Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

ESTÁS CONFUNDIDO

El cachorro rodó cuesta abajo por la pequeña pendiente de la clínica.

Dardo lo observó durante unos segundos. La hierba le llegaba casi hasta la barriga.

Cada vez que intentaba correr, sus patas parecían ir más rápido que el resto de su cuerpo y acababa cayéndose de morros.

Sin embargo, volvía a levantarse como si nada hubiera pasado, corría hacia Dardo y de nuevo se lanzaba por la cuesta. Llevaba así más de media sin cansarse.

Helia le había dicho que los cachorros se despertaban siempre con demasiada energía en el cuerpo y que les venía bien salir a correr, y por eso y para dar un aire no tan tenso a la reunión, Caleb había decidido tener ese especie de interrogatorio en el porche de la clínica.

Y la manada parecía respetarlo porque ningún lobo se había acercado a ellos desde que estaban ahí fuera.

Los cuatro estaban de pie. Helia había hecho cafés. Era la primera vez que Dardo tomaba un café y no sabía si le gustaba aún.

—Entonces, no recuerdas nada de tu vida en la manada —habló Caleb—. Sé que eras pequeño cuando te llevaron, ¿recuerdas algo de tu infancia?

Dardo hizo una mueca, tragó el líquido amargo que le había preparado Helia y miró al cachorro.

—Solo el circo. Ni siquiera me acuerdo de mi primer día en ese lugar. Hay muchas cosas que he olvidado.

—Tus raptores han confesado que te compraron a un hombre—intervino Hayden.

Dardo observó al humano. Quería enseñarle los dientes y arrancarle la cabeza, y no porque lo hubiera encadenado semanas antes, sino porque estaba demasiado cerca de Helia.

Dardo sacudió la cabeza.

—No me acuerdo.

Helia hizo una pequeña mueca.

—Concéntrate un poco —le habló el Beta con voz suave. Sus dedos estaban alrededor del vaso de cartón de café. Dardo los recordó en su cabeza. En sus mejillas. En su mandíbula. En su abdomen. Todos sitios correctos para él en lugar de en ese maldito vaso.

—Lo hago. Hay veces que ni siquiera me acuerdo de las personas que me tenían ahí. El lobo tenía cosas más importantes en las que fijarse que en eso y todo empeoró con el cachorro.

—¿Alguno de ellos hablaba contigo? ¿Sabrías decirme cuantos humanos eran?

Dardo inclinó la cabeza hacia un lado, haciendo una mueca.

—No lo sé —repitió con la mandíbula apretada.

Helia caminó a su lado. Llevaba uno de esos pijamas azul cielo, su cabello nuevamente en otra trenza que el Alfa quería destrozar, y no llevaba puesta su bata. ¿Por qué? Dardo se la había dejado esta mañana en el despacho para que pudiera usarla durante todo el día.

El Beta colocó una mano sobre su hombro.

—Por favor, Dardo. Necesitamos toda la información posible que puedas ofrecernos.

Esas personas tienen que ser castigadas, ya hay pruebas, y serán condenados por maltrato animal y tortura, pero necesitamos también tu testimonio.

Fuiste el único hombre lobo ahí que encontraron con vida.

También merecen un castigo por todo lo que te hicieron a ti, a los cachorros y a su madre.

Dardo tomó una gran cantidad de aire. No le gustaba hacer eso. No le gustaba hurgar en recuerdos dolorosos y menos delante de gente que no conocía. Pero Helia se lo estaba pidiendo. Helia quería saberlo.

Asintió lentamente, y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro mostrando por primera vez unos dientes blancos y perfectos. Sus colmillos eran más pequeños que los de Dardo. En realidad el Beta era mucho más pequeño que él, y lo seria aún más cuando empezara a ganar peso y fuerza.

—Puedes cerrar los ojos si lo necesitas.

—No. Eso no —masculló Dardo—. Al principio eran cinco. No recuerdo exactamente sus nombres, pero dos de ellos eran familia. Lo sabía porque olían muy parecido.

Caleb le asintió con la cabeza. La mano de Helia subió y bajó por su brazo.

—Uno de ellos siempre venía a verme, y era el que más hablaba conmigo.

—¿Qué te decía? —le preguntó Helia.

—Me animaba a comer. Me preguntaba cómo estaba, me decía que si hacía lo que ellos me pedían no me harían tanto daño, pero a mi sus palabras me importaban una mierda. Yo solo quería salir de ahí.

—¿Cuidaban de ti al principio?

Dardo asintió.

—No me pegaban cómo a los demás. Pero me pillaron escapando un par de veces, le arranqué el brazo a uno y fue ahí cuando dejaron de darme de comer y los castigos se volvieron más fuertes.

A veces, ni siquiera tenía que hacer nada para que me golpearan.

Lo hacían para divertirse. Cuando había público más.

Me obligaban... —Dardo hizo una mueca y los dedos de Helia bajaron hasta su mano.

Le acarició el dorso. Dardo cerró la mano en torno a la suya. La agarró como una especie de salvavidas.

—Me obligaban a transformarme delante de todos. Al principio lo hacía. Me pegaban menos cuando lo hacía, y me daban también más comida, pero el lobo empezó a sentirlo humillante y empezó a tomar el control de todo.

—Es un mecanismo de defensa natural —habló Caleb.

Dardo sólo escuchó su voz, porque estaba demasiado concentrado en Helia, en su mano, en las pequeñas pecas de sus ojos, en sus pestañas largas y oscuras.

—Las cosas se volvieron más complicadas.

Me quitaron toda la comida y agua, y me usaban para las peleas con otros animales.

Solían ser lobos normales, nunca me encontré con uno como yo, así que eran muy fáciles de matar.

Empezaron a perder dinero en las apuestas conmigo porque era muy predecible que ganara, y volvieron a golpearme más fuerte.

Me alejaron de las peleas y me encerraron solo durante un tiempo.

Me daban comida, muy poca para mantenerme con vida.

Uno de ellos me dijo que estaban pensando qué hacer conmigo y que tenía que portarme mejor si quería vivir.

En ese momento yo ya no quería seguir. Pero llegó el cachorro.

—El instinto de protección te dio el último empujón —dijo Hayden.

Dardo asintió.

—Maté a uno de ellos. Por si os interesa culparme.

—No vamos hacer eso —habló Caleb—. Fuiste una víctima, todo lo que hiciste ahí dentro fue en defensa propia para protegerte y para mantener a salvo a la cría.

—Las personas que venían a los espectáculos, ¿eran siempre las mismas? ¿Te acuerdas de ellas?

—No. Habían muchos olores juntos, y no recuerdo ninguna cara en especial. Siempre eran diferentes.

—¿Quienes pagarían por ver una salvajada así? No lo entiendo aún —susurró Helia.

—Te sorprendería saberlo —ladró Hayden—. ¿Algo más que recuerdes que creas que es irrelevante? Todo lo que tengas puede ayudarnos.

Dardo negó.

—Si recuerdas alguna cosa más, comunícasela a Helia.

Dardo no respondió. Y Hayden se apartó para hablar con Caleb.

El cachorro había terminado agotado y acostado sobre la hierba, Dardo le dedicó una larga mirada antes de poner la atención en el Beta. Había una línea muy fina entre sus cejas, sus labios también estaban apretados y parecía estar pensando en mil cosas a la vez.

El lobo gruñó suave.

—Deberías llevar la bata. No te la has puesto.

Helia dio un pequeño respingo y miró hacia ambos lados de ellos, comprobando que no había nadie cerca.

—Dardo, no puedes... Es inapropiado.

Otra vez esa palabra. Apropiado. Inapropiado. ¿Qué más daba lo que fuera? Lo único que le importaba era cubrir a ese Beta con su olor.

—¿Por qué?

—No deberías usar mis cosas para hacer eso.

—¿Para tocarme? ¿Por qué no puedo hacerlo?

La punta de las orejas de Helia se pusieron rojas, volvió a mirar a ambos lados.

—No es ético. Soy tu médico. Fui quien estuvo a cargo de ti cuando eras pequeño. No está bien, Dardo. Me alegro de que tu cuerpo esté tan sano, pero debes evitar hacer eso con las propiedades de otros lobos o te meterás en problemas.

Dardo gruñó bajo.

—No voy hacerlo con las cosas de otros lobos. Sólo me gustan las tuyas.

Escuchó a Helia tragar saliva, su garganta se movió, y el Alfa siguió su movimiento. El lobo saltó un poco emocionado.

—Estás confundido.

Dardo no lo estaba. Su lobo tampoco. Ellos nunca lo estaban.

—Ponte la bata —masculló—. Me da rabia no saber a qué hueles.

—Soy un Beta, no tengo olor. Ya te lo dije.

Dardo apretó la mandíbula. ¿Por qué le enfadada tanto eso? Soltó sus feromonas de golpe, y éstas fueron directas a su objetivo. Helia. El Alfa respiró hondo. Satisfecho. Cómodo. Orgulloso.

Era la primera vez que marcaba a alguien más que no fuera el cachorro. Y no se sentía nada mal. Helia ahora olía un poco a él. Un poco. No lo suficiente aún. Dardo agarró su trenza, se la llevó a la mejilla, a los labios. Pero tampoco era suficiente aún. Sus ojos se pusieron en su cuello.

Largo, pálido. Elegante.

Gruño.

Inclinó la cabeza y se detuvo en el último momento. Tragó fuerte.

¿Qué cojones le estaba pasando?

—Ponte la bata, Helia —masculló ronco—. O algún día de estos acabarás con mi cabeza en tu cuello.

***

Helia entró en el despacho con el corazón galopando. Había dejado a Dardo y al pequeño fuera con Caleb y Hayden mientras se excusaba para ir baño cuando la realidad era que esta situación estaba causando de nuevo estragos en su cabeza.

Había fingido no sentir las fermonas de Dardo marcándolo como suyo. Aunque fuera un Beta y no tuviera ningún olor, Helia había aprendido a distinguir los aromas del ambiente, y también podía soltar feromonas, pero sólo de un tipo: tranquilizadoras.

Las usaba mucho con sus pacientes, y eran de gran utilidad. Helia tomó una gran bocanada de aire, agarró la punta de la trenza y se la llevó a la nariz. Todo su cuerpo se encogió de dolor. De ansia. De angustia.

Su lobo se movió en la cabeza y lloró y Helia acabó deslizándose por la pared hasta caer al suelo. Mantener esta fachada perfecta era cada vez más complicado. No podía soportar escuchar a Dardo hablar de todas las cosas que le hicieron por su culpa .

Por no estar atento. Por haberlo dejado solo. Por no haberlo cuidado bien.