CAPÍTULO 11
PERDÓN
Casa.
Dardo nunca había esperado tener una, y creía que iba a morirse sin tener algo parecido a lo que llamar hogar.
Helia lo esperaba con la puerta abierta, paciente. Sabiendo que quizá necesitaba unos cuantos minutos para hacerse a la idea de que la preciosa casa de madera pintada de blanco que había a cinco minutos andando desde la clínica era suya.
O había sido suya.
No estaba seguro.
Dardo no recordaba haber vivido allí. No recordaba haber corrido por aquel porche cuando era pequeño como Helia le había estado contando durante el paseo.
No recordaba nada. Y, aún así, mientras contemplaba las ventanas iluminadas por la luz de la tarde, sentía una presión extraña bajo sus costillas.
Y no le gustaba.
El cachorro había entrado antes que él corriendo, y parecía haber provocado algún tipo de desastre porque Helia había desaparecido de la puerta apenas unos segundos después.
Dardo tomó aire. Ahora mismo preferiría estar en frente de cualquier maldita bestia que ahí. Caminó hacia la entrada escuchando la voz de Helia y los gruñidos del cachorro.
—Eso no se come. Suelta.
Oyó un diminuto gruñido y entró por la puerta justo cuando el pequeño estaba soltando algo de su boca. Helia lo recogió rápidamente, soltando un suspiro mientras que el cachorro brincaba por el sofá. Feliz. Confiado. Sin miedo.
Todo lo contrario a lo que Dardo estaba sintiendo ahora mismo.
Miró hacia arriba. Hacia la escalera. Hacia el techo de madera. A la pequeña estancia. A la puerta que parecía conducir a una cocina en la que veía ya una nevera.
Tragó saliva.
Helia se movió hacia él con una zapatilla en la mano llena de babas. Cuidadosamente alargó la mano y sujetó la suya.
Dardo la aceptó. La apretó. Se aferró de nuevo a ella sintiéndose por un momento perdido y pequeño. Olvidado.
—¿Necesitas salir un momento? —preguntó Helia de forma cautelosa.
Dardo negó. Si salía de ahí, dudaba que volviera a entrar nunca jamás.
—Bien. Puedes mirar todo lo que quieras, tómate tu tiempo, Dardo. Yo estaré a tu lado.
Dardo tragó saliva fuerte. Tenía algo en la garganta. Una bola que no le dejaba respirar cuando observaba esas paredes con demasiado entendimiento, así que se aferró al rostro del Beta. Porque era lo más fácil. Lo más seguro desde que aterrizó aquí. Y se encontró respirando temblorosamente.
—Tranquilo —susurró Helia—. ¿Recuerdas algo?
Dardo negó fuerte con la cabeza.
Él no había podido vivir ahí. Él no. ¿Cómo cojones habría olvidado una cosa tan bonita? ¿Por qué?
La mano de Helia apretó sobre la suya, y le animó a caminar hacia el salón. Pequeños pasos. Había una alfombra de mimbre, dos sofás en crema. Una tele pequeña. Muebles de madera en blanco, un par de plantas bien cuidadas y dos ventanas grandes.
Sintió el agarre de Helia resbalar, y gruñó al darse cuenta de que el Beta estaba intentando soltar su mano.
—Quiero traerte algo de beber y un poco de azúcar, te has puesto pálido —explicó Helia.
—Voy contigo —su voz sonó más ronca de lo normal, como si esa pelota hubiera tomado una forma mucho más sólida en su garganta.
—De acuerdo. La cocina está detrás tuya.
Dardo giró el rostro, y fue esta vez él quien caminó primero. Un poco mareado. Un poco perdido.
La cocina era pequeña y acogedora. La mesa de madera ocupaba el centro de la estancia y estaba rodeada por cuatro sillas.
De nuevo, habían plantas. Madera blanca.
Helia abrió la nevera con una mano, sacó agua fría, una especie de barra de chocolate.
y luego un vaso mientras que los ojos de Dardo se habían quedado fijos en una foto que sujetaba un imán de la nevera.
Era de un niño. Un niño que sonreía con el pelo rojo y las mejillas manchadas de barro, a su lado había un hombre mayor y canoso pero que parecía fuerte, y sobre él, una mujer muy guapa lo abrazaba y sonreía para la foto.
Dardo volvió a sentir de nuevo esa presión en el pecho.
—Fueron tus padres adoptivos —susurró Helia—. ¿Puedes reconocerlos?
—No. No puedo reconocer nada de esta puta casa —gruñó convirtiendo toda la angustia en enfado.
Helia levantó la mano libre para acariciarle la mejilla y la mandíbula tensa. Su rostro volvió a su campo de visión en lugar de esa foto dolorosa.
—Ey...Mírame, Dardo. Es muy normal que te sientas mal y perdido. No pasa nada. ¿Quieres que paremos? Podemos regresar a la clínica y venir otro día.
Dardo negó con la cabeza.
—Ven, siéntate y come algo —Helia lo animó a dar dos pasos, a sentarse sobre una de las sillas mientras que él tomaba el asiento de enfrente. Seguían tomados de una mano. Helia le acercó el vaso de agua a los labios y Dardo tomó un trago.
Desenvolvió el chocolate, y también le dio con sus dedos un trozo.
Dardo lo masticó. El sabor dulce se extendió por su boca y le pidió otro trozo a Helia.
—Toma —Helia le acercó el resto y Dardo se encontró soltando su mano, agarrando la muñeca del Beta y acercando su nariz y labios al pulso de Helia.
Olió. Algo más familiar. Algo que si que recordaba. Tiró del brazo de Helia con fuerza.
—¡Dard...! —exclamó el Beta cuando Dardo lo rodeó de la cintura para presionar su cuerpo contra el suyo y empujó la cabeza en su cuello con un gruñido—¡Dardo, por favor...! —Helia empujó con las manos en sus hombros.
Dardo lo agarró de la trenza, la enroscó alrededor de su mano como una cuerda y respiró con fuerza en el cuello de Helia. Sus brazos apretándolo aún más, Helia resistiendo, empujando, tratando de escapar.
El Alfa gruñó. Le pegó a Helia un último tirón para subirlo sobre su cuerpo.
—Dardo, me haces dañ...—Helia palmeó sus hombros.
—Estoy acojonado, joder. Quédate quieto —la confesión salió de su garganta con un gruñido grave.
Dardo hundió todavía más el rostro en su cuello. Su brazo cerrándose alrededor de la delgada cintura de Helia y apretando la camiseta en un puño.
—Te dije que te pusieras la bata. Te dije que tenías que oler a mí. No puedo pensar en esta puta casa. No lo entiendo, joder. Si mi vida era tan buena porque cojones la he olvidado. No tiene sentido no poder recordar nada de esto y si poder acordarme de todo lo que me hicieron.
Helia había dejado de forcejear. Dardo lo sintió tragar. Sus manos que antes trataban de separarlo de él se quedaron quietas en sus hombros, y su cuerpo se relajó un poco, aunque Dardo no soltó ni una pizca de su agarre.
—Dardo...lo harás. Te juro que recordarás todo lo bueno. Te lo prometo —la voz de Helia sonó extraña. Ahogada —. Y si no lo haces estaré a tu lado para ayudarte. Por favor, Dardo... Tienes que soltarme un poco. No puedo respirar. Me estás aplastando las cotillas.
Dardo aflojó al fin el agarre en su cintura, y el cuerpo del Beta finalmente terminó de relajarse contra el de él.
—Perdón —masculló entre dientes.
—No hace falta que te disculpes —Helia le rodeó la nuca con sus dedos y le acarició la cabeza.
Dardo hizo un sonido. No estaba muy seguro de lo que era. Sus labios se abrieron y se encontró lamiendo la garganta del Beta y mordisqueando su piel.
—Tranquilo —susurró Helia, quizá al notar que el brazo de Dardo volvía a tomar más fuerza —Tranquilo, Dardo. No me voy a ir. No hace falta que me aprietes tanto.
—Mentira. Sé que esto no te gusta.
Sabía que Helia estaba deseando soltar otra vez esa estúpida frase de esto no es apropiado, pero a la mierda con eso. Dardo necesitaba tener ahora mismo algo seguro o iba a enloquecer completamente.
En el circo no había tenido tiempo para eso.
Todo en lo que podía pensar era en proteger, en buscar comida, en pelear, en seguir protegiendo a la cría.
Ahora la cría estaba a salvo. Tenían comida.
No tenía que seguir luchando por nada. Entonces, ¿para qué demonios servía?
Ni siquiera para recordar a su familia, al parecer.