CAPÍTULO 12
DUERME
Helia llevaba varios minutos sin moverse. Una parte de él sabía perfectamente que debería hacerlo, la otra era incapaz.
Estaba encima del Alfa en una posición bastante comprometida, con la cabeza de Dardo aplastada en su cuello. Cada vez que Helia intentaba apartarse un poco, los brazos del Alfa se cerraban con más fuerza a su alrededor dejándolo sin respiración.
A este paso iba acabar rompiéndole alguna costilla.
Helia suspiró, dejó escapar un par de feromona tranquilizadoras con la esperanza de que Dardo se calmara y lo terminara soltando, pero en su lugar, el lobo gruño bajo, sus labios se colocaron encima de su pulso en su cuello, y succionó.
Dardo estaba temblando aún. Pequeños escalofríos recorrían sus hombros, su respiración acelerada llegaba caliente contra su garganta y Helia no sabía que más hacer para tranquilizarlo.
No había esperado esa reacción de él. En realidad no sabía cómo iba a responder nunca este nuevo Dardo. Era tan imprevisible, tan diferente al niño que recordaba, que a veces Helia sentía que caminaba a ciegas a su alrededor.
Los dedos de Helia siguieron recorriendo lentamente su cabello rojo. Despacio, tratando de calmar sus temblores.
—Suéltame un poco, Dardo —susurró el Beta.
Dardo negó en su cuello, tirando del agarre en su trenza para que estirara más el cuello y la garganta.
—Por mucho que busques ahí no soy un Omega.
No entendía muy bien la fijación que el Alfa había cogido con su olor. Él era un Beta. No tenía olor por mucho que Dardo se esforzaba en encontrarlo y tampoco podía ser marcado como el resto de Omegas u Alfas.
Las marcas de olor duraban mucho menos en él.
Y era algo que Helia siempre había agradecido desde pequeño.
No le gustaba ser marcado. No le gustaba el olor de los Alfas.
Tampoco le gustaban este tipo de comportamientos posesivos, pero era Dardo.
No era un lobo cualquiera. No era otro Alfa.
Era su Dardo. Y quizá ese era el gran problema.
Por muy incorrecto que esto se sintiera, Helia llevaba buscando a este chico quince años.
Se había mudado a su casa con la esperanza de verlo regresar un día sano y salvo.
Había soñado con él todas las malditas noches.
La culpa se lo había comido por completo por no haber cuidado lo suficientemente bien de él, y ahora que lo tenía delante, roto, temblando y aferrándose a él como si fuera un salvavidas, le resultaba más que imposible rechazarlo.
Así que Helia abrió bien su cuello, agarró a Dardo de la nuca y lo empujó más cerca.
Dardo hizo un sonido de aprobación dejó de estirarle del pelo para rodearlo con sus dos brazos en una especie de abrazo doloroso y castigador. Quizá Dardo estaba sintiéndose así.
Aplastado por la nueva realidad.
—Ya esta —murmuró Helia—. Tranquilo, cariño. Todo estará bien. Estás en casa, Dardo. Estáis a salvo. Yo estoy contigo. No dejaré que nadie vuelva a hacerte daño —Helia se encontró aferrándose a él como si también lo necesitara—. Los recuerdos regresarán. Te lo prometo.
Dardo le mordió la garganta, lo lamió y sus caderas empujaron hacia arriba. Helia sintió la erección contra su ingle, pero no hizo nada para detenerlo.
Era Dardo.
Las manos de Alfa se arrastraron bajo su camiseta y sus dedos se tensaron sobre una de la quemaduras olvidadas de Helia. Dardo levantó el rostro de golpe, su mandíbula bien apretada, su ceño fruncido, sus labios presionados.
—¿Qué es esto?
—Nada —Helia sacudió la cabeza—. Una herida antigua —. Se sacó las manos de Dardo de encima y aprovechó su distracción para salir de encima de él. Dijo algo sobre el cachorro y lo uso de excusa para salir de la cocina e ir a buscarlo.
Lo encontró en el piso de arriba sobre la cama pequeña.
—Alguien parece que ha encontrado su nuevo sitio favorito —dijo sin poder evitar mirar al cachorro entre los cojines. Le acarició las orejas, y Dardo subió un par de minutos después.
Helia continuó enseñándole la casa, la habitación en la que dormía, mucho más sencilla que el resto, ya que Dardo nunca había sido un niño que se encariñara mucho con los juguetes, él siempre prefería correr por el bosque, o ir a la clínica con Helia.
—Parte de tu ropa fue reciclada para otros cachorros, pero creo que aquí hay... —Helia abrió y metió la mano en el armario, sacó un montoncito de camisetas y pantalones y las colocó sobre la cama —algunas cosas.
La cría se acercó olfateando, Dardo parecía que también iba a hacerlo en algún momento. El Alfa cogió una de las prendas; una camiseta diminuta en comparación con su cuerpo de ahora y se la llevó a la nariz.
—¿La reconoces?
—No —gruñó de nuevo.
—Esta bien, no pasa nada. Lleva mucho tiempo aquí en el armario, ya no debe de tener tu olor. ¿Y si te enseño la habitación grande?
Pasaron a la habitación de matrimonio.
Helia se sonrojó al ver un par de prendas suyas tiradas por la cama. Pensaba que la había dejado recogida antes de irse aquel día cuando trajeron a Dardo, ¿cuánto tiempo hacía que no pasaba por casa?
—Perdón. Cuando desapareciste me mude aquí de forma provisional. Recogeré mis cosas y me marcharé esta misma semana.
Helia había pensado en quedarse en la clínica durante un tiempo. Comprar un sofá cama y dormir en el despacho.
—Quédate. Es suficientemente grande para los tres.
Helia negó.
—Gracias, pero es tu casa, sólo hay una cama grande y no quiero incomodar.
—¿Te parecía incómodo en la cocina antes?
Helia se sonrojó. Alzó la cabeza hacia Dardo, estaba rodeando la cama. Se lamió los labios.
—No.
—Pues quédate. De todas formas yo no creo que use aún la cama, y tampoco tengo nada... —la voz de Dardo de detuvo cuando sus ojos dieron con otra foto un poco más pequeña que la de la nevera sobre la mesita de noche.
Helia se acercó con cuidado por la espalda mirando al lobo con cautela.
No había reaccionado muy bien a la foto de sus padres adoptivos, así que no sabía cómo iba a poder reaccionar ahora.
Era una foto de ambos. En ella se veía a un Helia mucho más bajo y delgado, con el cabello por los hombros y a un niño manchado de barro con el brazo vendado.
Dardo sonreía abiertamente a la cámara mientras que Helia sonreía de forma tímida.
—Fue a las pocas semanas de conocernos —habló Helia.
Obviamente a Dardo le había contado otra versión de cómo se conocieron. El niño Dardo estaba al tanto de toda su infancia, de dónde venía él y lo que le había pasado. El Dardo adulto... Helia no quería contárselo y no pensaba hacerlo.
Tenía suerte de que en la manada ya no se hablaba de ello y de que tenían otros asuntos más importantes que escarbar en el pasado de un lobo tan insignificante como él.
—¿Te gusta?
—¿De verdad soy yo?
—Claro que sí. Has cambiado un poco, pero tus ojos siguen siendo los mismos, ¿no crees? Quizá un poco más endurecidos.
Dardo levantó los ojos de la foto. Miró a Helia.
—¿Sabes? —le dijo—. Hay una parte de mí que aún no se cree todo esto.
A veces pienso que se trata de un sueño, y que en algún momento voy a despertar y regresar a la celda.
Incluso tú pareces tan irreal. Y luego, cuando realmente me doy cuenta de que no estoy imaginando cosas, me siento...
como un maldito impostor. Como si estuviera en un sitio que no me pertenece —habló con la mandíbula tensa.
A Helia le dolió en el corazón escuchar sus palabras.
Sabía que se debía al trauma. Que muchas víctimas pasaban por eso una vez que regresaban a su vida después de las agresiones.
Como si no creyeran que todo había terminado o que estaban en casa y en el caso de Dardo era aún más complicado porque no recordaba nada.
—Esta es tu manada, Dardo. Y tu casa. Te llevará tiempo aceptarlo, pero lo harás.
***
Dardo no conseguía dormir por más que lo intentara.
Habían regresado a la clínica, Helia había salido diez minutos para recoger la cena.
Los diez minutos más insoportables de toda su vida.
Dardo y el cachorro habían devorado la carne mientras que Helia había picoteado un poco de verdura por aquí y por allá. ¿Ese hombre no podía comer bien?
Helia le mandó ducharse de nuevo, algo que Dardo aceptó a regañadientes y ahora estaba medio vestido, medio desnudo, tirado en el suelo de la habitación con el brazo siguiendo de almohada bajo la nuca y el cachorro disfrutando de toda la cama para él.
Dardo suspiró. Se levantó, y abrió la puerta.
Buscó a Helia por el resto de estancias.
La clínica estaba vacía por él, Caleb había comunicado que a menos que fuera una urgencia que se abstuvieran de venir, pero según el Beta, mañana ya reanudarían el ritmo normal.
También le había dicho que estaba avanzando mejor de lo esperado.
Dardo no lo sabía.
Todo se sentía ajeno a él. Como si no estuviera en su cuerpo.
Abrió al fin la última puerta, y encontró al Beta sentado en una silla de ruedas y encorvado sobre la mesa durmiendo.
Dardo se acercó a él en silencio. La mesa estaba llena de papeles, y vasos de café.
Helia sujetaba un boli, su mejilla estaba aplastada contra uno de los folios y su trenza larga caía a lo largo de su espalda.
La entrepierna de Dardo dolió.
Gruñó y se acercó a él.
En todo este tiempo, Dardo jamás había pensado en tener una familia.
Estaba solo. Y cuando llegó el cachorro, estaba él y el cachorro.
Nadie más. Pero hoy... hoy se había enterado de que había habido una persona esperando por él durante quince años.
Una persona que se había mudado a su casa.
Que la había cuidado. Que no había cambiado ni un sólo mueble de su infancia y que había protegido todos sus recuerdos.
Y esa persona era Helia.
Dardo volvió a sentir esa extraña presión en el pecho. Su lobo moviéndose en círculos.
Bajo la mirada de nuevo al Beta, le quitó el boli de los dedos dormidos, se agachó y lo agarró de la cintura y de debajo de las rodillas. Helia movió un poco su cabeza, sus ojos se abrieron lentamente.
—¿Dardo? —preguntó con voz perezosa.
Su polla pegó un tirón doloroso bajo el pantalón.
—Duerme —masculló.
—Tengo que escribir informes —habló pegando la mejilla al pecho desnudo de Dardo y cerrando los ojos—. Muchos informes...
Dardo llegó a la habitación. Dudó entre el suelo y la cama, pero Helia seguramente prefería el colchón así que levantó las mantas y acostó al Beta en ella.El cachorro abrió los ojos y volvió a cerrarlos al darse cuenta de que eran ellos.
Dardo lo tapó hasta la nariz. Lo arropó sin saber muy bien de dónde había aprendido hacerlo.
Agarró la tenza de su pelo y la deshizo sintiendo que iba a explotar ya.
Se llevó la mano libre bajo la ropa y sacó su polla dolorida.
Se clavó los dientes en la lengua para evitar hacer algún sonido que pudiera perturbar su sueño.
Helia tenía que descansar.
No podía despertarlo.
Con la mano libre siguió acariciando su cabello mientras tiraba de su polla arriba y abajo.
Miró sus pestañas. Sus labios agrietados. Sus mejillas pálidas e impolutas. Esa maldita y perfecta nariz. Dardo se inclinó hacia él, se llevó el mechón de pelo a la nariz, empujó su rostro contra la mejilla de Helia y se corrió con un pequeño jadeo.