Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

RECIÉN CASADOS

Helia rara vez soñaba con su infancia.

La mayor parte del tiempo, cuando cerraba los ojos, no soñaba con nada, o al menos no recordaba mucho al despertar.

Había aprendido a enterrar ciertas cosas tan profundamente que ni siquiera su mente se atrevía a desenterrarlas mientras dormía. Pero hoy... hoy Dardo le había hecho recordar una de las situaciones más dolosas de su vida, y esa caja tan profundamente cerrada se había abierto para dejarla escapar.

Tenía siete años recién cumplidos.

A ojos de algunos podía ser un niño, pero para él, para su líder... Helia no era más que ganado.

Una propiedad.

Una posesión más dentro de la manada.

Una cosa que podía comprarse, venderse o intercambiarse según conviniera. Lo peor era que a los siete años, Helia ni siquiera entendía lo monstruoso que aquello podía llegar a ser.

Había nacido Beta. Y desafortunadamente, los Beta no tenían ninguna utilidad dentro de la manada más que estorbar.

Los Alfas cazaban, protegían y procreaban.

Los Omegas daban descencencia y cuidaban de la familia.

Los Beta... Los Beta no tenían ningún lugar en el mundo.

No servían más que para ser una moneda de cambio.

Eso era lo que el pequeño había escuchado toda su vida.

Lo que sus padres le decían. Lo que Canneck, su líder, vociferaba en cada discurso y lo que la manada y él mismo repetían constantemente.

Helia había crecido intentando comperlo. Intentando ser bueno. Útil para sus padres, Alfa y Omega que apenas lo miraban. Intentando convencerlos para quedarse con ellos. Pero por desgracia, no había nada que pudiera salvarlo de su fatal destino.

Aquella mañana Helia estaba sentado en el exterior de una de las cabañas, entretenido recogiendo flores silvestres.

Recordaba perfectamente las flores. Eran pequeñas. Amarillas. Le gustaban porque parecían soles diminutos. Estaba construyendo una corona torpe cuando una sombra cayó sobre él.

Alzó la cabeza y trató de moverse a pesar del miedo.

—Canneck —susurró Helia inclinando su cuerpo y su cabeza en una reverencia.

Su líder lo observó desde arriba. Era fuerte. Muy fuerte. Alto. Con el cabello largo, cejas tupidas y dientes afilados.

Para Helia era invencible. La persona más poderosa del mundo. La que decidía lo que estaba bien, y lo que estaba mal. Su líder. Su Dios.

—Ven conmigo.

Helia dejó las flores inmediatamente. Ni siquiera preguntó por qué.

Simplemente se levantó de un salto feliz, ya que Cannek nunca había ido a buscarlo, ni siquiera le había dedicado una palabra afectuosa desde que nació.

¿Sería ese el día? ¿Le diría lo bien que se había estado portando? ¿Estaría orgulloso de él?

Helia caminó detrás intentando seguirle el paso hasta su cabaña.

La cabaña del líder.

—Entra —le ordenó Canneck.

Helia lo hizo. Era la primera vez que estaba ahí, y no podía estar más feliz.

La cabaña olía a cenizas, a fuego, a hierro caliente. Su pequeño lobo se encogió, pero el niño siguió a Cannek hasta una de las habitaciones. Dentro habían dos hombres. Uno de ellos era un anciano, el otro era más joven. Elegante. Se veía limpio y brillante.

Helia trató de esconderse inmediatamente detrás de las piernas de Canneck pero su líder lo agarró de la nuca con fuerza, y lo empujó hacia el espacio que había entre ellos.

—Es muy pequeño —gruñó el señor mayor.

—Dijiste que querías un Beta puro. No especificaste ninguna edad.

Helia se retorció ante el contacto doloroso, se agarró con fuerza a la muñeca de Canneck y recibió un duro golpe en la mejilla que casi le hizo perder el sentido.

—Quédate quieto —le ordenaron.

Helia obedeció. Temblando, con el labio sangrando.

—Es un niño. ¿Qué cojones va hacer mi hijo con él?

—Lo que le de la gana. Crecerá. En unos años se convertirá en un precioso Beta con el que retozar —Canneck lo agarró del cabello—. Míralo. Será delgado y no mucho más alto. Nadie nunca le ha puesto una mano encima y eso que me han llovido las propuestas, pero te lo he estado reservando para ti.

El anciano soltó una carcajada desagradable.

—¿Le dices eso a todos tus clientes? No me gusta tu palabrería.

Canneck le apretó el agarre y las lágrimas saltaron de los ojos de Helia. Le iba a arrancar el pelo si seguía así.

—No es ninguna palabrería —gruñó Canneck—. Arrodíllate, Helia.

Helia obedeció entre sollozos.

Canneck finalmente lo soltó.

—Deja de llorar, niño tonto. Mis Betas están entrenados para obedecer en todo.

Puedes golpearlo, que él seguirá haciendo todo lo que tú quieres.

Puedes matarlo a hambre, que él nunca cogerá nada de la mesa hasta que tú se lo ordenes —masculló— Si no lo quieres tengo a decenas de familias esperando por él.

¿Lo quieres más mayor? Enciérralo en una habitación y espera cinco años. Edúcalo a tu gusto.

—Padre... deberíamos tomarlo —habló el más joven con los ojos negros fijos en Helia.

El anciano gruñó.

—¿Te gusta el crío, Joseph?

—Es bonito. Y se hará más bonito con los años. Madre necesita ayuda para limpiar la casa y él puede servirnos hasta que crezca un poco más.

—¿Estás seguro? Eres tú el que se tiene que casar con él. ¿No quieres buscar a otro?

Espera...¿casar?

Helia tragó nervioso. Tembló aún más fuerte.

—No. Lo quiero a él.

Canneck sonrió.

—Sabía que tendrías buen ojo.

Helia seguía arrodillado en el suelo. No entendía nada. Se secó las lágrimas con la manga de la camiseta desgastada, y pensó por un segundo que aquello no era más que una prueba de obediencia.

Canneck hacía cosas así a veces. Ponía a los cachorros a trabajar para ver quién era más obediente. Quizá aquellos hombres sólo estaban comprobando que tan bien educado Helia era.

Si se portaba bien, Canneck estaría orgulloso de él.

—¿Cómo has dicho que se llama? —preguntó el anciano.

—Helia.

—Nombre raro.

—Podéis cambiárselo si no os gusta.

—Dile que levante la cabeza —habló el más joven, Joseph, así lo había llamado Canneck.

—Haz lo que dice, niño —ordenó su líder.

Helia lo hizo. Le temblaba el labio inferior.

Joseph lo observó durante varios segundos. Aquellos ojos oscuros le resultaban incómodos.

—¿Hay trato? —preguntó Canneck.

—Hay trato —gruñó Joseph.

El anciano resopló, pero no añadió nada más. Se agachó y alzó el pequeño maletín que tenía a sus pies. Canneck lo recibió. Parecía contento. Estaba contento.

—Puedes contar el dinero.

—Me fio de vosotros, Joseph. No creo que seáis tan estúpidos como para engañarme. Puedes levantarte, Helia. Acércate aquí.

Helia lo hizo.

Canneck le colocó un papel delante.

—Firma.

—¿Qué...?

—Firma. No te he pedido que hables.

Helia obedeció. Tomó el pesado bolígrafo y firmó dónde su líder le señalaba con letra temblorosa. Luego, Joseph firmó también.

—Felicidades, pareja. Estáis recién casados, pero antes de que os lo llevéis necesito unos minutos a solas con Helia.

—Por supuesto.

Padre e hijo salieron fuera. Helia estaba deseando preguntar, llamar a su madre, enterrarse en sus brazos por alguna extraña razón.

Cannek rodeó la mesa.

—¿Entiendes lo que estoy haciendo, Helia?

Helia negó con la cabeza.

—¿Cuándo voy a volver a casa? —le preguntó.

Canneck se rio.

—¿A casa? ¿Quieres volver con tus padres?

Helia asintió rápido.

—Pequeño Beta tonto —Canneck se inclinó sobre él—.

No vas a regresar. A partir de ahora le perteneces a Joseph, y a su familia.

No te preocupes, no te van a llevar a un mal sitio.

Joseph es un Beta y además estéril y con una inclinación bastante pronunciada hacia los hombres.

Sus padres quieren que asiente la cabeza pero no quieren cualquier Beta aprovechado para él.

Seguramente —Canneck lo rodeó—, no entiendas nada ahora mismo.

Pero con el tiempo... lo harás —Canneck se acercó a la chimenea, agarró un hierro ardiente—.

Los Betas sólo sois bienes intercambiables, Helia.

Todos vosotros —Canneck colocó los ojos en él y le ordenó acercarse.

Helia lo hizo. Los pasos más lentos. Las manos sudando. Los oídos pitando con fuerza.

Canneck le enseñó el hierro.

—Dime qué pone aquí.

Helia observó las letras incandescentes, el calor le llegaba hasta su rostro, podía sentirlo sobre las mejillas, en los párpados, y piel. Sus ojos le lloraban y quería salir corriendo.

—Pone...Canneck.

—Ya no perteneces a la manada. Con el tiempo, seguramente lo olvidarás todo, incluido mi rostro, pero hay una cosa que recordarás de por vida.

Mi nombre. El nombre del hombre que te lo dio todo nada más nacer y que te enseñó tu lugar en el mundo —Canneck se giró hacia él—.

Quítate la camiseta y date media vuelta.

Y Helia...obedeció.

Helia despertó con un jadeo ahogado. Durante unos segundos no supo dónde se encontraba. El olor a hierro seguía en su nariz, le dolía la espalda y la garganta y quería llorar. Todo su cuerpo temblaba convertido en un manojo de nervios que no lograba controlar.

¿Qué hora era? ¿Dónde estaba? Tenía que trabajar. Ser útil.

Necesitó varios segundos para comprender que estaba sobre una cama, que ya no tenía siete años, que estaba muy lejos de Canneck, y que estaba a salvo.

Aún así, el pánico no desapareció. Continuó aferrado a sus costillas, clavándole las uñas en los pulmones.

Helia apretó los dientes, se había mordido la lengua y sabía a sangre.

Intentó incorporarse. Separarse de algo. Tratar de recuperar de nuevo el control antes de nadie lo notara y un brazo enorme se cerró inmediatamente alrededor de su cintura. Fuerte. Imposible de apartar.

Helia se tensó. Y otro brazo rodeó sus hombros, girándolo.

—Suéltame —susurró al dueño de esa piel herida. Su voz salió rota, débil.

Tenía que salir. Tenía que escapar antes de que Dardo se diera cuenta de su estado.

Dardo no respondió.

Helia intentó apartarse otra vez, aquello sólo consiguió que el Alfa lo acercara más. Mucho más. Hasta aplastarlo contra su pecho.

—Suel...

—Shhh... —Dardo apoyó una mano enorme detrás de su cabeza y con una suavidad que resultaba casi absurda para él y para alguien de su tamaño, lo obligó a esconder su rostro contra el cuello.

Helia se quedó inmóvil.

El corazón del Alfa golpeaba lento bajo su oído, su mano se deslizó por su cabello, una vez. Dos. Tres. Sin prisas. Sin preguntas.

Helia intentó apartarse una tercera y última vez. No lo consiguió.

Dardo simplemente siguió acariciándole el cabello.

Helia notó algo húmedo en sus mejillas. Tardó varios segundos en darse cuenta de que estaba llorando, de que el lobo que se aferraba a él no llevaba ninguna camiseta y que le estaba mojando la garganta.

Dardo colocó la pierna sobre su cintura, el cuerpo de Helia quedó bajo su peso, casi sepultado, aplastado. Escondido de todo el mundo. A salvo.

Helia dejó de luchar por salir. Su cuerpo seguía siendo un manojo de nervios, su garganta le ardía, sus pulmones le dolían por la fuerza en la que Dardo lo estaba abrazando y la imagen del hierro seguía grabada detrás de sus párpados.

Pero allí, atrapado entre aquellos brazos imposibles de mover, el miedo y el dolor empezó poco a poco a perder fuerza.

Su mano se cerró sobre la espalda desnuda de Dardo, no fue algo consciente, ni siquiera se dio cuenta de que lo estaba haciendo. Simplemente necesitaba aferrarse a algo. Algo seguro. Sus dedos se clavaron en la piel y Dardo respondió de inmediato.

El brazo que le rodeaban la cintura se tensó. Lo acercó todavía más, como si quisiera meterse dentro de él. Helia soltó pequeño jadeo, aplastó la nariz contra la garganta del Alfa y respiró profundo.

Dardo gruñó. La mano que había estado acariciándole el cabello se hundió en él y le obligó a levantar el rostro, Helia no estaba aún siendo consciente de la situación, de la adrenalina producida por la pesadilla recorriendo su torrente sanguíneo cuando Dardo inclinó su rostro y le lamió la mejilla húmeda.

Helia tragó saliva. El contacto le provocó un escalofrío, no porque fuera desagradable.

Todo lo contrario. La lengua áspera de Dardo le limpiaba las lágrimas, le lamía la mejilla, el puente de la nariz, la otra mejilla aflojando sobre su cabello.

Helia se encontró agarrándose a sus hombros e impulsándose hacia arriba.

Soltó una respiración temblorosa y el Alfa emitió otro pequeño gruñido de aprobación.

Debería haberse detenido ahí. Helia debería haberse separado. Debería...Pero se encontró arrastrando también sus labios por la mandíbula del Alfa, sus manos cobraron vida propia y bajaron por su torso, por las cicatrices, por esas malditas marcas que alguien también había decidido poner en él.

Su pecho dolió. La lengua del Alfa seguía barriendo su mejillas ya secas, y una pierna presionó entre las suyas.

Invitación o no, Helia se encontró cediendo.

Abrió las piernas, jadeó muy bajo cuando el fuerte muslo del Alfa se presionó en su ingle, cuando sintió su erección en el centro de su estómago.

Si antes no lo había detenido, ahora era un buen momento. Dardo quizá no entendía aún el significado de esto, Helia tenía que enseñárselo. Tenía que decirle que él no era la persona correcta, pero no quería.

No quería tener que hablar.

No quería que las manos seguras del Alfa se separaran.

No...

De alguna forma, las manos de Dardo habían bajado hasta su trasero, empujando su centro contra su muslo. Hacia tanto tiempo que Helia no tenía una erección que le dolió a rabiar así que se encontró moviendo sus caderas, frotándose, empujándose hacia arriba. Casi retorciéndose en sus brazos.

Su cabeza daba vueltas. La ropa y las sábanas que se interponían entre ellos empezaba a resultar molestas. Dardo pareció pensar lo mismo, tiró de las mantas, de los pantalones de Helia, rasgó su ropa interior y empujó de nuevo su muslo entre sus piernas.

Helia estuvo a punto de gemir. Nunca se había considerado una persona pasional.

A Helia no le gustaba el sexo. Nunca lo había buscado y nunca...

había tenido nada con nadie. Escapó de las garras de Joseph años después cuando se dio cuenta de que el hombre empezaba a mirarlo de forma diferente, y trató de evitar siempre cualquier contacto sexual con algún miembro de la manada.

No lo quería.

No le gustaba.

Pero ahora, Dardo estaba escarbando en su garganta, lamiéndo, mordiendo, con las manos en sus nalgas. Helia se abrazó a su cuello, dejó que el Alfa lo ayudara a encontrar su propia liberación y sus caderas se torcieron hacia arriba una última vez antes de venirse tirando la cabeza hacia atrás.