CAPÍTULO 14
ES UN TIPO ASQUEROSO
Helia despertó solo a la mañana siguiente con una manta pesada cubriéndolo hasta los hombros. Parpadeó varias veces. La habitación estaba vacía, el lado de la cama donde había estado Dardo también. Sólo quedaba una ligera mancha sobre el colchón y un olor almizclado impregnado aún en las mantas.
Helia se incorporó lentamente. Sintió algo extraño. Bajó la vista y levantó la manta.
Estaba medio desnudo, con algo pegajoso entre sus piernas. Su cerebro tardó unos segundos en ponerse en marcha, en recordar los fragmentos confusos de la noche anterior.
La pesadilla.
Canneck.
Los brazos de Dardo.
La inolvidable sensación de estar a salvo.
Y algunas imágenes mucho más borrosas e indecorosas que prefirió ignorar por completo.
—Genial —masculló, retirándose el cabello del rostro.
Necesitaba una ducha. Buscar su ropa. Y café. Muchísimo café.
Se levantó de la cama y buscó el reloj. Cuando vio la hora sintió que el corazón le daba un brinco. Eran las doce y siete. Las doce. Y la clínica abría a las ocho de la mañana.
Helia se dirigió al baño de la habitación a toda velocidad. El agua cayó sobre él apenas unos minutos después. Se lavó el pelo, se quitó los restos pegajosos de sus muslos, intentando ignorar lo incómodamente consciente que era el olor de Dardo todavía adherido a él.
Y salió de inmediato. Busco las partes de su uniforme y su ropa interior que permanecía destrozada en una de las esquinas del cuarto.
No podía salir medio desnudo y tampoco tenía el teléfono para avisar a nadie así que le tocó buscar en el armario provisional de Dardo.
Logró encontrar una muda de ropa parecida a los pijamas que Helia usaba en la clínica pero un poco más grande.
Se remangó las mangas, que le cubrían media mano, y se ató los pantalones con el cordón a la cintura.
Le arrastraba por los pies, y olía a Alfa.
Helia decidió que no iba a pensar más en ellos.
Se pasó los dedos por el pelo mojado y se hizo una tranza rápido frente al espejo de la habitación.
Y entonces... la vio. Tenía una marca roja en uno de los laterales del cuello.
Parpadeó, se inclinó un poco más, pero no tuvo tiempo de examinarla ya que volvió a mirar el reloj y salió disparado de la habitación tirando la trenza contra el lugar de su cuello marcado.
La clínica estaba abierta, por supuesto que sí.
Había un par de pacientes esperando, un cachorro con una venda en el brazo, una hembra hablando por el teléfono, y detrás del mostrador...
Estaba Suni, atendiendo y tomando citas tranquilamente.
La Beta levantó la vista hacia él y le sonrió.
—Oh. Ya estás despierto —dijo con esa voz dulce que siempre lograba calmar a los niños.
—¿Por qué nadie me ha despertado? —Helia entró tras el mostrador.
—El señor Dardo dijo que no te molestáramos.
Helia se quedó inmóvil, sus ojos repasando en el ordenador todas las nuevas citas.
—¿Qué?
—Dijo que sólo te despertáramos si había una emergencia, y por el momento solo han habido un par de revisiones y un cachorro lesionado.
—Son las doce de la mañana. Deberías haberme levantado.
—Llevas toda la semana trabajando, mereces poder dormir un poco.
Helia hizo una mueca, no muy de acuerdo con ella. La clínica era su vida, ayudar a las personas era su vida, sentir que valía para algo...
—¿Dónde está Dardo?
Suni encogió los hombros.
—Salió temprano con el cachorro, que es una monada por cierto. Dijo que regresaría luego.
—Voy a buscarlo, ¿puedes apañarte sola unos minutos más?
—No te preocupes, están todos atendidos. Estoy esperando un análisis de sangre.
—Eres increíble, Suni. ¿Lo sabías?
Las mejillas de Suni se pusieron coloradas.
—No me digas esas cosas.
Justo entonces el teléfono de la recepción sonó, Suni respondió, escuchó unos segundos y luego se lo extendió a Helia.
—Es Jason.
Helia lo tomó.
—Dime.
—Necesito hacerte una visita esta tarde.
—¿Te ha ocurrido algo?
—No es para mí —la voz de Jason sonó tensa—. Llama a Caleb y que te lo explique, no puedo hacerlo yo ahora mismo.
—De acuerdo. Vente... —Helia miró las citas libres—. ¿Puedes venir a las siete?
—¿No tienes antes?
—A las cuatro, después de comer.
—Estaremos ahí, entonces. Gracias.
Helia devolvió el teléfono.
—Apunta a Jas...
—Listo. ¿Te preparo un café?
—Estás en todo hoy, Suni.
La Beta le sonrió.
—No llevo bien lo de tomarme una semana libre a la fuerza, ya me conoces. Necesito hacer cosas.
Helia devolvió el teléfono, Suni llegó con el café y Helia se lo tomó de un trago. Reanudó su camino hacia la puerta de salida sólo para encontrarse con un nuevo obstáculo. Uno enorme.
—Te estaba buscando, doc —le sonrió el lobo Alfa.
—Buenos días, Terrece. Siéntate y en seguida te atenderá mi compañera.
El Alfa negó.
—Preferiría que fueras tú. Es un tema delicado.
Helia rodó los ojos. Claro que sí.
—Me encantaría ayudarte, pero tengo una urgencia que atender. Suni te ayudará.
Terrece lo sostuvo del brazo su rostro se acercó peligrosamente a él y Helia trató de retroceder.
—Doctor, le repito que es un tema bastante delicado que tiene que ver de nuevo con mi miembro viril, no me gustaría que una niña sin cualificación me hurgara ahí —le susurró, arrugando su nariz.
A Helia le entraron ganas de vomitar. Siempre que Terrece venía a la clínica tenía este tipo de problema, y le exigía una pequeña exploración manual. A Helia le repugnaba tocarlo, llevaba ya un mes escondiéndose de él, pero el hombre era insistente.
No quería decirle nada a Caleb de que lo estaba molestando, no quería preocuparlo y mucho menos molestarlo.
Helia tomó aire, sus fosas nasales respirando el rancio y viejo olor del Alfa. Le dieron ganas de golpearlo y salir corriendo, pero Helia estaba para curar, sanar, tratar y respetar a sus pacientes.
—Vente mañana —terminó cediendo.
—Es muy urgente, doc. Tengo una cita esta noche y me gustaría que mi gran amigo no sufriera ningún problema.
Helia apretó los dientes. Era asqueroso.
—A las ocho.
Terrece se inclinó sobre él.
—Sería mejor que te cambiaras esa ropa, doctor. A no ser que quieras que los demás sepan que has estado restregándote con un Alfa cualquiera —las últimas dos palabras fueron un gruñido.
Helia se mantuvo inmóvil, resistiendo el impulso de meter la nariz bajo el cuello de la camiseta y oler fuertemente cuando se fue.
—Es un tipo asqueroso —siseó Suni tras él—. ¿Por qué razón no le dices a Caleb o a Atlas que lleva un año entero acosándote?
—Los dos tienen mejores cosas de las que preocuparse, y es un paciente.
—Un cuerno. A mí no me hace tocarle la sardina, ¿sabes? Sólo es así contigo. Es repulsivo, ¿por qué le has dicho que venga?
—Es un paciente —repitió Helia.
Por más que Helia se había negado a atenderlo a veces, Terrence siempre regresaba con otra nueva excusa.
La última vez, con un corte en el muslo, muy cerca de la ingle que casualmente se lo había hecho entrenando.
Helia sabía que si volvía a negarse, seguramente vendría con algo parecido solo para que él lo tocara.
—¿Me puedo quedar en la consulta contigo?
—Ya sabes que no.
—Pero...—Suni se acercó y bajo la voz—. Él solo quiere aprovecharse de ti. Déjame quedarme, a lo mejor conmigo delante se corte un poco.
—Ya has hecho mucho trabajo, y hoy acabas a las siete. Me las apañaré con él. No te preocupes.
Suni hizo una mueca de descontento, pero regresó al trabajo. Y Helia aprovechó que no había nadie más para salir a buscar a Dardo. Le preocupaba que se hubiera perdido, que hubiera salido al bosque, que... que hubiera decidido marcharse, irse con el cachorro.
Le preguntó a un par de lobos que encontró en el camino por él, lo describió, y todos dijeron que no lo había visto hasta que llegó a una loba fuerte que estaba descargando sacos de trigo.
—¿Ese Alfa enorme con cicatrices?
—¿Lo has visto?
—Por allí, en la zona de cachorros. Tu solo sigue los gritos.
—¿Gritos?
La loba soltó una carcajada.
—Ya lo oirás.
Y efectivamente, lo oyó.
Primero fueron voces, después risas y luego gritos infantiles. Finalmente algo que sonó sospechosamente a una discusión.
Helia dobló la esquina, y se detuvo de golpe, sin poder procesar bien la escena. Había una construcción, una especie de fortaleza improvisada hecha con tablones, cajas y trozos de madera. Era mucho más grande de lo que cualquiera cachorro necesitaría y seguía creciendo.
Varios niños corrían alrededor transportando materiales, otros observaban y algunos daban órdenes. Y en medio de todo aquel desastre, estaba Dardo.
Estaba sentado sobre una pila de tablas, con el cabello rojo oscuro cubierto de serrín y polvo, y con un martillo en una de sus manos mientras alguien hablaba a toda velocidad frente a él.
—Te estoy diciendo que aquí tiene que que ir una torre —era Zoe. Por supuesto. La pequeña Alfa estaba de pie sobre una caja, con las manos apoyadas en las caderas, mirando la fortaleza a medio construir.
—No —negó Dardo.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Sean apareció cargando tres tablas pequeñas. Tropezó y Dardo lo agarró antes de que cayera de bruces contra el suelo y sobre los tornillos.
—De toda la vida los castillos de princesas han tenido cuatro torres, dos delante y dos detrás. La princesa siempre está arriba, esperando a su caballero valiente para que la rescate.
—Pues ésta princesa no tiene torre —dijo Dardo mirando el terreno—. La tierra no está plana, si pongo aquí la torre se caerá.
—¡Pues ponla más a la derecha!
—Pero ahí va la puerta, Zoe. La princesa no podrá entrar —susurró Sean. Su pequeña mano estaba agarrada al pantalón de Dardo.
—Claro que puede entrar, porque... porque el príncipe vuela, y la deja directamente en la torre.
Dardo frunció el ceño, profundo.
—¿No era que la princesa estaba encerrada? ¿Cómo el príncipe va a dejarla en la torre?
Zoe pegó un pisotón en la tierra.
—¡No me estáis escuchando! ¡La bruja tiene a la princesa encerrada en la torre y el príncipe viene a rescatarla!
—Por el cielo, volando —añadió Dardo interrogante.
Helia vio como Sean tiraba de su pantalón.