CAPÍTULO 10 #2
Helia cerró los ojos con fuerza, transportándose a la primera vez que se encontró con ese niño indomable.
Helia acababa de llegar a la manada, aún no tenía una habitación propia ni la confianza para salir y hablar con la gente, así que pasaba todos sus días solo y encerrado.
Un Caleb muy joven venía a visitarlo y hablar con él, el sanador también, pero a Helia no le gustaba mucho hablar ni tratar con gente.
Helia recordaba que ese día llovía mucho, que hacia frío, que habían relámpagos y que eso lo asustaba mucho, así que estaba escondido debajo de la cama.
Su cuerpo era pequeño, y muy delgado. Y solían golpearlo por ello.
Estaba temblando, con sus dientes castañeando cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Helia cerró los ojos con fuerza.
Venían a por él. Se lo iban a llevar de nuevo a ese lugar. A ese sitio. Eso pensaba hasta que escuchó su voz.
—¿Tienes miedo? Puedo escuchar tus castañeos desde mi habitación. ¿Cómo has conseguido meterte ahí?
Helia abrió los ojos. Delante suyo estaba la cabeza de un niño, aunque no olía para nada a niño. Tenía el cabello rojizo. Unos enormes ojos oscuros y pecas recorriéndole toda la nariz. Llevaba el mismo pijama azul que él, y uno de sus brazos vendados.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó Helia en un susurro. Le dolía la garganta de tanto llorar.
—Soy Dardo. Llevo aquí tres días. ¿Tú quién eres?
—Helia.
—Helia —repitió su nombre—. ¿Eres el nuevo del que todo el mundo habla?
—Puede que si —respondió bajo.
La sonrisa del niño se congeló y un relámpago estalló cerca de ellos. Helia dio un respingo, se tapó las orejas y intentó hacerse más pequeño.
—¿No te gusta el sonido de la lluvia?
Helia negó fuerte.
Dardo desapareció corriendo. Regresó segundos después, agitando unas almohadas en su mano. Reptó bajo la cama. Era más pequeño que él. Le quitó las manos y le colocó las almohadas en ambos lados de su mejillas.
Helia respiró. Las almohadas olían a él. A Alfa.
—¿Estás mejor? —le preguntó.
Helia negó. El pequeño hizo un sonido. Un gruñido, muy débil.
—Desde mi habitación se escuchan menos —sugirió.
Helia volvió a negar.
—No puedo salir de aquí —le dijo al pequeño.
—¿Por qué no?
—Hay gente que me busca. Si salgo de la cama me encontraran.
—¿Esa gente mala?
Helia asintió. Los ojos del niño recorrieron su rostro por un segundo antes de bajar a sus muñecas descubiertas y amoratadas. Alargó su mano y entrelazó los dedos con los de Helia.
—Pues antes tendrán que pasar sobre mí.
Helia casi suelta una pequeña risa debido a la determinación con la que el niño lo había dicho.
—Ellos son muy fuertes.
—Yo también soy muy fuerte. Y me haré aún más. Soy un Alfa dominante.
Dominante. Por eso olía tan fuerte.
Helia quiso sacar su mano. No le gustaban los Alfas. Menos los dominantes. Pero respiró. Trató de calmar su acelerado corazón. De recordar dónde estaba.
—¿Helia? ¿Te he asustado?
Helia tragó saliva. Estaba temblando, y con ello la mano del niño Alfa.
—No.
—Yo no te voy hacer daño. No soy malo. Aunque la mayoría de la gente dice que si, espera... eso no te está ayudando, ¿verdad? —balbuceó el niño.
—No eres tú. Es que... no me gustan los Alfas.
—¿Esa gente era Alfa?
Helia asintió con la cabeza.
—Lo siento.
—¿Por qué te estás disculpando?
—Por lo que te hicieron. No está bien.
—¿Qué sabes tú? Sólo eres un niño.
—No soy un niño. Tengo nueve años. ¿Tú cuántos años tienes?
—Once.
—¿Por qué no hueles?
—Soy un Beta.
—¿Te vas a quedar en la manada? Me gustaría que te quedaras.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
Helia apretó la mano del niño en la suya.
—Soy de otra persona.
Dardo apretó los dientes.
—Tú no eres de nadie, Helia —le dijo muy serio para ser un niño.
Helia tomó aire de forma temblorosa. Caleb le había dicho que él se encargaría de todo. Que él lo ayudaría. Que lo protegería.
—Él no piensa lo mismo.
—¿Quién es él?
—Canneck.
Dardo apretó de nuevo los dientes. Se acercó más a él. O tiró de él hasta que su pequeño cuerpo quedó casi pegado al suyo encogido y le rodeó con sus brazos aún cortos.
—Tú no eres de Canneck. Eres nuestro ahora. Y te vas a quedar con nosotros.
Helia durmió esa noche en sus brazos y por primera vez se sintió seguro.
Un golpe suave en la puerta lo sobresaltó trayéndolo de regreso a la realidad. Helia se levantó del suelo, se limpió las mejillas y se sacudió la camiseta. Tragó saliva.
—Adelante.
Caleb entró en silencio asomando primero la cabeza. Helia agarró rápidamente la bata que permanecía encima de la silla, la hizo una bola y la escondió bajo la mesa, aunque dudaba de que eso fuera a ocultar su olor de Caleb.
—¿Todo bien? —le preguntó Caleb arrugando la nariz al segundo.
—Sí. Necesitaba unos papeles —Helia hizo como que rebuscaba algo en su escritorio.
Mentira. Lo peor de todo era que sabía que Caleb no le estaba creyendo nada, y que aún así iba a seguirle el rollo.
—Hayden y yo hemos pensado que a lo mejor es buena idea llevar a Dardo a su antigua casa. Puede que la reconozca o que le haga recordar algo de su vida aquí.
—Claro.
—Puedo llevarlo yo si lo prefieres.
—No te preocupes, de todas formas tengo que explicarle que he estado viviendo en ella.
Caleb asintió con la cabeza. Cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿Te sientes cómodo alrededor de él? —le preguntó.
Helia frunció el ceño.
—¿A qué viene eso?
—Tiene fijación en ti. Ya la tenía cuando era pequeño, pero creo que ha aumentado. Te ha marcado, Helia.
Helia sacudió su cabeza.
—Estoy bien, de verdad.
—¿Seguro?
—Créeme.
—Si se está pasando de la raya contigo, dímelo.
Helia esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—Toda va bien —repitió—. Dardo necesita tiempo para adaptarse, eso es todo. Es normal que sienta fijación conmigo cuando he sido la persona que ha estado ayudándolo. Se le pasará. Y no me molestan sus marcas. No las hace con mala intención.
—De acuerdo. Tengo que hablar contigo también de otra cosa.
—¿Cuál?
—Atlas, y tus cientos de pretendientes más.
Helia suspiró.
—No les hagas caso. Es temporada de celos y apareamiento. Tienen todas las hormonas revolucionadas.
—Atlas quiere tomarte bajo su protección.
—Hablé con él anoche y ya le dije que no era necesario eso.
—Sabes que nunca me he metido en tu vida, Helia. Ni en la forma en la que la llevas. Pero ahora que hemos encontrado a Dardo quizá te venga bien salir con gente y despejarte del trabajo, aunque sólo sea un día. Atlas es un Alfa respetable.
—Es mi amigo. No lo veo de esa forma.
—¿Tampoco al resto? Tengo hasta Betas interesados en ti.
—No. Mi vida está bien así, no necesito a alguien a mi lado.
No lo necesitaba. Ya había encontrado a Dardo.