean.

Zoe llevó los ojos hacia atrás, se acercó a Sean y lo cogió de la mano.

—No te enteras, Sean. Quieren hablar a solas —le dijo Zoe.

—¿Por qué querrían hablar a solas?

—No lo sé.

—Helia huele raro. No sé si me gusta.

Zoe olfateó, lo miró, y luego observó a Dardo. Sonrió un poco.

—A mí sí que me gusta. ¿Quieres recoger flores para Nathan?

—Vale. Tienen que ser azules. Porque el color azul combina con el de sus ojos, y amarillas, creo que a Nathan le gustarán las flores amarillas... —Su voz se fue perdiendo poco a poco mientras se alejaban.

El cachorro fue hasta Helia e hizo chocar su cabeza contra su pierna. Y finalmente, quedaron solos. Helia tragó saliva, observando cómo los niños desaparecían entre los árboles.

Terrece había notado su olor. Sean también, y Zoe. ¿Qué tan marcado lo había dejado Dardo? ¿Y por qué le molestaba no poder descifrar ese olor?